Quince años después de Fukushima: las muertes por el desastre nuclear se siguen contando

Tomoko Kobayashi, propietaria de un riokan y miembro de una red de ciudadanos que miden la radiactividad. Sostiene un contador Geiger en la calle principal de Odaka.

Jade Lindgaard (Mediapart)

Aizuwakamatsu, Fukushima, Futaba, Iitate, Minamisōma y Namie (Japón) —

En letras gruesas y blancas, aparece la cifra sobre un cartel negro: “2.348”. Es el número de muertos “relacionados con el desastre” causado por el gran terremoto que azotó el este de Japón el 11 de marzo de 2011.

Pero en la prefectura de Fukushima, a 200 kilómetros al norte de Tokio, donde hace quince años tuvieron que huir 160.000 personas del accidente nuclear de la central operada por la Tokyo Electric Power Company (Tepco), las palabras son trampas. Hay que analizarlas para comprender su significado.

En el museo conmemorativo del gran terremoto y el desastre nuclear de Futaba, a solo 6 km de los reactores que explotaron tras ser golpeados por un tsunami, cada término se sopesa cuidadosamente. Por ello, las autoridades se han tomado la molestia de explicar quiénes son los muertos “relacionados con el desastre”: las personas que sucumbieron al “modo de vida de los refugiados”. No murieron, pues, a causa del terremoto directamente, sino que perecieron por “falta de cuidados”, “agotamiento físico” y “abatimiento psicológico” en los meses y años posteriores a la evacuación de las zonas devastadas por el tsunami y contaminadas por la lluvia radiactiva. Además, las tasas de suicidio han aumentado considerablemente.

“Son muertes causadas por el trastorno del entorno de estas personas”, explica Yasuyuki Taneichi, médico del hospital comunitario de Kuwano Kyoritsu, en la prefectura de Fukushima. “No murieron aplastadas por el derrumbe de una casa, sino por una concatenación de factores: la reducción de la actividad física y la ruptura de los vínculos sociales, con el consiguiente impacto psicológico. Todo ello les arruinó la vida”.

Las palabras “accidente nuclear” no figuran en la pared del memorial. Están implícitas en el término “desastre”. A principios de marzo, al cruzar por segunda vez la sala con una semana de diferencia, me sorprendió que el número de víctimas hubiera aumentado a 2.350. Se habían añadido dos personas más al macabro balance. Quince años después de la catástrofe nuclear más grave desde la explosión del reactor de Chernóbil en 1986, sigue aumentando el recuento de muertos en Fukushima.

En total, han fallecido 3.810 personas “en relación con el desastre” en las nueve prefecturas afectadas por el terremoto de 2011, según la autoridad encargada de la reconstrucción, cifras que datan del 31 de diciembre de 2025. En Iwate, al noreste de Honshū, la isla principal del archipiélago, 472 muertos; en Miyagi, justo debajo, 932; en Ibaraki, al norte de Tokio, 42.

En la prefectura de Fukushima, donde se produjo el accidente nuclear, 2.348. Más que en cualquier otro lugar y más que el balance del tsunami, que mató directamente a 1.831 personas, según las autoridades. A nivel nacional, perdieron la vida en el terremoto del 11 de marzo de 2011 casi 20.000 personas. Una de las peores catástrofes de la historia de Japón.

¿Quién quiere seguir contando los muertos?

“El desastre se produjo en dos fases”, recuerda Terumi Kataoka, activista y esposa del pastor de Aizuwakamatsu. En 2011, acogió a evacuados en su parroquia, a unos cien kilómetros de la central. “Se produjo la explosión de los reactores. Algunas personas fueron evacuadas de inmediato, pero otras no. El ejército tardó en llegar a Futaba [ciudad colindante con la central, ndr]. Y luego pasaron hasta diez horas desde que la gente subió a los autobuses hasta que encontraron un lugar de evacuación. Algunas de esas personas estaban enfermas, eran mayores, necesitaban cuidados y murieron durante el transporte. Es horrible.”

Durante el traslado entre el hospital de Futaba y la ciudad de Iwaki perdieron la vida cuarenta pacientes. Otras personas heridas por el tsunami quedaron atrapadas en la zona evacuada y no pudieron ser rescatadas: “Después del 11 de marzo, volví a mi casa para regar las plantas”, recuerda Tomoko Kobayashi, gerente de un ryokan, un hotel tradicional, cerca de Minamisōma, a unos treinta kilómetros de la central. “No había nadie. Solo las flores me sonreían. En un momento dado, llegó un hombre. Acababa de perder a su primo, atrapado entre el agua y los escombros. Había pedido ayuda, pero como se encontraba en la zona irradiada, la gente no pudo rescatarlo. Lo oían gritar al otro lado del límite de la zona.”

Frente a la costa japonesa, el buque de la armada estadounidense USS Ronald Reagan envió a un equipo a socorrer a las víctimas del terremoto, y se encontró en medio de una nube radiactiva. Varios cientos de marineros interpusieron una demanda judicial, sin éxito, después de que algunos de ellos enfermaran gravemente. Uno de los demandantes falleció a causa de un cáncer raro.

En cuanto a los trabajadores de la central de Fukushima-Daiichi, uno de ellos murió de cáncer de pulmón en 2018, mientras que un subcontratista perdió la vida en 2024 tras realizar trabajos de descontaminación. En 2011, dos jóvenes trabajadores fallecieron a causa del accidente, una tragedia recreada en la serie The Days.

Se produjo un accidente en la central nuclear de Fukushima-Daiichi de la empresa Tepco, pero no murió nadie

Sanae Takaichi, actual primera ministra de Japón, en 2013

“Las muertes relacionadas con el desastre en la prefectura de Fukushima son mucho más numerosas que en otros lugares, es espectacular”, señala Toru Honda, médico del pueblo de Iitate, a unos cincuenta kilómetros de la central. “Esas personas no murieron directamente a causa del accidente nuclear, sino como consecuencia de él, sucumbiendo a la depresión y la desesperación, tras haber perdido su trabajo, su casa y su entorno familiar”. En su gran mayoría, tenían 66 años o más, según la Agencia de Reconstrucción.

Kuichi Eda, al frente del seguimiento sanitario de las consecuencias radiactivas y las evacuaciones, recibe a Mediapart en las laberínticas oficinas de la prefectura de Fukushima. Se toma su tiempo para responder a las preguntas, abre gruesos expedientes, muestra tablas de datos y distribuye informes. Pero cuando se le pregunta por el número de muertos causados por el accidente, se queda sin respuesta: “Nuestro servicio no puede responder a eso. No es nuestra responsabilidad”. 

El tema sigue siendo políticamente delicado en Japón. La actual primera ministra ultraconservadora, Sanae Takaichi, provocó un escándalo en 2013, dos años después de la catástrofe, al declarar: “Se produjo un accidente en la central nuclear de Fukushima-Daiichi de la empresa Tepco, pero no murió nadie”. En aquel momento, figura emergente del Partido Liberal Democrático (PLD), tuvo que disculparse.

Pero cuando, en febrero, el ministro de Reconstrucción, Takao Makino, presentó en rueda de prensa el balance de la “revitalización” de las regiones afectadas por el terremoto de 2011, ni siquiera se molestó en distinguir entre las víctimas mortales de la catástrofe natural y las del accidente nuclear. Una hábil forma de dar por zanjado el tema.

¿Ha llegado ya el momento de cerrar el libro de los muertos de la catástrofe de Fukushima? “¿Cuántas muertes causó el accidente de Fukushima? No se puede responder a esta pregunta quince años después, es demasiado pronto”, asegura Yasuyuki Taneichi, médico muy implicado en el seguimiento de los jóvenes afectados por el cáncer. “Chernóbil ocurrió hace cuarenta años y todavía no tenemos respuestas a todas las preguntas. En el caso de Hiroshima y Nagasaki, los efectos sobre el cáncer son claros ahora, ochenta años después.”

Cánceres y preguntas

El aumento del riesgo de cáncer es el principal efecto a largo plazo de la exposición a la radiación en los supervivientes de la bomba atómica (hibakusha en japonés, “los irradiados”) durante el resto de sus vidas. “Los efectos de la radiación tardan muchísimo tiempo en manifestarse. Está claro, pues, que, cuando la industria nuclear dice que todo va bien, se trata de una afirmación sin fundamento”, añade el médico.

En Iitate, un municipio agrícola enclavado en un valle de arrozales y prados, el doctor Honda nos recibe en la consulta de su enfermero, en un salón amueblado con amplios sofás, junto a un rincón repleto de instrumentos musicales. El pueblo tuvo que ser evacuado tras el accidente nuclear de 2011. La orden de alejamiento de la población fue parcialmente levantada en 2023.

Antes de marzo de 2011, el municipio contaba con 6.500 habitantes. Hoy en día, solo queda una cuarta parte, alrededor de 1.500 personas. “No ha habido ningún nacimiento en Iitate el año pasado”, se lamenta el médico. “Las estructuras familiares han quedado completamente destruidas por la energía nuclear, ese es su mayor crimen aquí. Antes, vivían diez o quince personas bajo el mismo techo y los hijos heredaban la granja de sus padres. Pero hoy en día, nadie quiere vivir aquí debido al elevado nivel de radiación, y las familias se han desintegrado.”

“Cuando llegué aquí, justo antes de que se levantara la orden de evacuación, el alcalde me dijo que no necesitaba más recursos médicos”, recuerda Katsuya Hoshino, el enfermero. “Sin embargo, solo había una clínica abierta dos días a la semana y solo por las mañanas.” Finalmente, impulsado por el deseo de ayudar a los habitantes a defenderse en su entorno radiactivo, se instaló allí. Pero “durante las visitas médicas, hacen pocas preguntas sobre la radiactividad. Las personas que le temían se han marchado”. Ha llamado a su clínica Agabego, en referencia a la vaca roja (Akabeko), un amuleto tradicional de la región de Fukushima, y al nombre griego agapê, que significa amor incondicional.

Más contaminación que en otros lugares

Toru Honda señala que, salvo en uno o dos casos, todas las causas de muerte de sus pacientes están relacionadas con el cáncer: “Pero eso no prueba la relación con el accidente”. ¿Cómo saberlo? En Iitate se siguen registrando altos niveles de contaminación. La contaminación oscila entre 0,25 y 0,30 microsieverts por hora, lo que equivale a entre 2,6 y 3 milisieverts al año, explica el médico del pueblo: “Es dos o tres veces más que la dosis recomendada por la Comisión Internacional de Protección Radiológica, lo que supone un riesgo para los habitantes”.

Hay un antes y un después del 11 de marzo de 2011: la gente padece cáncer, problemas de piel, problemas cardíacos

Terumi Kataoka, activista antinuclear

En la prefectura de Fukushima, la radiactividad ambiental debe superar los 20 milisieverts al año para que una zona sea objeto de una orden de evacuación y, por lo tanto, declarada inhabitable. En el resto del país, y del mundo, la norma es de 1 milisievert.

Nobuyoshi Ito, ingeniero en mediciones de radiactividad, ahora jubilado, también vive en Iitate. Supervisa cada día la radiactividad de su pueblo y muestra sus mejores resultados: más de 3 microsieverts en un cruce de carreteras, o 90.000 becquerels en una zanja entre una carretera y un campo en 2024, ocho años después de la descontaminación. Los sieverts miden la dosis recibida por un organismo, mientras que los becquerels cuantifican la radiactividad presente en el suelo, el agua u otra fuente.

“Los coches circulan y desplazan las partículas radiactivas. Y cuando llueve, las esparcen y van a parar al río”, explica con un contador en la mano. Detrás de su casa, en este hermoso jueves soleado de finales de febrero, hay 1,30 microsievert. “La norma internacional es dar prioridad a la salud de los habitantes, hacer todo lo posible para evitar el riesgo y, si existe un beneficio demostrado en el uso de la radiactividad, limitar ese riesgo al mínimo. Pero ¿qué beneficio obtenemos al vivir tras un accidente nuclear? Ninguno.”

Recuento macabro

“Es difícil demostrar la relación entre la radiación y las muertes”, advierte Toru Honda. La población está envejeciendo y el cáncer es la principal causa de muerte en Japón desde hace varias décadas.

Hachiro Sato, concejal de Iitate, dice que ya ha perdido la cuenta de las visitas al cementerio, mientras que la población se ha reducido a una cuarta parte: “Sé de veinte o treinta personas que han enfermado y fallecido desde 2011”. Y cuando pregunta a las familias por las causas de las muertes, le dicen “leucemia”, “cáncer” o “tumor maligno”.

“Los partidarios de la energía nuclear dicen que no es por el accidente, los detractores dicen que sí. Es ridículo”. Quince años después, sigue reprochando al alcalde que tardara en evacuar el pueblo, casi un mes y medio después del accidente de la central. “La gente pasó todo ese tiempo expuesta a la lluvia radiactiva. Casi todos eran personas mayores, porque los jóvenes y las familias habían huido por su cuenta”.

A unos cien kilómetros de allí, en el extremo occidental de la prefectura de Fukushima, el sol penetra en una nave de la Iglesia Unida de Cristo a través de sus vidrieras amarillas y azules. Su interior, un lugar de oración, es también un cuartel general antinuclear, donde están perfectamente alineados folletos sobre los bombardeos de Hiroshima y hay panfletos que llaman a manifestarse contra la reactivación de la central de Kashiwazaki-Kariwa (una de las mayores centrales nucleares del mundo, con siete reactores).

Terumi Kataoka, activista y esposa del pastor de la parroquia, es originaria de la región afectada. Todavía tiene amigos y familiares allí. “Hay un antes y un después del 11 de marzo de 2011: la gente padece cáncer, problemas de piel, problemas cardíacos. Son muy conscientes de todo ello, pero no pueden demostrar la relación con el accidente.” Su padre murió hace cinco años, a los 80 años. Es una edad avanzada. Pero en pocas semanas murieron muchos otros octogenarios. “¿Por qué todos al mismo tiempo?”

Para Terumi Kataoka, “es muy difícil imaginar que haya gente que dude de que el accidente nuclear haya causado muertes: lo que ocurrió en Hiroshima y lo que ocurrió en Fukushima es el mismo fenómeno radiactivo”. “¿Por qué se reconocen las muertes en un caso y no en el otro?”, se pregunta.

En Fukushima no se ha construido ningún monumento a los fallecidos por el accidente nuclear. Pero en la pared de una granja, no lejos de Namie, hay un altar improvisado, donde se ve un cráneo de vaca sobre el símbolo de la radiactividad. Una mano burlona ha garabateado una calavera con una nariz de payaso y ha sido clavado a una cruz otro trozo de esqueleto bovino.

Hacia el cielo se eleva una alambrada: “Es el humo de la central”, explica Masami Yoshizawa, campesino anarquista y artista. “Esta obra simboliza la tumba de la central de Fukushima. Porque esto es un infierno.”

En 2011, durante la evacuación, tuvo que dejar sus vacas en la granja. “Murieron encerradas en el establo”. Conserva fotos de sus cadáveres. “Se echó a perder la vida de esos animales.” Vacas, gallinas, cerdos, caballos: en 2011 se sacrificaron 650.000 animales de granja en un radio de 20 km alrededor de la central.

En su pared también escribió: “Adiós, Namie”. Pero la ciudad sigue ahí. Es incluso uno de los municipios que el Gobierno quiere convertir en escaparate de la reconstrucción de la región. “¿Qué vamos a hacer con esta ciudad? Los que regresan son abuelos y abuelas. ¿Vendrán aquí los nietos? No lo creo. Este lugar está condenado a ser destruido. Hemos dedicado toda nuestra vida a él y se ha acabado. Cuando explota una central nuclear, esto es lo que pasa. No queda nada.”

Caja negra

El 11 de marzo de 2011, el tsunami azotó Japón. El 15 de marzo fue un día de importantes emisiones radiactivas.

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Para escribir esta serie de artículos, viajé a Japón entre mediados de febrero y principios de marzo. La mayoría de las entrevistas se han realizado en japonés y han sido traducidas por Hiroko Aihara, Johann Fleuri y Makiko Segawa.

 

Traducción de Miguel López

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