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Treinta años no es nada

  • infoLibre publica un extracto de Emergencia climática (Libros.com), ensayo en el que cinco profesionales abordan el presente y el futuro de la lucha contra el cambio climático

Santiago Sáez
Publicada el 05/06/2021 a las 06:00

Emergencia climática (Libros.com, 2021) salió a la venta este pasado jueves 3 de junio, en vísperas del Día Mundial del Medioambiente que se celebra este sábado, dentro de la línea Compromiso que la editorial desarrolla en colaboración con la Fundación La Caixa y que dirige Javier Bauluz. En este libro se dan cita los autores Beatriz Felipe, Santiago Sáez, M.ª Ángeles Fernández, Jairo Marcos y Laura Villadiego para abordar "una realidad concreta y cercana que nos concierne a todos": la crisis climática. Un reto de primer nivel para toda la Humanidad, con repercusiones en la política, la economía y la sociedad: y que, si no se le pone freno, afectará de manera más grave a los más vulnerables. 

infoLibre publica un extracto de la obra, a cargo del periodista especializado en cambio climático Santiago Sáez:


Treinta años no es nada

Calor. El asfalto de las calles de Washington D. C. se reblandecía bajo los pies de los viandantes. Las temperaturas batían récords en la capital estadounidense, que vivía una de sus peores olas de calor hasta la fecha. En el Capitolio, donde se alojan las dos cámaras del Parlamento de Estados Unidos, el aire acondicionado no funcionaba. Calor. Sudor.

Corría el 23 de junio de 1988, y un hombre de ojos claros y pelo fino que empezaba a clarear se presentaba ante el Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado de Estados Unidos para ofrecer su testimonio experto sobre un tema que empezaba a resonar en prensa, pero que casi nadie entendía todavía en toda su magnitud. James Hansen, entonces director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, sudando a chorros, pronunció unas palabras que ya forman parte de la historia: "El efecto invernadero ha sido detectado, y ya está cambiando nuestro clima".

Más de tres décadas después, nubes amenazadoras empañaban el horizonte de Beira, la cuarta mayor ciudad de Mozambique. A pesar de los avisos de James Hansen y miles de sus compañeras y compañeros científicos a lo largo de los años, la catástrofe estaba a punto de llegar. Una catástrofe más. Idai, el ciclón más destructivo de la historia del país africano y uno de los peores desastres naturales de la historia del hemisferio sur, tocaba tierra el 4 de marzo de 2019. Miles de personas perdieron la vida, muchas continúan desaparecidas. Millones lo perdieron todo en Mozambique, Malaui y Zimbabue. Beira quedó totalmente devastada.

Es un error pensar en el cambio climático como un par de grados más o menos. James Hansen lo dijo, y en 30 años no hemos hecho más que confirmarlo. Estamos ante un cambio de dimensiones inauditas. Nunca nuestra especie vivió en un planeta así. Nunca nuestra especie respiró este aire ni se enfrentó a consecuencias de una fuerza tan devastadora.

El cambio climático, que se produce por la acumulación de gases de efecto invernadero procedentes de actividades económicas como la quema de combustibles fósiles, es una emergencia en toda regla. Y la humanidad, como un conejo paralizado ante el coche que se aproxima, no reacciona.

Ciclones, olas de calor y de frío extremo, deshielo, incendios forestales, plagas de langostas, enfermedades infecciosas, extinciones… Eventos naturales cada vez más graves, cada vez más frecuentes y cada vez más extendidos. Y este es solo el principio de una historia que, aunque desesperada, aún no está escrita.

Treinta años no es nada. No son nada para la gran industria de los combustibles fósiles y sus allegadas, que no han perdido tiempo en sembrar la duda y, a veces, negar directamente los efectos de sus productos sobre el clima. Con un guion sacado literalmente del libreto de las grandes tabacaleras, los gigantes del petróleo, el gas y el carbón han utilizado estas tres décadas para asegurarse de que sus inversiones estuvieran a salvo.

Las temperaturas alcanzadas en agosto de 2020 convertirían en una ridícula anécdota la ola de calor de 1988 en Washington D. C. En el estío que inauguraba la era de la COVID-19, el consenso científico sobre el cambio climático es ya avasallador. Al menos el 97 % (probablemente más cerca del 99 %) de la comunidad científica está de acuerdo en que el calentamiento global y sus consecuencias son reales, medibles y las produce la actividad humana.

Por desgracia, la más absoluta certeza de que nos enfrentamos al mayor desafío de la historia no parece ser suficiente. Hoy, con una clase política cautiva de las donaciones y la infraestructura que proporcionan los combustibles fósiles, con una sociedad desasosegada ante la inseguridad económica y la violencia política, podría parecer que todo está perdido. Que este planeta que llamamos hogar, esta canica azul flotando en el espacio, está condenado a dejar de sernos habitable. Y, sin embargo, la lucha no ha hecho más que empezar. Porque 30 años no es nada y hoy vuelven a empezar.

Impactos

Groenlandia. Mozambique. California. Australia. Brasil.

Badalona.

La estantería de tu supermercado.

Tus riñones.

Durante mucho tiempo, en los círculos profesionales de la comunicación del cambio climático, el oso polar adquirió el estatus de símbolo. El majestuoso depredador ártico tenía muchos motivos para serlo: su hábitat, las costas del Ártico, fue de los primeros en verse visiblemente afectados por el cambio climático.

Las imágenes se repetían: osos polares en equilibrio precario sobre minúsculas plataformas de hielo. Osos polares famélicos. Osos polares nadando en un mar en calma, bajo un sol de justicia. Caricaturas de osos polares.

En enero de 2020, no obstante, el oso polar quedaba ya muy lejos en el imaginario colectivo de la comunicación climática. Tan lejos como el Ártico. En su lugar, el Puente del Petróleo, una de las imágenes más reconocibles de Badalona, amanecía desgarrado por el fuerte oleaje de la borrasca Gloria. El cambio climático, de repente, ya no era un gigante blanco y peludo sobre un precario trozo de hielo.

Una de las características más difíciles de comunicar del calentamiento global son sus múltiples impactos, que abarcan desde el fondo del océano hasta las cumbres del Himalaya, y desde lo más profundo de la jungla amazónica hasta el centro de salud de cualquier barrio. Desde el oso polar hasta el Puente del Petróleo.

Algunos de estos impactos son de sobra conocidos: incendios, sequías, inundaciones y huracanes. Deshielo y desertificación. Olas de calor. Otros, en cambio, lo son menos, como los que afectan a la salud, a la economía o a la agricultura.

Imagina un dado normal y corriente de seis caras. Al lanzarlo, existe una posibilidad entre seis de obtener cualquiera de los números. Ahora imagina que ese dado está trucado, y que el número cuatro tiene un ligero peso añadido que favorece las posibilidades de que salga. Ahora, si lanzamos el dado, podemos obtener cualquiera de los seis números, pero el cuatro aparecerá más que ningún otro.

¿Significa eso que en un dado sin cargar el cuatro no saldría? No. ¿Significa que cada vez que el cuatro salga en el dado cargado haya sido por la carga? No. ¿Significa que siempre vaya a salir el cuatro? Tampoco. Significa que la frecuencia aumentará, pero no puede atribuirse el resultado de ninguna tirada individual a la presencia de la carga.

El cambio climático funciona de una manera similar: en general, y aunque existen excepciones, ningún evento meteorológico extremo puede atribuirse directamente al calentamiento global. El aumento de las temperaturas tan solo aumenta (o reduce) las posibilidades de que ocurra.

Y aunque el Puente del Petróleo de Badalona, destrozado por la borrasca, pueda funcionar como símbolo de los impactos del cambio climático, sería un error pensar que estos son siempre violentos y espectaculares. Los impactos, casi omnipresentes, están en cada rincón para los ojos que saben dónde mirar. Un aumento del precio de los alimentos. Un incremento en los partos prematuros. Un nuevo caso autóctono de una enfermedad tropical. Lejos queda el oso polar.

Estos son algunos de los que afectan a la península ibérica, según datos de 2019 de la AEMET.

Desertificación

España es el país más árido de Europa, y el desierto llama a nuestras puertas. El cambio climático altera los patrones de precipitación, haciendo que tanto las sequías como las lluvias torrenciales sean más habituales. El calor aumenta la evapotranspiración, resecando los suelos y haciendo más complicada la adaptación de las especies vegetales autóctonas. En los últimos 30 años, las zonas con un clima semiárido (como el que existe en las provincias de Murcia y Almería) han crecido en 30.000 kilómetros cuadrados (un 6 %), afectando sobre todo al sudeste, Castilla-La Mancha y el valle del Ebro.

Veranos interminables, noches de insomnio

Las temperaturas en España han aumentado en todas las estaciones, pero este incremento es particularmente notable en primavera y verano. Cada década, las temperaturas veraniegas duran nueve días más, lo que significa que los estíos son ahora casi cinco semanas más largos que a principio de los años 80.

Cualquier persona de este país, sobre todo si vive en la costa mediterránea, sabe lo que es quedarse una noche en vela por las altas temperaturas. Pues bien, las noches tropicales (aquellas en las que la temperatura no baja de 20 ºC) son cada vez más habituales en el sur y el este de la Península, llegando en algunas zonas a superar las 60 noches al año.

La temperatura se sufre más en las ciudades por el efecto isla de calor. El afán constructor es un aliado fiel del cambio climático.

Olas de calor

El calentamiento global representa un aumento de la temperatura media, pero este aumento no es uniforme: sus extremos también se agudizan. La frecuencia y la intensidad de estos fenómenos crece con el cambio climático. Esta tendencia es preocupante, puesto que la mortalidad se dispara a partir de cierta temperatura umbral (que varía según el lugar). Afortunadamente, como explicaba el doctor Julio Díaz en Climática, nuestro país está sabiendo adaptarse a estos eventos, y cada vez hay que lamentar menos muertes.

No obstante, menos muertes no significa ninguna muerte, y la reducción no es igual para todo el mundo. Las personas trabajadoras y las mujeres sufren el calor más que otros sectores demográficos.

Incendios forestales

Los incendios forestales son eventos tremendamente complejos, en los que influyen gran cantidad de factores difíciles de cuantificar. Desde su ignición a su propagación, y de ahí a su extinción, hay que tener en cuenta multitud de elementos sociales, económicos y demográficos. La despoblación del medio rural, así como la falta de recursos y prevención, son clave para comprenderlos.

Y sin embargo, el cambio climático juega un papel crucial en el riesgo, cada vez mayor, de incendios catastróficos. Los patrones de precipitación, cada vez más erráticos, suponen a menudo largos periodos sin lluvia, que desecan la vegetación y el suelo en el monte. Otras veces, las precipitaciones caen muy concentradas en el tiempo, favoreciendo un crecimiento explosivo del matorral que, después, queda muy seco. Las altas temperaturas hacen el resto.

España, al igual que el resto de la cuenca mediterránea y otras zonas de clima similar, como California o el sureste de Australia, está entre las regiones más vulnerables del mundo a estos eventos.

Inundaciones

En España, el cambio climático tendrá efectos distintos en las inundaciones según hablemos de cuencas hidrológicas grandes o pequeñas. En las cuencas de los grandes ríos las inundaciones serán menos habituales, por la mayor evaporación y la disminución de la cantidad de lluvia a nivel general. Sin embargo, al tiempo que el cambio climático hará las precipitaciones más escasas, también las hará más torrenciales (acumulándolas en el tiempo), por lo que en las cuencas más pequeñas (como las de la costa del Mediterráneo) son esperables más inundaciones. De hecho, estas ya se están produciendo. Pregunten en Badalona.

Nuevas enfermedades

En 2004 se detectó por primera vez en España una colonia de mosquito tigre. El parásito había conseguido hacerse fuerte en Sant Cugat del Vallès (Barcelona). Para 2008 ya se había extendido a 55 localidades catalanas. Desde entonces, el Aedes albopictus se ha hecho "imposible de erradicar" en nuestro país, según contó al Heraldo de Aragón Jorge Galván, subdirector de la Asociación Española de Empresas de Sanidad Ambiental (Anecpla).

La llegada del mosquito tigre no es casual, ni tampoco banal. El aumento de temperaturas favorece la presencia de estos insectos, que también se benefician de la frecuencia cada vez mayor de sucesos meteorológicos extremos, como inundaciones. Y con el Aedes albopictus llegan nuevos desafíos para la salud: en 2018 se detectaron en España los primeros casos de dengue autóctono, y en el verano de 2020 murieron varias personas en Andalucía por la fiebre del Nilo occidental. También se han detectado otras enfermedades tropicales, como el chikungunya.

 

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