Josele Santiago: "Acceder a la heroína era increíblemente fácil en Madrid, se lo cuentas a cualquiera y no se lo cree"

"Nos quedan al menos dos o tres discos por hacer, seguro", asegura Josele Santiago (Madrid, 1965), con el empaque que le da a uno haber echado la vista atrás a toda una vida de canciones como compositor, voz y guitarrista de Los Enemigos, una de esas bandas que trascienden lo privado para ponernos a todos banda sonora y que ha superado ya, contra todo pronóstico, los cuarenta años de andadura en un mundo que puede que ya no sea el suyo, pero tampoco eso les preocupa demasiado. Desde el jergón (Contra, 2026) son las memorias de este músico tan singular, por supuesto plagadas de historias, pero también de imágenes mentales de una España que a pesar de todo fue, con el barrio madrileño de Malasaña como epicentro del rock y, por extensión, de la vida misma. Al lío con urgencia, como procede.

¿Por qué ponerse a escribir y engrosar la lista de músicos que publican sus memorias?

Me lanzo cuando intento animar un poco el cotarro en el Facebook de Los Enemigos con el disco de vuelta, Vida Inteligente (2014), contando alguna que otra cosilla, pero más que nada a nivel técnico, de guitarrista, aquí se ha usado un ampli y tal, no sé qué. Vi una respuesta inmediata y abundante, así que me lancé a contar alguna anécdota, hasta que me dije 'voy a ponerme en serio'. Porque, además, me gusta escribir, he tenido una columna en El País, otra una temporada en Rockdelux... y me gusta muchísimo leer y vi que podía tener cierta repercusión. Siempre ayuda, además, en mi caso a ordenar un poco mi pasado, donde hay un cristo del carajo (risas).

Son las memorias de un músico, pero diferentes a otras, porque los capítulos están ordenados por canciones. Ellas son las que pasan al frente y lo más importante.

Claro, las canciones son el hilo que lo lleva todo, claro, sin ellas no habría nada. Todo es por las canciones. Por eso pensé que fueran marcando el paso y han cumplido, lo han hecho muy bien. Al principio dejo el orden en el que estaban, pero luego me doy cuenta de que puedo jugar con él e ir asociándolo a ciertas anécdotas, o reflexiones, o llámalo como quieras, y me paso el orden por el arco del triunfo. Han quedado muchas fuera, eso también, porque he considerado que ya estaba bien.

Vives desde hace ya tiempo en Cataluña pero, ahora que andas de promoción por Madrid, ¿te has asomado a Malasaña? ¿Te gusta pasarte por el barrio cuando regresas? Porque en estas páginas están muy presentes unas calles y unos bares que ya no están.

No voy ya, no me gusta. Hombre, todavía quedan un par reductos por ahí majetes, pero me trae demasiados recuerdos, muy atropellados, y me aturullo y me voy. No me gusta el centro de las ciudades grandes, el de Barcelona tampoco, ha cambiado lo mismo, así que mejor si puedo evitarlo, porque parece todo un aeropuerto, coño. 

"No me gusta el centro de las ciudades grandes, parece todo un aeropuerto, coño"

¿Habrá habido algún barrio de alguna ciudad con "semejante concentración de garitos de rock" como Malasaña? También hay otra frase de lo más evocadora: "Tus piernas te van a llevar al bar de siempre, pero vas a flipar cuando descubras que es un Starbucks".

(Risas). Todo tiene su ciclo y su principio y su final, y tal y cual. Pero semejante concentración de garitos de rock yo no he visto en ninguna ciudad. Tampoco es que haya viajado mucho (risas), pero en ninguna ciudad. Sobre todo para un aspirante a músico, era una zona en la que no tenías que coger ningún transporte público, ni nada, así que acabé viviendo allí e incluso trabajando en el Agapo —pinchando discos—, viviendo de esto. Un trabajo que no percibía como un trabajo para nada y me lo pasaba de puta madre.

Tú eres del barrio de Lucero, junto a la Casa de Campo y Puerta del Ángel, que ahora se empeñan en decir que es el Brooklyn de Madrid.

Sí, ¿quién lo iba a decir? Supongo que el rollo es porque está al otro lado del río. No sé, se está poniendo muy, muy, muy moderniqui el barrio. Que bueno, por un lado, la gente que somos del barrio nos alegramos, porque estaba pasando una época muy gris, fíjate. Yo creo que ese es el ciclo: coger un barrio más o menos vivo, aunque sea problemático, y aletargarlo. Porque la Puerta del Ángel estuvo muchos años, al principio de los 2000, siendo un barrio deprimente, con lo cual bajan los precios y otros compran y se pone de moda. Luego, está muy cerca del río. No sé si llegaré a verlo, no quiero ni pensarlo, pero madre mía lo que hay planeado en toda la zona de lo que era Aqualung.

Con unas torres de pisos gigantescas...

El día que tiraron abajo el Vicente Calderón fue mucha gente allí. Yo fui también y vi mucha gente llorando. Porque yo iba con mi padre mucho, pero no el día que jugaba el Atlético de Madrid, porque había que pagar una entrada bastante cara y en mi familia no podíamos, sino cuando jugaba el filial, el Atlético Madrileño, que era gratis. Así le cogí cariño.

Todavía quedan un par de reductos majetes, pero ya no voy por Malasaña, no me gusta

En ese Madrid que ya no está, el de los 80 y los 90, estaba muy presente la droga, especialmente la heroína, en la calle a plena luz del día. 

Era increíblemente fácil acceder a la heroína. Pero increíblemente fácil. No solo en los barrios, en el centro de Madrid. Tú le cuentas a cualquiera cómo estaba la red de San Luis, la Gran Vía, la Plaza de España, a mediados de los noventa y no se lo cree. Con la policía pasando y no pasaba nada. 

Es en tu juventud cuando empiezan tus adicciones, que relatas abiertamente.

Ha coincidido este libro con una serie de gente que ha querido desestigmatizar el asunto de las drogas: Alba Flores, con el documental sobre su padre; la película de Romería, de Carla Simón... A mí me parece que se ha estigmatizado mucho y no se habla de ello, y como de lo que no se habla no existe, ha pasado un poco como con la Guerra Civil, que no se ha estudiado. Y mira, ahora los chavales no tienen ni puta idea de lo que dicen, ni de la República, ni de nada. Yo me acuerdo que 1ª de BUP terminaba con Fernando VII y ya está. Segundo, lo mismo. Tercero, lo mismo. COU, lo mismo. Pero coño, ¿aquí no se avanza más o qué? Le entra ya a uno la duda: ¿Esto está orquestado o es una chapuza? Yo estaba más por la chapuza, qué quieres que te diga, pero últimamente me estoy mosqueando mucho, porque parece orquestado.

¿Te ha venido bien escribir negro sobre blanco, entre otras muchas cosas, tu paso por el centro de desintoxicación?

Sí, me ha venido muy bien, y además quería hacer hincapié en el que ese centro era público, porque, coño, está bien que se sepa que había de esto y ya no lo hay.

El poder de una canción chula es que para el tiempo de repente y te invade el optimismo aunque estés en horas bajas. Te puede sacar de la miseria aunque sea durante cuatro minutos

Partiendo desde aquel Madrid, como dices, ¿la carrera de Los Enemigos es un milagro? 

En cuanto a las relaciones dentro del grupo, mis compañeros me han apoyado siempre. Hemos tenido muchas broncas también, porque siendo adicto a lo mejor no vas a ensayar un día porque no puedes con tu alma o estás buscándote la vida por ahí. Y no solo eso, más problemas que genera. Nuestra historia tiene un punto de película adolescente, de los Goonies y todo eso, porque en realidad nosotros éramos cuatro. Es decir, los que subíamos al escenario éramos tres, más Lalo Cortés, nuestro mánager, a quien perdimos –en un accidente de tráfico en 1992, a los 28 años– en un momento muy crucial, cuando estábamos haciéndonos ya un nombre, un hueco. Creo que entonces se creó una especie de conjuro, subíamos al escenario como si fuera algo sagrado que le debíamos a él. Y luego decidimos también, después de varias broncas internas, tener una honestidad brutal, como diría Calamaro, de decirnos todo a la cara. Y ha funcionado, porque salimos de cada bronca reforzados, son unos lazos casi consanguíneos, como si fuéramos hermanos. Muchas broncas y reconciliaciones, pero siempre con el recuerdo que compartíamos con Lalo y que estábamos a puntito de cumplir cuando él se fue.

El pánico escénico es una pesadilla horrible muy recurrente entre músicos, pero ya vivirlo es horroroso

En el lado más desenfadado, que también por supuesto está ahí, dices que un rockero "no debería dejar la adolescencia hasta bien entrada la cincuentena". Y también que "la música, en la medida de lo posible, tiene que ser siempre un juego".

(Risas). Claro, sí, y además tiene un punto de irresponsabilidad absoluta dedicar todo tu tiempo a un grupo cuando no tienes ninguna certeza de que vayas a cobrar o no. Nosotros no sabíamos nada. Nos jugamos todo a una carta, y ese punto irresponsable es muy adolescente. Hemos tenido suerte, pero también hay que decir que nos la hemos jugado, porque nos podíamos haber visto con treinta y muchos o cuarenta años en la puta calle. Pero tranquilamente. Ha sido mucho trabajo, al principio íbamos a los sitios sin cobrar, solo por los gastos y cuatro birras. Empezar fue muy divertido, la verdad, también muy irresponsable porque éramos irresponsables de la vida, pero la cosa funcionó.

Y aquí estamos para contarlo.

Y aquí estamos con sesenta tacos, igual de irresponsables (risas).

Con un nuevo disco en camino para el próximo otoño.

Sí. Un disco del que no podemos estar más orgullosos, la verdad. Me ha costado mucho, las canciones planteaban muchos retos, son jodidas de tocar y, sobre todo, las he pasado muy putas escribiéndolas para despojarlas de paja e ir al grano. Yo creo que es una de las mejores colecciones de canciones que hemos tenido entre hermanos desde siempre.

Con la muerte de Robe Iniesta y Jorge Ilegal el mundo de la cultura ha perdido gran parte de la poca lucidez que le quedaba

Mientras estabas escribiendo estas nuevas canciones, sufres un episodio de pánico escénico en 2024 en un concierto en Murcia que obliga al grupo a dejar los escenarios. ¿Qué tal estás?

Fue muy inesperado. Es una pesadilla estar en el escenario porque pierdes la noción de todo. Teniendo en cuenta mi historial, pues claro, lo primero que pensó todo el mundo fue 'qué se habrá metido este hijoputa'. Pero cuando bajé ya se dieron cuenta de que no, porque hablaba normal. Yo decía 'no sé qué me ha pasado'. Pero fue pisar el escenario y como activar un cacharro de esos de teletransporte de las películas de ciencia ficción, no tienes ni puta idea de dónde estás, escuchas un zumbido muy raro y estás paralizado. Por eso se llama pánico.

Es que el pánico paraliza.

Recuerdo que se me cayó la púa de la mano, totalmente agarrotado. Y la mente tampoco sabía muy bien dónde estaba. Es curioso, porque es una pesadilla horrible muy recurrente entre músicos, pero ya vivirlo es horroroso. Porque luego está la culpa también por defraudar a tu público y tus compañeros, pero es que no sabes ni dónde estás.

Cuentas que a partir de ese momento escribir canciones se convierte en una cuestión de vida o muerte, pero ¿acaso para Los Enemigos no ha sido siempre así, en realidad? Eso ha podido marcar vuestra diferencia.

Sí, pero esta vez ha sido más obsesivo, no sé por qué. Cada vez cuesta más no repetirte, teniendo en cuenta que pasa el tiempo, no repetirte, eso para empezar. También encontrar el motivo de la canción, el hueso. Me he pasado más tiempo borrando que escribiendo. Y creo que algo tuvo que ver todo esto con eso, porque tenía la cabeza llena con los temas nuevos y de repente al salir a hacer el repertorio de siempre... se me cruzaron los cables. Me dio una rabia de la hostia.

Al rock, no sé por qué, le pasa como a la novela y como a la radio, que lo matan cada cinco años, pero esto no muere

En la parte final mencionas las muertes recientes de Robe Iniesta y Jorge Ilegal en menos de 24 horas. Un shock importante. 

Con Robe, es muy curioso, nunca nos hemos cruzado, a pesar de la de años que llevamos dando vueltas por este mismo pequeño país. Porque España es relativamente pequeña y es muy difícil no haber coincidido. Pues no, no lo hemos hecho nunca y no he conocido a Robe. Pero a Jorge sí y, aparte de un maestro, perdí a un gran amigo. Y yo pienso que el mundo de la cultura ha perdido gran parte de la poca lucidez que le quedaba. Lo pienso de verdad, porque estaban algo mayores pero con muchas ganas y haciendo cosas muy interesantes los dos. Los últimos discos de Robe son acojonantes, tanto en letras como en música y cantando mejor que nunca. Jorge, igual, estaba haciendo cosas muy interesantes y era un tío del que siempre sacabas algo interesante cuando hablabas con él. Fue una lástima muy grande, nos han dejado muy huérfanos. Y eso de que fuera en menos de un día los dos me dejó chafadísimo. Jorge decía que éramos de la familia y yo seguía en tiempo real mediante amigos cómo estaba. ¿Cómo se puede extinguir esa cantidad de energía concentrada en un momento? 

Y ahí siguen Los Enemigos con la antorcha del rock español bien alta. ¿Cómo ves el rock español?

Imagínate llegar a sacar un disco nuevo con sesenta años y encima decir que es de lo mejor. No creo que nos retiremos por el momento, nos quedan dos o tres discos al menos por hacer, seguro. La llama de la antorcha no se extingue, el 6 de marzo me han invitado a tocar con ellos Camellos, que son una banda estupenda. Está también Carolina Durante... no sé, hay mucha gente joven. Al rock, no sé por qué, le pasa como a la novela y como a la radio, que lo matan cada cinco años, pero esto no muere. Hombre, no va a tener el papel que tuvo en los 70, en los 80, que era el centro mundial de todo, pero su hueco va a estar ahí porque están las guitarras eléctricas. Y no hay nada como dar un guitarrazo (risas). Pero sí es verdad que hasta yo me lo creí y pensaba que esto se acababa ya, que iba a ser todo ordenadores, sintetizadores y su puta madre. Que no tengo especialmente nada en su contra... bueno, sí, que no me gustan, pero qué le vamos a hacer (risas). 

¿Eres más analógico?

No me gusta lo digital. Yo no me quería comprar un móvil, me lo tuvieron que comprar estos cuando empezaron a salir. Recuerdo que fui un día al local a ensayar y el resto no venía porque se había desconvocado y yo no me había enterado porque no tenía móvil, así que tocó pasar por el aro. Me pasa lo mismo con las redes sociales, intento usarlas lo mínimo. No sé, pertenezco a otra época.

Tuviste buen ojo, porque mira ahora con el recelo que miramos a los móviles y a las redes sociales por tenernos tan controlados.

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Yo creo que sí, y volvemos a lo de que todo parece orquestado. Si te fijas, es acojonante la de tiempo que pierdes entre usuarios, passwords y no sé qué y no sé cuántos, se te lleva medio día y luego encima tienes que trabajar. Eso de que nos va a facilitar la vida y no sé qué, yo no me lo creí, y ahora menos, porque no hace más que complicarla. Hay que cambiar, no te da tiempo a hacer nada, ni siquiera a leer, solo a trabajar y a estar al día, y para trabajar tienes que estar al día. Y llegas a casa agotado, duermes y al día siguiente trabajas. Lo piensas un poco y te dices 'coño, esto no se diferencia mucho de los que andaban remando en galeras en los barcos de los griegos y de los romanos'.

¿Qué es éxito para Josele Santiago y para Los Enemigos hoy?

Somos conscientes de lo privilegiados que somos por vivir de lo que nos gusta. Eso no quiere decir que no nos cueste trabajo seguir adelante, porque cuesta y cada vez más. Pero el privilegio está ahí y no estamos remando, estamos escaqueados haciendo otras cosas y la música no deja de ser un juego por mucho que cueste llegar a dar por terminada una canción. Eso es privilegio. Estar rellenando instancias, haciendo cuentas y su puta madre no es un juego, es un coñazo. Y luego está lo de parar el tiempo, algo que solo puede hacer el arte, ya sea una película, un libro, una obra de teatro... El poder de una canción chula es que para el tiempo de repente y te invade el optimismo aunque estés en horas bajas. Ayuda y te puede sacar de la miseria aunque sea durante cuatro minutos. Por eso, en realidad yo me la tomo como una responsabilidad grande, porque es medicina de la buena.

"Nos quedan al menos dos o tres discos por hacer, seguro", asegura Josele Santiago (Madrid, 1965), con el empaque que le da a uno haber echado la vista atrás a toda una vida de canciones como compositor, voz y guitarrista de Los Enemigos, una de esas bandas que trascienden lo privado para ponernos a todos banda sonora y que ha superado ya, contra todo pronóstico, los cuarenta años de andadura en un mundo que puede que ya no sea el suyo, pero tampoco eso les preocupa demasiado. Desde el jergón (Contra, 2026) son las memorias de este músico tan singular, por supuesto plagadas de historias, pero también de imágenes mentales de una España que a pesar de todo fue, con el barrio madrileño de Malasaña como epicentro del rock y, por extensión, de la vida misma. Al lío con urgencia, como procede.

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