¿Puede Rusia resultar la más beneficiada por la guerra en el Golfo?
La guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán es una bendición para Moscú. Antes del 28 de febrero, la financiación de la guerra en Ucrania se veía amenazada por los bajos ingresos del petróleo, pero ahora el crudo ruso es uno de los productos más codiciados de Asia. Esto supone ingresos adicionales para el presupuesto federal ruso y sus gastos militares en Ucrania. Aunque la situación sigue siendo incierta.
A partir de 2025, los ingresos por petróleo y gas en el presupuesto federal ruso se redujeron un 23,9 %, hasta los 8,5 billones de rublos (unos 90.000 millones de euros). Dado que Moscú quiere mantener, e incluso aumentar, el esfuerzo bélico, que representó el 30 % del gasto en 2025, ha sido necesario encontrar ingresos en otras fuentes y se han aumentado los impuestos. Así, los ingresos fiscales aumentaron un 6,8 % el año pasado, mientras que el crecimiento del PIB fue solo del 1 %. Pero, a pesar de todo, los gastos relacionados con la guerra han aumentado el déficit, que ha pasado del 1,7 % del PIB al 2,6 % en un año.
Por supuesto, algunos podrían considerar que este nivel de déficit es claramente sostenible en comparación con el de un país como Francia, por ejemplo. Pero la situación es diferente: Rusia tiene un acceso prácticamente nulo a los mercados financieros y emitir deuda no es tarea fácil. El tipo de interés a diez años de la deuda rusa ronda el 15 %, lo que la hace extremadamente costosa, especialmente si se tiene en cuenta la tasa de inflación (6 %).
La situación presupuestaria rusa se deterioraba rápidamente, y ese deterioro se aceleró durante los dos primeros meses del año. Según el Alfa Bank, citado por el Moscow Times, el déficit público en enero y febrero combinados habría alcanzado los 3,2 billones de rublos (unos 35.000 millones de euros). Esto supone el 84,2 % del déficit previsto en el presupuesto de 2026 y el 57 % del nivel de déficit de 2025.
Este aumento del déficit se explica en gran parte por el desplome de los ingresos del petróleo. En enero y febrero se redujeron un 47 % en un año, pasando de 1,56 billones de rublos (unos 17.000 millones de euros) a 826.000 millones de rublos (unos 8.970 millones de euros). Hay tres razones principales para esta caída: la bajada de los precios, las sanciones internacionales y los ataques ucranianos a las instalaciones rusas.
Presiones a la baja sobre el petróleo
Mientras el precio del barril de petróleo caía, las sanciones obligaban a los rusos a aceptar precios aún más bajos. El descuento del precio del Urals, una de las variedades de petróleo ruso, siguió ampliándose, pasando de unos diez dólares por debajo del precio del Brent del Mar del Norte en 2025 a un rango de entre 15 y 20 dólares en febrero de 2026. El precio del barril de Urals incluso cayó por debajo de los 40 dólares de media en diciembre de 2025. En algunos momentos, el barril de petróleo ruso llegó incluso a cotizarse a 27 dólares a finales de año.
A esos niveles, la extracción es cada vez menos rentable y la producción se vio notablemente reducida justo cuando los ataques ucranianos contra las instalaciones del mar Caspio en diciembre y enero la perturbaron notablemente. Esa caída de la producción es, por otra parte, la principal causa del descenso de los ingresos petroleros a principios de año.
Pero esos recortes también se explicaban por la falta de clientes interesados en el petróleo ruso, incluso a precios reducidos. Según Bloomberg, se acumularon 140 millones de toneladas de crudo en los petroleros que partían de Rusia, a veces sin un cliente determinado. El endurecimiento de las sanciones occidentales hacía que la búsqueda de mercados fuera muy arriesgada.
Moscú perdió así progresivamente el apoyo de la India, que había desempeñado un papel clave, junto con China, en el mantenimiento de las exportaciones de petróleo y gas. Según el informe de la organización no gubernamental finlandesa Crea de enero de 2026, la India ha comprado el 38 % de las exportaciones de crudo ruso desde el inicio de la política de sanciones occidentales, por un importe total de casi 120.000 millones de euros.
Pero desde el verano pasado, Donald Trump ha venido utilizando el pretexto del oro negro ruso para someter a Nueva Delhi. Se impuso un arancel del 50 % a la India y el presidente estadounidense exigió que se abandonaran esas compras para negociar una tarifa más favorable. Paralelamente, la Unión Europea comenzó a ampliar su embargo sobre los productos refinados a base de petróleo ruso. Narendra Modi, primer ministro indio, cedió progresivamente. A finales de 2025, varias refinerías indias dejaron de aceptar petróleo ruso.
Y el 10 de febrero se firmó un acuerdo entre Washington y Nueva Delhi: los aranceles se redujeron a la mitad, al 25 %, con la promesa de bajarlos hasta el 18 % a cambio del “compromiso indio de no comprar más petróleo a la Federación Rusa”. Se cerraba uno de los mercados más importantes para Moscú.
Crítica situación presupuestaria
La situación era tan crítica que las empresas rusas anunciaron una reducción drástica de sus perforaciones en 2026. Una decisión que anunciaba futuras caídas de la producción, ya que, en el contexto ruso, donde los yacimientos petrolíferos están en declive, el nivel de extracción de crudo depende de nuevas perforaciones.
Para Moscú, esta situación anunciaba tiempos difíciles. Si el Kremlin quería continuar la guerra, tenía que tomar una decisión sobre su financiación: o bien gravar aún más la economía civil o lanzarse a la financiación monetaria. Ninguno de esos dos métodos era realmente satisfactorio.
La financiación monetaria de la guerra es inflacionista porque aumenta la masa monetaria, mientras que la producción se concentra en lo militar. Por lo tanto, implica aceptar inevitablemente una fuerte inflación y un rublo débil. Pero Vladimir Putin siempre se ha negado a emprender este camino, que para él significa volver al caos de los años noventa, precisamente cuando él se presenta como la persona que sacó a Rusia de esa situación.
Desde 2022, gracias a las reservas de divisas acumuladas durante años, Rusia intenta mantener un difícil equilibrio entre una política monetaria restrictiva y un importante esfuerzo bélico. Emprender una política inflacionista pondría en peligro la aceptación social del régimen.
Pero la alternativa es el riesgo de una espiral recesiva. Para garantizar la financiación no monetaria de los gastos militares, es necesario aumentar aún más los impuestos y mantener tipos elevados. Una política que debilita un sector civil ya penalizado por la sangría de mano de obra y la política monetaria. El riesgo es caer en recesión, con un alto desempleo, una caída de los salarios reales y quiebras. El fin de las ayudas públicas a las pequeñas empresas y su sujeción al IVA ya han hecho temer el cierre de más del 4 % de las pymes del país. También en este caso, el equilibrio social está en peligro.
La “agradable sorpresa” del aumento de precios
La única salida era, por tanto, poder volver a contar con los sólidos ingresos que proporcionan los hidrocarburos. A finales de febrero, esta perspectiva parecía muy improbable. Pero entonces Donald Trump lanzó la ofensiva contra Irán. En pocos días, la amenaza del cierre del estrecho de Ormuz hizo repuntar la demanda de petróleo y los precios del barril. Esto tuvo consecuencias concretas para Rusia: los petroleros fantasma que tenían dificultades para encontrar compradores para su contenido son ahora muy codiciados.
Este es especialmente el caso de la India. Tras varios días de guerra, Washington concedió a Nueva Delhi una autorización para comprar petróleo ruso durante treinta días (autorización que el Gobierno de Modi niega, tratando de evitar la confirmación de su vasallaje). Pero incluso antes de esta “autorización”, las refinerías indias, incluidas las estatales, ya habían encargado petróleo ruso. En total, desde el inicio de las hostilidades en el Golfo Pérsico, se han entregado 30 millones de barriles de crudo ruso en los puertos indios, según la agencia Bloomberg.
El Wall Street Journal señalaba que, para asegurarse el suministro de crudo ruso, las refinerías indias estaban dispuestas a pagar ya entre 1 y 5 dólares de prima sobre el precio del barril de Brent. Se trata, por tanto, de una gran oportunidad para el presupuesto ruso, ya que el precio pagado por un barril de Urals se beneficia tanto del aumento del mercado mundial como de la reducción de su descuento.
Incluso con un barril de Urals entre 50 y 60 dólares, los ingresos presupuestarios mensuales procedentes del petróleo y el gas podrían alcanzar entre 800.000 y 900.000 millones de rublos (entre 8.700 y 9.800 millones de euros aproximadamente), según Alfa Bank. Eso equivaldría a los ingresos combinados de los meses de enero y febrero. Ahora bien, en la actualidad, el barril de Urals se cotiza a una media de 85 dólares.
Una bonanza incierta
Por supuesto, no todo está resuelto y estas previsiones pueden parecer muy optimistas. A finales de febrero había nada menos que 130 millones de barriles de crudo ruso en los mares. El efecto precio apenas compensa el efecto volumen, a pesar de la recuperación de la demanda india. El total de las entregas marítimas rusas en las cuatro semanas hasta el 8 de marzo fue aún inferior en 200.000 barriles diarios al de las cuatro semanas hasta el 1 de marzo, según Bloomberg, que cita a Argus Media, especializada en el mercado petrolero.
En total, el valor de todas las exportaciones del mes anterior al 8 de marzo fue ligeramente inferior al del mes anterior al 1 de marzo: 1.130 millones de dólares por semana, frente a 1.140 millones de dólares por semana. Y solo en la semana del 2 al 8 de marzo, la caída en valor fue de 30 millones de dólares, a pesar de que el precio medio del barril entregado aumentó en 14 dólares.
Aún estamos pues lejos de la abundancia. La producción y la cadena logística rusas deben reorganizarse y las sanciones siguen aún vigentes. Y es que se desconoce cuánto tiempo durará esta tensión en el mercado petrolero. Para que realmente tenga un impacto en el presupuesto ruso, el aumento de los precios debería mantenerse de forma duradera e ir acompañado de una recuperación de los volúmenes. Son muchas las condiciones que hacen que todo esto sea incierto.
De hecho, el propio Putin ha advertido: “El actual aumento del precio de las materias primas es sin duda provisional”, afirmó durante una reunión con los responsables del sector. Incluso les animó a aprovechar la oportunidad para reducir su deuda, con el fin de poder hacer frente mejor a una posible nueva caída de los precios.
Efectivamente, el estado del crecimiento mundial no invita a pensar que el precio del barril de petróleo crudo, al margen del impacto del conflicto iraní, pueda mantenerse alto. Pero, por el momento, la decisión de Trump es una excelente noticia para Putin. Le ofrece un pequeño respiro antes de tener que tomar decisiones difíciles. Un respiro durante el cual podrá intensificar su presión militar sobre Ucrania y económica sobre Europa. Pero también es una oportunidad para jugar con el pánico de los occidentales ante el aumento de las facturas de energía.
Así, en su rueda de prensa del 9 de marzo, el presidente ruso presentó sus condiciones para reanudar los suministros de gas y petróleo: “Si los compradores europeos deciden reorientarse y ofrecernos una cooperación a largo plazo y sostenible, libre de presiones políticas, nunca lo vamos a rechazar”. En otras palabras, para Moscú, la crisis energética permite ejercer una forma de chantaje para que se levanten las sanciones.
Trump mencionó poco después, ya al margen de esas numerosas declaraciones, una “flexibilización de las sanciones” sobre Rusia para relajar el mercado petrolero. Pero la caída de los precios desde el lunes pasado aleja sin duda esta perspectiva a corto plazo. Queda por ver si esta opción volverá más adelante, ya que Washington ha reafirmado en el G7 que la exención india no se renovará.
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En realidad, la posición de Moscú sigue siendo delicada. La ayuda que ha prestado a Irán para atacar objetivos estadounidenses en el Golfo lo sitúa en el bando opuesto al de Trump, cuando su modelo económico depende cada vez más de la buena voluntad de Estados Unidos. Sobre el papel, Rusia puede esperar salir ganando de la guerra en el Golfo. Pero aún no hay nada decidido y sus problemas siguen siendo muy reales.
Traducción de Miguel López