Los diablos azules

Un río nos atraviesa

El Río de la Plata, con Buenos Aires a la derecha y Montevideo a la izquierda.

Irene Chikiar Bauer

En la literatura argentina el protagonismo del desierto, desde La cautiva de Esteban Echeverría, ha sido reconocido y ampliamente estudiado, pero así como la pampa y las diversas geografías terrestres constituyen nuestro territorio, un río es el que en principio nos dio nombre. Luis de Miranda fue el primero en procurarle representación literaria en su Romance elegíaco: “En las paredes del poniente / Es el Río de la Plata/ Conquista la más ingrata…”.  Por su parte, Martín del Barco Centenera asocia lo “argentino” al río en su poema de 1602, “La Argentina o La conquista del Río de la Plata”, donde se propone “descubrir el ser tan olvidado / del argentino reino”. A través del tiempo, y depende quien lo mire (o se bañe en él) sobra decirlo, el Río de la Plata, como todo río después de Heráclito, no es nunca el mismo río. Y si Leopoldo Lugones perdió la oportunidad de convertirse, como señala Nora Acaro, en el en el gran cronista moderno del río Paraná, las aguas no lo notaron tal vez concentradas en el impacto que produjeron en Horacio Quiroga.

De aquel río extrañado de Miranda y Centenera, al río entrañado de nuestro inmenso Jual L. Ortiz hay una distancia de siglos. Una distancia que va de sentirlo ajeno a sentirlo propio: “De pronto sentí el río en mí, / corría en mí /con sus orillas trémulas de señas, / con sus hondos reflejos apenas estrellados. / Corría el río en mí con sus ramajes. / Era yo un río en el anochecer, / y suspiraban en mí los árboles, / y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. / Me atravesaba un río, me atravesaba un río!”. 

En singular tarea de rescate, Ricardo Piglia se refirió a la reedición de Río de las Congojas, de Libertad Demitrópulos, como a una de las “obras maestras que construyen imaginariamente la conquista española del Río de la Plata”, “quizá la más pasional y la más lírica”. En esta apretada panorámica de la literatura argentina en relación al río, es insoslayable recordar a Enrique Wernicke, y al escritor que, en La Ribera deja atrás la ciudad, se recluye en la costa. Por su parte, Haroldo Conti también supo enamorarse del río, tuvo su casa en el Delta del Paraná reflejada en Sudeste: “No se puede decir que el río cambie de una manera en invierno y de otra manera en verano. Cambia. Eso es todo”.

Y, de pronto, en los años oscuros de la dictadura, el río fue testigo de los vuelos de la muerte. La democracia, "en homenaje a los detenidos-desaparecidos y asesinados” por el terrorismo de Estado hizo construir frente al Río de La Plata el Parque de la Memoria. Nadie que pase por ahí puede permanecer indiferente, el río color leonado, entre otras esculturas y obras alegóricas, sostiene la escultura que representa a Pablo Míguez, un joven desaparecido a los 14 años.

En pleno siglo XXI, el río vuelve a ser protagonista de la literatura argentina en las novelas El río de Débora Mundani, (Premio Literario Casa de las Américas, Cuba, en la categoría Novela) y El Rey del Agua de Claudia Aboaf. Las autoras, en comunicación con infoLibre, se refieren a sus libros, a tres preguntas idénticas, la literatura de cada una de ellas les da personal respuesta.

El río, de Debora Mundani

PREGUNTA. ¿Qué le llevó a contar una historia en la que el río es protagonista?

RESPUESTA. El río es memoria, dice Haroldo Conti. Sobre esa superficie cambiante se construye, en pleno movimiento, la identidad de todos aquellos que de una u otra manera son atravesados por sus aguas. Los protagonistas de esta novela son Helena, Juan y Horacio. Al morir su madre, el hijo decide cumplir su último deseo. Con ese propósito, Horacio parte del Delta, único lugar en el mundo que este hombre conoce, y remonta el Paraná para enterrar a Helena en Trinidad, su pueblo natal. El hijo carga el cajón donde yace su madre muerta y, con la amenaza del sudeste, se mete en el río. ¿Hacia dónde nos llevan los muertos? El río calmo como superficie que mece ese viaje imposible. El río en la tormenta como una suerte de destierro. El río como una salida para aquellos hombres acorralados en medio de la selva, allí donde la violencia estalla en los cuerpos. La deriva de estas aguas como la posibilidad de volver a tejer hilos que parecían haberse cortado.

Hablar del Paraná es también hablar de nosotros. La historia íntima de Horacio y su madre tiene, como trasfondo, un capítulo de la historia de nuestro país que dialoga con la historia de un continente.

P. ¿Podría pensarse a los personajes de su novela en otra geografía?

R. El río nació de dos imágenes que surgieron casi en simultáneo: un hombre cargando el ataúd donde yace su madre en una lancha y unos cuerpos flotando en el río. Las dos imágenes tenían el mismo peso. Ese viaje que emprende Horacio hacia Trinidad remontando el Paraná con el propósito de enterrar a su madre en su pueblo natal me permitió entrelazarlas. El verdadero protagonista de este libro, quien le da nombre a la novela, es el río. Y si bien el Paraná no es el único por el que han bajado cuerpos flotando ni mucho menos donde alguien haya llorado o despedido a un ser amado, Helena, Horacio y Juan son en relación a estas aguas. Pienso en Pedro Páramo, de Rulfo, y no puedo imaginarla en otra geografía, no hay otra posibilidad para ese camino que emprende ese joven, sin embargo, tuve el deseo, atrevido deseo de mi parte, de recuperar algo del clima de esa novela: que Horacio pudiera mirar el pueblo a través de los ojos de su madre.

Creo que en la relación entre literatura y geografía pasa algo similar a las personas y los nombres, seguramente podríamos llamarnos de otro modo pero no seríamos nosotros.

P. Jorge Luis Borges sostuvo que somos “el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito”. ¿Cómo te imaginas una lectura de tu libro, por ejemplo, en España?

R. Los libros que he vivido fueron escritos y recrean lugares a los que no viajé. Los conozco, están en mí por la experiencia de lectura. Leer es detener el tiempo y el espacio. Es la magia de poder salirse de sí mismo por un rato, entrar en una nueva temporalidad. No sé cómo imaginará un lector español el delta del Paraná, algunos se verán tentados de guglearlo, otros se dejarán llevar por las palabras guiados por su imaginación pero sin dudas, con o sin imagen donde anclar, evocará alguno de sus ríos, los vividos o los soñados, y remontará el Paraná con Horacio, peleará contra la creciente, hará todo lo posible por llegar a Trinidad porque El río es una novela sobre la espera, los encuentros y desencuentros y suerte la de aquel que no se haya visto atravesado por alguna de estas contingencias de la vida.

El Rey del Agua, de Claudia Aboaf

PREGUNTA. ¿Qué le llevó a contar una historia en la que el río es protagonista?

RESPUESTA. Vivo en Tigre. En el Delta de Tigre los trescientos cincuenta ríos y arroyos de agua ambarina tienen sus propias mareas que no siguen a la luna y cada tanto, ahogan las islas formadas por depósitos aluviales; acarreos de sedimentos que se fijan entre los juncales. Estas islas, sus bordes, no son tierra ni río. El Delta de Tigre está a sólo 30 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. Aquí escribo con los ojos en el río. El río resultó un imán para atraer pensamientos líquidos, en oposición a ideas tierrafirmistas de un mundo material y cotidiano. Una literatura sin límites donde se disuelve lo sólido, mezcla visiones y fantasía. Las aguas bajan desnudando el barro o suben inundándolo todo. Cada día no se sabe qué esperar, y la incertidumbre cambia el texto, lo desvía. La invención provoca la deriva del relato y el registro amplificado permite ver los pliegues de la bruma en la mañana. Podría decirse un territorio emocional,  como define Almudena Grandes a la literatura. El Rey del Agua es una novela escrita con este registro que han señalado como poético. Adentrarse en este territorio líquido fue escribir sin andamiaje para las palabras. Sin estructura para el lenguaje, aunque El Rey siga las reglas argumentales de una novela de anticipación.

P. ¿Podría pensarse a los personajes de tu novela en otra geografía?

R. El río es el gran protagonista, el dios con quién el resto de los personajes mortales dialogan. El Rey del Agua intentar dominarlo en un futuro cercano donde Tigre se convierte en potencia porque flota en el nuevo oro líquido que todos necesitan comprar: “Nadie puede vender agua. El municipio distribuyó bombas, purificadores y un medidor que marca cuando no hay más cuota en cada casa. A veces se escuchan tiros de los isleños, cazando drones de vigilancia. Caen al río o quedan enganchados en las ramas de los sauces, pero al rato hay otro patrullando para impedir el libre uso del agua”. 

Andrea y Juana, dos hermanas distanciadas por su historia van a navegar por distintas aguas. Y esa fraternidad rota las enfrenta ahora con el hallazgo de trazas genéticas del padre de las dos en el río. También a la posibilidad de ser parte del negocio del rey, quien retoma los sueños del loco Sarmiento: la exportación de bienes del Delta, en este caso de agua dulce a Europa donde comienza a escasear.

“Andrea deja la revista en su lugar, luego de admirar en la contratapa unas magníficas botas de hule tornasolado. Se venden en todos los talles. Botas de hule para los países donde todavía queda agua, y aquí hay en cantidad. España ya es un desierto, sólo se usan sandalias”.  Andrea también experimenta el amor por el río: “Andrea prefiere la costa ribereña, y está dispuesta a nuevas expediciones a los confines de este Territorio Líquido. Y si hay muchas clases de amor, hoy los siente todos. Aun los inútiles, como la tristeza, o el amor por el río. Fácil enamorarse del río, porque nunca es la misma agua. En cambio uno es siempre la misma historia”. 

En este mundo distópico, Juana trabaja en el continente. Navega, pero en Internet, y comienza a develar secretos a medida que se sumerge en la web profunda. Bucea en niveles de una topografía submarina; tan opacos como el río. En estos dos territorios, uno natural y el otro un artificio, las dos hermanas encuentran comercio ilegal, muertos y belleza. Juana es tentada en la web profunda como Andrea con la propuesta del Rey del Agua luego de la localización de las trazas del padre. Navegan en la incertidumbre de sus identidades.

P. Jorge Luis Borges sostuvo que somos “el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito”. ¿Cómo te imaginas una lectura de tu libro, por ejemplo, en España?

R. Escribir es un acto de comunicación que se completa con el lector. La maleabilidad del texto se confirmará en manos del extranjero: el lector que se adentre en un territorio desconocido. En este caso territorio líquido, entre fronteras creadas por el autor. Un territorio que hará propio, o no, al terminar de leer el libro.

*Irene Chikiar Bauer es escritora. Su último libro, Irene Chikiar BauerVirginia Woolf. La vida por escrito (Taurus, 2015). 

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