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La sanidad pública en caída libre

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Marcelo Noboa Fiallo

Hace unos días, en un excelente programa de radio se dio testimonio, mediante un reportaje, del cansancio y hartazgo del personal sanitario ante la presión que sufren los profesionales, especialmente los de la atención primaria, en quienes han recaído los mayores recortes presupuestarios de la era Rajoy y continúan, en época de pandemia, en algunas comunidades, especialmente Madrid.

El testimonio que sirvió de base para el reportaje radiofónico lo protagonizaron dos médicas del centro de salud de Parla, ciudad dormitorio al sur de Madrid, de 130.000 habitantes. De los 17 médicos del centro de salud, 13 han optado por marcharse a otros destinos o han pedido la excedencia por un tiempo y los cuatro que no lo han hecho ha sido porque no pueden, atados a su contrato temporal.

La descripción de las jornadas agotadoras (doblando turnos) hablaban de 60 ó 70 pacientes diarios, con escases de recursos, cubriendo las bajas de compañeros por enfermedad o vacaciones, asumiendo enfermos de compañeros que se han jubilado y cuyas plazas no han sido cubiertas. Todo este paisaje sanitario (más parecido a la sanidad del tercer mundo) no es que sea consecuencia de la pandemia, lleva así desde los tiempos de Esperanza Aguirre y de los recortes salvajes en la sanidad pública en pro de la privada.

La Comunidad de Madrid es, con diferencia, la que menos dinero público destina a uno de los derechos básicos contemplados en la Constitución. Esa que la derecha dice defender con ardor guerrero. Madrid destina a su sistema sanitario el 3,7%, mientras Asturias y Extremadura destinan el 7,6% y 8,6%, respectivamente.

Todo comenzó en aquel aciago mes de mayo de 2010, cuando Zapatero se doblegó a la troika comunitaria, inició los recortes públicos y dejó expedito el camino a Rajoy, quien remató la faena de manera infame, dejando a la sanidad pública en los huesos. Desde 2018 se está intentando revertir la tendencia, pero llevará tiempo, mucho tiempo, como ocurrió en Gran Bretaña tras la escabechina sanitaria de Margaret Thatcher, defensora del “capitalismo popular” (más de 20 años tardaron en salvar parte del NHS).

El agravante en España viene del modelo autonómico, puesto que son las comunidades quienes tienen las competencias en la gestión del sistema sanitario, que es donde más se nota la concepción neoliberal de los recursos públicos vía privatizaciones. Madrid y Valencia han representado como ninguna otra área de España ese modelo durante más de veinte años. Valencia ha conseguido librarse de la “caída libre” sanitaria desde que el PP perdió el poder, pero los nuevos gobernantes no pueden hacer milagros, bastante tienen con doblegar la curva de la desinversión ejercida por los gobiernos del PP, levantar las alfombras de la corrupción y parar las privatizaciones.

En Madrid, ello no ha sido posible. Siguen en el poder (25 años ya) a pesar de que todos sus presidentes autonómicos o bien han pasado por la cárcel, o bien han sido imputados o bien pronto serán llamados a declarar como participantes en esa ciénaga que es la Comunidad de Madrid. Pero al parecer, esto es lo de menos para los electores madrileños que, aunque sufren el día a día las consecuencias de la privatización sanitaria como en el centro de salud de Parla, votan PP.

Extremadura es la comunidad más pobre de España y dedica el 8,6% de su PIB a los cuidados sanitarios de sus ciudadanos. Madrid es la autonomía más rica de España y dedica sólo el 3,7%.

Seguimos rehenes del Spain is different. Ser empresario capitalista en España es un chollo. En EEUU, cuna del capitalismo, el empresario arriesga, invierte su fortuna en la construcción de un hospital, contrata a sus profesionales y procede a sacarle la rentabilidad que considera oportuna, en el marco del peculiar sistema sanitario estadounidense, donde el negocio lo es todo. En España no, al menos en Madrid. La Administración construye, con el dinero de todos, con los impuestos de todos, y luego cede la gestión del hospital por 30 ó 40 años al mejor postor privado. Si el negocio no funciona y hay “perdidas”, la administración acude en ayuda de la entidad gestora. Aquí practicamos “la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas”.

El resultado es, además del cansancio y desbandada de los profesionales sanitarios al sector privado, el cansancio, cabreo y pérdida de confianza en el sistema público de la ciudadanía que, harta de las listas de espera, opta por los seguros privados (los que se lo pueden permitir). Por ello, no es de extrañar el bombardeo de propaganda de las aseguradoras en todos los medios de comunicación como nunca se había visto hasta ahora, ofreciendo al “pasivo” y conformista ciudadano la “arcadia soñada” de la sanidad, al igual que lo hacen las empresas de seguridad. Sanidad y seguridad privada caminan por la misma senda, en una sociedad que, a pasos agigantados, va dejando en el baúl de los recuerdos el valor de la solidaridad y uno de los cimientos que posibilitaron el avance social: el pacto no escrito entre clases medias y clases bajas.

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Marcelo Noboa Fiallo es socio de infoLibre

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