Vuelve el servicio militar (cultural) Miguel Lorente Acosta
Comprar a cien y vender a noventa. Un negocio en apariencia ruinoso, pero que en un país como España proyecta una lucidez enternecedora. ¿Cómo es posible que en otros lugares de inteligencia capitalista más aguda no hayan visto las oportunidades de esta operativa? Quizás porque el capital gira sobre una cinta de Moebius y lo que ayer estaba en el lado oscuro hoy, sin moverse, nos aparece en el lado luminoso. La inmoralidad resulta compatible con la ética del capital, fundada en el afán de lucro, sobre todo en un país donde confundimos la creación de riqueza con la creación de ricos.
Ahí tienen a Víctor Aldama. Es el empresario modelo, el amigo fiel y cómplice a quien se le abren las puertas de todos los círculos, de todas las emisoras de radio y televisión, incluso de alguna fiscalía. Es el corrupto en paradigma que hoy comercia con su palabra, puesta en almoneda para atacar y defenderse, para mentir y desmentir. Aldama ha reconocido haber infringido varios preceptos del Código Penal y en todos ellos dejó memoria amarga de él. Dada su catadura, podría ser cierto lo que afirma, o podría no serlo. ¿Tendrá algún as en la manga? Es posible, pero no lo parece. Escúchenlo bien; en realidad, no dice nada, amaga pero no da, insinúa pero no aporta, amenaza pero no cumple, insulta y es jaleado, denigra y lo aplauden.
La compra de hidrocarburos en un depósito fiscal está exenta de IVA. ¿Cómo no se nos ocurrió antes? Lo compramos por cien y lo vendemos por noventa. ¡Gran idea! En la venta, por supuesto, le incluimos el impuesto, así que cuando lo vendemos recibimos del comprador noventa más el 21% del IVA; en total, 108,90 euros. Y luego, ¡touché!, nos olvidamos de la declaración tributaria y no ingresamos el IVA en el Tesoro Público. De repente, se obra el milagro: compramos por cien, vendemos por noventa y ganamos 8,9 euros. Y al mismo tiempo, regamos el país de gasolina barata. ¿Qué más podemos pedir? Que acudan todas las jerarquías, potestades, tronos, principados y dominaciones de la delincuencia a postrarse ante este glorioso genio empresarial. Según las noticias publicadas en prensa, la Audiencia Nacional le investiga por haber defraudado con este sistema cerca de doscientos millones de euros. Volvamos a decirlo: doscientos millones. Pueden ustedes apostar a que en sus últimas entrevistas faranduleras, ninguno de sus corifeos le ha preguntado dónde tiene el dinero, ni le ha echado en cara, en cálculo poco complejo, la cantidad de sueldos de médicos o pensiones de jubilación que podrían pagarse, escuelas que podrían construirse o raíles que podrían tenderse con este dinero. En cualquier país serio este hombre estaría en la cárcel; aquí está en las televisiones, dando clases.
Víctor Aldama no está en la cárcel porque ha llegado a una componenda con la Fiscalía Anticorrupción; un pacto de caballeros. La Fiscalía le concede la libertad, le deja en la calle y le rebaja notoriamente la petición de penas. ¿A cambio de qué? No, desde luego, de que devuelva lo defraudado. Nunca lo hará. Entonces, ¿qué ha aportado el bueno de Aldama al fiscal, cuando los hechos están sustancialmente documentados? Pues no se sabe muy bien, la verdad. Desde luego, para el desbroce de la trama en torno a José Luis Ábalos, que parece que era el objetivo, no ha aportado gran cosa, al menos por ahora.
Empezaré por un dato claro: lo descubierto hasta la fecha nos aporta indicios reveladores de que José Luis Ábalos es un corrupto, un delincuente de manual que avergüenza a los servidores públicos y cuya deriva personal espanta a quienes confiaron en él. Basta leer el escrito de acusación contra Ábalos para caer en la pura desazón, repasando la ristra de corruptelas que el fiscal desgrana. Es obvio que, de ser ciertos los hechos imputados, Ábalos debería ser castigado y expulsado de la vida pública con gran bochorno de sus camaradas. No hay paliativos.
Por si fuera poco, los mensajes cruzados con Koldo, personaje turbio y áspero donde los haya, provoca una repugnancia que rompe todos los puentes, al verlos comerciando con mujeres y hablando de ellas con tanta vileza. Es posible que estas conversaciones, machistas y misóginas, no constituyan ningún delito, pero provocan tal rechazo que comprometen el éxito de cualquier línea de defensa que intentaren. Y es que, ante ellas, la gente no solo se tapa la nariz; se tapa los oídos.
En la sombra están Ábalos y Koldo, braceando en un piélago de cochambre; en la luz está Aldama, convertido en héroe popular no se sabe muy bien por qué
Sin embargo, la niebla de turbidez no debería ocultar la realidad de las cosas. Y es que la lectura del escrito de acusación del fiscal, en un análisis objetivo y sereno, junto con la tristeza, nos deja un poso de intriga. Ábalos se nos presenta como un corrupto de baja estofa, con un perfil torrentiano y grosero, responsable de unas prácticas desde luego ilícitas, pero más bien mezquinas, delicuescentes, cutres de pacotilla. Y la pregunta nos surge: ¿esto es todo? Ábalos colocó a su novia Jessica en empresas del ministerio, donde le pagaron sin tener que ir a trabajar; una trama de empresarios corruptos y amigotes le pagó una semana en un chalet de Marbella, le ofreció una casa en la Línea de la Concepción sin cobrarle el alquiler (según el fiscal, le quitaron las llaves al poco de dejar el ministerio) y le puso un apartamento a Jessica en el centro de Madrid. Aparte de eso, Aldama afirma que entregaba diez mil euros mensuales a Koldo, que éste repartiría con su jefe, para garantizarse la cercanía del ministro y contar con información privilegiada de contrataciones públicas, especialmente de material sanitario en la pandemia. Todo esto es políticamente catastrófico, jurídicamente delictivo, materialmente grave, no lo pongan ustedes en duda. Ahora inspiremos un par de veces y preguntémonos: ¿eso es todo? ¿Dónde están los millones?
En estos tiempos complicados que nos ha tocado vivir, no convendrá poner la mano en el fuego por nadie. Es posible que Ábalos haya recibido mucho más dinero de la trama corrupta, pero el dinero no ha aparecido por ninguna parte, y no hay prueba de que exista. Y la Fiscalía y el Tribunal Supremo empiezan a estar preocupados. La reflexión de Leopoldo Puente al dictar su auto de prisión, diciendo que Ábalos pudo haber recibido mucho dinero “tal vez en metálico, tal vez depositado en cuentas de terceros que hasta el momento no han sido halladas” resulta elocuente y decepcionante. Con un “tal vez” no se mete a nadie en la cárcel.
En fin, así somos. Todo el mundo sabe dónde está el ático de González Amador, otro ejemplo de ética empresarial, comprado con dinero cuyo origen es bien conocido a estas alturas. Sin embargo, nadie sabe dónde está el ático de Ábalos, ni mucho menos el de Cerdán. Y empieza a asentarse la idea de que tal vez no existan, que realmente no tengan nada; comienza a barajarse la posibilidad de que Ábalos se dejara arrastrar por una corrupción de tres al cuarto, que desde una perspectiva política es tan devastadora como cualquier otra, pero que jurídicamente debería ser puesta en perspectiva ante otras más severas.
En este sentido, en su escrito de acusación el fiscal calcula el perjuicio para la ‘res publica’ causado por la extraña pareja, Ábalos y Koldo, y les conmina a indemnizar estos daños. No llegan a 44.000 euros; se corresponden al salario de Jessica que las empresas le pagaron sin ir a trabajar. ¿Realmente no hay más perjuicio público en toda esta trama? ¿Y para desmontar este estaribel se liberan los grilletes de quien defraudó cinco mil veces esta cifra, permitiéndole pasearse por las televisiones con la vitola de ser socio del fiscal y adalid de la lucha contra la corrupción? ¿Cuál es el objetivo final del trato con Aldama? No lo entiendo; necesito creer que hay algo más, algo que no se conoce.
Por cierto que, en relación con este dinero, resulta interesante, por novedosa, la decisión del fiscal de no reclamárselo a Jessica, que fue quien lo recibió. Entiendo que la idea del fiscal es presentar a esta mujer como una víctima y no como una receptadora irregular de fondos públicos. Este enfoque hubiera necesitado de un cierto desarrollo argumental, que el escrito de acusación no nos ofrece.
El trato que se le da a Aldama dice más de nosotros mismos que de él; las alfombras que la derecha y la Fiscalía le tienden a su paso hablan a gritos de la degradación de nuestra vida política y judicial
En fin, como se advierte, el asunto está lleno de aristas, de luces y sombras. En la sombra están Ábalos y Koldo, braceando en un piélago de cochambre; en la luz está Aldama, convertido en héroe popular no se sabe muy bien por qué. En la ‘dramatis personae’ de esta tragicomedia, Víctor Aldama se nos presenta como el titiritero del resto. Pero no se confundan: el trato que se le da a Aldama dice más de nosotros mismos que de él; las alfombras que la derecha y la Fiscalía le tienden a su paso hablan a gritos de la degradación de nuestra vida política y judicial, que parece vanagloriarse de haberse dejado embaucar por este delincuente confeso.
Más allá de todo esto, de lo que no existe duda es de que el Tribunal Supremo condenará a Ábalos y a Koldo, y los condenará a una pena muy severa. Los dioses tienen sed, como nos recordaba Anatole France, y el devastador juicio contra el Fiscal General (que curiosamente ha terminado por deteriorar más a la institución juzgadora que a la juzgada) los ha dejado todavía más sedientos.
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Carlos López-Keller es abogado, especialista en derecho penal; no ha escrito ningún libro.
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