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Los libros

'La topología de la violencia', de Byung-Chul Han

  • El filósofo achaca enfermedades como la depresión o el déficit de atención por hiperactividad al fenómeno de la autoexplotación
  • El autor plantea que el individuo desplaza hoy la violencia al interior de uno mismo, a pesar de las apariencias de prosperidad y libertad 

Publicada 23/12/2016 a las 06:00 Actualizada 22/12/2016 a las 20:02    
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La topología de la violencia
Byung-Chul Han

Herder 
Barcelona

2016

Portada de La topología de la violencia, de Byung-Chul Han.El libro que nos ocupa se caracteriza por la peculiaridad de haber sido escrito por un coreano en lengua alemana, pero poseer un distintivo aire francés en su contenido y modo de exposición. Es cierto que puede parecer forzado en estos tiempos cualificar un libro como escrito siguiendo un modus nacional, pero esta aseveración la justifican no solo su estilo o forma de argumentación, sino los autores con los que entabla diálogo en el libro.


Hasta hace no mucho, el mundo filosófico anglosajón mostró casi exclusivamente características muy propias, modeladas en la ciencia y el positivismo lógico, que lo separaron de lo que se dio en llamar filosofía continental. Por décadas, los filósofos entrenados en la filosofía anglosajona harían ascos de cualquier producto proveniente del Continente, especialmente de los franceses, en cierto modo. El conocido filósofo A. J. Ayer llegó a decir, al ser preguntado sobre la obra de Heidegger, “Preposterous” (absurdo, ridículo), indicando su absoluto desdén por tal tipo de filosofía, viniera de donde viniera. De igual manera, buena parte de la filosofía continental no tuvo en cuenta a la filosofía de otras corrientes a la hora de ejercer su oficio, lo que originó una relativa disparidad en los estilos filosóficos de las naciones, incluida Alemania, la cual tenía su propia y sesuda tradición.

De un tiempo a esta parte las cosas han cambiado, sin embargo, y he aquí que un filósofo nacido en otro continente, cuya formación inicial la hizo en metalurgia, ha producido una serie de libros de mucho éxito en la comunidad filosófica internacional. La globalización tendrá que ver algo con este fenómeno, pero a ello no es ajeno el estado en que se encuentra la filosofía y el mundo intelectual en general, sin una clara visión sobre el rol del intelectual en el mundo digitalizado del momento.

Byung-Chul Han prosigue en este libro su análisis de la sociedad contemporánea, después de libros como La sociedad del cansancio o La sociedad de la transparencia, centrándose en este caso en la violencia, que, según sus tesis, es omnipresente en la sociedad tardomoderna, aunque no se perciba como tal. En el pasado, de acuerdo a Han, la violencia social era externa, flagrante, basada en la relación del sujeto subordinado con el soberano, en la que la vida o la muerte se deciden unilateralmente, desde la instancia de autoridad. A este tipo de sociedad la llama "de la decapitación", pues la voluntad es ajena al sujeto, y el poder se ejerce con carácter absoluto. Más tarde, la sociedad evolucionaría hacia una sociedad disciplinaria, en la que las relaciones estructurales perpetúan un estado de dominación del poseedor del capital sobre las masas trabajadoras. En su terminología llama a esta sociedad una "de la deformación", por su capacidad de formar a su antojo las necesidades de la explotación capitalista y la identidad de los sujetos involucrados. En nuestros tiempos, la violencia se ejerce desde dentro, pues cada ciudadano la ejerce sobre sí mismo, y se genera el fenómeno de la autoexplotación, en el cual el ser humano ejerce su libertad para encarcelarse a sí mismo en un individualismo que satisface las demandas del capital y la globalización. Han caracteriza a esta sociedad como la sociedad "del rendimiento", que produce fenómenos psíquicos como la depresión, o el burnout y el déficit de atención por hiperactividad.

Mientras que en las sociedades que nos anteceden la violencia operaba por negatividad, esto es, incitando una reacción inmunológica, de defensa, pues las líneas de confrontación eran claras, hoy día el problema sería un exceso de positividad, que ofusca toda negatividad y desplaza la violencia al interior de uno mismo, a pesar de las apariencias de prosperidad y libertad que prevalecen. Con estas ideas, Han entabla un diálogo con algunos pensadores que le han servido de contraparte o de inspiración, como Schmitt o Ehrenberg o Foucault, el cual es una obvia referencia en su armazón conceptual, por su análisis de la violencia estructural y de la presencia del poder en las relaciones de la sociedad disciplinaria.

Pero Foucault no tuvo tiempo de asistir a la emergencia de una sociedad en la que las relaciones de poder se difuminan y se interiorizan, en las que la ideología y las líneas de confrontación han desaparecido, y en la que la transparencia elimina toda subjetividad negativa o crítica con el sistema que uno ha interiorizado. De la misma manera, Han critica a Negri, por ejemplo, por mantener un marco conceptual marxista de análisis, ya que las clases han desaparecido y solo existe un sistema único, que exige de uno la participación en el sistema global del capitalismo, que, a pesar de invadir nuestra intimidad, se presenta como un sistema de positividad y libertad absolutas, en el que las identidades son fluidas y moldeables, a diferencia de la sociedad disciplinaria, donde las identidades eran fijas.

A la sociedad moderna la llama Han, como dijimos, sociedad del rendimiento, pues el valor de la realidad y de los individuos se establece sobre la base de su producción económica y de su contribución al crecimiento del sistema, lo que ocurre con la anuencia de los que participan, embriagados por la positividad presente de consumo infinito, comunicación global, despliegue constante de la intimidad, sin lugar al misterio o al secreto, dado que el sistema nos necesita con ilusión de libertad y con disposición para el consumo, a fin de funcionar a cabalidad. Para lograr este estado de cosas, la sociedad requiere de nosotros la autoexplotación, en la que víctima y verdugo son lo mismo, esto es, ejercer una violencia íntima que nos lleva al cansancio, al infarto social y a la depresión, la enfermedad por excelencia de esta sociedad de violencia microfísica.

El problema con este tipo de interpretaciones omnicomprensivas, que pretenden dar cuenta de un gran rango de fenómenos, es que acaban de perder de vista la realidad empírica más elemental, como en aquella anécdota en que le preguntan a Hegel sobre la ausencia de concomitancia entre sus ideas y la realidad y responde: “Tanto peor para la realidad”. Han pretende explicar, por ejemplo, la presencia masiva de enfermedades como la depresión o el déficit de atención por hiperactividad por el exceso de positividad. En sus palabras: “La violencia microfísica, al contrario, des-interioriza al sujeto dispersándolo (...) con un exceso de positividad. Las enfermedades psíquicas, como el trastorno por déficit de atención por hiperactividad, serían consecuencia de esta dispersión destructiva… La dispersión carece de la negatividad del otro. Remite a un exceso de lo mismo”. Me pregunto a cuántos padres de niños con esta enfermedad les satisfaría una explicación de este tipo. Incluso podrían sentirse culpables de haberle dado al niño demasiada positividad, dado que han sido hasta entonces los principales agentes de influencia social en su crecimiento. Si Han se refiriera expresamente, cosa que hace solo tangencialmente en el caso del psicoanálisis, a la influencia de la sociedad en la categorización de ciertas enfermedades, el análisis podría ser más ajustado a los hechos. Pero atribuir esta enfermedad al influjo de una sociedad del rendimiento excede los límites de lo razonable.

Lo mismo puede decirse de su atribución de la depresión a un exceso de positividad. No sé qué tan alambicada tiene que ser la definición del concepto de positividad como para que se le pueda decir a un depresivo clínico que lo que le ha asaltado es nada más que un exceso de positividad. Soy consciente de que su noción de positividad –que Han nunca define o se toma el trabajo de elucidar— implica la idea de un positum excesivo de datos y de posibilidades en la sociedad tardomoderna, que eliminan la subjetividad y la dispersan en una red global de conectividad y de transparencia, pero si alguien pretende llevar el análisis al terreno de la empiria, no estaría mal tomar en cuenta los datos de la ciencia natural, que incluyen la disponibilidad genética para adquirir o desarrollar enfermedades psíquicas, los resultados de la neurofisiología y la dinámica de las catecolaminas, cosas que Han jamás hace. Si bien su entramado conceptual es coherente dentro de su premisas, como lo era el del desdeñoso Hegel, omite referirse a los resultados de las ciencias naturales o sociales que se ocupan de estos asuntos usando el método científico.

Por último, el análisis de este libro se aplica con cierta coherencia a la sociedad de quienes vivimos en un mundo más aligerado de problemas vitales esenciales, pero me temo que en el resto del mundo perviven suficiente negatividad y reacciones inmunológicas (como las llama Han, adepto a las metáforas biológicas), como para que su disolución de las fronteras de confrontación no se aplique en lo más mínimo. No sé qué pudiera decirle de útil el filósofo Han, en su confortable torre de marfil, a quien labora en condiciones inhumanas por un sueldo miserable, no pocas veces con peligro de su vida: tal el caso de las fábricas de ropa en Bangladesh, que colapsan o se queman por la codicia de corporaciones que harían cualquier cosa con tal de reducir precios; tal el caso de campesinos que son apaleados por la policía en mi propia tierra, Perú, porque quieren defender sus fuentes de agua de la ambición inmoral de las mineras transnacionales; tal el caso de los que acaban en la calle porque no han podido pagar sus hipotecas tras el comportamiento irresponsable de bancos sin escrúpulos. Decir que las líneas de confrontación han desaparecido en tales casos y de que uno es su propio verdugo, es si no ridículo, al menos irresponsable.

A fin de cuentas, Han está hablando de menos del veinte por ciento de la población mundial, e incluso en ese caso, con olímpica indiferencia de los datos y de la investigación empírica. Construir un bello artificio conceptual, después de todo, no es lo mismo que explicar la realidad, aunque a veces lo parezca. Con todo, el análisis toca ciertos puntos que ameritan consideración, pero que tienen que ser circunscritos a su esfera de posible aplicación. Más allá de ella, son, es verdad, preposterous.

*Frans van den Broek es escritor. Su último libro es Otro precio (Brave New Books, 2016).
 
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