“El veredicto de esta corte ha aumentado mis glorias históricas. Estoy muy agradecido de que me haya condenado. Verdaderamente, esta noche la nación iraní entendió el significado del constitucionalismo”. Tras estas palabras, la esperanza de un Irán democrático firmaba su sentencia de muerte. El 21 de diciembre de 1953, el entonces primer ministro, Mohammad Mosaddeq, pronunció estas tres frases después de ser condenado por un tribunal a una pena de tres años de reclusión en aislamiento en una prisión militar. Tras cumplir la pena, el político vivió hasta su muerte en 1967 en arresto domiciliario. Jamás volvió a pisar la calle, ni mucho menos la política. Ni siquiera cuando falleció el régimen se atrevió a permitir un funeral público y decidió que el que había sido uno de los hombres más influyentes de la historia iraní fuera enterrado en su propia casa. Pero, ¿por qué ese hombre era tan peligroso? ¿Qué había hecho para terminar así?
Para responder a estas preguntas hay que remontarse mucho tiempo antes de ese 21 de diciembre de 1953, hasta los años finales de la primera década del siglo XX, cuando Mosaddeq solo era un joven que trataba de abrirse camino en la política. En esos años, fruto del hartazgo por la represión de los monarcas y las crisis que se acumulaban en Irán, sucedió la llamada Revolución Constitucional. Un movimiento que pedía limitar los poderes del sah y someterlo al imperio de la ley, transformando un sistema absolutista en uno constitucionalista, en el que hubiera un parlamento y un mecanismo de elección democrática.
Paralelamente a ese impulso más democrático, había otro igual o más importante: el nacionalismo. Para entenderlo, tenemos que programar la máquina del tiempo aún más en el pasado, hasta el siglo XIX, para ver cómo las potencias extranjeras empezaban a posar sus manos sobre Irán. “Ese fenómeno comenzó mucho antes de que el petróleo tuviera la importancia que adquirió con posterioridad. En ese periodo, el país ya tenía una gran importancia geopolítica para los británicos por ser una tierra cercana a la India, y para el Imperio Ruso, que quería expandirse hacia el sur”, explica Darina Martykánová, profesora de Historia y de Estudios Internacionales especializada en los países islámicos.
De hecho, el primer gran conflicto en el que los iraníes mostraron sus deseos de independencia no fue relacionado con el petróleo, sino con el tabaco. Una concesión tabacalera otorgada al Reino Unido fue la chispa que prendió la llama de la indignación popular. Esa movilización estaba liderada en parte por el establishment religioso chií (que en esta época ya comenzaba a ser influyente) y derivó en un boicot muy exitoso al tabaco que terminó logrando echar para atrás la concesión.
En esos mismos años, a finales del XIX y principios del XX es cuando el oro negro comenzaba a ser el centro de los intereses de las potencias extranjeras en Irán. “El país protagonista en estos primeros momentos es Reino Unido, que a través de la Anglo Persian Company comienza a buscar los primeros pozos de petróleo”, describe Ignacio Gutiérrez de Terán, profesor titular de Estudios Árabes en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del consejo académico del CEARC. Esas primeras concesiones a las empresas británicas marcarían una tendencia que se iría repitiendo poco a poco a lo largo de las siguientes décadas, en las que Reino Unido se llevaba casi todo el pastel e Irán solo obtenía las migajas.
En los años 40 vendría otro episodio clave para ver cómo las potencias extranjeras intervenían en Irán. En una época marcada por la tensión del mundo de entreguerras, Reza Sah, primer gobernante de la dinastía Pahlevi, trataba de cambiarle la cara a un Irán todavía anclado en el pasado. El monarca comenzó un ambicioso programa de reformas que trataba de modernizar el país: construyó infraestructuras, cambió el sistema educativo, quitó poder a los clérigos y trató de centralizar el poder y afianzar una mayor independencia de Irán. Sus ambiciones reformistas, sin embargo, se vieron frustradas, de nuevo, por la intervención de las potencias extranjeras. Una vez estalló la Segunda Guerra Mundial, y con el pretexto de su acercamiento a la Alemania nazi, una coalición integrada por la Unión Soviética y Reino Unido invadió el país. Pese a que Irán se había declarado neutral, el deseo de controlar el petróleo iraní para garantizar el suministro de los soviéticos hizo que ambos forzaran a Reza Sah a abdicar en 1941.
Su sucesor sería el archiconocido último sah de Persia, Mohammad Reza Pahlevi, que llegó al poder con su país ocupado y dispuesto a colaborar con las potencias aliadas de la guerra. Es durante su reinado cuando el nacionalismo iraní va cobrando cada vez más y más importancia. “En los años 50 y principios de los 60 la tendencia en todo el mundo era de un renacer nacionalista tras la Segunda Guerra Mundial. Hay una especie de ola donde varios países piden la independencia a la vez que avances parlamentarios. Eso también ocurre en Irán, donde en ese momento cristaliza la tensión entre los intereses de Reino Unido y EEUU y ese nuevo nacionalismo iraní”, señala Gutiérrez de Terán.
Y en ese contexto es en el que nuestro protagonista, Mosaddeq, llega al poder. “Él representa a esa burguesía secular, laica y nacionalista iraní, no muy escorada a la izquierda, pese a lo que se haya podido decir. De hecho, era más bien un moderado que pensaba que Irán se estaba ofreciendo mucho a los intereses imperialistas de EEUU y Gran Bretaña”, continúa el experto. Mosaddeq se apoya precisamente en esa pulsión social (él era increíblemente popular) para acometer la decisión que marcará toda la historia posterior de Irán: nacionalizar el petróleo. “Todas las tendencias ideológicas, desde los más capitalistas hasta los comunistas, estaban de acuerdo en que se debía recuperar una soberanía real, es decir, que el país pudiera controlar sus recursos y no estuviera supeditado a las potencias extranjeras”, relata Martykánová.
Por lo que sea, esta decisión de amplio consenso no gustó a Reino Unido y EEUU. “Todo esto estaba dentro de un contexto parlamentario que se supone que era el régimen constitucional de Irán. Esa forma de gobierno se le empezó a ir de las manos a británicos y estadounidenses, que veían cómo se estaba creando una tendencia política que iba en contra de sus intereses, bajo el amparo de un sistema democrático”, explica Gutiérrez de Terán. De hecho, en esos tiempos la figura del monarca estaba realmente debilitada a nivel de poder. “El sah estaba prácticamente anulado. Mosaddeq actuaba en esta época no tanto como un primer ministro, sino también como una suerte de jefe de Estado, de presidente de la República”, recuerda Antoni Segura i Mas, investigador sénior asociado de CIDOB y catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona.
Era algo que EEUU y Reino Unido no podían permitir. “Ambos países veían al sah como una figura que podía garantizar la explotación de los recursos iraníes por su parte, así que dieron un golpe de Estado diseñado para sacar a Mosaddeq del juego”, asegura Martykánová. La excusa para ello fue la habitual en ese tiempo: el supuesto peligro de que Irán cayera en la órbita soviética. “Es algo que era falso. Mosaddeq no era ni mucho menos comunista, era un nacionalista que siguió la misma línea de muchos países de la época como el Egipto de Nasser, que también quería recuperar el control petrolífero. Los propios comunistas iraníes, que eran muy poderosos, llamaban al dirigente ‘pequeño burgués’ y decían que respondía a unas tendencias socialdemócratas, si se pueden llamar así, pero que no era, ni mucho menos, un revolucionario que creía en la lucha de clases”, continúa Gutiérrez de Terán.
Ese 19 de agosto de 1953, en el que la CIA y el MI6 dan finalmente el golpe y expulsan a Mosaddeq, algo se rompe definitivamente entre Occidente y la sociedad iraní. EEUU y Reino Unido hundieron las posibilidades de una democracia parlamentaria y abocaron al país a la fase más represiva y ostentosa de la dictadura del sah. La sentencia y posterior cautiverio de Mosaddeq fueron un símbolo que representaba cómo las potencias extranjeras no iban a soltar los recursos de Irán tan fácilmente. “Restituyen al sah con plenos poderes, hasta el punto que él mismo lo reconoce en su primer discurso tras el golpe. ‘Debo mi trono a Dios, al Ejército, al pueblo y a ustedes’, dijo, refiriéndose a EEUU”, indica Segura i Mas.
A partir de ahí, todo vuelve a su cauce. El petróleo se lo repartieron, señala el investigador del CIDOB, Reino Unido y los norteamericanos con el 40% cada uno, y el 20% restante lo dejarían para otras empresas europeas. Todo a la vez que la población iraní se empobrecía más y más. Así pasaron los años hasta que, en el año 1979, todo cristalizaría en la Revolución Islámica que expulsaría definitivamente al sah y dejaría el poder en manos del régimen de los ayatolás. “Fue un movimiento con muchos frentes, participaron desde la élite religiosa hasta los comunistas, los muyahidines del pueblo o la burguesía petrolero, había mucho consenso”, comenta Segura i Mas. Una vez más, parte fundamental de esa revolución era el nacionalismo antioccidental, que se había seguido construyendo con la colaboración del monarca con EEUU.
Ver másLa UE apoya una resolución de la ONU que condena los ataques de Irán pero no los de EEUU e Israel
Desde la revolución muchas cosas han pasado. La purga masiva de 1988 a los comunistas dejó el Estado en manos de las élites religiosas más radicales, que usaron la represión para mantenerse en el poder y ahogar al ala más pragmática del régimen. Hasta ahora, que la dictadura se encuentra bajo las bombas de los estadounidenses e israelíes. Otra vez, una intervención extranjera que pretende cambiar el régimen. Ante la impopularidad de los ayatolás, podría parecer que la población, como les dijo Donald Trump, podría haber salido a la calle y haber apoyado los bombardeos. Nada más lejos de la realidad. “Cuando un país es invadido por potencias extranjeras, suele haber un sentimiento de reafirmación nacional entre los ciudadanos. Es lo que sucedió, por ejemplo, con Napoleón en España. Además, si bien es cierto que hay un régimen debilitado, este mantiene su fuerza represiva y por eso es muy difícil salir a las calles”, insiste Segura i Mas.
Hay aún algo más. Irán no es un país cualquiera, es el heredero de un imperio al que solo pudo doblegar Alejandro Magno. “Los iraníes tienen la percepción de que Occidente les trata como una especie de vaca lechera y que les quieren dominar. Eso es difícil de aceptar para lo que fue el gran imperio persa, uno de los más grandes y poderosos de la historia. Siguen teniendo esa especie de orgullo nacional y de vocación de potencia regional. La mera presencia de británicos y estadounidenses les hacía sentir que su grandeza estaba siendo ultrajada, eso era un sentimiento compartido por muchos sectores de la sociedad”, zanja Gutiérrez de Terán.
Ahora, bajo las bombas, resuenan más fuerte las palabras de Mosaddeq: "El veredicto de esta corte ha aumentado mis glorias históricas", porque más de 70 años después de ese momento, el primer ministro sigue estando en la historia como el último que pudo decir que dirigía un Irán democrático y rumbo a su independencia.
“El veredicto de esta corte ha aumentado mis glorias históricas. Estoy muy agradecido de que me haya condenado. Verdaderamente, esta noche la nación iraní entendió el significado del constitucionalismo”. Tras estas palabras, la esperanza de un Irán democrático firmaba su sentencia de muerte. El 21 de diciembre de 1953, el entonces primer ministro, Mohammad Mosaddeq, pronunció estas tres frases después de ser condenado por un tribunal a una pena de tres años de reclusión en aislamiento en una prisión militar. Tras cumplir la pena, el político vivió hasta su muerte en 1967 en arresto domiciliario. Jamás volvió a pisar la calle, ni mucho menos la política. Ni siquiera cuando falleció el régimen se atrevió a permitir un funeral público y decidió que el que había sido uno de los hombres más influyentes de la historia iraní fuera enterrado en su propia casa. Pero, ¿por qué ese hombre era tan peligroso? ¿Qué había hecho para terminar así?