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'Brexit': el sabotaje de la voluntad de los ciudadanos

Theresa May llega a una reunión sobre el 'Brexit' con líderes europeos celebrada en el Consejo Europeo de Bruselas.

Carolin Emcke (Mediapart)

Antiguamente se empleaba el término espectáculo —del latín spectaculum, “maravilla que ver”— para designar una pieza de teatro o un evento particularmente sensacional cuya visión se creía iba a ser un deleite para el gran público. Entre los diferentes sentidos históricos de la palabra, en el Diccionario de los hermanos Grimm se mencionan tanto las exhibiciones públicas y otros “juegos circenses” como escenas escandalosas, “cuando se hace entrar a un condenado o cuando se procede a una ejecución”. Esta última acepción es la que ha dado nacimiento a la idea de espectáculo en tanto que tema o episodio desagradable (“un espectáculo lamentable”).

Podemos imaginar que los debates del Parlamento británico debían tener otro sentido. Enfrentamientos claramente teatralizados pero que no impedirían la ocasión de contener discusiones serias sobre proyectos y leyes políticas; un lugar donde se desarrollaría plenamente la democracia pública, donde cada bando defendería y explicaría sus convicciones para defenderse de los argumentos contrarios. Pero de eso no queda nada. Nada más que juegos circenses y escenas escandalosas como cuando se hace entrar en la arena a un condenado. El público espera ver en qué momento Theresa May va a ser apartada para siempre sin la menor esperanza de que esa eliminación vaya a cambiar algo en la sempiterna repetición de la negación de toda evidencia política.

“El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente tiene en sí mismo, su monólogo elogioso”, escribe Guy Debord en su célebre ensayo La sociedad del espectáculo. Los y las que han seguido el estado de urgencia permanente que caracteriza los debates sobre el Brexit en Londres tienen buenas razones para temer que ese espectáculo no sea más que la expresión de una “parodia del diálogo”, por tomar otro concepto de Debord.

Por más que nos indigne lo que se trama en Londres podemos estar contentos de que el Brexit, igual que un contraste inyectado en el cuerpo para hacer aparecer las enfermedades o los deterioros, nos permite discernir más claramente lo que necesita una anatomía democrática de Europa, lo que es superfluo y lo que le hace daño.

Y nos damos cuenta en primer lugar de que la acción común dentro de una unión transnacional no se plantea, como a algunos les gusta afirmar, en contradicción con la autodeterminación de los Estados, sino que constituye por el contrario la garantía durable. “Take back control” (retomemos el control), decía la grandilocuente etiqueta de esta nostalgia imperialista que prometía la soberanía nacional en nuestra era posnacional, una promesa de ahora en adelante negada, incluso si se hace en voz baja.

El fantasma según el cual el Reino Unido podría, incluso sin la ayuda de la Unión Europea, firmar tratados de comercio jugosos con otros Estados, ha resultado tan ingenuo como el que quisiera que una frontera (europea) no sea una frontera (irlandesa). Si hubiera un palmarés de tonterías surgidas directamente del pensamiento mágico del Parlamento británico, la desaparición por encantamiento del problema irlandés estaría sin duda en lo alto de la lista.

Si el Brexit ha demostrado algo es que un país tan vulnerable como Irlanda es consciente de que la solidaridad de los otros Estados miembros protege su soberanía. A lo largo de los dos años transcurridos desde el referéndum, la estructura bipolar del contexto geopolítico, que se debate entre las antípodas que son los Estados Unidos y China, se perfila aún más clara de lo que se preveía. Imponer sus intereses entre esos dos campos de fuerza es bastante ambicioso para la UE. Pero para un Reino Unido voluntariamente atrofiado, hacer la misma apuesta significa demostrar la nostalgia de un pretendido “control” para lo que él es de verdad: una auténtica historia absurda.

El fracaso de las promesas neonacionalistas ha desvelado el verdadero rostro de populistas como Boris Johnson: oradores cínico-acrobáticos que se preocupan, de reojo, por la participación del “pueblo”. El intento de los conservadores de explicar la ira (justificada) de numerosos británicos no ya por socavar las infraestructuras sociales, por un sistema de salud pública mal alimentado y por las inversiones insuficientes en la policía o en las escuelas, sino echando la culpa a la UE, este intento no ha durado mucho.

En inglés, el verbo to scapegoat,  designa el comportamiento dirigido a buscar una cabeza de turco y perseguirla. Si tuviéramos que encontrar un sinónimo en el vocabulario europeo, podríamos emplear el verbo “brexitar”brexitar. Hacer recaer sobre los demás los estragos de su propia política de austeridad no viendo más que las consecuencias de pertenecer a la UE, eso es un brexitaje sistemático.

La desesperación social que hemos visto crecer no solo en Inglaterra sino en regiones estructuralmente débiles en todos los rincones de Europa ha sido imputada a Bruselas, a la “clase cosmopolita” y a los “migrantes”, cuando habría sido necesario criticar la política neoliberal basada en la desregulación y la privatización por los daños que ha causado, creando una comunidad que separa en lugar de unir y con instituciones públicas que no pueden ya garantizar lo que habían prometido: la protección y la asistencia del Estado.

Este sentimiento de pérdida de control no tiene nada que ver con el Estado-nación o con Europa, sino con el hecho de que la comunidad está tan minada que la mayor parte de la gente no se siente ya unida a los demás, ni escuchada, ni reconocida ni protegida. De esta forma, el “no” permanente que se usa en todas las cuestiones de debate en el parlamento parece, por decirlo así, coherente, porque no se trata ya del control de fronteras o de la salida de la UE, sino más bien del dolor de quienes no ven reconocida la desgracia causada por infraestructuras sociales insuficientes.

El llamado método de contraste muestra también que es imposible simular la democracia. Un referéndum no sería en sí mismo un método participativo que busca sondear los deseos del pueblo. Para saber si un plebiscito puede verdaderamente servir como instrumento democrático, hay que preguntarse si la cuestión sobre la que nos pronunciamos está suficientemente clara. Un referéndum que enuncia las alternativas posibles en términos edulcorados o falsificados, que no pone a disposición de ciudadanas y ciudadanos el espacio suficiente ni el tiempo suficiente, ni los procedimientos públicos que les permita lanzar una mirada crítica sobre las diferentes opciones, tal referéndum lo que hace es sabotear la formación de la voluntad política que pretende favorecer.

La esfera pública democrática siempre tiene dos vertientes: es a la vez el lugar donde podemos aprender juntos, en el que nos enfrentamos a las opiniones y necesidades de los demás, donde sentimos que nuestros propios deseos y nuestra propia angustia no se pueden generalizar, el lugar en el que se nos transmite un saber y unas informaciones; pero es también el terreno de la crítica disidente frente al poder establecido, el lugar donde se protesta y donde se tejen las utopías alternativas.

Esto es lo que no ha habido en el Reino Unido: la posibilidad para sus ciudadanas y ciudadanos de disfrutar de informaciones suficientemente consistentes, de evaluar la racionalidad de ciertas afirmaciones políticas, de traducir los escenarios abstractos en experiencias concretas para decidir, a fin de cuentas, si querían participar en todo eso y de qué forma.

Esta es una de las diferencias entre el referéndum sobre el Brexit y el voto sobre la liberalización del aborto en Irlanda. La decisión del Parlamento irlandés había estado precedida por muchos meses de concertación en el seno de las citizens’ assemblies (asambleas ciudadanas), que permitieron a 99 ciudadanos elegidos al azar (pero siguiendo un principio de representatividad demográfica) hacerse una opinión en el marco de un impresionante proceso deliberativo.

Durante seis meses, estos ciudadanos habían oído las explicaciones de expertas y expertos, de mujeres afectadas y de diferentes lobbies. Audiciones retransmitidas en directo dieron lugar a un resultado que muchos creían  imposible: el 87% se pronunciaron por una enmienda decididamente liberal de la Constitución,  probando así que estaban inmunizados contra las campañas agresivas de los agitadores populistas.

Si la UE tuviera que extraer de este debate una enseñanza sobre las condiciones de la democracia, debería hacerlo en estos términos: un referéndum sólo tiene sentido en la medida en que permita el acceso a informaciones sensatas y precisas, contribuyendo así a formar la voluntad política de manera inclusiva y verídica, cuestionando seriamente los argumentos y las experiencias de cada uno. Lejos de la participación real, todo lo demás no es sino un espectáculo irreal. _____________

Traducción de Miguel López

Puedes leer el texto completo en francés aquí:

May presenta "la última oportunidad" del 'Brexit' con consultas sobre un segundo referéndum al Parlamento y la unión aduanera a la UE

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