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La cultura de la Transición desde las cloacas

La cultura de la Transición desde las cloacas

Se enemistaron con los comunistas por gritar en una manifestación “Carajillo al poder”. Con su polémico número 10 sobre las fallas, el buzón se llenó de cartas llamándoles “antiespañoles”, los lectores más gentiles, y “despreciables hijos de puta”, los apasionados de la fiesta valenciana. La revista Ajoblanco apareció en 1974 como contestación al sacrosanto consenso de la Transición y contra la hipocresía de los que decían ser demócratas pero que cinco minutos antes cantaban el Cara al Sol Cara al Solsin ruborizarse. Libertarios casi más como reacción natural al autoritarismo, de cualquier tipo, que como teóricos, la publicación nació para dar carpetazo al pasado y hablar de lo que le gustaba a la nueva juventud.

“Nuestros hermanos mayores eran todos comunistas y nosotros teníamos claro que queríamos otra cosa: la libertad. Buscábamos un régimen social asambleario”, explica Pepe Ribas, quien fuera director de la revista. En el primer número de Ajoblanco, cuya cabecera diseñada por Quim Monzó les valió un pleito con Coca-Cola por utilizar la misma tipografía, escribieron sobre Frank Zappa y la movida sevillana. En sus páginas se habló de ecologismo, feminismo o de la mercantilización de la cultura, gracias a una redacción interesada en el movimiento underground europeounderground. El equipo formado por Luis Racionero, Toni Puig, Karmele Marchante o Fernando Mir, entre otros muchos, gestaba cada número en un pequeño piso de la calle Aribau de Barcelona, organizados de manera asamblearia, según cuenta el propio Ribas.

El centro cultural Conde Duque acoge ahora la primera gran retrospectiva de la emblemática Ajoblanco, comisariada por Valentín Roma. Una exposición y un ciclo de conferencias que repasará la influencia de la revista en el panorama cultural y político, tanto en su primera época (1974-1980), con una estética más cercana a los fanzines, como en la segunda (1987-1999), cuando se profesionalizaron, convirtiéndose en un observatorio de las ideas y de los acontecimientos que se daban en todo el mundo.

“En el primer Ajoblanco éramos más freaks, pero después descubrimos a Durruti y el pasado libertario español, fue entonces cuando prácticamente nos unimos a la CNT”, cuenta Ribas. Y fue entonces también cuando colaboraron en la organización de las jornadas libertarias de Barcelona de 1977 y llegaron a alcanzar los cien mil ejemplares de venta. En su primera etapa, la revista se había convertido en una especie de referente del pensamiento libertario y en un proyecto colectivo en el que participaban decenas de firmas hablando sobre temas tan controvertidos como la sexualidad tántrica o las sustancias psicodélicas. Secciones como la de 'Cloaca', una especie de punto de encuentro donde los lectores solicitaban u ofrecían compartir un viaje, vivir en una comuna o intercambiar ideas, ejemplifican el espíritu del primer Ajoblanco. Allí fue donde un almeriense de 33 años hacía el siguiente llamamiento: “He padecido una neurosis pero ya me encuentro curado. Desearía trabajar en una comuna. Espero me escribáis” (sic).

Buenas firmas y amplios reportajes

“En la segunda etapa la redacción se profesionalizó: hablábamos de viajes, otras culturas, músicas del mundo y criticábamos la democracia española porque estaba mal planteada. Eso ya lo sabíamos desde el 78”, señala Pepe Ribas. Fue en ese segundo Ajoblanco, más parecido a revistas europeas como Actuel o The Face, con grandes reportajes y firmas reputadas, donde contaron la primera vez que Roberto Bolaño viajó a Chile tras el exilio, el alzamiento zapatista en Chiapas y donde entrevistaron a figuras musicales tan relevantes como Kraftwerk, PJ Harvey, Chavela Vargas o Cesaria Évora.

Dice Pepe Ribas que él nunca ha aceptado publicidad “a cambio de quitar una portada”, pero fue la publicidad, o la ausencia de ella más bien, lo que acabó asfixiando a la publicación. Jordi Esteva, fotógrafo y cofundador del segundo Ajoblanco, asegura que la incorporación de publicidad a la revista supuso una “contradicción”. “Nosotros al principio, no sé si equivocadamente o no, buscamos publicidad. Y esto yo creo que fue un error, porque los contenidos que publicábamos no eran nada compatibles con los productos que intentaban vender. Tuvimos graves problemas económicos porque no conseguimos que el mundo publicitario apostara por nosotros”.

Ajoblanco apareció en medio de la euforia cultural que se dio en los estertores del franquismo, y que tuvo como epicentro la capital catalana. Junto con la revista Star, más centrada en la cultura del cómic y el fenómeno del punk-rock, fueron referentes del pensamiento libertario. En clave más satírica, pero igualmente rebeldes y atrevidos, aparecieron El Papus y Por Favor. Todas estas publicaciones acabaron desapareciendo años más tarde, coincidiendo con el desencanto de la sociedad y el final de ese bullir cultural. Sólo El Papus seguiría publicando hasta 1987, mientras que a Ajoblanco le tocaría reinventarse para adaptarse a las demandas de una nueva época.

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