Jem Perucchini en el CAAC: una exposición manierista

Una de las obras incluidas en la muestra 'El alma diáfana de una mañana inmóvil', de Jem Perucchini.

"En un mundo donde la realidad a menudo se entrelaza con lo inasible, surgen reflexiones sobre la condición humana que trascienden lo cotidiano". No lo digo yo, sino la hoja de sala de la exposición de Jem Perucchini (Tekeze, Etiopía, 1995) en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC). La muestra, primera del artista italoetíope en un museo español y realizada en colaboración con la Fundación Sandretto Re Rebaudengo, reúne bajo el rimbombante título de El alma diáfana de una mañana inmóvil once lienzos de diversos formatos (los más grandes, de dos metros por uno y medio; los más pequeños, de noventa por sesenta centímetros) realizados con óleo y acrílico y fechados entre 2022 y 2025.

Estéticamente, las imágenes hibridan elementos plásticos de la tradición del país natal del artista ("impregnada de influencias bizantinas", leemos en la documentación) con maneras del primer Renacimiento. Rostros tirando a lo hierático, profundidades achatadas, gestos lacónicos, textiles sin volumen pero ricamente ornamentados y composiciones con aire alegórico. Las obras se han instalado en el imponente refectorio del antiguo monasterio aprovechando los espacios en que no se conservan restos de azulejería ni frescos. En lo cromático, abundan los colores cálidos (anaranjados, rojos) en las obras situadas en el paño que recibe al visitante; los del lado de la puerta les responden con azules y morados. En la cabecera de la sala —que aún conserva restos de pintura mural— un gran cuadro horizontal preside la muestra: en un ambiente geométrico y aventanado, un sol cuajado de rayos alumbra a seis personajes situados en torno a un damero. La factura es de un abigarrado puntillismo y dominan los tonos verdes.

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Colgar cuadros en el comedor de una cartuja no es tan excéntrico como parece. Antes de que los franceses y los desamortizadores atracasen a los monjes, el testero de honor estaba ocupado por una santa cena de Alonso Vázquez; y por las paredes restantes se repartían una expulsión del paraíso, el asesinato de Abel y otros cinco pasajes veterotestamentarios que se remataban con el encuentro de Jesús y la samaritana. Es más: un cuadro bifronte (de un lado una sagrada familia y del otro un calvario) hacía de separador entre la zona de padres y la de legos. Sobra decir, claro, que estas obras eran tan contemporáneas para los que las colgaron como lo son las de Perucchini para nosotros.

El asunto no es, por tanto, qué se puede exhibir en una sala con escaño y artesonado sino qué se pretende y logra con lo expuesto. Imagino que los lienzos piadosos irían como anillo al dedo: si comes en silencio para no distraerte de la contemplación divina, un friso de estampas bíblicas viene que ni pintado. Con los cuadros de Perucchini tengo mis dudas. Aunque el extenso texto en el que Jimena Blázquez (directora durante los últimos dos años del centro andaluz y comisaria de esta propuesta) explica la exposición a los visitantes abunde en términos grandilocuentes y pretensiones trascendentales (la búsqueda de lo divino, el ansia por lo sublime, la consabida mención a Aby Warburg, la pintura metafísica y las insospechadas complejidades humanas que se asoman por los quietos personajes de esos cuadros), la propuesta resulta más bien decorativa.

Colocados donde el azulejo lo permite (o en el hueco del púlpito, para mayor efectismo), las obras del artista más que autónomas parecen de relleno. Perucchini, pintor habilidosísimo (uno puede admirarse, por ejemplo, con los detalles de las vestimentas, que imitan los diseños coloristas y repetitivos de las telas teñidas con reservas de cera), no logra ofrecernos nada más que una meticulosa y preciosista amalgama de recursos traídos de aquí y de allá, ya sea lo onírico, ya sea el revival de los dejes de los primitivos italianos. Y uno no termina de averiguar si, detrás de la languidez de los personajes que pueblan estos cuadros, habrá tanta metáfora o todo se quedará en mera pose.

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