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'Las palabras rotas'

Publicada el 07/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 06/05/2019 a las 20:21
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infoLibre publica un extracto de Las palabras rotas, el último libro del escritor Luis García Montero, que publica la editorial Alfaguara el 9 de mayo. En este nuevo volumen, el poeta y director del Instituto Cervantes recoge artículos —algunos de ellos publicados en la columna semanal que mantiene en este periódico— y conferencias ligados por una temática común: la preocupación por la perversión del lenguaje y por la capacidad de las propias palabras y quienes la usan para revertirlo. "Para empezar a actuar", escribe, "en nuestra cocina o en la calle, debemos recuperar las palabras rotas por los poderes salvajes". 

___________
 
Verdad

Cualquier reflexión sobre el sentido de la poesía nos devuelve al famoso aforismo que estaba escrito en el templo de Delfos consagrado a Apolo: «Conócete a ti mismo». El ejercicio de conocimiento que supone la poesía es insepara­ble de un ejercicio de conciencia, un detenido interrogatorio sobre el yo, o sobre la mismidad, o sobre los procesos que nos constituyen como individuos.

Se trata de darse tiempo, de darse a uno mismo una opor­tunidad cuando parece que el conocimiento no puede dar más de sí. La emoción poética en la lectura y en la escritura permite vivir por un momento la armonía del mundo exte­rior (casi siempre hostil) y el mundo interior (casi siempre necesitado de salir de sí mismo para habitar la realidad). Nos emociona aquello que pone de acuerdo por unos instantes nuestra intimidad con las realidades que vivimos, ya sea en la alegría o en la tristeza. Las palabras adquieren así el valor de la tierra, de la lluvia recién caída, de la luz sobre la piel. Conseguimos vivirnos como verdad, ésa es la tarea del poema.

Pero si decidimos seguir por este camino, tenemos que ser muy precavidos con la palabra verdad. Está, y con razón, muy desacreditada porque todas las formas de poder han buscado legitimarse en la fundación de unas verdades que se han impuesto como valor natural, sentido común y di­námica de que la realidad debe ser así, es así y no puede ser de otra manera. El pensamiento contemporáneo se ha edificado como una sistemática y necesaria puesta en duda de la verdad. Marx, Freud, Nietzsche, el feminismo, el antico­lonialismo han necesitado abrir el mundo con sus sospechas de lo que se esconde en la moral y en la verdad. La confor­midad y la disidencia ante las verdades esenciales han de­ pendido mucho de los lugares ocupados en la jerarquía de la sociedad. La palabra poética enseña a dudar hasta de las cosas que merecen confianza, incluso de las cosas que
merecen ser tomadas por verdaderas, pero es que con mu­cha frecuencia se tiende a confundir los intereses del poder con la objetividad.

De manera que tenemos que ser prudentes con la palabra verdad y, si queremos rescatarla, debemos estar muy pre­cavidos. Poeta precavido vale por dos, es decir, poeta desdoblado en dos para tomar distancia de sí mismo en el esfuerzo de cumplir con Delfos: «Conócete a ti mismo».

Quien quiera acercarse a la palabra verdad no debe sentir­ se nunca en posesión de la verdad, sino procurar no mentirse, no acordar mentiras. Ya no basta sólo con oponerse a los dog­mas; resulta necesario cuestionar lo que respiramos como sentido común. Y para eso es importante dedicarse tiempo, un bien muy escaso y muy desacreditado en una época que naturaliza —y cada vez de forma más acelerada— que el tiem­po es una mercancía desechable. Hacerse dueño del tiempo requerido para preguntar y pensarnos, aprender a esperar al margen de los dogmas y los poderosos medios de control de las conciencias, es el primer requisito para volver a confiar
en la palabra verdad.

La verdad poética no es un dogma, ni una consigna, sino una experiencia pensada de vida. El pensamiento que no cree en verdades esenciales exige la honestidad de no asumir ninguna consigna por encima de la propia concien­cia. El poeta que se toma el tiempo necesario para elegir palabras, matices, perspectivas, toma en serio su propio yo, el deseo de hacerse dueño de su tiempo, su conocimiento y sus opiniones.

Es un acto de responsabilidad. Recordemos a Larra: «El corazón del hombre necesita creer en algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer». El desprestigio de la verdad, el fin de los relatos en el pensamiento neolibe­ral, no sólo alimenta el cinismo del todo vale, nada tiene importancia, nada se puede arreglar, sino también el domi­nio de las mentiras. El tiempo de la esperanza es proclive a las falsas promesas, pero la falta de esperanza nutre la mentira gobernante, como algo que no se puede cuestionar, y el cinismo que se desprende del ejercicio de su conciencia. Hay que mantenerse a resguardo de quien sospecha de la verdad sin ofrecer una alternativa de emancipación ante el poder. La crítica de lo que hay es muy limitada si no abre camino hacia otro horizonte. La verdad es también un compromiso ético de buscar la verdad. Una decisión: la verdad como búsqueda, la verdad como experiencia compartida con el otro, como proceso de descubrimiento y de respuesta, como voluntad de memoria de lo vivido. Ésta es la raíz de la escritura poética.

Imagino un paseo a la orilla del mar. El caminar solitario se siente hermanado con la naturaleza en el atardecer, el tiempo minucioso en el que los estados de ánimo se equilibran con el exterior. Los pasos tienen la lentitud de la conciencia que no quiere sentirse homologada.
 
El dogmatismo es la prisa de las ideas

Aquí junto a las dunas y los pinos,
mientras la tarde cae
en esta hora larga de belleza en el cielo
y hago mío sin prisa
el rojo libre de la luz,
pienso que soy el dueño del minuto que falta
para que el sol repose bajo el mar.

Ésa es mi razón, mi patrimonio,
después de tanta orilla
y de tanto horizonte,
ser el dueño del último minuto,
del minuto que falta para decir que sí,
para decir que no,
para llegar después al otro lado
de todo lo que afirmo y lo que niego.

Ésa es mi razón
contra las frases hechas y el mañana,
mientras la tarde cae por amor a la vida,
y nada es por supuesto ni absoluto,
y el agua que deshace los periódicos
arrastra las palabras como peces de plata,
como espuma de ola
que sube y se matiza
dentro del corazón.

Aquí junto a las dunas y los pinos,
capitán de los barcos que cruzan mi mirada,
prometo no olvidar las cosas que me importan.

Tiempo para ser dueño del minuto que falta.
Pido el tiempo que roban las consignas
porque la prisa va con pies de plomo
y no deja pensar,
oír el canto de los mirlos,
sentir la piel,
ese único dogma del abrazo,
mi única razón, mi patrimonio.
 
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4 Comentarios
  • M.T M.T 09/05/19 06:33

    El valor de las palabras, realzadas en la poesía.
    Bello poema. Gracias, Luis.

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    0

    1

  • Copito Copito 08/05/19 09:44

    No encuentro palabras para decir lo que me ha gustado, lo que me ha hecho sentir esta poesía. Maravillosa.
    Me sobran las palabras, porque esas líneas lo expresan todo.

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    1

  • paco arbillaga paco arbillaga 07/05/19 17:47


    «La verdad es también un compromiso ético de buscar la verdad. Una decisión: la verdad como búsqueda, la verdad como experiencia compartida con el otro, como proceso de descubrimiento y de respuesta, como voluntad de memoria de lo vivido.» Diría que ahí hay una definición de lo que entiendo por comunicación con otro ser humano, con la Naturaleza: la comprensión mutua de lo que se siente, de lo que se piensa, quizá sin estar de acuerdo en todo lo que se comparte.

    Un placer, Luis, leer el regalo de tus palabras, de tu pensamiento, de tu compromiso. Osasuna.

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    1

  • Segedano Segedano 07/05/19 01:14

    Propongo "la prisa de las ideas es el dogmatismo", frente a "el dogmatismo es la prisa de las ideas", como titula G. Montero su poema. Parece lo mismo, pero no es igual. O así me lo parece.

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