La inoperancia del orden institucional frente al genocidio en Gaza

Annabella Martínez Calvo

Con el final de la Segunda Guerra Mundial emergió todo un entramado institucional que buscaba evitar una repetición de la barbarie que significó esta Guerra. La creación de la ONU en 1945, con un Consejo de Seguridad como piedra angular “pensado” a priori, como órgano garante de la paz. Poco después, en 1948, se aprobaría la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Un año más tarde se establecieron los cuatro Convenios de Ginebra, los cuales fijan unas normas claras para proteger a los civiles en situaciones de guerra, concretamente hablamos del IV Convenio de 1949.

En 1998, se instituyó la Corte Penal Internacional (CPI). Este organismo fue diseñado con la finalidad de juzgar a individuos responsables de crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra, genocidio, y crímenes de agresión. El lema era, que los crímenes más atroces no quedarían en la impunidad, sin tener en cuenta la bandera que los cobijara.

Hoy, casi ocho décadas después, todo ese andamiaje muestra grandes grietas, cuando no roturas insalvables. Gaza es la prueba más irrefutable de que el orden internacional, salido tras la contienda de los años cuarenta, ha quedado reducido a un mero decorado teatral. Ya sea por incapacidad o por pura dejadez, está demostrando una clamorosa inoperancia para frenar la maquinaria bélica de un Estado —Israel— que está actuando con total impunidad, amparado en la complicidad o el silencio de las grandes potencias. Este genocidio, transmitido en tiempo real, expone la hipocresía de los gobiernos, la pasividad de las instituciones y la falacia de un sistema que prometió justicia universal, pero que se ha convertido en rehén de los intereses geopolíticos de todos los actores internacionales.

Esta pasividad de prácticamente la totalidad de las instituciones internacionales frente a esta tragedia, —no distante mucho del holocausto que sufrieron los judíos en la IIGM—revela la descomposición del sistema multilateral. Las resoluciones de la ONU son vetadas una y otra vez por Estados Unidos en el Consejo de Seguridad. La CPI se muestra lenta, cauta, casi bloqueada, consciente de que procesar a líderes israelíes o incluso a dirigentes estadounidenses, (caso de la invasión de EE. UU. en Irak, lo que claramente fue un crimen de agresión) sería considerado como una afrenta intolerable para las potencias.

Detrás de cada lema, de cada grito, de cada consigna, de cada acto de desobediencia civil, de cada proyecto humanitario independiente se subraya implícitamente un mensaje potente: no se puede aniquilar a un pueblo ante los ojos del mundo sin despertar una marea de indignación de la ciudadanía de a pie

Pero este inmovilismo no es sólo institucional: es también político. Gobiernos que, en otros escenarios, —Invasión de Rusia en Ucrania— se han autoproclamado defensores de los derechos humanos, ahora se muestran cómplices por omisión o por apoyo directo. La imagen es clara: Gaza no está sola por casualidad, sino por una decisión consciente de muchos Estados de mirar hacia otro lado, la razón es la supremacía de la realpolitik frente a la ética. De esta forma, todo el andamiaje internacional se convierte en un muro de humo, existe, pero no sirve ni protege.

Se podría aseverar que en las cenizas de Gaza se están jugando los valores fundamentales que la comunidad internacional dice defender. Cada niño o niña asesinado, cada familia que muere de sed o hambre en un refugio maltrecho, o cada víctima a la que se le niega socorro, está representado la derrota sin paliativos de un sistema que se edificó bajo promesas de no repetir más holocaustos. En resumen, este genocidio en Gaza expone la inoperancia, la hipocresía y la laxitud de un sistema internacional prisionero del poder.

El contraste entre esta actitud de muchos líderes estatales e instituciones internacionales ante la tragedia y el clamor de la ciudadanía global movilizada con indignación y esperanza advierte ciertos tintes de esperanza. Frente al genocidio en Gaza ha emergido una solidaridad global sin referente alguno en años recientes. El grito de la ciudadanía mundial, expresado a través de grandes manifestaciones o de gestos individuales de solidaridad, se está convirtiendo en la conciencia activa del mundo. Detrás de cada lema, de cada grito, de cada consigna, de cada acto de desobediencia civil, de cada proyecto humanitario independiente se subraya implícitamente un mensaje potente: no se puede aniquilar a un pueblo ante los ojos del mundo sin despertar una marea de indignación de la ciudadanía de a pie.

Toda esta movilización encarna una crítica feroz hacia la pasividad oficial, pero al mismo tiempo, un canto a la esperanza en la humanidad. En todas las pancartas, así como, a través de las redes trona con fuerza tanto la rabia como la empatía, —Gaza está en nuestros corazones, No más genocidio, Somos una sola humanidad— de esta forma la ciudadanía mundial está espetándole a los poderes y a los poderosos que no va a aceptar una normalización ante un genocidio como el que se está produciendo en la Franja de Gaza. Esta ciudadanía hoy representa la mejor y quizá la única esperanza para poder de alguna forma, frenar esta masacre humanitaria. Es decir, mientras gobiernos, instituciones y demás actores internacionales titubean y miran para otro lado, la sociedad civil enarbola la esperanza y la solidaridad con los pueblos como el verdadero antídoto contra la impunidad y la complicidad.

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Annabella Martínez Calvo es socia de infoLibre.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial emergió todo un entramado institucional que buscaba evitar una repetición de la barbarie que significó esta Guerra. La creación de la ONU en 1945, con un Consejo de Seguridad como piedra angular “pensado” a priori, como órgano garante de la paz. Poco después, en 1948, se aprobaría la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Un año más tarde se establecieron los cuatro Convenios de Ginebra, los cuales fijan unas normas claras para proteger a los civiles en situaciones de guerra, concretamente hablamos del IV Convenio de 1949.

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