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El primer debate entre Trump y Biden se convierte en un espectáculo lamentable

Debate electoral entre Joe Biden y Donald Trump.

Avanzan como si se tratara de un duelo que no debiera celebrarse, ya que no se miran; se observan con recelo. Entre los dos, suman 151 años de edad. Si sólo fueran uno, éste habría nacido en 1869 –durante la “Reconstrucción” estadounidense después de la guerra de Secesión - cuando el Klu Klux Klan se disolvió y el primer estado, Wyoming, concedió a las mujeres el derecho al voto.

Si nos gustaran las teorías del complot, lo interpretaríamos como un presagio divino (Biden como signo de un retorno a la normalidad democrática después del caos) o satánico (Trump como signo de la regresión de su país a la inminente guerra civil).

Poco a poco, adoptan una postura que mantendrán durante todo el debate. Donald Trump, con su habitual agresividad permanente, cual hosco dragón de Komodo, que lanza frases con lanzallamas. Joe Biden, más empequeñecido que nunca, consultando continuamente sus notas, el tono exageradamente convincente de los viejos retóricos de otros tiempos, responde con una pequeña risa mecánica y momificada a las acusaciones incesantes de su oponente, que interrumpe constantemente.

“¿Quieres callarte, hombre?" (“Will you shut up man?”), espetaba el demócrata después de más de media hora de ataques. Sus partidarios sin duda lo verán con agrado, sintiendo quizás cierta vergüenza inconfesable. De hecho, nos guste o no, estamos siendo testigos de un combate de lucha alegórico y no a un debate civilizado. Trump ha impuesto su estilo, su ritmo, su candencia desde el principio.

¿Es inteligente, en estas condiciones, exigir, con hastío, que el animal al que te enfrentas en el ring se contenga, levante el brazo, se someta al ritual de la conversación? Tienes que sacudir, para eso estamos aquí, induce la señora televisión. Un debate como éste requiere sangre metafórica, puesto que el país está al límite. Desde este punto de vista, Trump hace el trabajo sin titubear; allí donde Biden elige la confrontación y da la impresión de emprender la retirada, vacilante, superado por la situación, y, por ende, perdedor.

El candidato demócrata recibe el apoyo del periodista-moderador Chris Wallace, que termina, tras 50 minutos de debate, por levantar la voz en un intento de imponer las reglas de un juego invertido de inmediato por el frenético presidente. La trampa se cierra: Biden necesita una muleta, no puede arreglárselas solo; están dos contra uno: “Estoy debatiendo con usted y no con Joe. No es de extrañar”, le replica Donald al moderador.

¿No justifica esto que Trump se rebele ante semejante coalición, un periodista de la vieja escuela y un notable político de la antigüedad? El multimillonario que ocupa la Casa Blanca logra aparecer como el candidato del pueblo, enfrentándose a los representantes del Estado profundo, ¿cómo no perdonarle que armase el belén, que todo sean extravagancias, lazzi e insultos? Su electorado está obviamente exultante.

Como recordatorio, escoge sus habituales fórmulas simplistas: “Obamacare is not goo”. Lanza. Con la eficiencia del láser, mientras su oponente intenta convencer en vano, como un 33 rpm que se rompe en el tocadisco. Cuidado, sin embargo, con el disco aletargado. Biden, a medio gas, de vez en cuando, habla con su postura rígida y su sonrisa atiborrada de respuestas asesinas, como la palabra “payaso”, que lanza a Donald y que le va como anillo al dedo.

Sin embargo, el partido se jugó con torpeza. Trump se dirigía a "Joe" sin reflexionar. Biden ignoraba a su oponente; hablaba de “él”, de “este hombre”, instando al moderador Chris Wallace, como un parlamentario británico que se dirige al presidente de los Comunes. Como resultado, frente a la batalla dialéctica del guerrero de cabellera naranja, el frágil debatiente parecía echar balones fuera.

Pero entonces, ¿cuál es el fondo, qué sacamos en claro de un ejercicio así? El fondo es inaudible y ahí es donde se impone Biden, sin que nadie se dé cuenta. El guion de esta hora y media le dará la razón, allí donde la captación audiovisual le invalidaba con crueldad.

Después de una hora y cuarto, después de que Biden mirara por primera vez a Trump a los ojos para evocar a su hijo Beau, muerto de cáncer (“No conozco a Beau, conozco a Hunter”, dijo Trump), Chris Wallace, agotado, expuso lo principal sobre la mesa: “Me gustaría que habláramos del cambio climático”.

Este y otros temas –el Tribunal Supremo, la pandemia del coronavirus, la economía del país, las tensiones raciales...– quedaron hechos pedazos por las burdas, narcisistas y delirantes fórmulas de Trump (“Quiero un aire puro”), a las que se oponía con aires de viejo terco Joe Biden, que parecía descartar la verborrea de Trump como se rechaza la última en un bar: “Todo esto es falso”, repitió el burgrave con su dignidad acompasada y exprimida, ante la vulgaridad hecha hombre, la violencia hecha presidente.

Al candidato demócrata sólo le quedaba perder a la izquierda, algo que hizo después de una hora y veinticinco minutos: “No apoyo el Green New Deal”. Añadió, en un aliento que parecía ser el penúltimo: “Apoyo el plan Biden”.

El final se desvanecería en las confusas explicaciones del voto por correo, para dar ventaja al más primitivo, frustrado y esquemático. Trump no está dispuesto a aceptar su derrota, porque a su entender sólo puede oponerse al orden de las cosas que no habrá dejado de encarnar, para mal, a lo largo del debate.

“Gracias por esta hora y media interesante”, concluye Chris Wallace. Por supuesto, no hubo nada interesante. Por supuesto, este programa de televisión que vio al picador Trump golpear al santo Sebastián Biden fue sólo un brutal momento hipnótico, que no podría reemplazar a la realidad. Por supuesto, un debate no son las elecciones y ni siquiera hacen las elecciones. Obviamente, el actual inquilino de la Casa Blanca ganó según el criterio catódico, pero Biden no perdió, incluso apareciendo como una caña pensante frente al tornado tarado Trump.

Obviamente, fue trágicamente nulo. Hasta el punto de dar la razón a Baudelaire, muerto hace 153 años, en 1867, dos años antes del nacimiento del conglomerado Trump-Biden; el poeta consideraba EE.UU. como “la barbarie iluminada con gas”.

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Traducción: Mariola Moreno

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