Cultura

Novelistas que se "traicionan" para consolidarse

Libros apilados.
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Los centenarios de escritores constituyen, es sabido, la ocasión propicia para que las editoriales (y, detrás, los lectores) recuperen la obra conocida y, en ocasiones, dar una segunda oportunidad a la desconocida de autores cuya trayectoria hay que celebrar. El centenario de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) no está siendo una excepción.

Portada de La sirena negra.

Nocturna publica La sirena negra y Lorenzo R. Garrido me sugiere que la tenga en cuenta. “Es una novela tardía dentro de la obra de doña Emilia. Su escritura bebe fundamentalmente de las aguas del modernismo (un modernismo tamizado, sin los ‘histrionismos’ del comienzo), pero también del naturalismo que ella misma introdujo de Francia, claro, aunque ya sea un naturalismo muy asimilado, casi diría que diluido”. Me explica que tiene corte simbólico, espiritualista, que está muy obsesionada con la idea de la muerte (la sirena negra a la que alude el título), del misterio, del más allá, que es oscura, onírica, casi casi “antirrealista”. “Hay en su prosa ecos de Valle, pero también de Proust y de Rubén Darío. Hay dandismo y bohemia” y está muy alejada de novelas suyas como La tribuna, Los pazos de Ulloa o La madre naturaleza, claramente naturalistas.

Llama mi atención la apelación a la excentricidad de la obra. Como no la conozco, pienso que puede tratarse de una pieza suelta; o quizá sea todo lo contrario, la pieza que nos faltaba… “Está completamente inserta en su obra, siempre inquieta y a la busca de nuevos caminos”, me dice Garrido. La producción literaria de la autora gallega, aparte de novela y cuento (¡escribió más de 500!), abarca poesía, teatro, crítica, periodismo, viajes, traducciones, biografía… “En 1883 publica La cuestión palpitante, un conjunto de artículos sobre el naturalismo de Zola, pero es que en 1910 escribe La literatura francesa moderna, que es casi una réplica del anterior. En sus últimos años cultivó también la literatura policiaca, adelantándose a Agatha Christie. Era una mujer muy viva, muy aguda e inteligente, que siempre huía de lo fácil y lo trillado.”

La idea de la rareza sigue dando vueltas en mi cabeza. Pregunto a Lorenzo, un letraherido con galones, si le viene a la cabeza alguna otra de algún otro autor que también pueda ser considerada una (pequeña o grande) anomalía. A bote pronto menciona El caballero encantado, novela quijotesca de Galdós, y Las ilusiones del doctor Faustino, de Valera. “Por hablar de algo más reciente, me viene a la cabeza El cuarto de atrás de Martín Gaite, preciosa y original novela de corte fantástico que se aleja del realismo que solía cultivar su autora”.

Portada de El caballero encantado.

Busco información sobre los títulos sugeridos. Con El caballero encantado, dice la ficha editorial, Galdós rompe definitivamente “los esquemas tradicionales del viejo realismo y se adentra con firmeza en los ámbitos de la modernidad, anticipándose incluso a ciertos aspectos del Valle-Inclán de Luces de bohemia o de lo real-maravilloso”; la nota de Las ilusiones del doctor Faustino no hace mención explícita a esa originalidad, aunque la pone en evidencia: “Está completamente inserta en su obra, siempre inquieta y a la busca de nuevos caminos”.

En cuanto a El cuarto de atrás, la edición de Siruela la explica así: “Durante una noche de insomnio, la escritora recibe la visita de un desconocido interlocutor cuya identidad permanecerá oculta en todo momento” y la de Cátedra, así: “resultado de una fructífera mezcla de libro de memorias, relato de misterio y ensayo sobre literatura”. Como explica en un trabajo académico el prologuista de esta última, José Teruel Benavente, desde la raíz misma de su proyecto de dar testimonio tras la muerte de Franco, de su educación sentimental, Martín Gaite “era perfectamente consciente de que la diferencia en los resultados derivaría de los posibles métodos de narración”. Y cita a la autora: “Posiblemente mis trabajos posteriores de investigación histórica los considere una traición todavía más grave a la ambigüedad; yo misma, al emprenderlos, notaba que me estaba desviando, desertaba de los sueños para pactar con la historia”.

Pero no nos desviemos nosotros del plan trazado.

Todos somos un poco raros

“Creo que las producciones 'raras' en la obra de un autor hablan irremediablemente bien de él ―me dice Nadal Suau―. Significan que pervive en él la voluntad de desafiarse y de permanecer alerta a los cambios que conlleva el tiempo”.

Llego a este crítico por enrevesados caminos. Una vez iniciada la búsqueda de las extravagancias, pedí ayuda y el periodista Jorge García Durán me sugirió Un andar solitario entre la gente, de Muñoz Molina, obra que Suau reseñó en su día. De ahí que me pusiera en contacto con él.

“Muñoz Molina aborda un espacio y unas coordenadas culturales (New York y lo que los anglosajones llamarían 'modernismo') que le son propias, pero sí es cierto que estructuralmente es muy distinto a sus libros 'canónicos'. Simpatizo mucho con eso, lo admiro. Ocurre que me parece un libro fallido, en parte porque confunde acumulación con viveza, y en parte porque refleja una ciudad que no me parece realmente la del siglo XXI, sino otra cosa 'sub specie literaria del XX'. A cambio, insisto: desafiarse a uno mismo siempre es síntoma de pervivencia del autor por encima de la marca comercial que se ha forjado de él con los años”.

El escritor Alexis Ravelo, que siempre acude al rescate, me sugiere dos, “sin mirar”: Orlando, de Virginia Woolf, y El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll. No ha mirado, pero buceando en la web descubro que les dedicó tiempo y líneas en su blog.

Portada de El cuarto de atrás.

De Orlando, Ravelo escribió: ”es una extraña mezcla de novela fantástica, novela histórica, fábula moral, parodia del género biográfico y novela sobre escritores (ya que Orlando conocerá a Swift, a Pope, a Addison), bastante insólita en la obra narrativa de Woolf” y, tras explicar algunas razones, digamos, técnico-literarias, se detiene en otras de índole personal: “parece ser que esta diferencia con respecto al resto de su obra, tiene que ver con que Virginia Woolf andaba, por esa época, manteniendo relaciones amorosas con Vita Sackville-West, una exótica y atractiva mujer y de la que, al parecer, Virginia estuvo muy enamorada. Si la leyenda es cierta, escribió este libro como un juego de espejos para Vita, y para demostrarle su afecto. Y la leyenda, probablemente, sea cierta, porque el libro está dedicado a ella”.

En cuando a El honor…, Ravelo considera que “esta novela, una de las últimas de Böll, se aleja técnica, que no estéticamente, de las magníficas obras que le hicieron célebre, como Casa sin amo, Billar a las nueve y media y Opiniones de un payaso”.

Por fin, JMG, me brinda dos ejemplos: “El hereje, de Delibes, y.… el discurso anti indultos de Trapiello de la manifestación del otro día (aunque no debe de estar publicado todavía)”.

Dejemos el análisis de la segunda pieza para otra ocasión y centrémonos en la primera. “El hecho de que Miguel Delibes haya compuesto una novela histórica ha provocado abundantes manifestaciones de sorpresa y perplejidad ―escribió Ricardo Senabre―. Nunca hasta ahora había dado el escritor vallisoletano un salto hasta la primera mitad del siglo XVI para situar en aquella época la acción de sus relatos. Pero hay que decir sin demora que la localización temporal es algo secundario…”

Distinta pero no tanto

Rara es El original de Laura (Morir es divertido), la última e inconclusa novela de Nabokov, publicada 30 años después de su muerte y que el autor de Lolita no quiso ver publicada. En el prólogo, su hijo Dmitri justifica su indisciplina “Durante un ingreso mío en un hospital, leí por primera vez aquel texto que, a pesar de estar incompleto, resultaba innovador en estructura y estilo”. Pero la excentricidad tenía sus límites: los fans de Nabokov, escribió el crítico de The New York Times, “encontrarán los temas eternos y las obsesiones del autor filtrándose a través de la historia”.

Editar bonito

Editar bonito

La salvedad es habitual. Cuando Jo Nesbø publicó El reino, su editor en catalán, Jordi Rourera, definió la novela como “diferente a las anteriores”. Y a renglón seguido: “aunque tiene todos los ingredientes que lo han convertido en uno de los más grandes autores del momento”.

Y cuando Pérez Reverte dio a la luz El pintor de batallas, la crítica mostró su sorpresa: “Aquí no hay golpes de sable, ni una cascada de aventuras, ni acción a chorros”, escribió Carles Barba; y Pozuelo Yvancos avebnturó que sus colegas se quedarían “perplejos” ante la novela, que “supera con mucho las historias base de su literatura anterior, para entregarnos una novela reflexiva, de ideas”. Pero, como apuntó Michele C. Dávila Gonçalves, aun siendo evidente que el ritmo es más lento y que el tono es “memorialista, filosófico y nihilista”, también tiene “elementos que son comunes a sus otras obras tales como su interés por el enigma, el mundo bélico, y un protagonista solitario y triste”.

Raras, pero menos podríamos concluir. “Los libros 'raros' sirven para entender al autor tanto o mejor que sus obras más paradigmáticas ―cierra Nadal Suau―. Casi nunca son libros perfectos, y mucho menos históricamente importantes (difícil que generen discípulos e influencia), pero en cambio revelan las tensiones que definen el oficio de la escritura de un modo casi tan cristalino como las obras de juventud o primerizas. En ellas se intuye o el entusiasmo o la inseguridad, o ambas cosas, junto al valor de abordarlas”. 

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