Las variaciones Neuman

Vengo de ver - Andrés Neuman

La Bella Varsovia. Barcelona. 2026.

Publicidad

Hace casi veinte años, cuando Andrés Neuman recopiló la etapa inicial de su singladura en Década (2008), marcó una distinción entre “Colecciones de poemas” y “Series poéticas”. Si bajo el primer rótulo se reunían aquellos libros que tomaban como unidad de medida el poema, el segundo albergaba a aquellas otras obras que habían surgido de un impulso unitario y que obedecían a un plan quizá no premeditado, pero sí alevoso. Traigo a colación esa antigua discriminación porque diría que los últimos poemarios de Andrés Neuman no se dejan reducir tan dócilmente a una u otra categoría. De hecho, los versos más recientes del autor tienden a asociarse en torno a ciertos núcleos temáticos o patrones estructurales, al tiempo que reclaman su autonomía con respecto a los contenidos homogéneos y las costuras estróficas demasiado rígidas. Esta intuición parece refrendarse con Vengo de ver, que manifiesta una sostenida armonía tonal, aunque se distribuya externamente en dos secciones (“Furia” y “Fiesta”), cada una de ellas dividida a su vez en dos subapartados.

El libro se abre con “Génesis, Covid 19”, que adopta un tono bíblico y profético para enumerar las incertidumbres y secuelas —humanas, medioambientales, económicas y tecnológicas— de una pandemia de la que íbamos a salir mejores. Además de adscribirse al subgénero del poema viral, en su modalidad veterotestamentaria, Neuman proporciona aquí la pauta del conjunto: de este modo, las cesiones irónicas (“Y los supermercados fueron invadidos / por familias pastando entre praderas / de alcoholes y plásticos”) contribuyen a disfrazar de enfermedad leve los síntomas graves que, pese a todo, afloran en el desenlace: “Y enseguida las bocas nos callamos / en el lugar de siempre en este limbo / que es frontera entre el canto y el silencio / entre el luto y la amnesia de la vida”.

Publicidad

En el segundo subapartado (“Vengo de ver”) hallamos un conjunto de secuencias versiculares que comienzan con la cláusula “vengo de” más infinitivo. Predominan aquí las fábulas domésticas en las que se entrelazan felizmente lo individual y lo colectivo: mientras que la crítica al patriotismo vocinglero (“La mosca y el mástil”), la lección de traumatología económica (“Zapato sueldo”) o la denuncia del machismo inveterado (“El macho pez”) contraponen la vacuidad de los grandes discursos a la épica de lo pequeño, diversas composiciones se aproximan a una escritura “visionaria” en la que se confunden los límites entre la geografía física y la evidencia metafísica. Así se aprecia en “Metadiluvio”, “Cajón grieta”, “Pronombre con oasis” o “Vengo de ver”, que da título al libro, y donde se convoca una memoria familiar situada en la intersección entre la esperanza y el delirio. En otras piezas, la comunicación con la naturaleza o incluso con los objetos inanimados permite atender a la secreta palpitación del mundo (“existo por azar y balbuceo”) o detectar las erratas que enturbian la mirada (“vengo de ver que veo que no veo”).

Los corolarios sentenciosos o anticlimáticos están presentes asimismo en la segunda parte del libro, que se inaugura con las desventuras de “Un visionario miope”. A medio camino entre el escrutinio a la realidad exterior y la conciencia vigilante, el sujeto se aproxima ahora a los temas eternos —la belleza en “Mariposa inmerecida”, la ultravida en “La fiesta de las palas”, la aleación entre amor y muerte en “Ese fluido”— desde un materialismo irónico que a menudo parte de la anécdota trivial para alcanzar la lección trascendente. Las gotas prosaicas diluidas en el río de la lírica también le ayudan a abordar la reflexión metapoética desde una óptica introspectiva: véase el conturbador “Fantasma de la lengua”, que apunta a la contigüidad entre cuerpo y corpus, entre la pérdida afectiva y el léxico que designa la enfermedad o la fractura.

Publicidad

El arco y la lira

Ver más

Finalmente, el último subapartado (“El amor detrás de la oreja”) arranca de la deslexicalización de una frase hecha para desmontar los clichés románticos sin abdicar del impulso amoroso. De esta forma, el delicuescente decorado veneciano de “Autocita en Venecia” no sirve como escenario de un encuentro galante, sino como metáfora navegable del reencuentro entre el yo y la escritura (“He venido a tener un romance conmigo”). La ley del deseo o las reglas del juego erótico convergen en “Canto de ti”, un extenso poema de amor y aniversario en el que se enuncian los aprendizajes recíprocos. El hecho de que el poema esté contemplado desde la primera persona del plural, con concordancia en femenino, funciona como un guiño cómplice a la escritora Erika Martínez, la pareja del autor, a quien se alude en clave mediante los títulos de algunos de sus libros: “Y chocaste con algo, y / se desplazó del golpe. Hubo un esguince / en cada percepción. / El ansia lenguaraz / trascendió el techo”. Sin embargo, esta entrega se cierra con otra clase de amor (el paternofilial), que protagoniza dos poemas en los que se dan cita la ternura y el vértigo del tiempo: “El dedo que dibuja”, que se cierra con un signo de interrogación, y “Mi hijo estira la mano en el umbral del sueño”, que convierte un gesto cotidiano en emblema de un vínculo perdurable.

En suma, el inventario de perplejidades reunido en Vengo de ver lo confirma como una pieza relevante en la galaxia literaria de Andrés Neuman, cuya poesía sigue siendo capaz de hablar de la extrañeza con un lenguaje familiar.

Publicidad

* Luis Bagué Quílez es escritor y crítico literario.

Vengo de ver - Andrés Neuman

Más sobre este tema
Publicidad