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Linchamiento

Verónica Barcina Téllez

El término se debe al juez de Virginia Charles Lynch, quien en 1780 ordenó la ejecución de una banda de colonos leales a Gran Bretaña sin juicio. Desde entonces se usa para aludir a la ejecución tumultuaria de alguien bajo la apariencia de justicia rápida y directa, sin proceso ni autoridad y ninguna garantía legal. El procedimiento habitual suele ser violento y a menudo precedido de tortura. El sociólogo Johan Galtung lo atribuye a una reacción ante la conmoción social producida por un delito concreto, o bien por motivos racistas, religiosos o políticos y apunta la posibilidad de que se utilice para intimidar a grupos concretos o minorías creando un estado de violencia estructural.

El concepto aparece descrito de forma magistral en la novela de Horton Foote The Chase (La jauría humana), llevada a la gran pantalla por Arthur Penn y protagonizada por Marlon Brando, Jane Fonda y Robert Redford. En 2021, el mundo asistió en directo a escenas similares cuando una masa ciega de ira asaltó el Capitolio de EEUU con espíritu linchador, como una jauría humana guiada por el odio arengado del enemigo de la Ley y la Democracia, el emigrante clasista y populista Donald Trump, que acabó con el asesinato fanático y mortal de un policía en la sede de la soberanía popular.

La infancia y la juventud llegan adoctrinadas de casa y parte del profesorado calla o les ríe la gracia

El linchamiento es un fenómeno sociológico conductual instalado en la cultura popular y vinculado al totalitarismo. En los albores del nazismo, las masas enardecidas se entregaron a una vorágine de linchamientos públicos y salvajes a las minorías judía, gitana y comunista en la Europa fascista de Hitler, Franco y Mussolini. Se llamó pogromo a los actos llevados a cabo por el fanatismo nazi de una multitud enfurecida contra estos colectivos como la persecución, detención, tortura, humillación y matanza indiscriminadas, acompañadas de pillaje y desórdenes públicos. Al ser una práctica planificada y generalizada, derivó en genocidio y crimen de guerra.

En el siglo XXI, el linchamiento político es práctica cotidiana utilizando el potencial manipulador de medios de comunicación y redes sociales para crear opinión y desatar el odio de la jauría humana hacia los colectivos de siempre: extranjeros, mujeres, comunistas (quien no comulga con sus ideas) y personas LGTBI. Ahí están Abascal, Ortega Smith, M. Á. Rodríguez, Ayuso, Almeida, Feijóo, Losantos, Inda, Herrera, Ferreras, García Castellón y los comandos de JUPOL y JUSAPOL azuzando y señalando objetivos. Ahí está la masa irracional y radical acosando a la familia Montero-Iglesias, apaleando a Pedro Sánchez, censurando la Cultura y odiando hasta la muerte cualquier cosa que huela a diversidad. Ahí está esa ciudadanía que se desentiende y evade del problema porque, dicen, no va con ella.

El linchamiento político, mediático y judicial del pensamiento crítico y del diferente en España es evidente, innegable, pero aún no ha mostrado su peor cara, sólo pequeñas pinceladas que van normalizando las acometidas violentas de la extrema derecha en una sociedad cada día más inconsistente, individualista e insolidaria. En las escuelas de primaria, el alumnado verbaliza en clase “odio a perro sanxe”, el de secundaria lincha a la mujer, al rojo, al maricón, a la lesbiana, al puto moro, al gitano… la infancia y la juventud llegan adoctrinadas de casa y parte del profesorado calla o les ríe la gracia. En los centros sanitarios, se lincha al profesional por el deterioro de la Sanidad a manos de las derechas. Y Tejeros voluntarios no faltan.

La práctica del linchamiento y su derivada genocida cuenta con la complicidad de una base sociológica descrita en el poema de Martin Niemöller:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,

guardé silencio,

porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,

guardé silencio,

porque yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

no protesté, 

porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,

no protesté,

porque yo no era judío.

Cuando vinieron a buscarme,

no había nadie más que pudiera protestar”.

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Verónica Barcina Téllez es socia de infoLibre.

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