La desinformación se convierte en un arma de guerra con Gaza aislada y casi siempre olvidada

Un hombre que sostiene a una niña y un bebé huye del lugar de un ataque con cohetes israelíes en el campo de refugiados de Al-Shati.

Patricia Godino

“Una de las actividades humanas más antiguas es la guerra. Y una de las más antiguas y frecuentes es la mentira”. 

Arranca así el prólogo que firma Daniel Gascón para la reedición, a cargo de Athenaica, de Falsedad en tiempos de guerra, el libro que el político y escritor británico Arthur Ponsonby publicó en 1928, tras su experiencia como soldado en la Primera Guerra Mundial. Su recuperación se antoja más oportuna que nunca ante el nuevo estallido del que es el conflicto por antonomasia

La barbarie perpetrada por las milicias de Hamas en la madrugada del 7 de octubre y la atroz venganza ejercida a continuación por el ejército de Benjamin Netanyahu ha dejado ya más de 1.400 muertos y rehenes israelíes y más de 2.600 e incontables heridos en hospitales que mutan en morgues en esa cárcel a cielo abierto que es Gaza.

A este lado del mundo hay también una víctima que nos interpela a todos: la verdad. Sin excepción, todos somos partícipes y también damnificados de su fragilidad. 

¿Por qué? Sin informadores internacionales, ajenos al conflicto, que puedan contar lo que está ocurriendo, en Gaza sólo queda el abnegado ejercicio periodístico de colegas sobre el terreno que se enfrentan, en breve y ante la falta de suministro eléctrico, al fundido a negro más absoluto. Ellos, de sobrevivir al éxodo de un millón de personas tratando de huir sin saber cómo ni a dónde, permanecerán a oscuras y con ellos los ojos para el resto del mundo. 

Al otro lado, en suelo israelí, se encuentran todos esos periodistas, corresponsales y freelances, asentados en la zona, en Tel Aviv, en Jerusalén o en países del entorno con vocación siempre de contextualizar un conflicto enquistado durante décadas, de los que, al menos en el caso español, apenas se acuerdan los directores de medios cuando no resuenan las bombas. 

“Por lo que estamos viendo hasta ahora el perfil del informador del conflicto en este momento es de más experto que el que fue a Ucrania, que necesitaba poco más que un viaje a Varsovia en avión y luego un tren hasta la frontera. En el caso de Ucrania, contabilizamos más de 100 reporteros desplazados y de ellos, el 70 o el 80% eran colaboradores a la pieza y en muchos casos sin preparación previa”, explica a Infolibre Edith Rodríguez Cachera, vicepresidenta de Reporteros sin Fronteras España sobre la peligrosidad y complejidad de este conflicto

En el caso de los medios públicos españoles, como RTVE o la Agencia EFE, cuya apuesta en el terreno es continuada, la cobertura habitual se ha visto ahora reforzada con otros equipos de reporteros desde distintos puntos de Israel, con Usoa Zubiria, Oscar Mijallo, Miguel de la Fuente, Hugo Úbeda o Fran Sevilla, entre quienes hoy sirven de cauce informativo para la audiencia en España.

“Hasta donde sabemos, desde Israel no están dejando entrar en Gaza, tampoco desde Egipto, por lo que lo que podemos conocer es desde el otro lado de la verja. Lo que sabemos de lo que está ocurriendo en Gaza es por periodistas palestinos, blogueros y ciudadanos que están in situ y narran a través de las redes lo que están viviendo pero este agujero contribuye a una intoxicación atroz”, insiste Rodríguez Cachera. 

En el momento de la publicación de este reportaje, el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) ha denunciado la muerte de al menos doce periodistas, dos más desaparecidos y ocho heridos, así como la destrucción de los medios locales en Gaza.   

Y en este escenario, ese vacío se rellena con un maremágnum de desinformación, medio noticias, imágenes descontextualizadas y material reciclado de meses, años anteriores, de otras guerras y ataques, que viaja de teléfono en teléfono, de un pseudoportal de noticias a otro, que propicia el caos más absoluto. 

Pero incluso en el caos hay dinámicas que responden a una lógica: Hamas, que controla políticamente la Franja, utiliza los bulos para insuflar moral a su tropa, mermada, para hacer valer el éxito inicial de una operación que logró burlar los servicios de seguridad del hasta ahora imbatible Mossad que ha pillado a todos por sorpresa; y el Gobierno de Netanyahu utiliza el caos para vender al mundo que su respuesta es, a su juicio, proporcional a la barbarie sufrida. 

Cada país, ya escribió Ponsoby hace un siglo en sus páginas, emplea la propaganda “con bastante deliberación para engañar a su propio pueblo, atraer a los neutrales y confundir al enemigo”.

"Ningún tipo de línea roja"

Las grietas a estos dos relatos enfrentados se encuentran en todos esos mensajes de los informadores internacionales con bagaje en el conflicto, capaces de hacer un ejercicio de comparación de esta ofensiva respecto a episodios anteriores. Es el caso de Mikel Ayestaran, radicado en la zona desde 2015, fundador de la revista 5w y colaborador habitual, entre otros medios, para el grupo Vocento y EiTB. 

En una conversación la noche del pasado miércoles desde Be’eri, un pequeña aldea al sur de Israel, en un Twitch abierto con Agus Morales, director de 5W, Ayestaran valora que “las imágenes que han salido de esos kibutz por las milicias de Hamás han cambiado el chip de anteriores ofensivas; aquí no va a haber ningún tipo de línea roja. La ofensiva de 2014 fueron 48 días seguidos con 2.500 civiles muertos en Gaza”. 

La situación ahora es radicalmente peor e inabarcable. 

Al testimonio de los informadores, nacionales e internacionales que realizan su trabajo con las condiciones que impone Israel, se suma la voz de todos los profesionales de ONGs y agencias de ayuda humanitaria, caso del de Raquel Martí, directora de UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina en Oriente Próximo) cuya visión del escenario aterra. “Nunca, en todos mis años trabajando he vivido una situación tan atroz. Estamos ante una situación que supera todos los calificativos. Va a significar un antes y después en la vida de Gaza”.

“Cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima”

Los ejércitos de desinformadores no nacieron ayer. En un ejercicio de lucidez adelantada a su tiempo, Ponsoby dejó escrito hace casi cien años en Falsedad en tiempos de guerra un aserto que se desempolva estos días: “Cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima”. 

Como ex combatiente en la Gran Guerra, el autor de este libro, que llegará a las librerías en noviembre, radiografía desde dentro cómo opera la propaganda. En uno de los pasajes relata el caso de un bebé amputado. 

"El bebé belga cuyas manos habían cortado los alemanes no solo recorrió las ciudades y los pueblos de Gran Bretaña, sino que pasó por Europa occidental y América, y llegó incluso al lejano oeste. Nadie se paró a preguntarse cuánto tiempo viviría un bebé si se le cortaban las manos a menos que tuviera a mano la asistencia quirúrgica experta que le conectara las arterias (la respuesta era: muy pocos minutos). Todo el mundo quería creerse la historia y muchos llegaron a decir que habían visto al bebé. La mentira se acató de manera tan universal como el paso de las tropas rusas por Gran Bretaña”. 

Aquel bebé sin manos, escribió Ponsoby, nunca existió. No ése al menos. Existieron innumerables episodios que dan fe de la vileza y la crueldad del ser humano en esa primera guerra global pero, en su esfuerzo por documentar, por testimoniar lo que fue real de la propaganda, no encontró pruebas de la existencia de aquella criatura desgraciada.

Los 40 bebés decapitados

En los primeros días de este nuevo estallido del conflicto palestino-israelí, el relato de cuarenta bebés decapitados a manos de los terroristas de Hamas obliga a revisar el mensaje que late en estas páginas. 

Estos días, los verificadores que trabajan en red en todo el mundo y los observadores internacionales e independientes no han podido confirmar la masacre de 40 bebés decapitados en el kibbutz de Kfar Aza cuya existencia puso en circulación durante una retransmisión en directo la reportera Nicole Zedeck para la cadena privada de televisión israelí i24News.  

Aquello se hizo viral al instante en todo el planeta y aún continúa siendo un macabro hit en redes estos días. 

En España, Isabel Díaz Ayuso agitó la coctelera populista para meter en un mismo mensaje en la red antes llamada Twitter a Pedro Sánchez, a sus socios y a los 40 bebés; luego Joe Biden que, como presidente de la nación más poderosa del mundo se le atiende como fuente autorizada, habló durante una reunión en Washington ante la comunidad judía que había visto fotos de milicianos de Hamas decapitando niños, horas después la Casa Blanca corrió a desmentirlo y basó las palabras del mandatario demócrata en la información ofrecida por fuentes del Ejecutivo israelí. 

Por último, en las últimas horas el gobierno de Israel ha difundido las imágenes de unos niños calcinados y un pequeño cuerpo ensangrentado. 

“Empezaron a llegarnos las noticias los 40 bebés decapitados. Lo que hago habitualmente es lo de siempre: cuento lo que veo y me baso en fuentes fiables, como es el servicio médico que va junto al ejército israelí. Lo que ha hecho Hamas a esta lado es tan brutal —se ha quemado a gente, se ha violado, se ha metido a familias en cuartos de seguridad y se han lanzado granadas…— que perfectamente puede ser posible. Ha sido una salvajada, te lo puedes creer. Por eso ha funcionado”, relata Ayestaran sobre este episodio en la charla abierta para la comunidad de 5w.

La barbarie, el horror, las imágenes abominables, lo espeluznante, el sadismo más salvaje perpetrado contra niños, ancianos, mujeres y jóvenes israelíes en los territorios ocupados ya ocurría antes, durante y después de que 40 bebés decapitados parecieran ser el rasero desde donde medir la atrocidad de los terroristas de Hamas y con él dimensionar, según el gobierno de Israel, el castigo que merece el pueblo palestino en su conjunto. 

A estas alturas, ya conocemos cuán alto se ha puesto ese umbral: donde la población civil sufre los bombardeos indiscriminados de las fuerzas israelíes y el corte de suministros vitales y parece abocada a su extinción.

Pero ha sido el episodio de los 40 bebés decapitados, acaso, el que mejor ilustra cómo opera la desinformación, la confusión, el oportunismo político en estos momentos. 

En la guerra, prosigue Gascón en el prólogo del libro, “las opiniones tibias, las dudas, la petición de rigor periodístico o una leve sospecha de la información oficial se convierten en una forma de traición. (…) Quien dude de lo absoluto puede ser señalado como traidor”.

Para Manuel Torres Soriano, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Pablo de Olavide y coordinador del libro #Desinformación. Poder y manipulación en la era digital (Comares, 2019), en entrevista en Despierta Andalucía (Canal Sur TV) “la guerra siempre ha sido un territorio absolutamente hostil para que la información fluya y para intentar contrastar lo que está ocurriendo y en este caso es especialmente difícil. Nos llegará el relato de Hamás y la información que traslade el Ministerio de Defensa israelí; el resto es terreno abonado a los bulos, al material reciclado que circula como nuevo y a la desinformación. A los ciudadanos, lo único que nos queda es una actitud de absoluto escepticismo y tomar con cautela todo, porque no sabemos si lo que nos llega es verdad o una versión interesada de la misma”.

La desinformación es una herramienta más de la guerra y Elon Musk es el soldado que la porta ante el pasmo de la comunidad internacional que sólo ahora parece caer en la cuenta del potencial que tiene esa X blanca sobre fondo negro. 

48 horas después del primer ataque de Hamas, Thierry Breton, comisario europeo de Mercado Interior y Servicios, exigió a Musk tomar acciones “rápidas, precisas y completas” para cumplir con las exigencias de moderación de contenido porque X se está utilizando “para difundir contenido ilegal y desinformación”. 

De hecho, el ataque de Hamas y su dimensión será abordada en el pleno del Parlamento Europeo de la próxima semana en Estrasburgo en un debate específico con representantes del Consejo y de la Comisión de Von der Leyen cuyo apoyo a la estrategia de defensa de Israel, escenificado en Tel Aviv junto a Roberta Metsola, presidenta del Europarlamento, ha abierto fisuras en el seno de su colegio de comisarios. Josep Borrell, Alto Representante de la Política Exterior de la UE, ha advertido que no se puede cortar el agua y todos los servicios a la población gazatí.

Desde antiguo, la política oficial de la Unión Europea es, como escribe Idafe Martín, un delicado juego de equilibrios que se mantiene sin apenas cambios desde hace décadas.

Los mensajes de las autoridades internacionales, las contrarréplicas, el goteo de imágenes de cuerpos esvicerados no cesa. Vivimos en la selva informativa, es cierto, pero hay lianas donde agarrarse. 

Los centros de fact checking

Una de ellos es el trabajo concienzudo que hacen los centros de verificación y fact checking. En España, la organización Maldita, con 45 personas en el equipo, 25 de redacción y 10 años de trayectoria, lleva desde el mismo día 7 combatiendo bulos para toda la comunidad hispanohablante. 

Uno de los primeros en circular, explica Clara Jiménez, fundadora y CEO de Maldita, fue el de los niños en jaulas como supuestos rehenes de las milicias de Hamas. Situamos: se difunde un vídeo de un grupo de menores metidos dentro de una jaula supuestamente secuestrados por Hamás. El vídeo fue publicado días antes del ataque terrorista por un usuario que publicó posteriormente otro TikTok de los niños en la que aclaró que los niños son sus familiares y no "sionistas". 

Como ésta, ya contabilizan cerca de 40 noticias falsas desmontadas desde el inicio del conflicto. 

Luego están los verificadores que más que desmontar su función es separar el grano de la paja para que pueda ser visto por todos como una verdad imbatible. Es el caso de VerificaRTVE, que dirige Borja Díaz-Merry. 

A grandes rasgos, este equipo trabaja a tiempo real para que todos los vídeos que las distintas ediciones del telediario y el 24 Horas emiten estén verificados, para que esté garantizada la trazabilidad de las imágenes, máxime en un medio público de referencia en habla hispana. Básicamente, explica al teléfono Díaz-Merry, cuando un redactor ve un vídeo, una imagen de relevancia informativa pide a este equipo que verifique su procedencia a través de geolocalizadores, satélites, fuentes oficiales y un proceloso trabajo de comprobación de fuentes. 

Seis profesionales en el equipo, más los apoyos específicos de las secciones concernidas en la noticia en las redacciones del ente público, más los ojos y las imágenes sobre el terreno que tienen en el caso de episodios como éste del conflicto palestino-israelí, son el músculo necesario para garantizar que a RTVE no se la cuelen y, por tanto, a nosotros. 

No, claro, no todos los medios tienen la oportunidad de hacer este recorrido cuando la urgencia apremia. Pero sí está en la decisión de los editores, de los directores, de los responsables últimos que deciden qué se publica y que no, y esto va desde una noticia impresa a un tuit desde la cuenta del medio. Verificación digital para periodistas. Manual contra bulos y desinformación internacional (UOC, 2018) de Myriam Redondo es una guía extraordinaria para decidir, al fin, no participar del ruido, no chapotear en el lodazal de la desinformación de manera irresponsable.

Este mensaje cabría aplicarse también a los dirigentes políticos, cuyo eco en redes es mayor. ¿Quién contamina más: un ejército de bots o un dirigente con nombres apellidos?

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Para Clara Jiménez, “es difícil de cuantificar porque los impactos son distintos. El ejército de bots viraliza rápido y el portavoz condiciona o alimenta sesgos”. 

Queda, por último, nuestra responsabilidad individual como ciudadanos: cómo queremos informarnos, decidir leer y escuchar medios que tienen periodistas sobre el terreno, que incluyen análisis politológicos y contexto en sus informaciones, contrastar distintas cabeceras y profesionales acreditados. 

Queda, al fin, servir de altavoces de la miseria en que se ha convertido el debate público o frenar esa cadena.

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