Uno no encuentra con facilidad el "óleo sobre terciopelo" en el catálogo general de nobles técnicas pictóricas. Quitando algún ejemplo medieval (Marco Polo vio dioses hindúes representados de esa guisa y hubo algún clérigo ortodoxo al que le pareció un buen soporte para los iconos), tenemos que esperar al siglo XX para encontrar al primer prócer de la disciplina velvetiana: un tal Edgar Leeteg, natural de Illinois, que se asentó en la polinesia francesa y pasó la vida retratando al paisanaje local sobre una superficie velluda.
En la actualidad, el terciopelo sigue causando sensación entre el amateurismo norteamericano: gentes cuyas pretensiones figurativas se concretan en Elvis Presley, algún cowboy, jesucristos de melena abundante, unicornios, gnomos y demás criaturas que un señor de Oregón querría tener tatuadas en el antebrazo y la infaltable estrella country del momento. Si sienten curiosidad por el género, les adelanto que hasta tuvo su museo. El Velveteria: The Museum of Velvet Art [Terciopelia: el museo del arte en terciopelo], fundado en Portland en 2005, quebrado en 2010, reabierto en el barrio chino de Los Ángeles en 2013 y clausurado definitivamente en 2020.
Si les cuento todo esto es porque hasta finales de mes puede verse en la galería madrileña F2 una exposición titulada Montonera, que reúne una docena de cuadros ejecutados por Jorge Diezma con esta técnica. El panorama es abracadabrante: un flamenco exangüe que yace sobre un pedrusco, un bodegón de sandías reventadas, un cardumen de peces asfixiándose en posiciones imposibles, marinas espeluznantes y atardeceres en colores flúor. En el texto de sala, el cómico Joaquín Reyes (condiscípulo del artista en la facultad de Bellas Artes de Cuenca) nos da una pista valiosa: "Entrar en esta exposición es un poco como entrar en un museo del siglo XVII… pero después de pasar por el mercadillo". Parecería, efectivamente, que Diezma —pintor virtuoso, como hemos podido comprobar en numerosas ocasiones— se ha propuesto adentrarse en los dominios de la pintura fea, en los géneros menores y en las composiciones manidas. Esta investigación (llamémosla así, a falta de un término más preciso) ha tenido distintas concreciones: los jarrones con flores, las naturalezas muertas de mariscos y morralla o las cabezas de pez en formato monumental. En esta ocasión, Diezma parece haber ido un paso más allá, reinterpretando obras de Courbet y del pintor estadounidense Marsden Hartley.
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El resultado de estas versiones (más cercanas al pintor de baratillo que a los grandes maestros) es una decisión genealógica interesante, por cuanto supone ir a contrapelo de lo que la tradición y el sentido común parecen indicarnos. No sé si Tintoretto es más difícil de imitar que un artista de almoneda (puede que no lo sea), pero encuentro fascinante que haya quien, pudiendo dedicar sus esfuerzos a remedar las técnicas de los grandes maestros, los empeñe en adquirir la pericia de los epígonos del pastiche.
Yendo a lo puramente plástico, los cuadros de Diezma son de lo más desasosegantes. No solo por las composiciones aberrantes o por los elementos bizarros que las vertebran. También por el modo en el que el óleo se empasta sobre los pelillos del terciopelo, en esa lucha grumosa contra la negritud hirsuta del fondo. No es la primera vez que en la Historia del Arte se usan soportes oscurísimos como base: conservamos muchas pinturas devocionales sobre cristal o mineral, que proporcionan un fondo impenetrable. Pero donde estos materiales ofrecen una superficie pulida, cómoda para los detalles y las miniaturas, el terciopelo parece una trampa para el pincel: observándolos de cerca, parecería que la tela se resiste a ser pintada, vengándose de cuanto gesto sutil quiera aplicar el pintor.
Convendría entonces preguntarse qué motiva esta elección: por qué, de entre tantas opciones temáticas y procedimentales, el autor ha escogido un camino escarpado donde todo se hace difícil y el resultado es, en ocasiones, horripilante. A todos nos suena esa cantinela del ad astra per aspera [por lo arduo, hacia las estrellas], pero en Montonera lo áspero solo conduce a lo desasosegante. Creo que esa operación conceptual es la clave para encontrar el encanto a esta exposición: una colección de esfuerzos que ríete tú de Sísifo. Quién nos lo iba a decir: cuando miras al terciopelo, el terciopelo te devuelve la mirada.
Uno no encuentra con facilidad el "óleo sobre terciopelo" en el catálogo general de nobles técnicas pictóricas. Quitando algún ejemplo medieval (Marco Polo vio dioses hindúes representados de esa guisa y hubo algún clérigo ortodoxo al que le pareció un buen soporte para los iconos), tenemos que esperar al siglo XX para encontrar al primer prócer de la disciplina velvetiana: un tal Edgar Leeteg, natural de Illinois, que se asentó en la polinesia francesa y pasó la vida retratando al paisanaje local sobre una superficie velluda.