Opacidad, desinformación y negocio: la letra pequeña de la congelación de óvulos

"Puede que ahora tu prioridad sea otra. Puede que ahora no sea tu momento. Pero ese momento llegará". La promesa interpela a aquellas mujeres decididas a buscar la información –a veces escasa, a veces confusa– sobre una técnica cada vez más popular: la congelación de óvulos. La vitrificación es una realidad para miles de mujeres que cada año deciden dar el paso de acudir a una clínica, pese a la información parcial, las muchas dudas que todavía pesan sobre esta práctica y los gastos que conlleva. La mayoría se topa con una industria volcada en ofrecer soluciones aparentemente rápidas e infalibles, pero con mucha letra pequeña.

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La preservación de la fertilidad es el tipo de ciclo que "más ha aumentado en los últimos años, con una progresiva reducción de la edad media a la que tiene lugar", pasando de los 38 años a los 35, recoge la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) en el documento Hoja de ruta para una reproducción saludable y planificada. 

Según los datos recopilados anualmente por la entidad, el número de mujeres que congelan sus óvulos se ha ido multiplicando progresivamente a lo largo de los años. En 2010, primer ejercicio en el que existe registro, fueron 129 las que tomaron esta decisión, mientras que en 2023 la cifra escaló hasta las 7.158 mujeres que accedieron a la prestación. Estas mujeres, aquellas que eligen congelar óvulos por motivos que no son estrictamente médicos, constituyen el 79,8% del total de usuarias que acceden al servicio.

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¿Libre elección?

Pero ¿cuáles son los motivos que les empujan a hacerlo? Un artículo firmado por la socióloga Sara Lafuente, publicado en la revista científica BioSocieties en 2024, analiza las connotaciones sociales en la decisión de congelar óvulos, a partir de entrevistas con profesionales y usuarias. Lafuente pone el foco en aquellas mujeres que entrevén en la preservación una herramienta útil para ganar tiempo, pero también se detiene en esta técnica como síntoma de un contexto social que pone muchas trabas al desarrollo pleno de una crianza en condiciones.

Las entrevistadas hablan de elementos determinantes en su decisión, como la falta de una pareja estable, la precariedad laboral, la crisis habitacional o la falta de políticas sociales encaminadas a facilitar la conciliación. La congelación de óvulos se ha ido configurando, a juicio de la autora del análisis, como una suerte de parche para sortear obstáculos que tienen más que ver con políticas públicas y con el contexto socioeconómico que con decisiones libres. 

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Al otro lado del teléfono, la socióloga se detiene en las raíces que empujan a las mujeres a decidirse por la congelación de óvulos y el peso del contexto tanto cultural como socioeconómico. Muchas de las pacientes que entrevistó para su trabajo reconocen haber retrasado "la maternidad no necesariamente porque haya una decisión consciente" encaminada a priorizar el trabajo o el ocio, sino por cuestiones como "la soledad, las condiciones económicas, el problema con la vivienda y porque saben que hoy tener hijos para las mujeres trabajadoras conlleva un coste" en distintos ámbitos que no siempre es asumido desde una perspectiva pública y comunitaria. 

Ocurre entonces que la congelación de óvulos llega a "muchas capas sociales" en comparación con otros países, por lo que existen mujeres que acceden a ella asumiendo el coste que implica, aunque suponga un esfuerzo significativo. Para Lafuente, no deja de ser una "solución individual, a través del mercado, para dar respuesta a problemas que no han sido resueltos desde lo colectivo".

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En su libro Sueños y vasijas (Consonni, 2024), la periodista June Fernández hace una aproximación a la lógica mercantilista que envuelve a la preservación de la fertilidad. "La expansión de los mercados reproductivos se ha basado en tres hallazgos científicos del siglo XX: la fecundación in vitro (el óvulo es inseminado fuera del útero), la ovodonación (se implanta en el útero de una mujer un embrión fecundado en el óvulo de otra mujer) y la crioconservación de gametos y embriones (una técnica para almacenar material biológico congelados)", escribe. La demanda de estas técnicas, añade la autora, "se multiplicó gracias a dos cambios sociodemográficos: el retraso de la edad de reproducción y la visibilización de modelos familiares distintos al encabezado por parejas heterosexuales".

En ese sentido, "la mercantilización de la reproducción coincidió con la expansión del neoliberalismo en los años ochenta y noventa". Según la escritora Layla Martínez, autora de Gestación subrogada. Capitalismo, patriarcado y poder (Pepitas de calabaza, 2019), "estos servicios se presentaron de entrada como procedimientos médicos para lograr legitimación social, pero pronto pasaron de la lógica sanitaria a la lógica de mercado. Así, el neoliberalismo demostró que era capaz de comercializarlo todo, incluida la capacidad de crear vida".

Los intereses del mercado

En España, agrega la investigadora, "hay una confianza desmedida en la reproducción asistida como una solución". Una confianza que se construye alrededor de la "creencia de que cuando llegue el momento será una opción fácil", pero la realidad es que "no es nada fácil, ni garantista y la gente se encuentra con procesos costosos, largos y difíciles que no siempre funcionan". 

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Coincide la ginecóloga Victoria Marcos. "Lo peligroso es que el marketing sea incorrecto. Una congelación de óvulos aumenta las posibilidades de embarazo, pero no lo asegura", reflexiona en conversación con este diario. Aunque matiza que algunas clínicas "son muy sensatas", la profesional sí cree problemático que otras tantas perfilen un panorama de garantía total según el cual la congelación de óvulos servirá, por sí misma, para garantizar poder tener hijos, "cuando la realidad es que no es así".

La Sociedad Española de Fertilidad señala el coste del proceso como el "principal obstáculo". Los precios oscilan entre los dos mil y los cuatro mil euros por ciclo, a lo que deben sumarse otros 300 o 400 euros anuales de mantenimiento de los óvulos preservados, según los cálculos de la misma entidad. A estas cifras pueden añadirse alrededor de otros mil euros, el coste del tratamiento previo a la extracción para estimular la producción ovocitaria.

La organización reclama "el desarrollo de políticas públicas que hagan asequibles estos tratamientos para las ciudadanas, erradicando así problemas de inequidad". Pero, además, los profesionales destacan que una vez que se consigue acceder al proceso, "puede ser altamente estresante a nivel físico y emocional", así que para "reducir al máximo el malestar que sufren muchas pacientes, deberían crearse rutas asistenciales pautadas que aseguren, por defecto, el máximo grado de comodidad posible para las pacientes".

La Seguridad Social únicamente se hace cargo del coste de la prestación en el caso de enfermedades que afecten de alguna manera a la fertilidad, pero el simple deseo de posponer la maternidad –el principal motivo por el que las mujeres recurren a la vitrificación– hace que el impacto económico sea asumido íntegramente por la paciente. 

El Partido Popular se sumergió de lleno en esta cuestión el año pasado, cuando en su ponencia política planteó financiar el servicio con fondos públicos. "No tener un hijo no puede ser una cuestión económica", señalaban entonces los conservadores. "Miles de españoles no pueden formar una familia porque las circunstancias económicas, políticas e incluso sociales se lo impiden", añadían los de Alberto Núñez Feijóo. La Xunta de Galicia es la única comunidad que, desde este año, incorpora el servicio en su red pública también para las mujeres de entre 30 y 35 años sin prescripción médica.

En el debate sobre el peso de la sanidad privada entran en juego diversos elementos. "En el Estado español ha habido históricamente un protagonismo muy fuerte del sector público en casi todos los ámbitos, pero no en la reproducción asistida", introduce Lafuente. En este terreno, el liderazgo del sector privado es indiscutible y existe además una "industria muy fuerte caracterizada por un problema: la compra de clínicas por parte de fondos buitre". Gigantes como el fondo de inversión KKR, con intereses en la Palestina ocupada, están detrás de clínicas dedicadas a la fertilidad. 

A día de hoy, analiza la socióloga, no existe ningún sistema encaminado a "poner coto a cuál es el formato de acumulación en el sistema privado", por lo que el hecho de que existan "fondos de inversión que buscan generar beneficios de forma muy rápida en el ámbito de la medicina es problemático en sí mismo". Como resultado, apuntala la investigadora, "es muy difícil saber si los tratamientos responden a un coste beneficio basado en la salud o a una cuestión puramente económica".

Para Lafuente, el debate no tiene tanto que ver con cuáles son las técnicas actualmente presentes en la privada que debe absorber la Seguridad Social, sino si las instituciones están en condiciones de ofrecer soluciones alternativas desde una perspectiva de políticas públicas. "La congelación de óvulos, aunque en muchos casos es útil, no deja de ser una respuesta que nos ha dado el mercado", zanja. 

Una ley "profundamente paternalista"

Pero hay otra cuestión que rodea a la congelación de óvulos y que inquieta profundamente a las mujeres: las limitaciones a la hora de descongelar los preembriones o gametos femeninos. La ley sobre técnicas de reproducción humana asistida, vigente desde hace dos décadas, plantea la posibilidad de destruir los ovocitos o preembriones siempre como última opción, por detrás de su uso por la propia mujer o su cónyuge, la donación con fines reproductivos o la investigación. 

El cese de la conservación solo puede aplicarse una vez haya finalizado el plazo máximo de conservación previsto por la ley y si no se ha elegido antes otro destino. Para ello, además, es necesario que la paciente presente dos informes de especialistas diferentes y ajenos a su clínica, capaces de avalar que no reúne los requisitos adecuados para el embarazo. Es decir, un laberinto burocrático para las mujeres. ¿Y si la paciente deja de pagar el mantenimiento? Entonces el material pasa a ser propiedad del laboratorio.

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El destino final de los óvulos y preembriones está, por tanto, sujeto a una serie de condiciones que limitan la decisión autónoma de cada mujer, una situación que no se produce respecto a la congelación de semen. Es esta asimetría la que quiere corregir ahora el Partido Socialista. La formación presentó el pasado mes de abril una proposición de ley para tratar de eliminar los obstáculos a la hora de decidir en torno a la conservación del material.

Su finalidad, según expone el grupo parlamentario, pasa por "equiparar la normativa de crioconservación de ovocitos con la del semen, reforzando la autonomía de las mujeres en la toma de decisiones sobre el destino de sus propios gametos". La legislación vigente, reseñan los socialistas, impide que la mujer decida "por sí sola poner fin a la conservación de sus ovocitos", su decisión queda "condicionada por una validación externa".

Lafuente lo encaja como un avance encaminado a corregir una "normativa profundamente paternalista", pero cree que es también una oportunidad perdida para revisar igualmente las condiciones en el caso de los preembriones. La diputada socialista Margarita Martín defendió en sede parlamentaria su iniciativa no solo para "reforzar la capacidad de decisión de las mujeres sobre sus ovocitos", sino también persiguiendo el propósito de "abrir el camino para abordar con seriedad la situación de los preembriones crioconservados".

"Puede que ahora tu prioridad sea otra. Puede que ahora no sea tu momento. Pero ese momento llegará". La promesa interpela a aquellas mujeres decididas a buscar la información –a veces escasa, a veces confusa– sobre una técnica cada vez más popular: la congelación de óvulos. La vitrificación es una realidad para miles de mujeres que cada año deciden dar el paso de acudir a una clínica, pese a la información parcial, las muchas dudas que todavía pesan sobre esta práctica y los gastos que conlleva. La mayoría se topa con una industria volcada en ofrecer soluciones aparentemente rápidas e infalibles, pero con mucha letra pequeña.

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