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Sueñan los urbanícolas con ovejas merinas

  • Durante el confinamiento, muchos ciudadanos imaginaron un futuro en el campo; pero quizá no en un campo real, sino en uno aseado, limpio, un campo de los domingos
  • Hablamos con Gabi Martínez, Daniel Gascón y Emilio Gancedo, tres escritores que han vivido la experiencia rural en primera persona… o de forma vicaria

Publicada el 13/07/2020 a las 00:00 Actualizada el 13/07/2020 a las 00:55
Un rebaño de ovejas pastorea en el monte.

Un rebaño de ovejas pastorea en el monte.

Jaka Škrlep.

¿Qué es “hacer el reloj” si se te acerca un lobo?, pregunto a Gabi Martínez. "Una táctica para evitar el enfrentamiento. Se trata de quedarte quieto hablando en un tono calmado y en la misma frecuencia mientras vas girando sobre las plantas de los pies, ladeándote para dejar claro que no quieres pelea. Conforme el lobo se mueve, te vas girando y retrocedes. Todo a velocidad extralenta. Hasta que, poco a poco, te vas alejando. Alejando".

Martínez fue aprendiz de pastor en la Siberia extremeña para experimentar la vida que su madre conoció de niña, y lo cuenta en Un cambio de verdad. Daniel Gascón ha preferido disfrutar de la experiencia rural de forma vicaria, colocando a Un hipster en la España vacía y parodiando el choque entre el mundo campestre y la ciudad. "Me quedo unos minutos leyendo La España vacía en la cama", dice Enrique, su protagonista. La culpa de todo va a acabar siendo de Sergio del Molino

"Jaja. Creo que ha tenido el mérito de hacer visible el problema en nuestro tiempo para muchísima gente y de haber dado con una formulación evocadora, elocuente y precisa", le defiende Gascón. El tema, y Del Molino lo muestra, recorre la cultura española, "porque responde a una realidad: hace siglos que la España interior pierde población. Está en novelas de Sender o Llamazares o Moncada, en canciones de Labordeta o Más Birras, en El cielo gira, en trabajos académicos de Vicente Pinilla".

Interviene Emilio Gancedo para atribuir a Del Molino el mérito de poner nombre a algo de lo que se venía hablando desde hacía tiempo sin disponer de un concepto social y político. "La obra, con su poderoso, icónico título, conectó con un público muy numeroso que veía este asunto como lo que es: un desastre sin paliativos, una catástrofe creadora de vastos desiertos demográficos que constituye un fenómeno global pero que, en Europa, resulta especialmente sangrante y sorprendente en el caso de España". Para eso, tuvieron que pasar un par de generaciones hasta que ha llegado una, la suya, capaz de contemplar el asunto con distancia, sin anteojos, "y, me temo, haciendo lo que otros hicieron antes que nosotros: ejerciendo un espíritu crítico y no dando nada por sentado o asumido. En este caso, y muy particularmente, poniendo el foco y el diálogo sobre los supuestos beneficios de ese sacrosanto progreso".

Gancedo es autor de Palabras mayores, un viaje en busca de existencias veteranas que hablasen con el más claro de los idiomas en estos días de confusión. Los hemos convocado cuando a unos les ha dado por pensar en la posibilidad de abandonar la gran ciudad y a otros, a ellos, les ha dado por escribirlo.

Encerrados en la gran ciudad

Venimos de unos meses extraños en los que un virus invisible que aún nos amenaza nos ha obligado a vivir confinados, sin disfrutar de muchas de las ventajas de la ciudad. "El encierro parecía más duro y la vida cotidiana más amenazante que en un pueblo —dice Daniel Gascón—. La crisis hace que te plantees si no sería mejor irte a un sitio más barato. Pero me parece difícil que lo haga mucha gente, o que los que vayan vuelvan a un lugar rural. Tendría más sentido irte a una ciudad más pequeña, donde haya una red familiar, pero puedas seguir haciendo un trabajo parecido al que tenías en la gran ciudad, o incluso el mismo".

Curiosa e incluso paradójicamente, el menosprecio de corte y la alabanza de aldea los encontramos desde que el hombre comenzó a erigir ciudades, lo cual a Gancedo le parece muy significativo. "Muchas veces he oído esos deseos, y varias veces he visto cómo gente de la ciudad se asentaba en el campo con alegría y optimismo, y con buenos resultados. Pero era gente que, ya de antemano, sabía lo que es el medio rural, que había tenido mucho contacto con él, que conocía los pros y los contras (que no son pocos)". Era un cambio largamente ansiado y preparado. "El problema está en que la gente de las ciudades cada vez conoce menos del campo (y en muchos casos, ni quiere conocer) y esa distancia, ese alejamiento, supone un cisma muy característico de nuestros días".

No era el caso de Gabi Martínez, que tras escribir sobre muchos lugares del mundo, movido por el deseo de acercarse más a su espacio, su familia, su tierra, cada vez más atento a cuestiones medioambientales ("y eso también incumbe a la ética"), se animó a saltar el abismo que media entre deseo y acción. "Vivir cerca de la naturaleza es una alternativa que está ahí desde hace mucho, pero durante años desde las ciudades se ha asociado campo a pobreza y abandono, mientras que las ciudades emergían como símbolo de libertad y dinero. Ahora parece que hay un intento por idealizar el campo, por envolverlo en bucolismo. El resultado, claro, es un retrato falso".

Un sueño sin sombras. "Un campo de los domingos", en expresión de Gascón, "un poco abstracto, con menos aristas, con menos olores, incluso con menos vida social, con una conciencia medioambiental más cercana a la del ecologista urbano que a la de quien tiene una relación más concreta y a veces productiva con la naturaleza". "Un escenario", remacha Gancedo, "un lugar hermoso (o no) en el que pasar ciertos ratos de ocio. Pero el campesino, que ya prácticamente no existe, vivía en su interior. El urbanita está fuera, el campesino dentro". Así, donde el ciudadano ve árboles, sin más, el habitante del campo ve castaños, o robles, o chopos, que son suyos o no, que le pueden dar un rendimiento, que hay que talar por esta u otra razón; el urbanícola suele querer para el campo hermosura, limpieza, autenticidad, naturalidad, y el habitante del medio rural demanda, sencillamente, trabajo, sanidad, educación, cultura. "A veces no es fácil poner de acuerdo a ambos".

El trato pasa, defiende Martínez, por empoderar al campo como se empoderan algunos colectivos, y crear un relato ganador, de espacio lleno de posibilidades donde alguien de ciudad pueda imaginarse viviendo de verdad y a gusto, pero no como si estuviera en un sueño. La clave está en el respeto mutuo "y por tener claro —añade Gancedo— que el medio rural necesita habitantes, que no puede ser solo un frío, monótono (e insano) polígono agroindustrial ni un espacio natural protegido donde prácticamente cualquier aprovechamiento está prohibido; pero, sobre todo, por mostrar y ejercer un absoluto respeto a los usos antiguos y a las costumbres de la gente que, a fin de cuentas, ha venido modelando esos paisajes". En palabras de Martínez, para quien llega, el reto es asumir "que ir al campo implica cambiar muchos usos cotidianos. ¿Estamos dispuestos a cambiar?"

Porque si hay que ir, se va, pero ir para nada es tontería

Queda escrito que Gancedo es el autor de Palabras mayores, un viaje de seis meses recorriendo España a la búsqueda no solo costumbres, hábitos, palabras y ritos que casi han desaparecido de nuestro paisaje humano (que también) sino, ante todo, para conocer y difundir "esos valores de solidaridad, de humanidad, de humor, de filosofía natural y de resistencia frente a los obstáculos más extraordinarios son los que realmente me interesan, y que me pareció importante subrayar para ver si —aunque sea un poco— podemos encontrarles acomodo en nuestra hiperindividualizada, agresiva e hipnótica vida moderna". Un objetivo quizá secundario era mostrar la extraordinaria riqueza y diversidad de las culturas y las lenguas que pueblan España, "algo que muy habitualmente se muestra de un modo negativo, teñido de política y partidismo, pero que resulta maravilloso si se muestra en su estado natural, el estado de la gente que vive inmersa en ellas con toda naturalidad".

Gancedo se ofreció como notario de una realidad que otros le contaban; Martínez, al que conocíamos por sus viajes del uno al otro confín del mundo, se imaginó protagonista de una aventura extrema mucho más cerca, en la Siberia extremeña. La experiencia ha resultado distinta de todas las demás debido a la implicación emocional ("por mis raíces") y física ("por el trabajo diario" pastoreando) con el territorio, pero igualmente enriquecedora. He aprendido, dice, "a tranquilizarme cuando por la noche ladra la mastina, a localizar espárragos, sacar ovejas atrapadas en vallados... palabras, refranes... a apreciar aún más el valor de la biodiversidad. La dehesa es el espacio más biodiverso del mundo, y resulta que es una tierra intervenida por el ser humano. El ejemplo de que, cuando respetamos el entorno, todos salimos ganando".

Descubrir el rebaño de oveja negra criado en ecológico le hizo profundizar en las inmensas posibilidades de lo alternativo, de lo que para muchos parece residual, incluso inútil. Las ovejas negras empezaron a ser eliminadas hace siglos porque su lana no se podía teñir, y se las estigmatizó por no resultar rentables. "Oveja negra. Como símbolo de lo improductivo, de lo que no sirve. Como todos esos apicultores, pastoras, queseras, espontáneos rescatadores de animales, toda esa gente imprescindible para que la vida sea espléndida, pero sobre la que tan poco sabemos. Sus existencias e ideas hay que comunicarlas mucho y en positivo".

A Gascón, al que apelé como autor de una obra de ficción, le pido que asuma un papel ingrato: ahora, cuando criticar las ciudades está de moda, ¿te animas a defenderlas?

"Son caras, sucias y ruidosas. Muchas cosas del mundo rural son muy atractivas y algunos aspectos de calidad de vida son mejores. Pero en la ciudad tienes también el paseo urbano, las salas de cine que un día recuperaremos en su capacidad, el teatro y los conciertos, los museos, las librerías y los restaurantes de muchos sitios. Y sobre todo tienes dos cosas que pueden parecer paradójicas, pero son las que más me gustan: la sensación de anonimato y que hay mucha gente. Lo que más me gusta de la ciudad es ver a mis amigos y conocer a gente nueva".

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1 Comentarios
  • Larrauri Larrauri 13/07/20 13:44

    Muy interesante. Y efectivamente un retrato falso muy idealizado y romantico el de la vida en el campo y la relación de sus habitantes con la naturaleza y el resto de especies. Desde mi modestisima experiencia, nacido y criado en ciudad para con los años trabajar en las zonas rurales y vivir en un pueblo, hay muchos mitos y prejuicios que derribar.Para empezar hay que decir que en este pais apenas hay un salto de dos generaciones (a veces una) entre los llamados urbanitas y agricultores o campesinos(no me gusta el termino , creo que tiene connotaciones negativas) y en muchas zonas no hay tanta distancia. Hay cierto maniqueismo en ese discurso , ruralita -urbanita y se ha exacerbado por cuestiones electorales con mucha demagogia por medio. No me parece y lo vivo o percibo que la gente de las ciudades sea tan desconocedora del campo y menos que mire por encima del hombro a sus habitantes, antes bien suelen admirarlos con curiosifdad y respeto.Del otro lado encuentro hospitalidad pero tambien motivo a este nuevo discurso que carga mucho las emociones y ensalza la necesidad del sector primario, percibo demasiado orgullo. Pero sobre todo...mucho cuidado con asociar sin más la vida de los pueblos y la agroganadería con conservar la naturaleza...es una falacia alimentada en los últimos tiempos por electoralismo.Por último hay que empezar a desmitificar al lobo. Es muy bonito y romantico como fabula su imagen de fiera pero es otra falacia que sea peligroso. En pleno siglo XXI ya es hora de acabar con estos mitos irracionales y otros...nadie ha muerto de cornada de burro.

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