Reza Pahlavi o por qué Irán no tiene alternativa al régimen de los ayatolás
Es un sábado cualquiera en Madrid. El buen tiempo, que no se había prodigado demasiado por la capital, hace que muchos hayan salido a las calles a pasear y a realizar sus compras en plenas rebajas. Sin embargo, en la plaza de Callao, muy cerca de la Puerta del Sol, se escucha un clamor muy poco habitual en España. Varias decenas de personas se reúnen en círculo portando banderas verdes, rojas y blancas con un león en el centro. En el interior de la circunferencia unas mujeres simulan a las personas asesinadas por la teocracia de Irán durante estas semanas de protestas, que algunas organizaciones cifran en decenas de miles de personas. Podría parecer una muestra de apoyo más a los manifestantes iraníes que han salido a las calles, pero ese león de la bandera y los gritos que se escuchan hablan de algo más. “Pahlavi, Pahlavi, Pahlavi”, repetían sin cesar. No solo pedían el fin del régimen de los ayatolás, pedían que su sustituto fuera el hijo del último sha de Persia, Reza Pahlavi.
Durante este último mes, este hombre de 65 años, que aún se hace llamar a sí mismo Príncipe Heredero de Irán, ha saltado de las portadas de las revistas del corazón a la primera plana de los principales periódicos internacionales. Para algunos es la esperanza de una alternativa democrática y alejada del fundamentalismo de los ayatolás, para otros es la rémora de un pasado que, lejos de ser ejemplo de virtudes, era sinónimo de represión, corrupción y pobreza.
Y es que, pese a que en muchas de esas manifestaciones a su favor, sobre todo fuera de Irán, colocan al país persa previo a la Revolución Islámica como una suerte de arcadia perdida a la que anhelar, todo es mucho más complicado. “Parte de su encanto está precisamente en eso, en ser representante de ese pasado idealizado, de una suerte de orden que fue previo al caos de los ayatolás. Es una figura que tiene un predicamento especial en los jóvenes porque lo ven como un lienzo en blanco sobre el que proyectar esos deseos de cambio”, explica Samuele C. Abrami, investigador principal de CIDOB.
Sin embargo, hay unos cuantos matices a esto. El primero es que no hay ninguna garantía de que Reza Pahlavi sea esa figura democratizadora que muchos desearían. “Cuesta mucho imaginarle como una persona que pueda liderar una transición. Durante todo este tiempo, el hijo del sha ha estado más interesado en velar por los intereses de sus aliados extranjeros, Israel y EEUU, que en los de Irán. Y en las preocupaciones de estos no está precisamente la democracia, sino tener un interlocutor más o menos estable en el país que tome algunas medidas cosméticas, como el tema de las ejecuciones, por ejemplo, pero que probablemente no llegaría más allá. El foco está en la energía iraní y en la seguridad de Israel, no en la democracia”, asegura Álvaro de Argüelles, analista de El Orden Mundial y doctorando en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad Autónoma de Madrid.
El segundo matiz y probablemente el más importante, es que este ‘fenómeno Pahlavi’ tiene mucho más de construcción desde el exterior que de deseo de la sociedad iraní que se encuentra en el país. “Dentro no tiene ninguna legitimidad política ni moral. Está muy condicionado por el legado de atrocidades de su padre y el hecho de que viva entre lujos en EEUU tampoco ayuda a que en Irán se le vea como una alternativa razonable al régimen de los ayatolás. Me parece que esta vuelta a primera plana de Pahlavi es algo más creado desde el extranjero que algo verdaderamente anclado en los iranís”, comenta Rosa Meneses, subdirectora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos.
La experta piensa que, si bien han salido imágenes de las protestas en Irán donde se observa a los manifestantes pedir la vuelta del hijo del sha, cree que son más una forma de desafiar al régimen que una genuina popularidad de Pahlavi. Además, en sus intervenciones públicas, sus palabras se centran más en su deseo de volver a la senda de los Acuerdos de Abraham y de mantener buenas relaciones con EEUU e Israel que en ofrecer un programa alternativo y que pueda servir como una propuesta de país sólida. “Si hablara de mejorar las condiciones económicas de los iranís o de cómo resolver los problemas de malestar social estaría haciendo una mejor ‘campaña electoral’”, opina Argüelles.
Pahlavi, al llevar la práctica totalidad de su vida fuera de Irán no tiene una vinculación con los ciudadanos del país ni tampoco ninguna estructura allí que le pueda ayudar. “Su problema es que no hay nada más allá de su propia persona. No tiene ni siquiera un partido político con una ideología ni un programa. Eso muestra hasta qué punto es algo muy promocionado desde fuera en redes sociales y con fuerte predicamento en los jóvenes, pero que realmente no se sostiene en nada sólido cuando miramos dentro de Irán”, insiste Meneses.
De hecho, si de algo habla el auge de Pahlavi como figura alternativa es de la falta de una oposición clara al régimen de los ayatolás y que pueda ser llamada como tal. “Al final, lo que hace el hijo del sha es dividir aún más a una oposición muy debilitada ya de por sí, porque muchos de los que están en contra de la República Islámica nunca estarían a su favor”, advierte Abrami.
Debilitada, fracturada y sin líderes
En eso está, precisamente, el quid de la cuestión. Pese a que las protestas de diciembre-enero han sido de las más fuertes de los últimos años y a que el régimen de los ayatolás vive en uno de los peores momentos desde su creación, las manifestaciones no han logrado tumbar el poder. Una vez más, la dictadura ha resistido gracias a una ola de represión que ha vuelto a silenciar las calles. Esta vez más mortífera que nunca. Con una maquinaria tan agresiva y bien engrasada y una falta total de una alternativa real al régimen, Irán está de nuevo en la casilla de salida.
“El régimen ha mostrado de nuevo que no tiene fisuras internas. Todos han cerrado filas en torno a él y han decidido sustentar la dictadura, que sigue conservando el apoyo de los militares. Esto ha sido un trabajo de años, desde que la línea más dura de la República Islámica se impuso, la disidencia dentro del propio régimen desapareció gracias a la máquina represora”, comenta Meneses. Igualmente, el investigador del CIDOB también ve fundamental el papel que ha tenido EEUU, con Donald Trump primero animando a las manifestaciones e incluso sugiriendo una posible intervención al silencio total por parte del magnate.
Con esa represión salvaje y sin tener realmente a nadie que pueda canalizar las demandas, la ciudadanía está en un lugar complicado. Durante estos años, los iraníes ya se han mostrado concienciados y deseosos de un cambio, incluso ante la violencia del régimen, pero no han conseguido aglutinar ese descontento en torno a nada. Es una situación que a De Argüelles le recuerda mucho a la que se vivió durante las Primaveras Árabes de principios de la década pasada. Lo que en un inicio se vio como un impulso democratizador de países que llevaban viviendo bajo autocracias acabó no consolidándose, precisamente, por esa falta de una alternativa al status quo.
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La represión tiene una importancia máxima en ese proceso. “Desde hace tiempo la República Islámica dejó claro que cualquier liderazgo que surgiera en la oposición sería reprimido inmediatamente”, señala Abrami. Ya quedaron atrás líderes como el expresidente Mohamed Jatamí, que durante los primeros años de este siglo representaron un ala más reformista y aperturista en Irán. Desde que dejó el poder y este cayó en manos del conservador Mahmud Ahmadineyad, la deriva de la dictadura ha sido ahogar cada vez más a la oposición. Lo hicieron después de las protestas de la Revolución Verde de 2009, en la que los manifestantes denunciaron un fraude electoral para la reelección de Ahmadineyad en detrimento de Mir Hosein Musaví. La movilización popular terminó con este último en arresto domiciliario, prácticamente incomunicado, con los líderes aperturistas perseguidos y con el ala reformista cada vez más desdibujada.
Ahora, para De Argüelles, lo que existe como oposición es una suerte de establishment dentro de las élites que poco se parece a ese grupo de los reformistas de antaño. Más que cambiar el régimen, explica, están más centrados en hacerse con el poder, e incluso muchos de esos cuadros menos radicales ni siquiera se han opuesto al uso de la violencia en la represión de las manifestaciones. “Evidentemente ninguno de ellos responde a las demandas de la población ni tampoco son populares”, recuerda el analista de El Orden Mundial.
Más allá de esas élites y de lo poco que queda del ala reformista, la oposición más real la integran diferentes grupos étnicos que están frontalmente en contra de los ayatolás. Los dos más destacados son los kurdos y los baluchíes, que pese a esa oposición, es difícil verlos como una alternativa real. “Son minorías que están muy apegadas a una región concreta y cuyas reivindicaciones son muy locales. Resisten contra el poder central pero ni tienen una marca política ni capacidad para aglutinar de forma nacional”, describe el experto del CIDOB. Una reflexión en la que coincide Meneses: “Todo esto muestra una disidencia fragmentada y sin una figura unitaria que pueda unificarla. Cada una tiene su parcela y no son capaces de tener la influencia para ser un motor de cambio real”. Porque mientras las banderas de Pahlavi ondean en las calles de Occidente, en Irán la única bandera sigue siendo la de la violencia y la represión.