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Teatro

El viaje de los niños del gueto

Una escena de 'Último tren a Treblinka', de Vaivén Producciones.

"No creo que los niños vayan a ser deportados... Aún tiene que quedarles un rastro de humanidad". Adam Czerniaków, líder del Consejo Judío del gueto de Varsovia, habla en mitad del orfanato. Le miran 200 niños judíos que han sobrevivido a tres años de aislamiento, enfermedad y hambre bajo el régimen nazi. Y le mira también Janusz Kòrczak, pedagogo polaco y director del centro durante tres décadas que les acompaña pese a las numerosas ofertas recibidas para abandonar la reclusión. Czerniaków se equivocaba: no les quedaba humanidad y sí deportarían a los niños. Irían, como otros 270.000 vecinos —y antes que muchos de ellos—, a un campo de exterminio. Allí ni siquiera había barracones para los prisioneros, porque no pasarían allí más de unas horas. Esa es la realidad tras el ejercicio de memoria y ficción de la compañía vasca Vaivén en Último tren a Treblinka, que llega después de 40 funciones a la sala Cuarta Pared en Madrid (hasta el 12 de febrero). 

La compañía —que cumple ahora 20 años— reproduce en escena el espacio al que Kòrczak había bautizado como "la república de los niños" con grandes mesas corridas y varias filas de literas. No hay butacas. El espectador, cuando cruza la puerta del teatro, pasa a formar parte de esa familia de 200 niños que morirían en las cámaras de gas. "Es una proximidad muy impúdica, muy descarnada", dice Ana Pimenta, autora de la idea original junto a Fernando Bernúes. Una proximidad que busca recortar la distancia ante el horror y generar empatía. Entre el público, once actores (Alfonso Torregrosa/José Ramon Soroiz, Maiken Beitia, Eneko Sagardoy/Mariano Estudillo, Gorka Martin, Tania Martin, Nerea Elizalde, Jon Casamayor, Mikel Laskurain y Kepa Errasti) recrean ese reducto de vida dentro del gueto. La directora Mireia Gabilondo y el dramaturgo Patxo Telleria han optado por una estética realista, sin artificios, para conducir de la forma más verosímil posible a un orfanato de 1942. 

Cuando a la directora Pimenta le llegó la historia de este padre de la pedagogía moderna en 2012. Amanecer Dorado presagiaba ya entonces un auge de la ultraderecha, pero Donald Trump no estaba sobre el mapa y Marine Le Pen no era, en Francia, una candidata real a la presidencia. "El correr de los refugiados por Europa, el cerrárseles las fronteras…", enumera la creadora, "No me esperaba esto. Claro que hay que hacer montajes históricos para no olvidar, pero no pensé que fuera a estar tan de actualidad". Hace ya cinco años que un desconocido le hizo llegar un cuadernillo sobre la vida Kòrczak. "Me encuentro con un hombre que en los años cuarenta empieza ya a tener una idea de la educación muy avanzada que luego han recuperado Motessori o Tonucci, y que además resulta un ejemplo de valentía", recuerda. Descubrió que el polaco —sobre el que Andrej Wajda rodó una película en 1990— había desarrollado un sistema pedagógico basado en la práctica en el que defendía el autogobierno de los más pequeños y que exigía "respeto al niño. Respeto por su ignorancia. Respeto por su laboriosa búsqueda de saber. Respeto a sus fracasos y sus lágrimas". Un trabajo luminoso apagado por la barbarie del nacionalsocialismo.

Kòrczak dejó también una valiosa documentación de la vida de los judíos en Varsovia en sus Diarios del gueto. La compañía ha recurrido a ellos, entre otra documentación —junto a la biografía Janusz Korczak, maestro de la humanidad, de Rubén Naranjo— para construir tanto los personajes como los parlamentos del doctor, extraídos en su mayoría directamente de sus trabajos. Los nombres de los niños, de entre 8 y 14 años —interpretados por intérpretes alrededor de una década mayores—, y algunos de sus rasgos, están sacados de sus textos. Los que se leen en las literas han sido sacados de la lista real de huérfanos que vivieron en el centro durante sus últimos años y que están archivadas en el Museo del Holocausto en Jerusalem.

En su dietario, el director del orfanato —que había sido una figura prominente en Polonia antes de su reclusión forzada, llegando a tener incluso un popular programa de radio— da cuenta de las pequeñas batallas diarias por la supervivencia, detalla algunas de sus actividades en el centro y, sobre todo, lidia con las elecciones extremas a las que le expone la situación límite en la que se encuentra. ¿Cómo relacionarse con las autoridades judías que colaboran en la organización de las deportaciones? ¿Y con los judíos que tratan de conservar su magra riqueza? ¿Y con los nazis, de los que depende la comida de sus niños? El 27 de julio, Kòrczak registra: "Elija: o sale, o trabaja aquí sobre el terreno". Era la última oportunidad que le daban sus captores. La rechazó. El 5 de agosto cerrarían el orfanato y desplazarían a niños y educadores a Treblinka, por donde ya habían pasado 60.000 judíos como parte de la Operación Reinhard, primera fase de la Solución Final

El mochilero Unamuno

El mochilero Unamuno

Durante su estancia en el gueto, el pedagogo lleva a cabo una suerte de resistencia pesimista. "Iba por las casas pidiendo dinero para los huérfanos del gueto, salía sin el brazalete [con la estrella de David], buscan comida en la basura...", enumera Pimenta. En un momento en que parte de la comunidad judía dentro del gueto rechaza la mera existencia de los campos de exterminio —ciertos grupos revolucionarios promovían entonces un levantamiento, mientras que otros lo rechazaban por creer que iban a ser enviados a campos de trabajo—, él intentaba preparar a sus alumnos para la muerte. "¿No ve usted acaso niños muertos en las aceras de Varsovia cada mañana?", responde a los que le acusan de espantar a los críos. "Él lo sabe. Nunca miente a los niños, pero les cuenta hasta donde puede contarles. A los más pequeños no se lo dice, pero a los medianos les dice que van de viaje y no saben lo que les depara el futuro, y a los mayores sí se lo cuenta", explica la autora. 

La salida de los niños del orfanato y su subida al tren se ha convertido en un icono del exterminio en el gueto polaco. Unos les describían portando una bandera con la estrella, otros, llevando estandartes ideados por el propio Kòrczak. Muchos relatos hablan de que se fueron entre vítores y música. Nada de eso se sabe con seguridad. Sí se sabe, como recuerda Pimenta, que vivieron sus últimos días "en un carpe diem entendido como la necesidad de vivir el amor, la justicia, y la rutina, que es también un refugio". Los espectadores son desafiados a presenciar la aniquilación de "los que son aún hoy los eslabones más frágiles de la cadena". Vaivén defiende que no hay que huir del horror, sino enfrentarse a él: "Tenemos que ser capaces de humanizarnos. No nos creamos tan a salvo de todas estas cosas".

 

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