'Festigual': dícese del cartel de un festival que genera un déjà vu por la sensación de haberlo visto antes porque, efectivamente, ya todos lo hemos visto antes con esos mismos artistas. Y es que parece mentira, pero en la España del millar de festivales va a llegar un momento, si acaso no ha llegado ya, en el que el asistente promedio no va a poder diferenciar lo visto en uno de lo visto en otro, pues este tipo de eventos se están transformando, si acaso no se han transformado ya, en fotocopias con apenas unos pocos cromos intercambiables.

Una aclaración antes de continuar: obviamente hay mucha diversidad en esos mil festivales por tamaño, aforo, presupuesto, público objetivo, ubicación, los propios motivos de su nacimiento. También, por supuesto, por la diversidad de géneros musicales que acojan, pues no son los mismos artistas los de un evento de heavy metal que los de otro de música urbana. Pero tomando como unidad de medida el término indie, que nada tiene que ver con lo que un día significó y que ahora no es otra cosa que el pop rock comercial mainstream, para los iniciados en la cosa— de toda la vida así llamado a día de hoy, el embudo de la uniformidad resulta pasmoso.

"Se está concentrando todo en manos de unos pocos y cada vez menos", alerta el responsable de FEP Producciones, Germán Ormaechea, con una larga trayectoria en la industria musical desarrollando artistas desde la base (por ejemplo Nebulossa, a los que él mismo inscribió en el Benidorm Fest, y que tras ganar se fueron a otra oficina más grande). "Llevo años vendiendo mis rosters [listas de artistas] en ferias de la industria, a festivales y promotoras, pero de la pandemia a esta parte se nota exponencialmente la evolución a peor. Antes había slots [espacios en la programación] para emergentes, o te hacían más caso, con una quinta parte del curro conseguías cinco veces más resultados; ahora va todo a toda hostia a peor", explica a infoLibre.

Hay unas cuantas, cinco o seis, agencias que se hacen casi todos los festivales grandes

Y todavía continúa: "Hay unas cuantas, cinco o seis, agencias que se hacen casi todos los festivales grandes. Esmerarte cubre toda la zona de Galicia, Crash Music en Andalucía, The Music Republic en Levante y también parte de Andalucía, El Planeta Sonoro en las Castillas que hace Sonorama y otros más, Last Tour en el norte... Esas agencias además tienen roster propio de artistas y obviamente en sus festivales tocan esos artistas, pero luego además se los intercambian como cromos. Y no solo eso, sino que estas agencias se están metiendo en otros festivales más pequeños ofreciéndoles escenarios, infraestructuras y producción y, claro, obligándoles a meter sus bandas. También está luego la parte de los ayuntamientos, en la que hay mucho amiguismo".

Por si todo lo anterior no fuera ya suficiente entramado, añade Ormaechea, por supuesto es también muy importante todo el business, pues "lo que hay detrás de algunas de estas empresas muchas veces son fondos de inversión que quieren rentabilidad a corto plazo, con lo que prefieren pagar 100.000 euros por ejemplo a Love of Lesbian que 3.000 a Exsonvaldes, que es una banda mía que a todo el mundo le encanta pero me dicen que no van a vender tantos tickets como otros". "Pones todo eso en una cacerola y los slots de emergentes son prácticamente inexistentes. Todavía peor si luego hay gente como La Oreja de Van Gogh, Amaral o incluso Aitana que ya no están solo en estadios, sino en festivales indie como cabezas de cartel, con lo cual todo se empuja para abajo", apostilla.

Festivales me han dicho que no sabían cuántos 'slots' iban a tener para los escenarios más pequeños porque todavía no habían cerrado con las oficinas de los cabezas de cartel qué artistas les iban a obligar a meter

Otra práctica establecida es la de las grandes oficinas de management que al mismo tiempo que colocan a uno de sus artistas principales, de esos que garantizan miles de entradas vendidas, imponen la contratación también de otros menos populares a los que igualmente representan. Así lo corrobora a infoLibre María Martí, cofundadora de Bona Dea, un festival organizado por Alternativa Sonora para visibilizar el talento femenino: "Eso es completamente cierto. Yo me he enfrentado a festivales a los que he ofrecido un artista y me han dicho que no sabían cuántos slots iban a tener para los escenarios más pequeños porque todavía no habían cerrado con las oficinas de los cabezas de cartel qué artistas les iban a obligar a meter".

"Necesitamos sobrevivir todos, y hay tanta oferta para tan poca demanda, que aquí es 'tonto el último'. Pero también es verdad que eso lo hace imposible", lamenta, insistiendo en la idea de que "si hay cinco slots para emergentes pero esos huecos los ocupan las mismas oficinas de los cabezas de cartel", las pequeñas tienen que "pegarse por ese último slot viendo quién es más amigo del programador o vende mejor a su artista". "Porque en esta industria se priorizan mucho las relaciones personales. Se te quitan las ganas de hacer cosas cuando ves que es imposible por mucho que te lo trabajes", confiesa.

Una vez nos llamaron de un festival, nos confirmaron, y dos semanas antes dejaron de contestar porque una compañía les exigió meter a otras de sus bandas. Y te sacan a ti, a la pequeña, que no estás en una oficina grande

Sin embargo, tanto las "agencias pequeñas, que se ven obligadas a mandar millones de correos" –que solo responden, con suerte, algunos festivales pequeños– como los propios artistas, no cejan en su empeño. Es el caso, entre muchísimos otros, de Robin, voz y guitarra de Isla Lavanda, quien no duda en afirmar a infoLibre que más que de razones artísticas estamos hablando "simplemente de una cuestión de contactos": "Una vez nos llamaron de un festival, nos confirmaron, y dos semanas antes dejaron de contestar porque x compañía les exigió que tenían que meter a otras de sus bandas. Y te sacan a ti, a la pequeña, que no estás asociada a una oficina grande".

Tampoco se anda con rodeos el cantante y guitarrista de Sugarcrush, Juanjo Perdigans: "O estás en una agencia tocha que tenga a los Viva Suecia o Arde Bogotá de turno, que tengan el grupo grande y ya te meten en el pack con los pequeñitos que llevan, o no te hacen ningún caso". Así de difícil es entrar en ese circuito festivalero en auge, dentro a su vez de una industria de la música en vivo que cada año factura más que el anterior: "Yo entiendo que esto es un corralito para ganar pasta y los festivales no son tontos y esto es un negocio. Ellos no quieren perder metiendo grupos menos conocidos que lleven a menos público. Más aún porque el festival mismo ya no es solo músico, sino una experiencia. Tú compras un parque de atracciones donde la música es lo central... o no".

O estás en una agencia tocha que tenga a los Viva Suecia o Arde Bogotá de turno, que tengan el grupo grande y ya te meten en el 'pack' con los pequeñitos que llevan, o no te hacen ningún caso

"Para mí, claramente se nos ha olvidado la parte cultural. Esa parte artística ya juega un papel muy pequeño", tercia Ormaechea, recordando que antes se programaba "en base a lo que te gustaba", algo que ahora ya no importa tanto. "Se ha perdido la parte cultural al programar, y el público ha perdido también un poco el sentido crítico. No ya de buscar bandas, sino de tragarse el mismo bolo un día en Jaén y otro día en Burgos y luego donde sea en varios festivales", lamenta, tirando de ironía para sobrellevar esta realidad: "Pero es lo que hay, es lo que mola".

"Es que todos los festivales son iguales", coincide Martí, proponiendo sencillamente mirar con un mínimo de atención: "Si coges distintos carteles y comparas los headliners, e incluso las segundas filas de nombres, la mayor parte del tiempo son exactamente los mismos. Este es el problema, porque al final cuando un artista de gran tamaño gira, se hace todos los festivales y no tenemos diversidad, y eso complica aún más meter otro tipo de artistas. Es también contraproducente para los propios festivales, porque si todos los carteles son los mismos, conforme está la economía, el asistente va a un festival, no a todos. Si lo único que tiene que ofrecer un festival es su cartel, sin algún otro añadido de ubicación o gastronómico o lo que sea, petará y dejará de vender".

Se ha perdido la parte cultural al programar, y el público ha perdido también un poco el sentido crítico. No ya de buscar bandas, sino de tragarse el mismo bolo un día en Jaén y otro día en Burgos

Si esta situación no se revierte mínimamente, advierte la cofundadora de Bona Dea, "los festivales de grandes formatos se comerán a los pequeños porque no podrán sobrevivir por tanta homogeneidad". "Tendemos a un modelo en el que el grande se come al mediano y el pequeño muere", afirma, todavía profundizando: "Porque además se están pagando cachés desorbitados a artistas grandes por el simple hecho de que está de gira y es el que vende. Y si el festival se gasta el 80% en los cuatro cabezas de cartel, para el resto queda el 20%, y eso hace que grupos de tercera o cuarta línea igual cobran 600 euros a repartir entre cinco músicos, el porcentaje de la agencia... Muchos artistas dicen 'con no palmar pasta me conformo por el simple hecho de tocar'".

"Somos la resistencia en el prao": los festivales rurales nos recuerdan que no todo pasa en las grandes ciudades

Ver más

"Para grupos como nosotros, hace unos años te diría que era difícil, pero ahora mismo es imposible", retoman Sugarcrush, que apuestan por festivales más pequeños no ya como artistas, sino también como público. "Son los que nos gustan, los festis de pueblo organizados por chavales que se juntan y te tratan como si fuéramos los Rolling Stones", apunta con humor, antes de ponerse más serio para plantear que quizás ahí, en huir de lo macro, está precisamente cierto tipo de salida: "En lo pequeño te lo pasas mejor, ves al grupo mejor, seguro que vas a conocer algo nuevo, y no vas a estar apretado, ni te van a cobrar 10 euros por una cerveza mientras ves al grupo a 200 metros de distancia. Pero es que el gran público no va a los festivales a conocer bandas, sino que ya conoce lo que hay porque son todos famosos. No quieren algo que no sea parte del copia-pega de todos los festivales".

Por su experiencia como artista y como asistente, resalta para Robin el peligro de "coger tirria a los grupos" por verlos tantas veces. "Como público te dices 'qué pereza, es que hace dos semanas he ido a otro y es el mismo cartel", apunta, para luego terminar dejando abierto otro tema desde el lado de su banda: "Esto está generando una competitividad entre los grupos que a mí me da bastante pena. Sabes que en lugar de alegrarte, cada vez que ves que a un grupo pequeñito lo están usando como cromo de cambio, empiezas a odiar a ese grupo que no tiene ninguna culpa, que ha estado en la misma situación que tú, que simplemente ha tenido un roce de oportunismo y ha podido meterse en una oficina grande. Eso se está dando cada vez más".

Llegados a este punto, reconoce Ormaechea a modo de bis definitivo y final que él mismo les dice a las bandas que las puede ayudar hasta donde llegue, pero que "no dejen de escribir a The Music Republic o quien sea si quieren que les vaya bien". "Porque para tocar en festivales hay que estar en una agencia grande", sentencia.

'Festigual': dícese del cartel de un festival que genera un déjà vu por la sensación de haberlo visto antes porque, efectivamente, ya todos lo hemos visto antes con esos mismos artistas. Y es que parece mentira, pero en la España del millar de festivales va a llegar un momento, si acaso no ha llegado ya, en el que el asistente promedio no va a poder diferenciar lo visto en uno de lo visto en otro, pues este tipo de eventos se están transformando, si acaso no se han transformado ya, en fotocopias con apenas unos pocos cromos intercambiables.