Literatura

El Mediterráneo sin fronteras que imaginaba Camus

Albert Camus y su hija Catherine en una foto familiar.

Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1913-Villeblevin, Francia, 1960) tenía el corazón dividido entre su Argelia natal y su Francia metropolitana que era también la tierra de su padre. Pero hay un tercer punto geográfico en su biografía: Sant Lluís, un pequeño pueblo de Menorca que cuenta hoy con 7.300 habitantes. El escritor jamás lo pisó, pero de allí provenía su abuela materna, Catalina Cardona, que junto a su madre cuidó de él en su infancia. Y allí, en Sant Lluís, tendrán lugar del 29 de abril al 1 de mayo los Encuentros Literarios Mediterráneos Albert Camus, en los que una treintena de escritores, pensadores y periodistas reivindican la obra del francoargelino cuando se cumplen 60 años de su premio Nobel. 

El mar Mediterráneo que une los tres puntos cardinales del autor de El extranjero fue para él mucho más que un asunto geográfico. "Toda su trayectoria y toda su obra se estructura alrededor del concepto de mediterraneidad", explica Fina Salord, una de las ponentes, coordinadora del Institut Menorquí d'Estudis y especialista en Camus. "Él superó sus posibles contradicciones identitarias apelando al Mediterráneo como eje de culturas." El cosmopolitismo que defendía el escritor se refleja en el programa, que cuenta con intelectuales franceses como Agnes Spiquel Frank Planeille; escritores y periodistas españoles como Josep Ramoneda, Javier Reverte, Iñaki Gabilondo o Jesús Maraña, director editorial de infoLibre; y también autores de la otra orilla, como el escritor francolibanés Amin Maalouf o la periodista siria Samar Yazbek.  

"Queremos hablar de un espacio mediterráneo sin fronteras, un espacio de cruce, un espacio híbrido, donde hay un reconocimiento del otro como parte de nosotros mismos", explica Sandra Maunac, encargada de la dirección y los contenidos de las jornadas. Las reivindica, no como un congreso académico al uso, sino como "un momento de tranquilidad para dar tiempo a los pensadores que tienen la capacidad de interrogarse sobre lo que ocurre, ya que desde el nivel político y social solo nos llegan respuestas que no sirven a la ciudadanía". Los ponentes esperan encontrar en Camus una brújula para tiempos convulsos. 

Las raíces menorquinas del escritor hablan de una historia familiar de emigración y desarraigo. Como muchos baleares, su familia emigró a Argelia seducida por las promesas de trabajo del Gobierno francés. Muchos de ellos no volverían jamás a las islas, y pasarían a formar parte de la población argelina. Miguel Sintes y Margarita Cursach se casaron en Ciutadella antes de emigrar y tener, ya en la otra orilla, a Etienne Sintes, que sería abuelo materno del escritor. Catalina Cardona, con quien se casaría en 1874, había nacido todavía en la isla, y conservaba sus raíces y su cultura. La abuela de Camus crió a su hija Catherine en base a sus propias enseñanzas, y ambas educaron juntas al pequeño Albert, cuyo padre murió en 1914 en la batalla del Marne. En el libro póstumo El primer hombre, el escritor homenajearía a los personajes principales de su infancia. Su propia hija llevaría en su nombre, Catherine, el recuerdo de aquellas mujeres fuertes. 

"Nunca he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en la que crecí", diría en su discurso de aceptación del premio Nobel en 1957. Albert Camus siempre defendió que había aprendido a pensar en la playa, bajo el sol del Mediterráneo, y que ese conocimiento sensible había sido tan necesario para él como el racional. El encuentro recuerda esto orientando algunas de sus charlas en torno a las "luces mediterráneas", al "retorno a los orígenes" maternos. "Nací pobre", escribiría, "bajo un cielo feliz, en una naturaleza con la que sentimos un lazo, no una hostilidad. No comencé por el desgarro, sino por la plenitud". Si su pensamiento estuvo lleno de luz, fue la luz de las orillas del Mare Nostrum. 

¿Cuál es el espíritu mediterráneo que buscaba Camus? Uno al que asociaba el gusto por la vida, el ingenio, la limpieza, la generosidad, la frugalidad... y que estaba naturalmente en tensión. "Superó esas posibles contradicciones apelando al Mediterráneo como eje integrador de culturas, y que por lo tanto las conciliaba de alguna manera. No es una idea exclusiva de él, sino que se defendía de forma muy potente desde los años veinte y treinta", apunta Salord. "Para él es un mar que une, no que separa. La experiencia que estamos teniendo de un Mediterráneo como frontera está en las antípodas de aquello en lo que creía Camus." En 2016, más de 5.000 personas murieron tras naufragar en este mar. No es ese el Mediterráneo de Camus. 

Pero en el Mediterráneo encontró también unas guías filosóficas, las que venían de la Antigua Grecia, cultura que identificaba —a diferencia del imperialismo romano— con el verdadero espíritu mediterráneo y de la que heredaría un sentido trágico de la vida. Es este elemento el que interesa más al filósofo Josep Ramoneda, también ponente en las jornadas. "La aceptación lúcida de la precariedad propia de la especie humana le hace extremadamente reacio a las grandes promesas de redención", apunta. Pero, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, esa conciencia no le llevará al nihilismo, sino al humanismo. Porque no existe nada más que el hombre, el hombre debe estar en el centro de la vida. "La conciencia del absurdo no conlleva indiferencia hacia la vida, sino, al contrario, voluntad de vivir", escribió. 

Igual que Camus apelaba a tener una Ítaca moral que orientara en un mundo convulso, la organización espera que los encuentros puedan establecer una nueva Ítaca —que geográficamente podría ser Menorca— para estos días igualmente tormentosos. "Sí es verdad que su tiempo y el nuestro se parecen mucho", admite Maunac. "Tampoco sirve de nada hacer amalgamas, pero sí estamos en una situación crítica, y este es un grito de alarma. Queremos juntarnos en esa isla e intentar plantear ciertas preguntas." Ramoneda señala también el paralelismo, pero no ve en esta época las "grandes fantasías trascendentales" —entre las que Camus situaba un comunismo soviético que consideraba inhumano, lo que le haría romper relaciones con Jean-Paul Sartre y buena parte de sus amigos— a las que se enfrentó el escritor. "Creo que una cosa que a Camus le chocaría", dice, "es ver cómo, si a finales del siglo XIX sobre todo las expectativas de futuro se construían a través de utopías comunitarias, ahora el presente es distópico, y las utopías son solo individuales: prosperar, tener poder".

"Pensemos en una Ítaca de civilización", propone Salord, "Nos hemos desorientado, nos estamos perdiendo, y necesitamos que nuestra navegación nos conduzca hacia un puerto seguro que combine, como Camus, revuelta y mesura". El escritor regresa, durante unos día, al sol del Mediterráneo. 

 

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