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¿Puede la experiencia del sida ayudarnos en la lucha contra el coronavirus?

Una enfermera en un departamento de cuidados intensivos en la clínica Ambroise Pare, en Neuilly-sur-Seine.

Joseph Confavreux (Mediapart)

La viróloga Françoise Barré-Sinoussi, premio Nobel de Medicina junto con otros dos investigadores por su participación en el descubrimiento del virus del sida y presidenta de la asociación Sidaction, ha sido nombrada por el Elíseo el pasado día 24 de marzo para dirigir un comité de análisis e investigación para aconsejar al Gobierno en el tratamiento del Covid-19. ¿Podrá crearse una conexión en el tiempo entre la lucha contra el VIH y la del coronavirus actual?

En EEUU, el científico encargado de la lucha contra la epidemia actual es el inmunólogo Anthony Fauci, conocido y reconocido por su papel en la mejora del seguimiento terapéutico y reconstrucción inmunitaria de los pacientes afectados por el VIH. Su ausencia reciente en las conferencias de prensa diarias de Donald Trump preocupa a todos los norteamericanos, pues aparece como un referente tranquilizador frente a las equivocaciones y negaciones del inquilino de la Casa Blanca. “Menos mal que él está ahí para reequilibrar todas las tonterías proferidas por Trump”, opina Didier Lestrade, fundador de Act Up París, que acaba de redactar un texto para señalar los puntos comunes y las diferencias entre el sida y el coronavirus.

La experiencia del sida no garantiza sin embargo que haya mucha mucha luz sobre lo que pasa hoy, como dice sonriendo Daniel Defert, fundador de AIDES y ex compañero de Michel Foucault: “Yo veo un punto en común entre ayer y hoy, que es la confusión médica. Hace dos semanas asistí a las exequias de Jacques Leibowitch, médico pionero en la lucha contra el sida. Estábamos unas 500 personas en el crematorio de Père-Lachaise, entre las que se encontraba toda la comunidad del sida y la de los infectólogos. ¡Todo el mundo se besaba y se abrazaba cuando el virus estaba ya circulando!” Daniel Defert y Didier Lestrade mencionan también a la infectóloga Christine Katlama, profesora en el hospital Pitié-Salpêtrière, infatigable y excelente médico del sida, quien ha subestimado públicamente la naturaleza real del Covid-19.

Toda comparación entre dos épocas y dos virus es complicada por la “temporalidad”, dice Philippe Mangeot, expresidente de Act Up París. “El sida supuso 40 millones de muertos y una mortandad del 100% al principio de la epidemia. Pero de eso hace ya 40 años y el coronavirus sólo tiene seis meses. Realmente nos falta perspectiva”.

Aunque, según Didier Lestrade, “ya podemos fijar puntos comunes, como el impacto sobre la sexualidad, con sentimientos de miedo respecto a las parejas, aunque no sea del mismo orden ya que esta enfermedad no se transmite por el sexo, o también el hecho de negarse a esperar a todos los protocolos. Lo que pasa con el profesor Raoult y la cloroquina me recuerda el uso salvaje que se hacía de ciertos tratamientos durante el sida, cuando un médico era el responsable de administrar un medicamento con el que no había consenso, porque había que ir rápido y eso permitía obtener datos, aunque fueran menos fiables que en un ensayo terapéutico ordinario”.

¿Se pueden entonces, más allá de algunas figuras emblemáticas, obtener paralelismos útiles y aprender de la epidemia del sida para entender mejor la que hoy se expande por todo el mundo? En la entrevista que Françoise Barré-Sinoussi ha concedido a Le Monde, dice que la epidemia actual le “recuerda en muchos aspectos muchas cosas dolorosas de los comienzos de la epidemia VIH-sida”. Destaca que entonces había “crisis de histeria y de angustia a veces delirantes e irracionales por parte de la opinión pública, relacionadas, entre otros motivos, con informaciones contradictorias y con la desinformación que también están en parte en esta epidemia”. Opina también que “en el VIH-sida nuestra fuerza fue la solidaridad, ese 'todos juntos' que por el momento no encuentra suficientemente en esta epidemia”.

En una tribuna reciente, Gwen Fauchois, ex vicepresidente de Act Up, cree que es posible aprender de la experiencia del sida, a condición de “evitar comparaciones idiotas entre las epidemias del coronavirus y del VIH. Dos virus y dos epidemias que médicamente no son comparables”. Pero recuerda que el hecho de haber “sabido y debido no esperar al Estado para organizar respuestas a nuestra escala” o de haber prestado una atención temprana “para no transmitir incluso patologías benignas para nosotros pero potencialmente graves para nuestros amigos inmuno-deprimidos”, permite inspirarse en estos “saberes y solidaridades” puestos a prueba entonces para ahora “intentar terminar con la propagación del virus, paliar el riesgo de aislamiento y de abandono y entregar a domicilio compras de alimentos o medicamentos”.

En materia de autoayuda y de respuesta comunitaria a la enfermedad –dos conquistas de la lucha contra el sida–, Didier Lestrade cree igualmente que se pueden extraer del pasado del sida algunas enseñanzas para hoy. “Estoy impresionado por los movimientos de ayuda mutua que se organizan ahora, en la ciudad o en el campo, cuando no estamos más que en el comienzo, se trate de la distribución de comidas a los sin techo o de fondos comunes para las trabajadoras o trabajadores del sexo”.

Philippe Mangeot es más moderado sobre trasladar la respuesta comunitaria desarrollada durante la epidemia del sida a la situación actual. “La ayuda mutua de hoy sigue siendo puntual y de vecindad. No toda enfermedad crea una comunidad. Incluso en el sida no inventamos una comunidad, opusimos una respuesta comunitaria a una epidemia que atacaba a una comunidad en particular y los poderes públicos pasaban del tema porque afectaba sobre todo a los homosexuales, a toxicómanos y a prostitutas. Muchos activistas del sida fueron después a trabajar en asociaciones de lucha contra el cáncer y eso no creó una comunidad cáncer. Algo que no ha sido posible con el cáncer me parece aún más difícil que ocurra con el coronavirus, que no afecta a una población en particular en lo que concierne a la transmisión, aunque los presos o los extranjeros detenidos estén más expuestos”.

Daniel Defert opina también que esto hace pensar en una diferencia importante entre el sida y el coronavirus: “Las epidemias, históricamente, revelan importantes diferencias en función de las personas afectadas. Aunque actualmente los cuidadores o las personas obligadas a continuar trabajando están más expuestas, es evidente que todo el mundo, aparte las cuestiones de edad o de sistema inmunitario, se encuentra en las mismas condiciones de riesgo, como muestra el hecho de que muchos políticos estén afectados”.

Para los activistas de la lucha contra el sida, las diferencias parecen primar sobre los parecidos. Una de las más importantes tiene que ver con el modo de contagio. “El sida era una crisis sanitaria gravísima”, dice Philippe Mangeot. “Pero era, al fin y al cabo, fácil de impedir en su extensión, contrariamente a lo que vemos hoy, donde la reducción de las libertades individuales necesaria para frenar el contagio es mucho más fuerte. Aunque los gais pudieron, en el momento del sida, sentirse ofendidos como primer reflejo, comprensible a la vista de la pasividad del Estado sobre su sexualidad, no había tales restricciones a las libertades públicas”.

Según Didier Lestrade, las consecuencias de esta contagiosidad tan diferente introducen una ruptura importante entre los tiempos del sida y los del coronavirus. “Temo que la situación de aislamiento psicológico sea peor, por la imposibilidad de visitar a los enfermos en el hospital. Hay gente que está muriendo sin tener a su lado a los suyos, cosa que nunca vimos con el sida. Aunque el principio las funerarias se negaban a ocuparse de los muertos por esta enfermedad, asistimos hoy a algo inédito, familias que no pueden asistir a los entierros”.

Los entierros son sin embargo parte integrante de las epidemias”, insiste Daniel Defert. “La mayor parte de los enfermos de sida, en los primeros años de la epidemia, estaban acompañados hasta la muerte, a veces con cánticos”. El fundador de AIDES subraya otra diferencia a propósito de este tema: “Este apoyo a los enfermos se hacía a veces contra el criterio del personal médico, del que una parte era homófoba o juzgaba que se trataba de un virus menor porque afectaba sólo a los maricones. Actualmente, me parece muy bien que la gente aplauda desde los balcones a los médicos y sanitarios, pero pienso que eso no habría podido ser igual en los comienzos del sida, cuando no existía la misma relación con la institución médica”.

Otra diferencia importante consiste en la relación con el Estado. “Leo muchas cosas sobre el retraso en la reacción del Estado con el coronavirus”, dice Philippe Mangeot. “Pero estamos hablando de días o semanas, mientras que en el caso del sida fueron años. Esta vez, la movilización de la población no ha empezado hasta que los poderes públicos han impuesto unas medidas”.

Ha habido “retrasos y errores, pero no se pueden comparar con los de los comienzos del sida”, añade Didier Lestrade. “El desprecio de la política nacional respecto a los presos, a las personas que trabajan en los supermercados, a los repartidores, los sin techo y no digamos los extranjeros de los campos de detención, puede ciertamente hacer recordar la forma en que se retrasó el compromiso contra el sida porque sólo era visible en ciertas minorías. Pero no había nada de dinero para el VIH, que se pensaba que afectaba a muy poca gente, mientras que ahora hay todo un esfuerzo nacional. Entonces tuvimos que luchar para que los laboratorios produjeran más, mientras que esta vez se han puesto en pie de guerra”.

A pesar de estas diferencias irresolubles, los pioneros de la lucha contra el sida coinciden en la idea, criticada sin embargo por ciertos sectores de la izquierda, de que la lucha contra la epidemia actual puede parecerse a una guerra: “A mí no me ha impactado el discurso de Macron en este punto”, afirma Philippe Mangeot. “En la época del Act Up, no andábamos con contemplaciones con el vocabulario o los símbolos porque habíamos retomado el triángulo rosa de la época nazi. En Europa hace ya mucho tiempo que no sabemos lo que significa verdaderamente la experiencia de la guerra. Es una metáfora, pero tiene sentido en términos de movilización, aunque no sea una guerra clásica con enemigos identificables”. Con un pequeño matiz que señala Daniel Defert: en la época del sida “no eran las autoridades las que decían que estábamos en guerra, sino los enfermos”.

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Traducción de Miguel López.

Texto original en francés.

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