El arte tiene muchas formas de metérsenos por los ojos: también, a través de los libros. Considerando la agotadora socialización que conllevan estas fechas tan señaladas, esta semana hemos acordado no reseñar ninguna exposición —las calles están atestadas y el más manso puede padecer una crisis de ansiedad si sale al centro de cualquier ciudad— sino enhebrar algunas recomendaciones bibliográficas esenciales para aquellos lectores a los que, a fuerza de incordiarles semanalmente, les hayamos despertado el gusanillo por la cosa artística.
Empecemos por un clásico, el fantástico tocho de La historia del arte de E. H. Gombrich. En su última edición, el volumen abulta casi setecientas páginas. Ni con el doble podría hacerse un repaso mínimamente completo de lo que el arte ha sido (piensen en cuantísima gente, a lo largo de los siglos, ha cogido un pincel o un buril); felizmente, E. H. ni lo intenta. "Este libro se dirige a todos aquellos que sienten la necesidad de orientarse en un terreno fascinante y extraño. Desea mostrar a los recién llegados a él los yacimientos de este terreno sin abrumarles con pormenores; confío en facilitarles algún orden inteligible dentro de la abundancia de nombres, épocas y estilos que colman las páginas de las obras más ambiciosas, y prepararles así para que consulten libros más especializados", escribe el autor en el primer prólogo de la obra, publicado en 1950.
La fecha, claro, es decisiva: no esperen encontrar aquí nada particularmente contemporáneo (en los últimos setenta y cinco años, alguna cosilla se ha innovado). Con todo, la prosa de Gombrich es agradable y el libro sirve para armarse un esquema elemental del que colgar conocimientos más precisos sobre tal o cual estilo o autor. Para completar los años que le faltaron al buen Gombrich pueden recurrir a Arte desde 1900. Modernidad, antimodernidad, posmodernidad. El tomo —aún más voluminoso que el anterior— describe, año a año, los sucesos artísticos fundamentales del siglo XX. No es, la verdad, una lectura muy amena, pero sí mucho más precisa. Sus autores son Hal Foster, Benjamin Buchloh, Rosalind Krauss y Yve-Alain Bois, cuatro pesos pesados de la historia del arte contemporáneo. Y si, terminado el ladrillo, quisieran reencontrarse con alguno de estos autores, vayan al célebre La posmodernidad, una colección de artículos compilados por el mentado Hal Foster y en el que se encuentran algunos de los textos más influyentes (artisticoteóricamente hablando) del siglo pasado, como La escultura en el campo expandido de Krauss.
Si lo que les interesa son las vanguardias, pueden ir directamente a Las vanguardias artísticas del siglo XX, de Mario de Micheli. El libro dedica sus primeros capítulos a perfilar cómo andaban las cosas a finales del XIX y cómo la crisis del modelo estético del romanticismo terminó por alumbrar toda esa retahíla de ismos que tantas alegrías nos ha dado: fauvismo, expresionismo, dadaísmo, surrealismo, cubismo, futurismo, etcétera. Además, el ejemplar recoge en sus apéndices los manifiestos de las distintas vanguardias, lo que resulta utilísimo si van a meterse en esas harinas. También, sobre el mismo periodo, les recomendaría La época de los banquetes, de Roger Shattuck, que rastrea los orígenes de la vanguardia en Francia, desde la muerte de Víctor Hugo hasta el estallido de la Gran Guerra. Permítanme engolosinarlos con un fragmento de sus primeras páginas:
"El banquete se había convertido en el rito supremo. La capital de la cultura del mundo, que creaba las modas en el vestir, las artes y los placeres de la vida, celebraba su vitalidad en torno a una larga mesa cargada de comida y vino. Parte del secreto de la época radica en ese aspecto superficial. El ocio de la clase alta —debido no a una jornada de trabajo más corta, sino a que los propietarios pura y simplemente no trabajaban— produjo una vida de ostentación, frivolidad, buen gusto y relajación moral. La única barrera para el adulterio desenfrenado era el corsé de ballena; más de una esposa descarriada, cuando regresaba ante su cochero […] tenía que ocultar bajo su abrigo el hato de ropa interior que su amante no había tenido habilidad para ajustar otra vez a su torso.
[…] Ningún otro período tan breve de la historia ha visto el surgimiento y la caída de tantas escuelas, camarillas e ismos. En medio de esa agitación, el elegante fenómeno del salón decayó tras un último florecimiento efímero. El café pasó a primer plano, la intranquilidad política estimuló la innovación en las artes y la sociedad dilapidó sus últimos vestigios de aristocracia. El siglo XX no pudo esperar quince años para la fecha de su advenimiento; nació gritando en 1885".
Hasta ahora venimos señalando obras firmadas por historiadores o teóricos, pero, contra lo que pueda parecer, hay artistas que también escriben. Si les interesa este formato, pueden acudir a las obras de Kandinsky (De lo espiritual en el arte, Punto y línea sobre el plano o El jinete azul), los Escritos sobre arte de Rothko, las Cartas a Theo de Van Gogh, por mentar tres o cuatro.
Yendo a la fotografía, es imperativo que se hagan con un ejemplar de La cámara lúcida de Roland Barthes ("Diríase que, aterrado, el Fotógrafo debe luchar tremendamente para que la Fotografía no sea la Muerte") y Sobre la fotografía, de Susan Sontag. De la autora norteamericana también puede interesarles Contra la interpretación, utilísimo para desquitarse de esa tediosa manía de interrogar a las obras de arte por su significado.
Quisiera terminar este elenco de libros fundamentales con algunas referencias patrias, que de todo quiere el cuerpo. Hace un par de años, Estrella de Diego publicó su particular paseo por el Prado —ejercicio habitual entre los intelectuales españoles—, titulado El Prado inadvertido. Al recorrer la pinacoteca descubrirán que frente a La bacanal de los Andrios de Tiziano hay un banco dedicado a la memoria de Ángel González García, uno de los observadores más sagaces que ha tenido el arte español. De él, les recomiendo dos obras monumentales (El Resto. Una historia invisible del arte contemporáneo —que ganó el Nacional de ensayo— y Pintar sin tener ni idea) y una chuchería amenísima (Roma en cuatro paseos). De uno de sus coetáneos, Quico Rivas, pueden adquirir Cómo escribir de pintura sin que se note. Y si les parece que la historia del arte nos ha quedado un poco machuna (algo de razón tendrán), háganse con Historias de mujeres, historias del arte de Patricia Mayayo.
El arte tiene muchas formas de metérsenos por los ojos: también, a través de los libros. Considerando la agotadora socialización que conllevan estas fechas tan señaladas, esta semana hemos acordado no reseñar ninguna exposición —las calles están atestadas y el más manso puede padecer una crisis de ansiedad si sale al centro de cualquier ciudad— sino enhebrar algunas recomendaciones bibliográficas esenciales para aquellos lectores a los que, a fuerza de incordiarles semanalmente, les hayamos despertado el gusanillo por la cosa artística.