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'Crítica del hipercapitalismo digital'

Publicada el 24/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 23/03/2019 a las 19:24
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infoLibre publica un extracto de Crítica del hipercapitalismo digital, del economista Albino Prada, que la editorial Catarata lleva a las librerías el próximo 25 de marzo. En el ensayo, el profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Vigo analiza los cambios que el auge de las grandes empresas de la economía digital, de Google a Amazon pasando por Microsoft y Apple, causarán en el empleo, la fiscalidad, la sociedad o la política. El futuro, advierte Prada —miembro de ATTAC y Ecobas, y también colaborador de infoLibre—, queda lejos de la "utopía" que pronostican los "multimillonarios anarcocapitalistas de Silicon Valley", y se acerca más a una distopía en la que se controlan y monetarizan hasta los reductos más privados de nuestras vidas. 

En este fragmento, que introduce el capítulo dedicado a la sociedad y el empleo, Prada esboza las implicaciones a menudo ignoradas de la automatización masiva del trabajo. "Su mayor amenaza (aparte de los nuevos desempleados)", defiende, "radicaría en provocar unos menores ingresos públicos para financiar sistemas de protección social". 
_____

 
Davos y la amenaza de los robots
  En esa afamada estación invernal, las mentes supuestamente más lúcidas e influyentes del planeta reflexionaron en 2016 sobre la actual oleada de automatización masiva, basada en una combinación de inteligencia artificial y robótica, de las TIC con la ya muy prolongada oleada de automatización.

Lo que se ha dado en llamar Industria 4.0 se considera que será la cuarta revolución industrial, con una digitalización e interconexión extrema de las actividades productivas y sociales.

El mensaje de aquella reunión fue claro: las nuevas máquinas nos liberarán de las tareas más repetitivas, pero lo harán a costa de una gran destrucción de empleo a corto plazo (cinco millones en los países más desarrollados), una destrucción neta que se podría reducir en el largo plazo con los nuevos empleos asociados a esa robotización masiva1. Al mismo tiempo permitiría competir mejor a los países desarrollados (de mano de obra más cara) con aquellos de costes laborales muy bajos.

Su mayor amenaza (aparte de los nuevos desempleados) radicaría en provocar unos menores ingresos públicos para financiar sistemas de protección social (pensiones) que hoy descansan en la masa salarial de las empresas. Nos enfrentaríamos así a una erosión de ingresos que reforzaría la profetizada insostenibilidad del actual Estado de Bienestar en esta parte del mundo.

Hay, sin embargo, otra forma de evaluar y manejar este proceso de automatización y robotización masiva. Para empezar, debiera enfatizarse que los logros tecnológicos que lo hacen posible son en gran medida resultado de esfuerzos públicos y estatales en investigación y desarrollo.

Una cuestión que se muestra meridianamente clara (para los casos de Apple, Google, Amazon, Microsoft, etc.) en una detallada investigación de Mariana Mazzucato. Es por eso que dichos sectores tecnológicos, en vez de evadir y distraer recursos fiscales, debieran contribuir a financiar reforzadamente al sector público2 para no vivir en “una economía que socializa los riesgos y privatiza los beneficios” (Mazzucato, 2014: 296).

Sobre esa premisa, bienvenida sea una reducción del tiempo social de trabajo necesario en labores peligrosas, monótonas o repetitivas, siempre y cuando tenga dos consecuencias: que las jornadas laborales anuales se reduzcan en proporción para los ocupados, y que las aportaciones de las empresas para financiar la protección social dejen de hacerse en exclusiva sobre la masa salarial y pasen a hacerlo en función del valor añadido3.

Porque no hacerlo así supone, de facto, penalizar a las empresas que son más intensivas en empleo y a las que retribuyen mejor a sus empleados. Los gobiernos del siglo XXI, según documenta el trabajo de Mazzucato (y antes de ella los escritos de André Gorz, 1997, 1998), tienen muy poderosos argumentos para plantear ambas cosas.

No obstante, desde que en el Foro de Davos lanzaron la rotulada como amenaza de los robots, el tema casi siempre genera titulares preocupantes. Un asunto que, además, no se limita a máquinas, más o menos automatizadas, con aspecto humano que realicen cosas materiales, ya que incluye todo proceso de automatización material o inmaterial combinado o no con la digitalización y con un eventual aprendizaje sobre la experiencia previa. Para entendernos: desde una orquesta hasta un conductor, pasando por un piloto, hoy pueden ser virtuales.

Sería absurdo oponerse a tales sustituciones siempre que los riesgos y las incertidumbres a ellas asociados estén bajo control o bajo el principio de precaución. Siendo esto así, no hay nada problemático en que el trabajo humano directo necesario (muchas veces nada agradable) para cubrir nuestras necesidades sea cada vez menor a escala mundial.

Porque si la riqueza generada es mayor y el trabajo necesario es menor, lo único que debería suceder es que el trabajo directo aplicado dejase de ser el criterio de reparto de las rentas y del bienestar social.

Para empezar porque buena parte de esas posibilidades (de suplir trabajo humano por automatismos) son producto del conocimiento científico y tecnológico que es patrimonio colectivo de la humanidad, y su apropiación por los dueños del capital (financiero o industrial de determinados países) es un asunto más que discutible4.

Acto y seguido porque, de no variar el criterio de distribución de riqueza, tendremos a una minoría ultraenriquecida (la propietaria de los aparatos y los que saben manejarlos o diseñarlos) pero que será incapaz de generar demanda suficiente para la producción posible. Por muchos criados e inmigrantes baratos que contraten como nuevos siervos. Estos sí, claro, humanos.

En tercer lugar porque, de no hacerlo, provocaremos que una creciente parte de la sociedad quede excluida (de empleos manufactureros y de empleos en los servicios automatizables) en crecientes bolsas de pobreza, lo que, ante el gorroneo fiscal de aquella minoría, romperá la cohesión nacional. Y de esto saben ya mucho, como veremos más adelante, en los Estados Unidos que transitaron de Barak Obama a Donald Trump.

De manera que va a ser mejor redistribuir entre todos el (menor) tiempo de trabajo humano necesario para labores productivas, y hacerlo estimulando la implicación creciente (en horas y personas) en tareas colectivas que tenemos muy desatendidas (ambientales, cuidados personales, médicos, ayuda al desarrollo, culturales, servicios locales, rurales…), actividades que son el tiempo de la vida misma, tiempo que no tiene un precio al que pueda ser vendido o comprado.

Si lo que queremos es empujar esa redistribución, de poco nos valdría garantizar un ingreso (renta básica) inferior al mínimo vital. Apenas serviría para caer bajo la patronal de los negreros. Esa sería la opción neoliberal en este asunto.

Por el contrario, la renta básica debiera ser una subvención del no trabajo, de una reducción de la jornada que nos permita liberar a una parte de la sociedad de ser ejército laboral de reserva. Un ejército que amenaza a la baja al resto de los pluriempleados, hasta el final de sus vidas.

(...)

_____

1. Para el caso español (entre 2008 y 2018) analizamos estos efectos sobre el empleo en el capítulo 7, comprobando un saldo negativo. Sin embargo, el Foro Económico Mundial estima en 2018 que hasta 2022 el saldo será positivo a escala mundial por más de 60 millones de empleos. Véase https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-09-17/futuro-trabajo-2018-foro-economico-mundial_1617117/
2. Lejos de ello, Facebook declaró en España pérdidas por un millón de euros en 2017, mientras que sus ingresos se estiman en doscientos millones. Véase https://elpais.com/tecnologia/2018/10/03/actualidad/1538596216_048867.html
3. Véase la propuesta de cotización para pensiones sobre el VAB total y no solo sobre la masa salarial al final del capítulo 10.
4. Estos asuntos se discuten en detalle con propuestas concretas en el capítulo 10.
 
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