Librepensadores

Refugiados: cuenta pendiente

Mayte Mejía

Los que nacimos a finales de los cincuenta y principios de los sesenta crecimos con la serie Bonanza, aquellas aventuras de los Cartwright en el Rancho La Ponderosa. Con El Virginiano, ese misterioso capataz al que daba vida James Drury. Con Barbara Stanwyck en Valle de pasiones, interpretando a Victoria Barkley, mujer viuda que dirigía, administraba y custodiaba su hacienda para que ningún forajido se colara en el Rancho Barkley. Con John Wayne y Robert Mitchum, en El Dorado, o Dean Martin en Río Bravo, por citar unos cuantos ejemplos. Fuimos niñas y niños que recibimos un mensaje bastante potente: los indios eran los malos porque mataban, arrancaban cabelleras y violaban a las mujeres, y los yanquis los buenos porque llegaban a tiempo de salvar a la chica guapa y al niño huérfano. Pues bien, ni lo uno ni lo otro, porque entre el día y la noche hay siempre toda una gama de matices. Los hechos recogidos después por la historia, junto con nuestra capacidad de análisis, descubrieron que lo que nos contaba la ficción −lo hizo muy bien John Ford en muchas de sus obras− era un ensayo general para “ocupar el territorio” del que desterraron a las distintas tribus de nativos: cherokees, cheyenes, apaches…, y a las que no les quedó más opción que refugiarse en las montañas, donde también les tocaría luchar con otro enemigo de los duros: la Naturaleza y buena parte de sus seres vivos.

Nuestros refugiados de hoy, desterrados de sus lugares de origen, generalmente por la guerra y el genocidio, no llevan flechas a la espalda ni van a lomos de sus caballos. No están acostumbrados a vivir a la intemperie ni a dejar atrás sus raíces −los amerindios en esto último tampoco−… y, sin embargo, si lo pensamos con detenimiento, teniendo en cuenta las situaciones y diferencias obvias de cada época, podríamos encontrar un nexo de unión: que la tierra no le pertenece a nadie y el espacio es para todos. Asistimos, tal vez, a uno de los mayores éxodos de entrada de inmigrantes a Europa. Procedentes no solo de Siria, sino de China, el Magreb, Palestina…, pidiendo asilo y una oportunidad para no darse por vencidos, buscando comprensión y un medio de vida digno, clamando justicia y un techo para sus familias, queriendo higiene humanitaria y un sistema de salud que cure sus heridas abiertas. En cambio, la realidad que se vive en países como Serbia, Grecia o Croacia, donde ha habido una mayor avalancha de personas refugiadas, es que en los centros de acogida se necesitan las mantas que no llegan, los chubasqueros que les faltan, el agua potable que no da para todos, los alimentos básicos que perecen en el camino, los botiquines que caducan porque alguien no puso en sus papeles el sello de salida, los contenedores con ropa donde escasean todas las tallas infantiles, las vacunas más comunes perdidas en la máquina del tiempo que no tiene minutos, las ayudas de los que más pueden, o la esperanza envuelta en sensible estraza, pone de manifiesto que lo que verdaderamente está pasando no es una película del oeste americano con posible final feliz, sino un presumible holocausto humano cuyas consecuencias nadie puede calcular.

Mayte Mejía es socia de infoLibre

“Todo lo que coarta la libertad de los migrantes coarta también la nuestra”

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