Alemania y Francia, dos estrategias de rearme que chocan y no acaban con la dependencia de EEUU
Tras el proceso de rearme que se está llevando a cabo en todo el continente europeo, se está produciendo un cambio histórico en la relación franco-alemana. Dentro de la Unión Europea, Francia ha sido considerada tradicionalmente el peso pesado en términos militares y estratégicos, mientras que Alemania destacaba sobre todo por sus resultados económicos y comerciales. Pero la transformación emprendida por Berlín en el ámbito de la defensa, unida a un relativo conservadurismo francés, está cambiando la situación.
Esto quedó patente de forma espectacular la semana pasada, con la presentación el 22 de abril, por parte del ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, de un documento inédito: un “Concepto global de defensa militar”. El texto es mucho más significativo que las declaraciones puntuales de los miembros del Ejecutivo alemán, ya que es fruto de un trabajo colegiado en el que participan todos los actores del sistema de decisión del país, mucho menos vertical y jerárquico que el sistema francés, donde muchas cosas dependen únicamente de las decisiones del presidente de la República.
Se ha definido así una estrategia militar según la cual “en Europa, Rusia seguirá siendo, en un futuro previsible, la mayor amenaza para nuestra seguridad. […] Alemania, como primera economía europea, debe asumir y asumirá un papel de primer orden en el seno de la OTAN, incluido el plano militar”. También se ha establecido un “nuevo perfil de capacidades de la Bundeswehr [las fuerzas armadas alemanas]”, que se supone detalla los medios concretos necesarios para hacer realidad esta ambición.
Si se aplicara tal cual, este “perfil de capacidades” convertiría al ejército alemán en “el ejército convencional más poderoso de Europa”. En términos de efectivos, el objetivo fijado para finales de la década de 2030 es de 460.000 militares (260.000 en servicio activo y 200.000 reservistas). Actualmente, la Bundeswehr cuenta con 184.000 militares en servicio activo (menos que Francia y Polonia, a pesar de que ambos países tienen una población inferior).
El rumbo ya se conocía desde el "cambio de época" anunciado por el anterior canciller, Olaf Scholz, tras la invasión a gran escala de Ucrania. Pero ahora queda formalmente fijado, además de materializarse en pedidos masivos de material militar y en los primeros pasos hacia el restablecimiento del servicio militar. Ha llegado a su fin la era de la posguerra fría, durante la cual el ejército alemán se aventuró en intervenciones en el exterior, pero redujo de forma radical sus capacidades y sus efectivos.
Prioridad a la defensa de la nación y de la Alianza
La “Bundeswehr 3.0”, como la ha bautizado la investigadora Johanna Möhring en una nota del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (Ifri), vuelve en cierto modo a la misión original de la “Bundeswehr 1.0”, creada precisamente durante la Guerra Fría, en 1955. Entonces era una gran fuerza convencional al servicio de Europa Occidental. Integrada en la OTAN, estaba preparada para hacer frente a una amenaza procedente del Este: la de los ejércitos del Pacto de Varsovia, la alianza dirigida de forma coercitiva por la Unión Soviética.
El papel similar asignado al ejército alemán contemporáneo queda bien reflejado en dos fórmulas: “un único conjunto de fuerzas” y “un teatro de operaciones”. “Es la forma técnica”, explica Olivier Schmitt, profesor del Real Colegio de Defensa de Dinamarca, “de decir que la Bundeswehr está optimizada para disuadir y luchar contra Rusia, pero no para intervenir en la República Centroafricana o luchar contra China. A diferencia de las décadas posteriores a la Guerra Fría, el país reconoce que tiene adversarios y traduce esta evolución política en términos de capacidades”.
“La principal diferencia con la Bundeswehr anterior radica en la posición geográfica y funcional que ahora ocupa Alemania”, escribe Johanna Möhring. De hecho, el país ya no está en primera línea, una posición que ahora corresponde a los países bálticos y a Polonia. En caso de conflicto, el territorio alemán serviría sobre todo de “centro neurálgico” para las fuerzas de la OTAN, convirtiéndose en un “gran centro logístico para personal y equipos”, precisa a Mediapart la investigadora, asociada a la Escuela Normal Superior y a la Universidad de Grenoble-Alpes.
Convertirse en un centro neurálgico crucial de la OTAN convertiría a Alemania en un potencial objetivo
“En esta estrategia anunciada por Alemania”, señala Stéphane Audrand, oficial de reserva y consultor, “también puede verse el retorno de una ambición que sus dirigentes habían formulado en la década de 2000, a saber, convertirse en la ‘nación integradora de Europa Central’ en el marco de la OTAN. Sin embargo, el Ejecutivo francés había cortado de raíz ese proyecto con motivo del regreso de París al mando integrado de la Alianza, bajo el mandato de Nicolas Sarkozy”.
Esta forma de erigirse en pilar de la defensa del continente tiene serias implicaciones, que van mucho más allá de un apoyo en “segunda línea”. En primer lugar, Alemania está desplegando una brigada blindada en Lituania, con un total de cerca de 5.000 soldados y varios cientos de civiles estacionados de forma permanente en el flanco oriental de la Alianza Atlántica. Tal dispositivo expone a las autoridades a tener que reaccionar en caso de incidente que afecte a sus ciudadanos, y a posibles pérdidas significativas de soldados en caso de provocaciones y hostilidades graves.
En segundo lugar, convertirse en un hub crucial de la OTAN convertiría a Alemania en un potencial objetivo, incluso para operaciones de desestabilización por debajo del umbral de la guerra. Un riesgo que no se evita con la adquisición de material militar, sino gracias a ejercicios de preparación y a la capacidad de cooperación. Porque “todas las infraestructuras críticas pertenecen al sector privado, los agentes de seguridad interior y de defensa tienen notorias dificultades para comunicarse entre sí, y existe una estructura federal que atribuye muchas responsabilidades a los Estados federados y a los municipios”, recuerda Johanna Möhring.
Medios desiguales
La estrategia alemana de rearme se diferencia de la de Francia al menos en dos aspectos y plantea importantes cuestiones políticas y estratégicas.
En primer lugar, los recursos financieros que Alemania destina a su aparato militar son de mayor envergadura. Ya superan a los de Francia en miles de millones de euros al año y podrían, a finales de la década, llegar a duplicarlos. Y eso que París, a principios de abril, actualizó su ley de programación militar ampliando en 36.000 millones de euros la dotación de 400.000 millones ya prevista para el periodo 2024-2030.
“A partir de ahora”, comenta Olivier Schmitt, “Alemania se está pagando una influencia en el ámbito político-militar que siempre se había negado a sí misma. Francia puede quedar relegada a su especificidad nuclear y a su propuesta de disuasión avanzada, que no implicarán a mucha gente. En la realidad cotidiana de las fuerzas armadas en Europa, los alemanes serán imprescindibles. Si se mantienen sin cambios las trayectorias actuales, es muy probable que se produzca una disminución de la influencia de Francia”.
Para Johanna Möhring, “Francia ha tardado en comprender que el estatus de ‘socio menor’ al que Alemania estaba relegada en el ámbito militar, debido a las limitaciones impuestas por su condición de país vencido, ya no tiene fundamento jurídico ni político desde la reunificación. Alemania, que ya contaba con importantes capacidades de producción, asume ahora ambiciones como actor en las relaciones internacionales. Hace lo mismo que Francia ha hecho durante mucho tiempo: tomar decisiones en función de su interés nacional definido por ella misma, incluso en el sector militar”.
Stéphane Audrand matiza, sin embargo, los efectos de los grandes compromisos asumidos por el poder público. “Francia ha logrado construir un instrumento militar reactivo y experimentado, sobre el que existe un consenso de larga data. Eso se ha visto durante la crisis de Groenlandia [amenazada de anexión por Donald Trump]. París se comprometió de inmediato, mientras que hubo que despertar a Berlín, que se sintió aliviada cuando la crisis se apagó.”
“En Alemania”, prosigue, “se están realizando inversiones inmensas y se está abriendo una ventana de oportunidad para la industria. Pero eso no basta para crear un ejército operativo. Existe consenso sobre el rearme, pero aún no sobre la capacidad para hacer la guerra.”
Doctrinas desarticuladas
Francia y Alemania difieren, en segundo lugar, en las decisiones que toman sobre el formato del ejército. Por parte francesa, se sigue privilegiando un modelo de ejército completo, capaz de (casi) todo en todas partes, pero a “pequeña escala”, dados los medios limitados.
Por mucho que la revisión estratégica nacional elaborada por las autoridades haya identificado, al igual que las autoridades alemanas, la amenaza rusa como una prioridad, la programación militar no la ha traducido realmente en términos industriales y de capacidades. Algunos expertos lo lamentan y ven en ello un posible declive de la influencia francesa al menos tan importante como su presupuesto de defensa, más reducido que el de Alemania.
“Los países africanos ya no recurren a Francia. Los Estados de la región del Indo-Pacífico tampoco esperan nada de ella. Un contexto geoestratégico de este tipo debería incitar al país a concentrar sus esfuerzos de defensa donde exista una demanda militar europea y francesa”, escriben Louis Lapeyrie y Élie Tenenbaum en la revista Le Grand Continent. “El único escenario donde esta necesidad se hace sentir de forma urgente y concreta es la propia Europa, primero en su flanco Este y luego en su flanco Sur”.
¿Significa eso que Alemania es más coherente ante los retos de seguridad contemporáneos? No necesariamente, en la medida en que su estrategia adolece de puntos ciegos, al tiempo que se inscribe en una peligrosa dependencia intelectual y material respecto a Estados Unidos.
“La falta de elección francesa no es necesariamente peor que la elección alemana”, resume Stéphane Audrand. “Alemania vuelve a un modelo de grandes divisiones blindadas y mecanizadas, con un claro trasfondo económico. Pero los rusos no van a librar necesariamente la guerra aeroterrestre para la que los europeos estarán más preparados. También las amenazas existen en el mar, las costas, las infraestructuras comunes marinas y los territorios de ultramar. Su enfoque tiene sentido, pero para ellos y dentro de una alianza cuyos modos de actuación se conciben en Washington”.
Alemania sigue comprando a Estados Unidos capacidades estratégicas que imponen una dependencia a sus socios europeos
De hecho, la estrategia alemana sigue concebida en un marco de la OTAN muy clásico, marcado históricamente por las concepciones estadounidenses de la defensa del continente, cuando los Estados europeos deberían desarrollar sin demora concepciones autónomas, a partir de sus necesidades, sus medios y sus complementariedades. En lugar de eso, Alemania parece seguir queriendo complacer a Estados Unidos, del que sigue obteniendo el equipamiento clave.
“Alemania sigue comprando a Estados Unidos capacidades estratégicas”, confirma Johanna Möhring, “lo que impone de facto a sus socios europeos una dependencia sobre la que no tienen derecho a opinar.” “Y cuando se trata de dar prioridad a la industria nacional”, añade la investigadora, “existe el riesgo es conferir un poder de monopolio a ciertos actores privados [como la empresa Rheinmetall] o de gastar dinero en capacidades que no son realmente necesarias, cuando los sistemas tecnológicos desarrollados en otros lugares serían más interesantes”.
Algunos especialistas han llegado incluso a señalar el riesgo de una espiral de competencia militar entre Estados europeos, impulsada por un rearme alemán poco tranquilizador para sus vecinos. “Con la integración europea, existe, de todas formas, un efecto de socialización de las élites desde hace décadas, alimentado por las relaciones cotidianas”, matiza Olivier Schmitt. “Y el miedo a Rusia seguirá siendo durante mucho tiempo mayor que el miedo a Alemania”.
Siempre y cuando, sin duda, no se produzcan cambios políticos demasiado bruscos, incluso en Berlín. Todos tienen en mente la proximidad del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) con la Rusia de Putin. En un discurso pronunciado en 2022 en Berlín, Radosław Sikorski, ministro de Asuntos Exteriores polaco, que entonces era eurodiputado, pidió explícitamente: “No se rearmen sobre una base puramente nacional”.
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Sobre el papel, sería más racional una estrategia de defensa mejor integrada, capaz de articular las especializaciones de los distintos Estados europeos y de vincular su destino común sin consagrar la hegemonía de uno solo. Pero, por diversas razones, relacionadas con las prerrogativas históricas de las capitales, con la competencia económica consagrada en el seno de la Unión Europea o incluso con las persistentes ilusiones de una “vuelta a la normalidad” transatlántica, el camino emprendido resulta mucho más caótico y menos óptimo. Y las decisiones tomadas tanto por Alemania como por Francia contribuyen a ello.
Traducción de Miguel López