EEUU abandona con su golpe en Venezuela el relato moral y abraza un imperialismo explícitamente económico

Romaric Godin (Mediapart)

La intervención estadounidense en Caracas durante la noche del sábado 3 de enero ha marcado el inicio de una ruptura que ya se había iniciado en el año 2025. Ahora Washington no oculta el aspecto económico de su imperialismo. Aunque el secuestro de Nicolás Maduro se justificó a posteriori por la “libertad” del pueblo venezolano y la lucha contra el tráfico de drogas, la Administración Trump puso inmediatamente de relieve el expansionismo económico.

El sábado, el presidente estadounidense anunció: “Nuestras grandes compañías petroleras, las más importantes del mundo, irán allá y gastarán miles de millones de dólares”. Luego afirmó: “Vamos a extraer del suelo una cantidad colosal de riquezas”.

Y, de hecho, apenas unas horas después del ataque, una de las figuras de Wall Street, Charles Myers, presidente de la consultora Signum Global Advisors, declaró a Business Insider que en marzo viajará a Caracas con una delegación de veinte personas representativas de los sectores financiero, energético y de defensa para buscar “oportunidades de inversión”.

Oportunidades que ya valoran entre 500.000 y 750.000 millones de dólares. Según él, es una forma de “reincorporar rápidamente” al país al “hemisferio occidental”. Porque, añade, “el nuevo Gobierno se comprometerá a abrir las puertas a los inversores extranjeros desde el primer día”.

Adiós a las cruzadas neoliberales

Por supuesto, hay continuidad en este asunto. La guerra de Irak de 2003 también fue una guerra por el petróleo, pero las diferencias son notables. El proyecto de George Bush Jr. ocultaba esta realidad tras argumentos morales y jurídicos, ciertamente falsos, pero que pretendían afirmar que Estados Unidos actuaba en el “bando del bien”. Al sacrificarse por la democracia, era lógico, por tanto, que Washington se recompensara a sí mismo defendiendo sus intereses económicos. Recordemos que, en aquella época, parte de la opinión pública occidental apoyó la acción de Bush.

Pero esa apariencia no era insignificante. Había que asumirla manteniendo un ejército sobre el terreno, apoyando a un Gobierno y asegurando un lugar para los aliados en el reparto de los despojos del régimen. En definitiva, esas operaciones respondían a una lógica neoliberal. Se trataba de integrar a los países recalcitrantes en el orden de la globalización, del que Washington era garante y guardián. Su lógica era que todo el mundo debía beneficiarse de esas guerras porque abrían mercados para todos.

Pero, en realidad, esas operaciones suponían unos costes gigantescos para un rendimiento de inversión, en definitiva, reducido. Desde hace muchos años, Donald Trump se ha posicionado en contra de este tipo de intervenciones costosas y de resultado incierto. Su lógica es diferente: la intervención militar (a ser posible breve, brutal y selectiva, sin atascos) debe garantizar la creación de una zona de influencia estrictamente controlada que permita servir únicamente a los intereses estadounidenses.

Es el resultado de un cambio en el mundo: según Trump, el neoliberalismo ha debilitado a Estados Unidos. Por lo tanto, es necesario cambiar de estrategia y centrarse en los intereses directos de su capital nacional, en lugar de en la apertura global de los mercados y la expansión de la “democracia”.

Para comprender la diferencia entre 2003 y 2026, basta con señalar este simple hecho: el secuestro de Nicolás Maduro hace temblar a la primera ministra danesa

Ya no es necesario, pues, escudarse en grandes principios. E incluso el argumento de la lucha contra el tráfico de drogas tiene, ante todo, una función interna, ya que se centra en un problema cotidiano que viven los ciudadanos de Estados Unidos. La acción militar en sí misma se aborda desde un punto de vista puramente “económico”, es decir, en términos de una relación coste-beneficio óptima: una intervención reducida, pero lo suficientemente fuerte como para abrir las puertas del mercado objetivo al capital estadounidense.

Se acabaron las grandes guerras costosas con debates en la ONU y negociaciones con los aliados. En este caso, el objetivo no es abrir un mercado al mundo bajo un pretexto democrático, sino asegurarse el control de los recursos de un Gobierno sometido por el miedo. En este contexto, el criterio no es la naturaleza del régimen, sino el interés económico de Estados Unidos.

El propio Donald Trump así lo confirmó al amenazar el domingo a Dinamarca con una intervención similar en Groenlandia. Para comprender la diferencia entre 2003 y 2026, basta con señalar este simple hecho: el secuestro de Nicolás Maduro hace ahora temblar a la primera ministra socialdemócrata danesa. A pesar de las tensiones durante la guerra de Irak, la negativa franco-alemana a seguir a George W. Bush nunca dio lugar a este tipo de amenaza.

El imperialismo trumpista es de otra naturaleza. Para hacer frente a la rivalidad china, el presidente estadounidense pretende ante todo construir un hinterland amaestrado en el que el capital y el ejército de Estados Unidos dispongan de un acceso seguro e incondicional a los recursos y mercados que consideren necesarios. Su primera tarea es, por tanto, infundir temor a sus aliados y a su feudo latinoamericano. Para Trump, esta es la condición que hará que Washington sea fuerte frente a Pekín.

El reto del petróleo venezolano

En este contexto, era imposible que Donald Trump se olvidara de Venezuela. A priori, se podría pensar que el petróleo del Orinoco era poco interesante para las grandes empresas estadounidenses. La falta de inversión del régimen chavista en el sector petrolero, que sin embargo le permitía financiar su política de redistribución, redujo la producción de crudo venezolano a solo 900.000 barriles diarios, es decir, algo menos del 1% de la oferta mundial.

Reactivar la producción requerirá mucho dinero y las grandes empresas estadounidenses no han mostrado mucho entusiasmo por volver a Venezuela. Desde 2007, solo Chevron ha permanecido en el país como accionista minoritario. El crudo venezolano es “ultrapesado” y, por lo tanto, difícil de extraer y refinar. Además, el precio del petróleo es actualmente bastante bajo, por debajo de los 60 dólares, lo que hace que este tipo de inversiones sean poco rentables.

Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo crudo del mundo

Pero lo esencial está en otra parte. Venezuela cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo crudo del mundo, con 303.000 millones de barriles. Esto representa el 17% de las reservas mundiales verificadas y es más de lo que hay en Arabia Saudí. Por lo tanto, el reto para Trump era no dejar estas reservas en manos hostiles o “neutrales”, lo que, para él, es lo mismo.

En una entrevista con la NBC el domingo, el secretario de Estado Marco Rubio lo expresó de la forma más clara posible. “No necesitamos el petróleo venezolano, tenemos mucho petróleo en Estados Unidos”, afirmó. Pero precisó: “Lo que no queremos aceptar es que la industria petrolera esté controlada por los adversarios de Estados Unidos”, como China, Rusia o Irán.

El control de las reservas de Venezuela es un arma frente a los rivales de Washington, pero también un arma para disciplinar a algunos aliados

En otras palabras, lo que está en juego no es el uso inmediato del petróleo venezolano. Lo que está en juego es privar a los rivales de Estados Unidos del acceso a ese petróleo. Washington podrá entonces utilizar esas reservas como una espada de Damocles sobre sus enemigos y sus amigos.

Si Trump no quisiera hacer nada con el petróleo venezolano, no habría anunciado la llegada de las compañías petroleras al país. El domingo indicó que, si las empresas deseaban obtener compensaciones por las expropiaciones chavistas, deberían invertir en el país. Lo que no excluye el apoyo federal a esas inversiones. Una vez mejorada la herramienta de producción venezolana gracias a esas inversiones, el petróleo podría procesarse en las refinerías de Luisiana o Texas, adaptadas a este tipo de crudo.

Las reservas venezolanas dejarían entonces de ser puramente teóricas. Podrían convertirse en un medio para hacer bajar el precio del crudo y, por tanto, los ingresos públicos de otras potencias petroleras. Eso es válido, por supuesto, para Rusia o Irán, pero también para países como Arabia Saudí, cuyos dirigentes se ven tentados a firmar acuerdos con China. El control de las reservas de Venezuela es, por lo tanto, un arma frente a los rivales de Washington, pero también un arma para disciplinar a algunos aliados.

Un nuevo modelo de capitalismo “pardo”

Por supuesto, la caída de los precios también puede afectar a la rentabilidad del petróleo de esquisto estadounidense, cuyo límite se sitúa en 80 dólares por barril. Pero esto precisamente le da más flexibilidad a Estados Unidos: si su propio petróleo es menos rentable, puede recurrir a las reservas de Venezuela y disponer de petróleo barato a nivel mundial. Ahora bien, ese acceso es crucial para Washington en el marco de la rivalidad con China.

Cada vez más, la rivalidad entre China y Estados Unidos toma la forma de un duelo entre dos modelos: un capitalismo “verde” centrado en el desarrollo de la electricidad y las energías renovables liderado por China (pero que sigue consumiendo muchos hidrocarburos) y un capitalismo “pardo” centrado en el petróleo liderado por Estados Unidos. Estos dos modelos tienden a excluirse mutuamente.

El objetivo de Trump es contrarrestar el dominio chino sobre las energías renovables y las herramientas de electrificación de la producción y el transporte

El discurso anti ecológico de Washington tiene como objetivo principal rechazar los productos “verdes” chinos basados en la sobreproducción y los precios bajos. Pero para que su propio modelo resulte “atractivo”, Washington puede verse tentado a reproducir el modelo chino: garantizar un precio bajo del petróleo mediante subvenciones públicas masivas, control de los recursos y mercados cautivos.

Ese es el sentido de las presiones de Estados Unidos para levantar las regulaciones ecológicas en Europa o América Latina, en particular a través de sus aliados de extrema derecha. La operación llevada a cabo en Caracas tiene por objeto facilitar la construcción de este “hemisferio occidental” vasallo de Washington y basado en el uso masivo de la energía petrolera.

Su objetivo es contrarrestar el dominio chino en las energías renovables y las herramientas de electrificación de la producción y el transporte. Dos mundos rivales y competidores, pero que a veces compiten directamente: en ambos modelos, los minerales y las tierras raras son fundamentales y Groenlandia, rica en esos elementos, se convierte entonces en un nudo estratégico, además de ser una zona potencial de transporte dentro del propio “hemisferio occidental”.

Por cierto, y tal vez sea uno de los elementos que influyeron en el desencadenamiento de la operación de Caracas, este “orden pardo” impulsado por Trump también tiene una función interna. En un momento en que su poder se ve presionado en los propios Estados Unidos por la cuestión del nivel de vida (lo que allí llaman affordability), la promesa de Trump es ofrecer un precio bajo garantizado para el petróleo. Y como, al mismo tiempo, quiere volver al “todo petróleo” en la producción nacional, ese precio bajo ofrecerá, en teoría, un mejor nivel de vida a los estadounidenses.

Esta nueva política exterior se inscribe entonces en un nuevo tipo de relación entre el Estado y el capital. En el neoliberalismo, el poder estatal hegemónico ofrecía a su capital acceso a los mercados mundiales. Las multinacionales eran entonces el brazo armado del orden mundial estadounidense, al tiempo que garantizaban la rentabilidad del capital nacional. Con la emergencia de China y la crisis de 2008, ese modelo se derrumbó.

El capital, ahora a la defensiva, depende más del poder militar estadounidense. Pero, al mismo tiempo, el Estado federal solo actúa en el estrecho ámbito de los intereses de sus capitalistas. La estrategia imperial estadounidense se confunde entonces con la creación de una zona económicamente sometida, que se percibe como la condición para la victoria contra un rival chino que es ante todo un rival económico.

Golpe petrolero en Caracas (y aquí con la matraca de la gran coalición)

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Se establece una forma de hibridación entre el Estado y el capital, en la que la rentabilidad sustenta el poder y la agenda imperial viene determinada por las prioridades económicas. En este contexto, las antiguas normas del derecho internacional o los sistemas de alianza como la OTAN quedan obsoletos. Y un posible ataque a Nuuk, la capital de Groenlandia, puede suceder al golpe de mano a Caracas.

 

Traducción de Miguel López

La intervención estadounidense en Caracas durante la noche del sábado 3 de enero ha marcado el inicio de una ruptura que ya se había iniciado en el año 2025. Ahora Washington no oculta el aspecto económico de su imperialismo. Aunque el secuestro de Nicolás Maduro se justificó a posteriori por la “libertad” del pueblo venezolano y la lucha contra el tráfico de drogas, la Administración Trump puso inmediatamente de relieve el expansionismo económico.

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