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Latinoamérica

Ricarda

  • Este relato recoge uno entre mil destinos alterados por el cataclismo del terremoto del 85 que conmovió México
  • “Aquí y allá mi abuela Ricarda colocaba cuencos con agua”, rememora Ana Laura.

Alain-Paul Mallard | Ctxt
Publicada el 01/10/2015 a las 06:00 Actualizada el 30/09/2015 a las 22:50
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Ciudad de México, sismo del 19 de septiembre de 1985.

Ciudad de México, sismo del 19 de septiembre de 1985.

PABLO RIVAS PORCAYO
[Nota: el pasado 19 de septiembre se cumplieron 30 años de lo que, con un escalofrío, los mexicanos llamamos “El temblor”, un sismo de 8.1 grados de magnitud y casi cuatro minutos de duración. Devastada al despertar, la Ciudad de México nunca sería la misma.

A caballo entre la crónica y el cuento, el siguiente relato, escrito, reescrito y vuelto a escribir con el correr de los años, recoge uno entre mil destinos alterados por el cataclismo. El terremoto del 85, dicho sea de paso, dio a luz a la sociedad civil mexicana].

“De mi abuela me quedó nada más un libro sin pastas, Los Bandidos de Río Frío, que mi papá recogió entre los escombros. Y ni siquiera me consta que fuera de ella, porque con su casa se cayeron las de todos los vecinos... Bueno, y allí guardo, doblado dentro del libro, el dibujo de la túnica”.

Los hechos son materia movediza, materia que flota en suspensión. Al hilvanarlos en un relato se la precipita, y al asentar sobre papel el relato se la fija definitivamente. Una historia verídica pertenece a quienes la vivieron. Si, en la presente, aspiro a un precipitado diáfano, deberé narrarla cediendo a menudo la palabra a quien confiara en mí para ponerla por escrito. La escritura literaria sólo dosificará los acontecimientos, los afilará –si acaso– para que actualicen su elocuencia intrínseca.

“Cuando mi abuelo Ramiro murió y mi abuela se quedó sola, varios de mis tíos le propusieron, y hasta le exigieron, que se mudara a vivir con ellos. Pero mi abuela ni los oyó. Nunca quiso saber nada; nunca quiso dejar su casa” –me cuenta, con estas u otras palabras, Ana Laura–.

Su abuela se llamaba Ricarda. Hacía cincuenta años que vivía en el centro de la ciudad, en una antigua vecindad de la calle de Lecumberri.

“No te imaginas cómo era aquello: una construcción de hace un siglo, las casas estrechas y encimadas unas a las otras. Llena de patios y traspatios, de escaleras, de pasillos con requiebros”.

Imaginar, sin embargo, habré de hacerlo.

Titubeante, me abro paso entre cortinas translúcidas de ropa de cama que gotea. Ese segundo patio se concentra en un corredor oscuro que a su vez culmina en una escalera angosta. Un tanto empinada y de gastados escalones. Me aventuro por un nuevo pasillo. Se llena de luz al disolverse en una galería de balcones que mira sobre tendederos y piletas. Creo que es allí. Imagino la pesada puerta del interior 4. A un costado, una maceta de sábilas forrada de mosaico y, en un par de jaulas, los canarios y el asustadizo carmín de un cardenal. Al otro, un tanque de gas, encadenado.

La hoja derecha de la puerta se entreabre a una estancia sombría, olorosa a sótano. Algo turbia, la escasa claridad de la pieza viene del esfuerzo compartido de dos minúsculas ventanas y una lámpara con pantalla de seda “que se quedaba prendida también durante el día”. De la luz macilenta se recortan los vuelos erráticos de unas hormigas aladas.

“Aquí y allá mi abuela Ricarda colocaba cuencos con agua” –rememora Ana Laura.

La duela, maltrecha, crepitaba bajo los tapetes. Entre las vigas del techo había pardos manchones de humedad y Ricarda barría a diario regueros de polilla o el salitre desprendido de las floraciones del encalado. En el estrecho comedor colgaba un cuadro oscuro, curioso, sin duda bastante antiguo, en el que un hombre barbado cargaba a cuestas una cruz y, encima de ésta, a su mujer. A la izquierda, un retrato al carbón de Ramiro cuando joven. Y al amparo de su mirada, el viejo sillón verdusco en que Ricarda se sentaba a toser y a escuchar por la radio las comedias.

“Y había también, encima de una mesita, una tabla de Ouija, pero a mí me daba cosa agarrarla”.

Sus nietas la visitaban poco, los domingos. Ana Laura, sin embargo, le llamaba por teléfono cada tarde, sin excepción, para recordarle que se tomara el Adalat. Le llamaba a las siete menos cinco, porque a las siete y cuarto su abuela Ricarda tapaba sus pájaros, merendaba su pan dulce y un tecito de yerbabuena, y se acostaba a dormir.

“Platicábamos a gusto –me refiere Ana Laura acongojándose de pronto–. Yo le contaba de mis cosas, lo que hubiera visto en la calle, o en la secundaria, o de algún chico que me gustara y así…”.
De no ser a sus mandados y a sus sesiones en El Peñón, Ricarda casi nunca dejaba su hogar.

Respecto a El Peñón su abuela mantenía cierta reserva, así que Ana Laura no puede decirme mayor cosa. No sé si deba llamarlo secta, o congregación, o qué. Era una especie de templo espiritualista escindido de la Iglesia Mariano Trinitaria y funcionaba en una casa particular detrás del aeropuerto. Acaso exista todavía. Sé, eso sí, que todo lo que en la vida de Ricarda se refería a El Peñón dejaba traslucir un gran fervor. Cada semana asistía al templo. Allí, entre nardos y nubes, se oficiaba el rito, sacudido a menudo de trances y visiones, y acto seguido, en pieza aparte, tenía lugar la sesión de espiritismo. Una médium, oriunda de Orizaba, hacía venir del éter las almas de los difuntos. Supongo que Ricarda “comenzó a creer en el espiritualismo cuando se quedó viuda de mi abuelo Ramiro”.

Pido a Ana Laura que me enseñe en fotografía a su abuela Ricarda. Me gustaría ponerle un rostro antes de comenzar a escribir.

Ana Laura me llama por teléfono, emocionada, casi a la media noche:

—Estaba buscando más fotos y no me vas a creer lo que me encontré en un cajón: el testamento que mi abuela dictó dos años antes de morir… ¿Y sabes qué me dejaba? El cuadro aquél de que te hablé, ése oscuro, muy antiguo, que había en su comedor, el del hombre llevando a cuestas una cruz y encima a su mujer.

No atinamos a situar la escena, que habrá de buscarse en las vidas de los santos.

—Tienes que pensar bien dónde quieres colgarlo—, bromeo.

—No te preocupes, ya sé dónde lo voy a poner.

A los pocos días voy a casa de Ana Laura. No son muchas las fotos. Apenas cinco o seis. Abrevian mal y más bien tristemente una vida. Separo del conciso abanico un retrato formal de Ricarda cuando joven. Viste de negro, un chal de encaje sobre los hombros. La pose es púdica: se la ve sentada junto a una mesita, las piernas bien apretadas. Estricta y circunspecta, nos rehúsa su sonrisa. Los ojos, pequeños y muy negros. Los había yo imaginado más fervorosos. Cejas bien delineadas y ojeras pardas enmarcan un mirar determinado, austero. Un mirar de otra época. Y, en la mejilla, un lunar carnoso, que también legó a alguna de sus nietas.

En la última fotografía, algún desleído cumpleaños infantil, la mirada de Ricarda se ha vuelto gris, velada de catarata incipiente.

Al acompañarme a la puerta, Ana Laura se detiene en el corredor y me señala un gran clavo en el muro vacío:

—Se ve bien aquí, ¿no?

—Sí, se ve bien allí.

El jueves 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 de la mañana, mientras Ricarda desayuna en la cocina, un terremoto de 8.1 grados en la escala Richter de magnitud de ondas superficiales sacude la Ciudad de México.
Por fin dejó de temblar. Los teléfonos todavía servían. Le marcó a su hija Clara, pero sonaba ocupado. Tras algunos intentos logró comunicarse con Tomás, su hijo menor. Le dijo que se encontraba bien; el temblor la había cogido desayunando. Creyó que se acababa el mundo, pero ya se le había pasado el susto. Se habían abierto unas grietas en cruz que dejaban ver de su cocina a la estancia. El piso de la recámara se había hundido. La casa estaba llena de tierra.

Tomás le pidió que lo dejara todo y se saliera de inmediato. Él iría para allá, a recogerla. Ricarda terminó de desayunar, enjuagó sus trastes –el agua salió terrosa, a tironazos–, y luego obedeció. Salió a la calle y esperó allí, el monedero en la mano, parada en la banqueta. Todavía el polvo no terminaba de asentarse. Columnas de humo se alzaban por distintos rumbos de la ciudad. El muchacho de la tortillería le acercó un banquito de cocina:

—Siéntese, seño.

Ricarda se sentó. Se entretuvo mirando a los vecinos, con los que no se hablaba, que trataban de sacar algunas pertenencias. Dos pirujas, en camisón, sollozaban abrazadas. Pero pasó media hora. Y luego otra media hora. Y su hijo Tomás no aparecía. Chillaban muchas sirenas, de ambulancia, y otras distintas, a lo mejor de la Cruz Verde. O a lo mejor patrullas, o bomberos.

“Mi papá –me cuenta Ana Laura– se fue por ella en la camioneta, pero habían cerrado el paso y sobre la calzada de Tlalpan nada más pudo llegar hasta Metro Chabacano. Y de ahí tuvo que echársela a pie”.

Y Tomás, el padre, el hijo menor, se baja del auto y camina apurado oyendo el ulular de las sirenas. Lleva un veliz verde en una mano. Una y otra vez le dicen que no hay paso, y debe retroceder, dar rodeos enormes sintiendo que camina y camina sin lograr acercarse a la casa de sus padres. Camina viendo las fachadas derruidas, los edificios doblegados, los ventanales en añicos, las varillas retorcidas y el hormigón desmoronado, las letras rotas de los anuncios en el suelo, los muebles destrozados, los papeles y papeles y papeles, y el polvo y más vidrios y papeles. Gente a media calle le grita que hay fugas de gas. Torpemente, a jalones, Tomás se zafa de una mujer descalza y desencajada que se le aferra gimoteando de la cazadora. Y huye. Conforme corre hacia el Centro va ganándolo el pavor, a cada paso más consciente de la magnitud de la tragedia.

Nunca diría el Gobierno cuántos cuerpos fueron trasladados al parque de béisbol.

Ricarda, mientras tanto, aguarda cada vez menos convencida. Tres cuartos de hora pasan. Su Tomás que no llega. De tanto respirar cal y concreto se siente corta de aire. No puede resignarse a abandonar su mundo, sus objetos, sus hábitos, sus fantasmas. No, no va a dejar su hogar, sus vitrinas, su vida allí, llena de aflicciones. Le dicen que no entre, que las vigas están degolladas. A ella qué más le da. Y además adentro con tanto que escombrar.

Unas losas no resistieron y se le desplomaron encima. Estuvo, según dijeron los rescatistas, atrapada casi una hora, prensada entre la escalera y lo que hasta esa mañana había sido el muro de los lavaderos. La trasladaron al hospital de La Raza con hemorragia interna debida a estallamiento de vísceras y fracturas múltiples en cadera y fémur. Debió de haber soltado, pensaba, a sus pobres pajaritos. Apretado contra el pecho su dije del Triángulo de Luz y el Ojo Omnipotente de Dios, nunca perdió conocimiento.

“Fuimos a verla al Seguro, a terapia intensiva”.

Ana Laura estaba ya por cumplir quince años pero no le permitieron pasar. Así que se quedó allí, sentada en el vestíbulo durante horas, durante días, en una silla de plástico termoformado, color naranja, mirando entrar nuevos pacientes, oyendo sus historias por fragmentos. Un hombre de aspecto desgarbado se acerca a preguntarle su tipo de sangre. A cada tantas horas, su papá baja, ojeroso, y atraviesan juntos la calzada hasta el puesto de jugos.

—Me voy a morir –les dijo Ricarda–. No tengo miedo.

Pidió una hoja de papel. Nadie traía. 

“Yo estaba esperando abajo en el recibidor porque no permitían el acceso a menores, y vino mi mamá a ver si tenía algún papel. Traía yo mi mochila y allí venía mi cuaderno de álgebra. Se lo di y se volvió a subir”.

La abuela Ricarda (o la madre, o la suegra, según quién cuente la historia) dibujó con un bolígrafo, forzando la vista y guiándose cuidadosamente en la cuadrícula, el patrón de una bata larga, de amplias mangas piramidales, con una capucha. Debía de ser blanca, lustrosa, y con ribetes morados en las bocamangas.

—¿Cuánto vas a tardarte? –le preguntó a su nuera.

—No sé, puede que unos dos días, según lo rápido que consiga la tela.

—Aguantaré.

También pidió que le trajeran crisantemos.

El segundo temblor, el de la noche del veinte, los sorprendió en el hospital. Todos huyeron corriendo, buscando librar la dimensión del edificio. Los pacientes que se podían mover también salieron, algunos cargando con su bolsa de suero. A la abuela Ricarda la dejaron allí, solita en su cama de metal cromado. Sus ojos buscaron amparo y reposo en el arreglo de crisantemos hasta que todo dejó de tintinear.

Entretanto, lo que quedaba de Lecumberri 87-B interior 4 altos, con sus tapetes rojo oscuro, su polilla, y sus pesados cortinajes porfirianos, se terminaba de caer.

Me interesa la semana de espera en la que poco o nada parece ocurrir. Esa semana en que para Ana Laura el vacío va haciendo cada vez más terribles sus contornos. “Que sólo a mí no se me permitiera subir a verla me pareció injusto, pero me lo guardé. No me quejé con nadie”.

Imagino las peripecias, en una ciudad fuera de quicio, para conseguir la tela apropiada. El ruidillo obstinado, ya tarde en la noche, de la vieja Singer de pedal. Las prisas y los silencios. Los retazos satinados resbalando escurridizos hacia el suelo.

Le llevaron la túnica, pero el forro no era como ella lo quería. La rechazó.

Aguantaré –repitió, ajado, el hilillo de voz.

Intuyo las nuevas peripecias. Los ires y venires de la casa al hospital. Las divergencias, reunidos a la mesa del antecomedor, en la interpretación del trazo de Ricarda. Las noches en vela en que la nuera se reapropia los gestos de la costura, que no practicaba desde que sus hijas crecieron.

Ya a los cinco días las enfermeras no disimulaban su impaciencia. Se necesitaban camas, y pues la señora estaba mayor y estaba reventada por dentro, y pues se iba a morir de todos modos, ¿no?

Pero Ricarda, cada vez más menguada, a ratos delirante, se había propuesto aguantar.

La segunda bata por fin estuvo lista. Ana Laura se la probó en el comedor. Se sintió “rara”. Pasaron la punta de la plancha tibia sobre la tela satinada, doblaron la túnica y, en una bolsa de plástico, se la llevaron a Ricarda.
Ponérsela fue trabajoso. Ricarda misma se desprendió el catéter de la muñeca amoratada. En cuanto tuvo la bata puesta dejó de gemir. Se serenó. Pidió un espejo. Solo había a mano uno pequeñito, turbio, de esos que vienen en la tapa de una polvera. Tuvo que ser ese. Ricarda se miró durante un rato. Quiso que le recogieran con pasadores el cabello, que le pusieran bilé, perfume. Pidió que no faltaran de avisar de su muerte en El Peñón. Luego se despidió confusamente, cruzó las pálidas manos sobre el corazón, cerró los párpados y murió.

“Y yo que me suelto a llorar por cualquier cosa, no lloré –me dice Ana Laura–. Sentí que me arrebataban algo, no a mi abuela… algo... no sé... dentro de mí. Un enorme vacío. Como si de un resbalón me cayera hacia adentro de la piel al alma”.

“Sabes –agrega–, mi abuela y yo platicábamos a diario, y sin embargo yo no la conocía. En la familia dicen que salí a ella, que me inculcó sus maneras. Pero yo no supe nunca ni quién fue ni qué quiso. De eso me doy cuenta ahora, casi a medida que te lo voy diciendo. Por ese entonces nunca lo pensé”.

Ana Laura nunca fue a ver lo que había quedado de la vecindad de Lecumberri. Dice que las tres o cuatro veces en que Tomás fue a ver qué recogía no lo acompañó porque no la dejaron.

“Mejor así, porque a esa edad no sabe uno separar hasta qué punto lo mueve el cariño y hasta qué punto una curiosidad malsana”.

Tal es la extraña justificación que se da Ana Laura hoy a diez años de distancia. Hoy que en la calle de Lecumberri se alzan “esas colmenas infames que construyó el gobierno dizque para los damnificados. Las pintaron de colores pastel y las bautizaron con mentiras priístas como Conjunto Renacimiento, Conjunto Prosperidad, Conjunto Bienestar”.

Difícilmente, me digo, la motivaría una curiosidad malsana, y mi relato se toma la licencia de forzarle la mano:

Tres o cuatro de meses después del sismo Ana Laura salió temprano de la secundaria. Tomó el metro en General Anaya. Cambió de línea, a empellones, en Pino Suárez, y luego otra vez en la estación Candelaria. Sería poco después del mediodía. Se bajó en metro Morelos y caminó entre los puestos hasta doblar por Ferrocarril de Cintura. En cada cuadra le salían al paso uno o dos lotes con tiraderos de cascajo, colchones, zapatos, láminas, trapos, varillas en nudos imposibles. Había perros, algunos, echados al sol mascando tortillas tiesas. Subió por la calle de Lecumberri. Reconoció las casas vecinas, desvencijadas, chimuelas, vacías, aún en pie. Entre ellas, y detrás de un cordón de plástico amarillo, una cuesta de escombros se alzaba desde la acera. Los bulldozers lo habían arrastrado todo, la arcilla, el polvo, las vigas rotas, los delantales y la ropa de planchar, las radionovelas, el nervioso revolotear de la pareja de canarios por encima de una latita con alpiste. Todo lo habían reunido en un gran montón de astillas y de ladrillos rotos. Miró bien alrededor. Su abuela no estaba. O estaba sólo como un vacío de terribles contornos, como “ese caerse hacia adentro, de la piel al alma”.

Cuando se disponía a marcharse, desvió hacia el suelo la mirada. Entre el polvo y las piedras, un pedazo de loza, curvo, como de plato sopero. Reconoció el dibujo azul de una de las vajillas de Ricarda. La de recibir. Para recogerlo, tuvo que agacharse y estirar el brazo por debajo del mecate amarillo.

La curva del fragmento sugiere en el espacio la circunferencia del plato. Y de allí se intuye la mesa puesta para seis, la sopa de calabacitas, el partido de fútbol con una bolita de migajón, la dilatada tarde de domingo. Ana Laura se aleja memoriosa por la acera. Entre sus dedos gira un trocito de porcelana blanquiazul, pieza menor de un rompecabezas disgregado que no podrá ya reconstituirse.

“Incluso muchos meses después, por puro automatismo –me cuenta Ana Laura–, seguía yo llamándola por teléfono. Pero el teléfono sonaba y sonaba y sonaba y nadie respondía. Y después de parecerme raro que mi abuela hubiera salido, me acordaba de que ya no había ni teléfono, ni abuela y sólo el montón de escombros que había sepultado sus cosas... Entonces colgaba.

Mira –me dice–, ese llamar por teléfono a un mundo ya perdido es la imagen con que me gustaría que terminaras el relato”.

Lo creí terminado.

La curiosidad, acaso no malsana, meramente literaria, me llevó a buscar el sitio en donde había estado la casa de Ricarda. Subí a pie, según las indicaciones de Ana Laura, esquivando vendedores y puestos, por República de Colombia. Varias veces recorrí la calle de Lecumberri. No acertaba a ubicarme. Entré a uno de los edificios de concreto precolado que habían brotado, como hongos, de la noche a la mañana. Pintado de color mamey, a diez años de distancia seguía forzando su presencia, incapaz de insertarse con naturalidad en un barrio de otros linajes. Había ropa tendida en los balcones, niños pequeños intrigando en cuclillas y otro, mayor, que hacía equilibrios sobre una pelota ponchada.

Pregunté a una mujer que barría las basuras del patio si allí había estado el número 87-B. Movió la cabeza:

—Mire, aquí es el 81, pero la verdad no sabría decirle.

A ella la habían reubicado; era de otra colonia.

Mirando las sábanas en los balcones, imaginé la tenue túnica de nailon, afantasmada, vaporosa, todavía tibia, colgada de un clavo cuidadosamente centrado en una pared desnuda. Me senté en el borde de una tosca jardinera de cemento. A pensar. En cómo hallarle un contorno de palabras a lo que se ha perdido.

Distante, sepultado por los apagados tumbos de una cumbia, creí distinguir el timbre de un teléfono sonando, sonando, sonando sin que nadie pareciera inmutarse.

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