ENTREVISTA
Ana Requena, periodista feminista: "Solo permitimos el aborto si es un drama o un trauma"
"Le dije que quería abortar. Me aconsejó que si lo hacía no se lo contara a nadie. Tras la consulta tomé la decisión de no decírselo a nadie". Es uno de los testimonios que la periodista Ana Requena (Madrid/Albacete, 1984) recoge en su libro Provida. Un manifiesto a favor del aborto (Now Books, 2026). Las palabras pertenecen a una de las muchas mujeres atravesadas por el estigma tras tomar la decisión de interrumpir su embarazo y percatarse de que aquello que parecía un derecho consolidado está, en realidad, marcado por una suerte de clandestinidad anacrónica que se expresa en la discreción durante el procedimiento y en el sigilo posterior, en la negación de todo relato que se salga de los moldes.
La autora disecciona los motivos por los que la reacción patriarcal no renuncia a dar la batalla contra los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, impugna el discurso esencialista que insiste en situar a la maternidad como único propósito vital de las mujeres y concede voz a quienes, sin saber muy bien por qué, han cargado con una vergüenza extraña pero aleccionadora tras haber abortado.
Aunque el movimiento feminista evita deliberadamente llamarlas así, las organizaciones antiabortistas han conseguido calar en el debate público bajo el nombre de provida. ¿Es hora de reapropiarse del término?
Tenemos que reapropiarnos del término provida, algo que el feminismo ya lleva unas décadas intentando. Si miramos los folletos de las comisiones proderecho al aborto que las feministas hacían en los años 80, ya se puede ver cómo reclamaban el término provida para el feminismo y cómo impugnaban que los grupos ultra lo utilizaran y se escondieran detrás de él para promover posturas antiabortistas. Hay que recuperar ese activismo, señalar que detrás de términos que suenan aparentemente bien se esconden posturas muy reaccionarias que buscan que las mujeres no tengamos derechos sobre nuestros cuerpos. Provida debe ser un término que aluda en todo caso a quienes defienden vidas dignas, con derechos y en las que los sujetos que ya estamos aquí tengamos autonomía y capacidad de decisión sobre nuestros proyectos personales.
¿Por qué la reacción patriarcal pone en el foco los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres?
En el marco de la ola reaccionaria, el derecho al aborto se identifica como una de las palancas estratégicas para intentar contestar a una efervescencia feminista y conquista de derechos. Atacar al aborto es cuestionar algo esencial: que las mujeres somos ciudadanas de primera, no seres sujetos a la validación y decisiones externas. La batalla sobre el aborto siempre vuelve porque es la base de la autonomía y la libertad de las mujeres, pero también porque tiene que ver con el modelo de sociedad en el que vivimos. Controlar los cuerpos de las mujeres implica también controlar de alguna manera los medios de producción, porque el cuerpo de las mujeres es la última frontera del capitalismo, como dice Silvia Federici. El cuerpo y el útero de las mujeres son una maquinaria de reproducción de fuerza de trabajo, por lo que el hecho de que las mujeres tengamos autonomía implica que vamos a decidir sobre nuestras maternidades en nuestros propios términos y que hay un poder que pierde el control. Cuando decimos que las mujeres queremos tener derecho a abortar, estamos atacando también esa manera patriarcal y capitalista de organizar el mundo.
Cuando defendemos el derecho a abortar, estamos atacando también esa manera patriarcal y capitalista de organizar el mundo
En el libro plantea precisamente eso: la idea de que la mujer como madre es funcional al sistema capitalista. Ese discurso se ha traducido últimamente en políticas pronatalistas por parte de gobiernos conservadores de todo el mundo. ¿Qué intencionalidad esconden estas políticas?
El relato con el que se ponen en marcha este tipo de políticas explota los estereotipos de género y la idea de que lo mejor que le puede suceder a una mujer es ser madre. Explotan ese relato porque es necesario para seguir situando a las mujeres como la parte de la población que sostiene los cuidados no remunerados, unos cuidados que son fundamentales para que el resto de la sociedad y de la economía siga en marcha. Por eso siempre sospechamos de este tipo de políticas cuando están sostenidas por estos relatos. Pero, además, son políticas muy contradictorias con el resto de la agenda de estos líderes. Si quieres fomentar la natalidad, pero al mismo tiempo estás en contra de la reducción de la jornada laboral para todo el mundo, o no pones en marcha prestaciones universales por crianza, o estás en contra de que haya más permisos remunerados para cuidar, o de regular el mercado de la vivienda, entonces no estás haciendo políticas pronatalistas, estás haciendo políticas que buscan explotar un ideal concreto de mujer que te interesa a ti para tu agenda política o para tu modelo de sociedad. Lo que sabemos es que si las mujeres en muchos lugares del mundo están dejando de tener hijos es, entre otras cosas, por la dificultad para conciliar y por la penalización que aún hoy implica tener un hijo.
Mucha de esa retórica antiabortista ha sido adoptada en España por Vox. ¿A la ultraderecha le sale rentable ese discurso en el contexto español?
En España ha habido bastante consenso respecto al derecho al aborto. Lo vimos hace años cuando [Alberto Ruiz] Gallardón, durante el Gobierno de Mariano Rajoy, intentó llevar a cabo esa reforma tan regresiva. Pero precisamente porque existe ese consenso en nuestro país, Vox intenta minar el derecho al aborto de otras formas: no propone necesariamente reformas muy regresivas del aborto, sino que su línea de actuación principal tiene más que ver con lanzar una retórica y una serie de propuestas que vayan desplazando el foco del debate público a si el aborto es un hecho deseable y responsable. Es decir, a que la gente pueda dudar de las mujeres y sus motivos para abortar. Es una estrategia para tratar de limar el derecho al aborto, lanzando esa idea de que las mujeres son unas irresponsables. Creo que buscan preparar el terreno para lo que pueda venir después, aunque es una buena noticia que ante sus propuestas haya una respuesta masiva.
Y en medio de todo esto, ¿dónde se sitúa el Partido Popular? Tradicionalmente se ha dicho que hay dos espíritus dentro del partido respecto al aborto.
No sabemos ya cuántos espíritus hay en el Partido Popular, ni con ese tema, ni con la violencia de género, ni con el feminismo en general. El PP ha dado muchísimos bandazos en la manera en la que defendían o criticaban muchos de estos derechos. No hay un discurso claro, pero en esa confusión sí transmiten algunas ideas. El PP de [Alberto Núñez] Feijóo aceptó la sentencia del Constitucional que avala la ley del aborto, pero en su discurso lo sitúa como una prestación sanitaria y nunca como un derecho. Saben que tener una postura muy beligerante contra el aborto que implique proponer una reforma legal muy significativa no tendría mucha aceptación, pero siguen siendo muy comedidos y alguna de esas almas del PP sí se sitúa más cerca de Vox.
Las clínicas acreditadas se han erigido como las principales garantes del derecho al aborto, pero es un problema que el acceso al aborto esté hoy privatizado. ¿Cómo se reivindica el aborto en la red pública sin obviar la labor de las clínicas?
Hay que entender que cuando hablamos de las clínicas privadas, en el caso del aborto, no estamos hablando de Quirón ni de grandes grupos. Se trata de clínicas privadas que nacen en muchos casos de la militancia, vienen de profesionales y activistas que se preocuparon por formarse, por traer técnicas seguras y que con mucha convicción montaron las primeras clínicas donde las mujeres podían interrumpir voluntariamente su embarazo. Es gracias a ese activismo y a ese empeño que se abrieron muchos de estos centros. Así que no son grandes grupos que se lucran con esto, porque de hecho tienen grandes dificultades para cobrar por parte de las comunidades autónomas, algunas no son precisamente muy bien tratadas. Ese es el contexto que tenemos que tener en cuenta a la hora de hablar de aborto en la privada. Y desde luego reivindicar que la sanidad pública tiene que hacerse cargo de los abortos. ¿Habría sitio en ese contexto para las clínicas privadas? Yo creo que seguramente sí, lo que no es normal es que se encarguen del 90% de las interrupciones.
Otro de sus grandes problemas es el acoso frente a los centros. Existe un marco legal que lo castiga, pero sigue produciéndose.
No parece que la reforma penal esté funcionando, porque tal y como está redactado ese artículo es necesaria una intimidación, una coacción o una violencia más explícita de la que normalmente sucede. Muchas veces no hay una agresión física explícita o nadie te está amenazando verbalmente, pero eso no significa que esas personas no estén interrumpiendo el normal funcionamiento de una clínica o no estén interceptando a mujeres y mandando un mensaje muy claro con su presencia, rezando o con fetos de juguete en las puertas de una clínica. Pasar por eso es desagradable y estigmatizante, no hace falta que exista violencia o intimidación explícita, pero los tribunales están pidiendo ese plus para que funcione el artículo del Código Penal. Lo que se pidió aquí ya en su momento fue que se pensara en esas zonas de seguridad que se han aprobado en otros países, áreas en las que no pueden ir estos grupos a rezar. Hay quien dice que eso sería más eficaz.
En la política se ha instalado la idea de introducir el aborto en la Constitución. ¿Es una medida simbólica o puede tener efectos materiales para las mujeres?
Me parece una medida más simbólica que efectiva a la hora de garantizar el derecho al aborto en el día a día. No la menosprecio, ese valor simbólico puede ser importante, pero creo que hay que rebajar expectativas respecto a lo que luego podría significar. En parte tiene que ver con la redacción y el capítulo que se ha elegido, porque no está entre los derechos fundamentales y eso hace que no tenga tanto rango. Pero lo que vemos es que los problemas son de aplicación de la ley. Podemos tener el aborto en la Constitución, pero si la ley no se cumple, si no acabamos con las barreras que existen, no servirá de mucho.
Podemos tener el aborto en la Constitución, pero si la ley no se cumple, si no acabamos con las barreras que existen, no servirá de mucho
¿Cuáles son esas barreras?
Tienen que ver con la objeción de conciencia, con cómo se registra esa objeción, con cómo los hospitales públicos organizan sus recursos humanos, su logística y sus quirófanos. Pero también tienen que ver con la falta de información, con el estigma, con las dificultades en el acceso y con la falta de una educación sexual integral. Y todos esos asuntos ya están contemplados en la legislación, pero no están siendo plenamente desarrollados.
En uno de los capítulos del libro recoge una vivencia de una mujer que quería abortar y cuyo ginecólogo le aconsejó no decírselo a nadie. ¿Cómo opera todavía el estigma?
La inmensa mayoría de mujeres que me escribieron para compartir sus historias para el libro me pidieron que no compartiera sus nombres, se mostraban muy precavidas a la hora de que se mostrara algún tipo de información que las pudiera comprometer. Es como si el aborto aún fuera algo que nos fuera a definir, que fuera a cambiar la mirada que los demás tienen sobre nosotras. Eso es muy relevante, es muy significativo pensar que en una sociedad donde hace 40 años que el aborto es un derecho aún haya esa sensación. Y, sin embargo, todas esas mujeres tenían mucha necesidad de compartir sus vivencias y de expresarlo, hablar con normalidad de un episodio de sus vidas que significó una cosa distinta para cada una. Ese estigma es fundamental para entender por qué es en realidad un derecho muy clandestino. Y ese mismo estigma está diciendo a las mujeres que si abortan tienen que sentirse de una manera muy concreta. Solo permitimos el aborto si es un drama o un trauma, si acaso en determinadas situaciones de la vida: si la mujer es joven o si está en unas circunstancias personales malas o precarias. Cuando nada de eso sucede, entonces parece que el aborto pesa más. Pero el aborto es un derecho y no hay una manera de sentirse después de haber abortado, no hay una experiencia igual.
El estigma es fundamental para entender por qué el aborto es en realidad un derecho muy clandestino
¿Y cómo se extiende el estigma a los profesionales? Isabel Díaz Ayuso habla de listas negras para referirse al registro de objetores, pero precisamente los señalados han sido siempre quienes se han prestado a realizar abortos.
Si tenemos un problema ahora mismo es con el estigma de los profesionales que sí están dispuestos a intervenir en un aborto y no con el de los profesionales que deciden no hacerlo. Si desde la carrera hay estigma, ese estigma se va a reproducir después durante tu práctica profesional. Puede haber profesionales de la medicina que salgan de la carrera sin apenas saber nada de la interrupción voluntaria del embarazo, algo que no pasa con ninguna otra práctica médica. Esa omisión y esa ocultación ya está generando estigma, ya está insinuando que hay algo indeseable.