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Un metro y medio

Carlos Candel Rodríguez
Publicada el 01/05/2020 a las 06:00 Actualizada el 01/05/2020 a las 14:48

Un metro y medio de distancia. Ésa es nuestra “burbuja de salvamento”. El espacio recomendado para protegernos, el distanciamiento social, que no deja de ser una barrera física. Es, aproximadamente, lo que mide una mesa para cuatro en un restaurante, un carrito de la compra, una bicicleta, el ancho de una cama... Puede parecer poco, pero cabe mucho en ese espacio. En él se encierran, por ejemplo, los dos besos que doy a mis amigos cuando hace tiempo que no nos vemos, el abrazo que cada viernes ofrezco a mis alumnos para despedirnos ante el fin de semana, el plato compartido con tu pareja, el adiós de nuestros seres queridos...

Porque un metro y medio no es sólo un territorio físico, sino que transita, y de una forma aún más impactante en estos momentos, en el terreno de lo emocional. En este y metro y medio se colarán esos hábitos tan naturales como son el beso, el abrazo o la caricia que sostienen nuestros afectos. Unos gestos que están completamente arraigados en nuestro adn social, sobre todo en el caso de culturas como la nuestra. Y que tras esta dura crisis, probablemente se vean afectados de manera negativa. Puede que en otros lugares del mundo no perciban grandes cambios, puede que su esfera de intimidad no necesite reajustes. Ellos se lo pierden. No me considero una persona nacionalista, es más, me gustaría que esta crisis se hubiera abordado a nivel global ayudándonos unos a otros, pero creo que si algo tenemos que aportar al resto del mundo es nuestra cercanía, nuestra forma de demostrar el afecto.

Un metro y medio que, por otra parte, viene a darnos la razón cuando pedíamos más espacio por las mañanas en los transportes públicos, o en las aceras, o entre las terrazas de los bares y las viviendas, o las bicicletas y los coches. No lo queremos ver, pero se impone la seguridad, frente a la vida y la dignidad.

Hay quien dice que en ese metro y medio va a caber un enorme agujero. Tan grande que, más allá de afectos, puede que se lleve por delante buena parte de las economías mundiales. No sé nada de producto interior bruto, ni de bolsa, ni de deudas e intereses, pero hay quienes dicen que en el primer mes ya le ha costado a nuestro país cerca de 130.000 millones de euros, que terminaremos pagando los de siempre. No quiero ni pensar el coste de la crisis en todo el mundo cuando todo esto haya pasado. Sin embargo, por alguna extraña razón, me han venido a la cabeza estos días dos acontecimientos: la llegada a la Luna y la Segunda Guerra Mundial. El primer evento fue un proyecto humano, liderado por algunos países, que consiguió que nuestra especie recorriera por primera vez la increíble distancia (en espacio abierto) que separa nuestro planeta del satélite: 384.400 kilómetros. Una hazaña para la que algunos países invirtieron ingentes cantidades de recursos humanos, tecnológicos, energéticos y, sobre todo, económicos.

Sólo Estados Unidos gastó en esta aventura alrededor de 105.000 millones de dólares actuales. El segundo evento es mucho menos constructivo y apasionante que el anterior, la Segunda Guerra Mundial, en la que desgraciadamente y como ya sabemos, se perdieron millones de vidas humanas y, además, todos los países terminaron pagando una elevada factura. Se estima que, comparándolo con el valor actual del dinero, Estados Unidos habría gastado algo más de cuatro billones de euros, lo que supondría cerca del 20 % del PIB actual del país. Sólo en armamento se destinaron 275000 millones de dólares. Y supongo que me vienen estos eventos tan dispares, no sólo por lo absurdo e injustificable que me parece que se gasten estas sumas de dinero en cuestiones tan poco relevantes y destructivas para la humanidad, sino porque es un claro ejemplo de que, cuando el ser humano se propone algo y está convencido de alcanzarlo, no dudamos en poner todos los recursos que sean necesarios para conseguirlo, aunque eso implique mucho sufrimiento a varias generaciones de personas en el mundo. Otro dato, por ejemplo, más actual: sólo Estados Unidos gasta 400.000 millones de dólares anualmente en defensa. No quiero ni pensar lo que se gasta en la guerra en todo el mundo.

Siempre me he considerado un idealista, por lo que dadas las circunstancias, completamente inéditas, espero que por esta vez y a partir de hoy mismo, esta distancia física y emocional que las circunstancias nos han impuesto, ya que ha quedado vacía, se llene a rebosar de algo más que deuda y sufrimiento. Me gustaría pensar que, tras esta crisis, podamos ir haciendo espacio en esta burbuja de salvamento para aquellas herramientas que no encontrábamos antes, los utensilios de las utopías posibles. Artefactos originales nunca antes vistos que, al llevarlos tan cerca de nosotros, arreglen de verdad nuestras averías, nos lleven mucho más lejos que a otros planetas. Y que sirvan, por ejemplo, como repositorio de la esperanza perdida. Porque no nos engañemos, tras este parón global, nos costará encontrar motivos para seguir caminando juntos. Hoy es como si el mundo entero se hubiera impuesto a sí mismo un simbólico metro y medio de desconfianza mutua. Y esto es terrible porque, como decía, necesitaremos estar muy cerca y trabajar juntos para poder afrontar los desafíos que nos vendrán por delante en los próximos años: posibles nuevas pandemias, crisis económica, migraciones masivas, cambio climático. Unos retos cuya solución debería ser nuestra prioridad y, al igual que en la misión a la Luna o en la Segunda Guerra Mundial, la humanidad tendría que destinar para ello todos los recursos que sean necesarios.

Cuando se quiere, se puede. No podemos seguir permitiendo que nos digan que nuestras necesidades son imposibles de cumplir. Por ello, os propongo una cosa: hacer un listado de objetivos imprescindibles, de necesidades, de prioridades con las que rellenaríamos ese metro y medio para que, cuando todo esto pase, podamos volver a besarnos, abrazarnos y tocarnos en un mundo mejor y más justo para todos. Un listado para que nos sirva de guía para no volver a la normalidad que nos estaba destruyendo poco a poco.

Y, por supuesto, sería de mal gusto no adelantar algunas de las prioridades que yo incluiría en esa distancia social que deberá servir no sólo para protegernos, sino para recordarnos lo importante. En mi metro y medio yo incluiría: que le demos valor a los cuidados; que pongamos en valor el tiempo que pasamos juntos; que protejamos lo común; que nadie se quede atrás; que aprendamos a vivir con lo necesario; que comprendamos de una vez por todas que consumir como lo hacemos no es sostenible; que busquemos la manera de no contaminar, y para ello, será fundamental buscar soluciones a esta movilidad sin sentido y este tráfico de mercancías que resulta tan nocivo; que protejamos los espacios naturales que, en definitiva, son nuestra mejor protección; que transformemos nuestra mirada hacia los animales y seamos capaces de respetarlos, al igual que los ecosistemas donde viven; que no permitamos ni una guerra más en el mundo; que construyamos un mundo en el que viajar por vacaciones cueste más que emigrar por necesidad.

Y, para finalizar, me gustaría también cargarme de esperanza para confiar en que la distancia física termine por acortarse hasta desaparecer, y entonces, ya sólo quedes nuestras prioridades.

Carlos Candel Rodríguez es socio de infoLibre

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