AfD quiere hacer caer su 'muro de Berlín': el plan de los ultras para que las zonas ricas del oeste les voten
8 de julio de 1990. Solo han pasado ocho meses de la caída del muro de Berlín, y todavía quedan tres para la reunificación oficial de las dos Alemanias en un solo país. El 1 de ese mismo mes se había logrado la unión monetaria, económica y social, un paso decisivo para conseguir ese hito, pero la separación aún seguía vigente. Por eso, el 8 de julio era un día suspendido en el tiempo. Un impasse en el devenir imparable de la historia de Alemania. Sin embargo, ese día, pese a las idas y venidas de los meses anteriores, miles de alemanes no estaban pensando en política. Al contrario, pensaban en fútbol. Porque ese día Alemania Federal jugaba contra la Argentina de Diego Armando Maradona la final del Mundial de Italia. Un partido que trascendió el deporte.
La victoria por 1-0 de la selección alemana significó algo más que la tercera estrella para los teutones, después de sus triunfos de 1954 y 1974. Era, por primera vez, una victoria de todos. Tanto alemanes orientales como occidentales salieron a las calles a celebrar un mundial de Alemania con mayúsculas, de una Alemania unida, de una Alemania que, por fin y tras años de separación, les pertenecía. La epopeya de los hombres dirigidos por Franz Beckenbauer fue entendida casi como un prólogo de una reunificación que ya comenzaba. Una selección que, pese a no ser aún una realidad política, representaba a un Estado reunificado que muchos ya sentían como propio.
La euforia de ese momento, una combinación de esperanza en lo que vendrá y la perspectiva de un futuro compartido y mejor, no duró mucho. La reunificación, ya completada en octubre de 1990, no fue la arcadia feliz que los políticos prometían; tampoco la comunión perfecta que representaban los campeones del 90. Lejos de eso, la Alemania partida en dos siguió siendo, pese a la reunificación nominal y política, una dura realidad. En este caso, no había muros entre las dos, ni un telón de acero que ya había caído, pero sí una línea que determinaba que, si vivías a un lado de la antigua frontera, tendrías unas condiciones económicas y sociales mucho mejores que en el otro.
El gran fracaso de la reunificación alemana tiene ecos profundos en nuestros días. Prácticamente cualquier estadística, mapa de renta o indicador social puede leerse en una lógica este-oeste, pese a que Alemania lleva siendo un solo país más de 35 años. Por ejemplo, el salario bruto mensual medio fue en 2025 de 4.810 euros en el oeste y 3.973 en el este, el patrimonio es 182.000 euros en la antigua República Federal (RFA) frente a 88.000 euros de la República Democrática Alemana (RDA) y desde 1990, la población subió un 10% en el oeste y cayó un 16% en el este. No solo eso, en la antigua RDA hay una menor esperanza de vida, una población más envejecida y un paro más de dos puntos mayor que en occidente.
Unas brechas que se exportan a la política. Si vemos el mapa electoral alemán, también las dos antiguas repúblicas votan de forma muy diferente. En las elecciones de 2025, donde la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) logró ser segunda fuerza con un 20,8% de los votos, solo por detrás de la CDU, se vivió un episodio más de este fenómeno. Si solo votara el oeste, la ventaja de los democristianos sería más grande, pasando de un 28,5% a un 30,7%, AfD se mantendría en segundo lugar, pero perdiendo apoyo (18%) y en casi un empate técnico con los socialdemócratas del SPD, que sacarían un 17,8%, casi dos puntos más que la cifra nacional.
Sin embargo, el panorama cambia completamente si solo tomamos en cuenta la antigua RDA. Aquí, la extrema derecha ganaría holgadamente las elecciones con un 32% de los votos, es decir, 14 puntos más que lo que consiguió en el oeste. Obtendrían con esos números una ventaja de algo más de 13 puntos con respecto al segundo, que serían los democristianos, a los cuales seguiría la izquierda de Die Linke con un 13,4% y el SPD con un 11,6%. El dominio de la extrema derecha es espectacular, sobre todo si tenemos en cuenta que sería la fuerza más votada en todos los länder del este salvo Berlín. Bajando a los distritos, solo pierden en 3, sin contar los de la capital. Mientras tanto, en occidente la CDU y en menor medida el SPD se reparten las victorias en los distritos, con los democristianos ganando en todos los länder y la extrema derecha sin poder liderar en ninguno.
Una Alemania de segunda
El auge en la antigua RDA llegó hasta tal punto que en septiembre de 2024, AfD logró lo que parecía imposible , ganar las elecciones regionales en Turingia. Era la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que un partido de extrema derecha ganaba unos comicios de este tipo. Además, lo hizo con un dominio apabullante, con casi 10 puntos de ventaja sobre la CDU y un 32,84% de los votos. Un año después, en las elecciones federales, AfD se dispararía hasta casi el 40% en ese territorio, la cifra más alta que logró el partido en todo el país y con un margen de 20 puntos sobre el segundo.
Pero ¿por qué sucede esto? “AfD se fundó al principio de su historia como un partido antieuropeo y antieuro. Trataba de canalizar el descontento que había en Alemania con la crisis y subirse así a los vientos populistas que soplaban en el Viejo Continente. Primero, capitalizó esa desafección con Angela Merkel y su política de bienvenida de refugiados, que ya entonces era más profunda en el este que en el oeste”, recuerda Héctor Sánchez Margalef, investigador principal de CIDOB. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que podían crecer mucho más ampliando el foco y no quedándose con el discurso antieuropeo.
Es entonces cuando decidieron apelar a algo mucho más profundo: el resentimiento y el abandono. “Ellos consiguen capturar, como hacen todas las extremas derechas, un malestar histórico que es estructural, en este caso la fractura derivada de la reunificación, y transformarlo en una identidad política. Han logrado capitalizar décadas de agravio comparativo con el oeste no solo en cuanto a números o estadísticas, sino también en lo que respecta a la sensación que tienen en el este de que son ciudadanos de segunda”, explica Anna López Ortega, politóloga por la Universitat de València y experta en ultraderecha en Europa y España.
Su crecimiento en el este ha ido en paralelo a la caída de las formaciones de izquierdas que tradicionalmente dominaban a ese lado del antiguo telón de acero. Tanto el SPD como el partido heredero del partido único de la RDA, Die Linke, están en uno de los peores momentos electoralmente hablando en el este. Los segundos lograron salvar los muebles en las últimas elecciones, pero quedan lejos de ser el partido que antaño ganaba en algunos länder y superaba con consistencia el 25% de los votos. El caso del SPD es aún más preocupante. Atrapado en la indefinición, dentro del gobierno con la CDU y sin poder ser una alternativa, los socialdemócratas se encaminan, según las encuestas, a unos resultados aún peores que los del año pasado.
La mancha azul se desplaza al oeste
Sin embargo, algo ha cambiado en estas últimas semanas. Las elecciones en el land occidental de Renania-Palatinado el pasado 22 de marzo encendieron todas las alarmas. La victoria de la CDU fue toda una noticia, pues el SPD llevaba gobernando el Estado de forma ininterrumpida durante los últimos 13 años, pero lo que realmente acaparó los titulares fue otra cosa. AfD logró en este territorio, en teoría hostil, duplicar su presencia en el parlamento, subiendo de 9 a 24 escaños, dispararse en porcentaje de voto, pasando de un 8% a casi el 20% e incrementar su número de papeletas prácticamente en un 150%. El mejor resultado en unas elecciones regionales de AfD en un land del oeste.
No es casualidad. “La extrema derecha ha conseguido adaptar su discurso al territorio. En el oeste apela a otros medios que no son propios de la reunificación. En ese lugar, comienzan a verse unos malestares que ya habíamos visto en otras sociedades europeas: inseguridad económica, inflación, crisis energética, que Alemania ha sufrido especialmente, y el rechazo de políticas climáticas. Aquí ya no hay una extrema derecha que gana por ese componente identitario de los ciudadanos de segunda, sino que empezamos a ver cómo se aprovecha de contextos de crisis”, explica López Ortega. Así, mientras en el este habla del agravio histórico, en el oeste AfD azuza el miedo a perder una estabilidad económica de la que han gozado durante todos estos años.
La crisis de los socialdemócratas en Alemania empuja al SPD hacia el colapso
Ver más
La Alemania occidental no fue parte de ese trauma de la unificación, ya que fue la parte que salió favorecida, pero sí comparte la gran vergüenza de la nación teutona: el nazismo. Su memoria ha protegido en buena medida el crecimiento de AfD y, sobre todo, ha impulsado el cordón sanitario a la extrema derecha que aún continúa en el país. Pese a todo, ni esto sirve ya para contener a los ultras. “Cuando el malestar es tan estructural que conecta con las emociones, es difícil desactivar cualquier cultura democrática, aunque forme parte del ADN de los alemanes. Suben los precios de la gasolina, de la calefacción… y eso está pesando más en el voto. Y por supuesto también la falta de alternativas del resto de formaciones”, critica la politóloga.
Este aspecto es una de las claves para entender cómo AfD está ganando terreno. Tras las últimas elecciones, el país volvió a optar por una fórmula largamente usada: la gran coalición entre la CDU y el SPD. El cordón sanitario ante la extrema derecha tiene su efectividad para mantener a los ultras fuera del Gobierno, pero también existen contrapartes. “Esta fórmula va aparejada a un desgaste evidente para los dos principales partidos”, describe Sánchez Margalef, a lo que López Ortega añade un punto más: “Lo que nos podemos encontrar a largo plazo es bloqueo, si sigue creciendo AfD, puede llegar un punto en el que no se pueda gobernar, y eso dará más gasolina a la extrema derecha”.
Y lo que es peor, nadie en Alemania parece plantearse un cambio en esta posición para corregir el problema. “Hay una falta de coraje político para intentar cosas diferentes. El SPD lleva en el Gobierno casi todas las legislaturas de este siglo, ya sea como líderes o en gran coalición. Los dos grandes partidos buscan siempre los mismos pactos. Nadie se plantea, por ejemplo, que haya un Ejecutivo en minoría de la CDU apoyado desde fuera por el SPD en políticas concretas. Es algo que ven fuera de su cultura política, ni siquiera lo barajan como una posibilidad. Hay una incapacidad enorme de plantear alternativas que pueden ser mejores para enfrentarse a AfD, y hasta que no llegue alguien con un pensamiento diferente, será difícil cambiar el panorama”, zanja el investigador de CIDOB.