Impunidad, poder y revictimización: las raíces del 'caso Epstein' y la soledad de las mujeres

En una de las cientos de miles de imágenes que circulan por medios y redes sociales, se aprecia el cuerpo jovencísimo de una mujer sobre las rodillas de un hombre multimillonario. El rostro de la joven está censurado; su cuerpo no. Forma parte del conjunto –inabarcable por su extensión, insoportable por su contenido– de archivos desclasificados en torno al pederasta y agresor sexual Jeffrey Epstein. Los documentos hoy conocidos sirven para confeccionar un relato nítido en torno a la dimensión de lo sucedido, la impunidad de los agresores y la normalización de la violencia sexual. Pero también han supuesto un nuevo golpe para las víctimas. Ni reparación, ni acompañamiento, ni sostén: sus necesidades no sólo no están en el centro, sino que las mujeres afectadas han vuelto a ser violentadas, agredidas y revictimizadas con la revelación de información personal e imágenes sexuales sin censurar. Y los responsables son, precisamente, quienes debían velar por sus derechos: las instituciones.

"Hemos reportado miles de fallos en la preservación de la identidad de casi cien supervivientes cuyas vidas se han visto afectadas drásticamente por la reciente publicación del Departamento de Justicia", expresaron inmediatamente los abogados de las víctimas. "No existe un grado concebible de incompetencia institucional que explique la magnitud, la consistencia y la persistencia de los fallos ocurridos, particularmente cuando era lo único que tenían que hacer".

Ellas, las víctimas, también hablaron: "Una vez más, se están revelando los nombres y la información personal de las supervivientes, mientras que los hombres que abusaron de nosotras permanecen ocultos y protegidos", manifestaron en un comunicado. ¿Y cuál ha sido la respuesta de las instituciones? Minimizar lo sucedido. El vicefiscal Todd Blanche recalcó que la rectificación del Departamento de Justicia fue "inmediata" pero que además los casos referidos por las víctimas "afectan al 0,001% de los materiales" publicados.

Violencia institucional

En consecuencia, la violencia que se concentra alrededor de este caso va mucho más allá de los hechos denunciados. "Estamos ante múltiples formas de violencia", introduce Bárbara Tardón, doctora en estudios de género y especialista en violencia sexual. La vulneración de la privacidad de las víctimas, por un lado, es una "estrategia muy utilizada en el marco de la cultura de la violación" para tratar de "cuestionar su conducta", pero además cuando es la institución la que no pone los medios para evitarlo, "nos encontramos con una forma de violencia institucional". Las autoridades tienen "el deber y la responsabilidad de que las víctimas se sientan acompañadas", pero en este caso son "la mano ejecutora de la revictimización".

Asiente, a preguntas de este diario, la doctora en feminismos y género Nerea Barjola, autora del libro Microfísica sexista del poder (Editorial Virus). Todo aquello que se articula en torno al caso constituye "una forma de violencia institucional y también social". Un entramado donde el silencio se configura como el gran sustento. "El silencio vertebra y está constantemente alrededor de las violencias sexuales para aquellas mujeres que tienen la valentía –o la osadía, teniendo en cuenta este contexto político y social, añade la investigadora– de denunciar". Y en ese sentido, el silencio funciona también para "proteger a los agresores". 

Sobre cómo opera ese silencio selectivo, la escritora traza una aparente contradicción: los archivos desclasificados están plagados de tachones y censuras, un cuidado que no se ha puesto en el caso de la información privada de las víctimas. "Esto nos pone frente a un sistema muy potente de disección del cuerpo y la vida de las mujeres", porque son ellas quienes quedan expuestas, añade Barjola. Las publicaciones "profundizan simbólicamente en esta brecha de ubicar el cuerpo de las mujeres de nuevo en lo público y como algo público". 

Todo ello "no sólo es retraumatizante, profundamente injusto y una forma de violencia institucional", prosigue, sino también una evidencia de "cómo el sistema se repara a sí mismo" y no a las víctimas, "a pesar de estar frente a un caso de una gravedad impresionante".

El relato importa

La divulgación de los documentos ha desembocado en una vorágine de publicaciones con detalles macabros sobre la violencia ejercida por parte del multimillonario y su red, pero también ha derivado en información sesgada, bulos y especulaciones. Los límites éticos se diluyen y las lógicas propias del true crime toman la delantera. 

"Las violencias sexuales se banalizan a través de generar y construir representaciones desde los mitos y estereotipos", pero en casos como este se suma además "cierto halo de leyenda", analiza Barjola. En ese sentido, "se utiliza a las víctimas de manera morbosa" y se plantea la violencia ejercida desde "una óptica de excepcionalidad". El true crime, agrega la investigadora, viene a decir que "esto no forma parte de la sociedad, sino que es algo excepcional". 

Tardón coincide en que las dinámicas del espectáculo "no pretenden informar sobre la gravedad de lo vivido por estas mujeres", sino sacar rédito de una "grave vulneración de derechos sostenida en el tiempo". Prevalece, por tanto, el show sobre la protección de las víctimas, "poniendo en grave riesgo su vida y su salud".

Como respuesta, el feminismo se ha esforzado tradicionalmente en impugnar ese relato y construir narrativas propias, poniendo a las víctimas en el centro. "Nuestra labor desde la perspectiva de la teoría crítica feminista es situar las violencias sexuales dentro de una cotidianidad abrumadora y de una estructuralidad muy potente sin la cual no sería posible que ocurrieran este tipo de casos", asiente Barjola. A su juicio, es evidente que el magnate estadounidense se sirvió de toda una estructura que le "permitió ejercer esas violencias sexuales". Ninguna de las agresiones machistas que sufren las mujeres –por muy inaudita que parezca– es aislada, ni casual, ni propia de simples monstruos.

El tiempo, otra herramienta de castigo

Septiembre de 1996. Una mujer acude a las autoridades y desliza el nombre de Jeffrey Epstein. En esa denuncia, la joven alertaba de la violencia sexual infantil ejercida por el magnate, pero su advertencia fue ignorada. La investigación oficial no echó a andar hasta casi una década después. A partir de entonces, las víctimas se han visto atrapadas en una batalla que se prolongaría durante años y que todavía continúa hoy. Han sido más de veinte años de calvario.

"El control del tiempo podemos denominarlo como una herramienta y una tecnología patriarcal muy potente", desliza Barjola, quien se pregunta las razones por las que aquella primera víctima fue ignorada en los noventa. El impacto sobre las mujeres es total: "Parece que tu vida está en suspensión y a la espera del reconocimiento del otro". Al final, continúa la investigadora, la idea de verdad, justicia y reparación tiene que ver con que "muchas víctimas no están esperando penas muy altas, sino que se sienten reparadas cuando hay un reconocimiento de la verdad". 

Añade Tardón que, en esa tarea de reparación, existe una premisa clave para no agravar el daño psicológico que implica para la víctima revelar una situación de violencia sexual: la actuación diligente inmediata. "La dilatación del proceso tiene un impacto terrible" porque trunca el "proyecto de vida de todas las víctimas", lo que impacta en su "salud psíquica y emocional". Cuando el proceso se demora o las víctimas no son escuchadas de manera diligente, la "sensación de desánimo" toma el control.

La impunidad de los poderosos

A la violencia institucional, social y narrativa del caso, se suma la impunidad manifiesta de los agresores. "El hecho de que los agresores y toda su red sostenedora sean hombres poderosos con muchos contactos políticos, económicos y sociales, lo que lanza es un mensaje a las víctimas de miedo y de disciplinamiento, situándolas en un lugar de indefensión", clama Tardón. 

El mensaje resultante es claro: "Hagáis lo que hagáis, no va a pasar nada, nos van a seguir premiando, vamos a seguir ejerciendo el control y el poder sobre las mujeres", traza la experta. Un mensaje concreto hacia las víctimas que se convierte en una advertencia global para todas las mujeres.

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Y como pieza clave de la impunidad, se sitúa el pacto entre caballeros: la complicidad y la protección explícita entre aquellos que nutrían la red de pederastia, pero también entre quienes sabían de la violencia que allí se ejercía. "La única protección realmente operativa es la que se prestan unos con otros, el pacto entre hombres está muy vigente", añade Barjola. A su juicio, el hecho de que muchos de los involucrados "no sean objeto de investigación, aunque se hayan publicado auténticas barbaridades, que sigan en sus puestos de poder y no haya una sociedad profundamente indignada, nos está hablando de cómo esa impunidad funciona".

Y cuando los agresores, especialmente los hombres poderosos, no se enfrentan "a las consecuencias de sus actos, se está dando un aviso aleccionador: da igual lo que habléis, porque las cosas no van a cambiar", coincide Barjola. La experta, no obstante, se revuelve contra la desesperanza: "Es un momento político y social duro respecto al auge y avance de la extrema derecha y el hecho de que se mantengan en esa impunidad y puestos de poder es reflejo de ello. Pero no es posible volver al espacio anterior en que las mujeres guardaban silencio. Ese silencio se está rompiendo, por muchas amenazas que nos encontremos de frente", clama.

Tras la publicación de los datos privados de las víctimas por las autoridades estadounidenses, una veintena de afectadas firmaron una carta pública. En ella, decían: "Esto no ha terminado. No nos detendremos hasta que se revele toda la verdad y todos los responsables rindan cuentas".

En una de las cientos de miles de imágenes que circulan por medios y redes sociales, se aprecia el cuerpo jovencísimo de una mujer sobre las rodillas de un hombre multimillonario. El rostro de la joven está censurado; su cuerpo no. Forma parte del conjunto –inabarcable por su extensión, insoportable por su contenido– de archivos desclasificados en torno al pederasta y agresor sexual Jeffrey Epstein. Los documentos hoy conocidos sirven para confeccionar un relato nítido en torno a la dimensión de lo sucedido, la impunidad de los agresores y la normalización de la violencia sexual. Pero también han supuesto un nuevo golpe para las víctimas. Ni reparación, ni acompañamiento, ni sostén: sus necesidades no sólo no están en el centro, sino que las mujeres afectadas han vuelto a ser violentadas, agredidas y revictimizadas con la revelación de información personal e imágenes sexuales sin censurar. Y los responsables son, precisamente, quienes debían velar por sus derechos: las instituciones.