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Vida (y cine) en las residencias: 'El agente topo' y otras películas en las que los viejos cuentan

  • Las productoras españolas del documental nominado al Oscar reivindican la dignidad de las personas mayores: “Nunca es tarde para la vida, para la amistad y para el amor”
  • Un año después de los peores momentos del drama de las residencias, la aclamada película hispanochilena aborda la “pandemia de la soledad” que ya asolaba estos centros
  • El cine tiene un papel clave en la iconografía con la que pensamos el día a día de los mayores, normalmente asociada a la falta de motivaciones y emociones
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Publicada el 24/03/2021 a las 06:00
Fotograma de 'El agente topo'.

Fotograma de 'El agente topo'.

BTeam Pictures

La tragedia en las residencias de mayores provocada por la crisis del covid-19 ha puesto en cuestión el trato que recibe un grupo de edad especialmente vulnerable. La cobertura de infoLibre sobre este tema de vital importancia ha culminado en ¡Vergüenza! El escándalo de las residencias, libro en el que Manuel Rico cuestiona de forma exhaustiva el modelo y la titularidad de estos centros. La dureza de la situación vivida durante este último año, que por fortuna la llegada de las vacunas ya está mitigando, ha servido al menos para poner sobre la mesa las reivindicaciones de las personas ancianas. Una población olvidada, siempre asociada a la soledad, la dependencia y el mero deambular por el fin de la vida.

La dignidad de un mal espía

La película hispanochilena El agente topo (2020), estrenada en cines este 19 de marzo, es la última aproximación a la existencia oculta de las personas mayores en residencias. Lo hace de una forma cuanto menos sorprendente, tanto que le ha valido una nominación al Oscar a mejor documental: a través de un infiltrado que debe informar de todo lo que presencie en el centro a un detective privado contratado por la madre de una de las residentes. Así, la propia filmación es una herramienta más del ‘espionaje’. Para acercarse a la realidad se vale de una triquiñuela, ya que los internos y responsables de la residencia creían que el propósito de la película era simplemente registrar el día a día del lugar.

Maite Alberdi, la directora, definió este engaño de partida como “una pequeña mentira blanquita”. Lo cuenta María del Puy Alvarado, junto a Marisa Fernández Armenteros una de las productoras españolas de El agente topo (como las dos destacan, se trata de una película liderada en su mayoría por mujeres).

No ocultan la emoción y el cariño que les ha despertado el proyecto desde su temprana incorporación al mismo. Coinciden en la importancia de reivindicar la dignidad de los mayores, como remarca Fernández Armenteros: “Una de las cosas que más me emocionó es la dignidad de nuestro agente topo, que se revela contra el propio detective que le contrata”. Del Puy Alvarado cree que el documental “evidencia las costuras del sistema social mundial en muchos aspectos, una de las cuales es la relación que tenemos como sociedad y como personas individuales con nuestros mayores”.

La fundadora de la compañía Malvalanda introduce una cuestión imprescindible para entender esta problemática: “Nuestra generación no sabe muy bien cómo encargarse de los mayores, estamos muy metidas en unos ritmos de trabajo que hacen que este sea un tema sobre el que reflexionar”.

En torno a esta idea orbita la gran paradoja de la vejez actual que ilustra El agente topo. Por un lado, las personas ancianas se ven abocadas a desarrollar una mayor independencia ante unos cambios laborales y sociales que no han ido acompañados de una apropiada legislación que fomente la conciliación. Al mismo tiempo, se las sigue representando como personas despojadas de agencia, sin motivaciones ni emociones. Es decir, mientras les abocamos a una mayor autosuficiencia les imaginamos incapaces ni siquiera de sentir.

Sergio, el agente topo del título, refuta completamente estas concepciones. “En este viaje demuestra que nunca es tarde para la vida, para la amistad y para el amor”, apuntan ambas productoras. Destacan que es posible realizar todas estas reivindicaciones a través de una película “tierna, amable, alegre y divertida, ¡una película de espías!”.

Marisa Fernández Armenteros puntualiza que, pese a lo que la premisa o el desgraciado contexto que vivimos pudiese hacer pensar, no se trata de un documental sobre las negligencias en estos centros: “Aquí se está hablando de quién va a ver a esos mayores, de cómo pasan el tiempo. Se trata de analizar qué son estos mayores, dónde los queremos ver en una sociedad de la sublimación del éxito y de la belleza”. No obstante, María del Puy Alvarado dice estar convencida de que “cuando tengamos la perspectiva necesaria habrá películas de terror sobre lo que pasó en las residencias”.

En este sentido, Fernández Armenteros reconoce que la crisis del coronavirus “ha colocado la película en otro sitio”. “En el Festival de Sundance las carcajadas y las risas suceden en algunos momentos que en San Sebastián habían desaparecido”, cuenta. La creadora de la productora Buena Pinta Media recuerda unas palabras de la directora Maite Alberdi: “Es una película sobre la pandemia de la soledad entre los mayores, que era previa a la pandemia que hemos vivido”.

Imágenes de la vejez: resignación, miseria y hastío

Como demuestra El agente topo, el cine juega un papel clave en la concepción que tenemos de las personas mayores. Sin embargo, no siempre repercute en avances. La vejez suele vincularse a las ideas de experiencia, sabiduría o incluso misterio. Pero también al hastío, la muerte o la corrupción (solo hay que pensar en la iconografía de las brujas en la ficción animada).

Si algo define a estos personajes es la resignación, están abocados a aceptar que son un estorbo para sus hijos, y por extensión para la sociedad. Dos obras maestras como Dejad paso al mañana (Leo McCarey, 1937) y Cuentos de Tokio (Yasujiro Ozu, 1953) exponen con enorme sensibilidad esta problemática, que con el marcado envejecimiento social de numerosos países solo se ha intensificado.

En el caso de las residencias, los imaginarios que el cine construye se orientan mucho más hacia estas connotaciones negativas. Cuando se combinan con corrientes cinematográficas como el cine de autor europeo de la miseria, surgen películas de apariencia formal sobria pero profunda insensibilidad como Godless (Ralitza Petrova, 2016). En esta película búlgara, galardonada con el Leopardo de Oro del Festival de Locarno, la cámara solo atiende a los mayores para mostrar su vulnerabilidad de forma nada pudorosa. Más que personas, son seres sin voluntad que sufren las consecuencias de las actitudes inhumanas del resto de personajes, que son los que tienen aristas por despreciables que sean.

La taquillera película sueca El abuelo que saltó por la ventana y se largó (Felix Herngren, 2013), basada en el bestseller homónimo, presenta la residencia como el hiato entre las aventuras del protagonista. Un lugar en el que su vida, siempre llena de emociones, se vuelve monótona y rutinaria. Cuando escapa de ella, la aventura regresa. Llama la atención, sin embargo, que en una historia que parece reivindicar la vida proactiva de los mayores el protagonista sea interpretado por un actor bajo capas de maquillaje que en aquel momento tenía apenas 46 años.

Derecho a querer y odiar

Por suerte, hay cineastas que han entendido como en la vida de los mayores en las residencias las alegrías, decepciones y sufrimiento se entremezclan, como en la de cualquier persona. Sucedía con la película de Ignacio Ferreras Arrugas (2011), una de las cimas de la animación española por su capacidad de trasladar a la pantalla el equilibro tonal y emocional que Paco Roca logró en el cómic original.

Es también el caso de la actriz y directora canadiense Sarah Polley, que en su ópera prima Lejos de ella (2006) demostró una enorme madurez. Cuando una mujer (interpretada por Julie Christie) comienza a dar síntomas de Alzhéimer, pide a su marido que la ingrese en una residencia. Lo más interesante es que el avance de la enfermedad no convierte a la protagonista en un personaje pasivo, sino que incluso acrecenta sus claroscuros. Comienza una relación con uno de los internos y pasa a ver a su esposo casi como un extraño. Desde el inicio se nos dan pinceladas sobre una posible infidelidad de este en el pasado, por lo que sobrevuela la idea de que su mujer pueda estar llevando a cabo una ‘venganza’, consciente o no.

Además, Polley muestra una visión de la residencia mucho más ambigua. Reivindica el trabajo, el compromiso y la empatía de las trabajadoras, pero no renuncia a criticar de manera sutil la burocratización deshumanizante en la gestión de los centros.

Curiosamente, un hombre como Ricky Gervais, normalmente asociado al humor más zafio, demostró una sensibilidad similar. Puede que Derek (2013-2014) no sea su serie más divertida, que la combinación entre comedia salvaje y sentimentalismo desbarre por momentos o que ver a Gervais interpretar a un personaje con una discapacidad mental no haya envejecido bien. No obstante, la comedia pone sobre la mesa las posibilidades de tejer y fortalecer vínculos simbióticos entre distintos grupos sociales, en este caso mayores y personas con diversidad funcional.

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