Cultura

¿Y qué fue de la literatura de humor?

Portada de El Quijote, 1605.

El pasado mes de mayo, el premio Bollinger Everyman Wodehouse quedó desierto. ¡Estupor y temblores! ¿Ninguna de las 62 novelas presentadas era digna del único galardón británico consagrado a la comic literatura? ¿Es el fin de la literatura de humor?

"No, creo que no ―tranquiliza Valeria Correa Fiz―. Es una predicción cómica, ¿no crees?" Sí, lo creo. Y creo con ella que el humor es una forma de contrapoder, un recurso para restaurar el Yo herido. "El humor es la gentileza de la desesperación, decía Wilde. Es un género difícil y que requiere una mirada particular: la de alguien que juega con los juicios de valor y las costumbres". En cualquier caso, "no hay que fiarse demasiado de los premios. Ni de los ministerios. Ni del amor. Los premios, los cargos ministeriales te los dan y casi nunca te los mereces del todo. De los novios, maridos y amantes mejor no opino". Yo tampoco.

La duda es si lo sucedido con el premio es un síntoma que no debemos desatender.

"Lo cómico tiene dos caras: por un lado, están los propios creadores, los que generan el humor, y por el otro están quienes lo reciben y, en el mejor de los casos, lo disfrutan. Así que aquí habría que separar la paja del grano y ver si el problema es que no había novelas que provocaran risa o si es que el jurado fue incapaz de reírse". Lo más probable, afirma, es que se hayan combinado ambos extremos: cada día es más difícil hacer reír porque cada día es más difícil reír. "¿Por qué? Porque para lograr tanto lo primero como lo segundo hace falta un factor esencial: la distancia, el distanciamiento, la capacidad de embriagar al superyó con el ingenio".

Habla Andrés Ehrenhaus quien, como Correa Fiz, tiene origen argentino, raigambre española, y participa en la obra colectiva Humor negro (La fuga ediciones), de la colección "Humoris causa" que coordina junto con Manuel Manzano y Luigi Fugaroli.

Comparten además la convicción de que sus peores enemigos son la corrección política y la autocensura. "Si nos prohibimos usar, por ejemplo, la palabra enano porque puede resultar ofensiva y la reemplazamos por perífrasis de dudoso gusto y eficacia, estamos contribuyendo, quizás de manera inconsciente, al empobrecimiento del lenguaje vulgar, que es el verdadero semillero de lo cómico ―dice Ehrenhaus―. Vulgar entendido como opuesto a culto o culterano, es decir, como sinónimo de popular, cotidiano, fresco, dinámico. La sabiduría popular es el gran refugio del humor, y si la degradamos y la engordamos con eufemismos edulcorados, estaremos matando la risa y, por consiguiente, la novela cómica".

Comedia, novela y novela cómica

"Existe la comedia, y luego hay algo llamado novela cómica, y están relacionadas entre sí de la misma manera que el año está relacionado con una agenda: ésta última es una versión más simple y ordenada del primero".

El crítico James Wood escribió hace años en The New Yorker algo que puede ser de utilidad para enmarcar el tema que nos ocupa. Sostuvo que la comedia es el punto de vista desde el que la mayoría de nosotros vemos el mundo; que la novela es, en general, una forma secular y cómic; uno puede desconfiar de cualquier novelista serio que parezca completamente inmune al cómic; y que la "novela cómica" simplifica la comedia hasta convertirla en una broma. Un punto de vista que coincide por el que en alguna ocasión ha expuesto Eduardo Mendoza: "El humor, al menos en mis relatos, tiene que intervenir porque es parte de la mirada, del lugar en el que se pone el narrador, para contar unos hechos".

El problema es la fórmula. "La novela cómica ―seguía Woods― podría imaginarse descendiente de Cervantes y Fielding, pero en realidad es la descendencia achaparrada de Waugh y Wodehouse, sin la magia de ninguno de los dos", viene lastrada por la necesidad que algunos autores exhiben de ser graciosos en cada línea de texto.

Un prestigio fluctuante

"El problema con el humor es que nadie lo toma en serio", dice Valeria Correa Fiz acogiéndose al comodín Mark Twain, quien tal vez hubiera apreciado la opinión de Carlos Bousoño, según el cual, y así lo recoge Antonio José López Cruces en su introducción a la antología La risa en la literatura española, la literatura burlesca se anticipa, a veces en muchos siglos, en el descubrimiento de procedimientos novedosos, a la literatura seria.

¿Hablamos de prestigio? "Si lo tuvo en algún momento, sobre todo a principios del XX, hace rato que no lo tiene", coincide Ehrenhaus. Hubo en los 60 y 70 un resurgimiento de lo cómico "como registro inteligente, creativo, no necesariamente chabacano o grosero, quizás como consecuencia de la libertad cultural de esos años, pero la subsiguiente ola de puritanismo global lo expulsó a la periferia, al menos en lo que a la literatura se refiere".

Pero, hoy en día el autor cómico es sospechoso de mala calidad artística o de infantilismo, "cuando es precisamente al revés: en el mundo hiper infantilizado en el que vivimos, el humor es uno de los pocos rasgos adultos que nos podemos dar el lujo de ejercer. Si el monopolio de la alegría lo van a tener sólo los niños, vamos fritos".

En cuanto a las peculiaridades españolas, aquí el humor siempre ha consistido "en una maravillosa mezcla de picaresca y esperpento". Ehrenhaus, que además de escritor es traductor y profesor de posgrado en la Universitat Pompeu Fabra, cree que el humor negro es más patrimonio de italianos y franceses; y la ironía, de los sajones, en tanto que el humor español "no es nada cruel, es campechano y costumbrista. Mucho más cruel y despiadado es el humor latinoamericano". Donde, según Correa Fiz, el género tampoco tiene el prestigio que merece, no lo tiene "en ningún país de habla hispana".

Y eso que la gran novela española es la novela de humor española por excelencia. Más aún: en opinión de López Cruces, el Quijote es "la gran novela cómica europea del siglo XVII", obra con la que Cervantes busca hacer reír ("el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente", escribe) aun sabiendo del mérito y la dificultad de tal intento.

Un camino que ya habían emprendido los autores de la tragicomedia La CelestinaLa Celestina, que trajo a nuestras letras el diálogo cómico y espontáneo, el de la sátira La lozana andaluza y el del Lazarillo, mediante su hábil manipulación del folclore popular. En cuanto a lo que vino después (poesía y teatro incluidos)… mejor lean a López Cruces.

La risa de las mujeres

Aprovechando que uno de mis interlocutores es una interlocutora, pregunto a Valeria si la marca de género. "Si creemos, como Freud, que el humor es la más elevada operación defensiva frente a la posibilidad de sufrimiento y opresión, no debería sorprendernos que la literatura escrita por mujeres esté fuertemente marcada por distintas modalidades del mismo: la ironía, el humor que critica las costumbres, la mirada incisiva, el humor blanco o el corrosivo está siempre latente en la obra de muchas escritoras". Le vienen a la memoria obras de Jane Austen o de Sor Juana, pero también hay mucho humor en Rosario Castellanos, Luisa Valenzuela, Ana María Shua, Clara Obligado, Dorothy Parker, Katherine Mansfield, Lorrie Moore, Nancy Mitford y Amélie Nothomb.

En fin. Quizá usted sea un habitual de las novelas de humor, y no necesite un empujoncito. Confiemos en que lo que hasta aquí escrito le confirme en sus elecciones.

Puede ocurrir, sin embargo, que nunca se haya asomado a unas páginas que le hayan convencido de que la literatura de humor puede ser gran literatura. Por lo que pueda servir, me he tomado la libertad de pedir a mis interlocutores una recomendación, y sólo una, para devenir fan incondicional del género.

Ehrenhaus recurre a un clásico que ya ha citado, el Quijote y, "en la literatura más reciente de gran calibre, quizás El tercer policía de Flann O’Brien se lleve la palma". Pido uno y me da dos, empezamos mal.

A ver qué hace Correa Fiz. "El humor es siempre opositor, cuestionador y transgresor por naturaleza, y por eso, recomendaré tres". Pues sí que… "Dos novelas: Estupor y temblores, de Amélie Nothomb y La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, y la comedia de Oscar Wilde, La importancia de llamarse Ernesto, que Borges recomendaba traducir como La importancia de ser Franco". Confiesa, de propina, que se rió con de Autoayuda, de Lorrie Moore y con los Cuentos sin plumas, de Woody Allen. "Prometí tres libros y nombré cinco. Ya ves: ni a mí misma me tomo en serio".

Al menos el exceso demuestra, como afirma Ehrenhaus, que "habrá risa para rato". Y que no nos falte porque, citemos de nuevo a Twain, la raza humana tiene un arma realmente efectiva y es la risa.

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