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Los libros

Épica de lo cotidiano

  • Hay en la poesía de Alberto Santamaría una interrogación metafísica constante acerca de la condición de la realidad y de su relación con el lenguaje
  • La edición de La Bella Varsovia devuelve al mercado libros difíciles de encontrar, algunos, publicados por editoriales que ya no existen

Guillermo López Gallego Publicada 05/01/2018 a las 06:00 Actualizada 10/01/2018 a las 12:21    
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El huésped esperado. Poesía reunida 2004-2016
Alberto Santamaría

La Bella Varsovia
Madrid

2016
  He leído los libros de poemas de Alberto Santamaría a medida que iban siendo publicados, salvo el último –ahora anteúltimo–, Yo, chatarra, etcétera, publicado en 2015 por la desaparecida editorial El Gaviero. He tenido por lo tanto que vencer cierta reticencia al leerlos de nuevo en El huésped esperado. Poesía reunida 2004-2016: ¿qué sentido tiene publicar, como empieza a ser habitual, la poesía reunida de un autor que apenas pasa de los cuarenta, y que con frecuencia sigue siendo considerado un poeta joven? Afortunadamente para nuestra amistad, he descubierto que a veces esta aventura es útil: desde un punto de vista práctico, la edición de La Bella Varsovia devuelve al mercado libros difíciles de encontrar, algunos, publicados por editoriales que ya no existen; y desde un punto de vista menos práctico, añade a las primeras lecturas las ventajas de seguir la evolución de un estilo y una forma de ver el mundo, y de ganar una perspectiva de conjunto.

En cuanto a la evolución de la poesía de Alberto Santamaría desde su primer libro, El hombre que salió de la tarta, publicado en 2004 por DVD, es posible observar que ha ampliado el campo de sus referencias explícitas e implícitas, que han pasado a incluir cada vez más poetas españoles; que su poesía ha ganado puntos de vista, pasando de un yo que puede identificarse con el poeta a un yo que presenta a un personaje, o a uno que en realidad tiende a desaparecer en la mirada objetiva de un observador del que se sabe poco, a la manera de Jean Follain o Wallace Stevens; que se ha hecho esencial, o, como con gran perspicacia ha observado Vicente Luis Mora, se ha sublimado.

Por otra parte, Stevens es una excelente introducción a lo que El huésped esperado permite en términos de perspectiva de conjunto. Efectivamente, la presencia de Wallace Stevens es constante en la poesía de Alberto Santamaría, que en sus libros más recientes todavía titula poemas "Anécdota de la bicicleta" (véase "Anecdote of the jar") o aborda lo sublime de andar por casa en "Quería que no olvidaras la presencia de lo sublime en estas cosas, simplemente" (véase, por ejemplo, "An ordinary evening in New Haven"). La influencia de Stevens también es patente en un rasgo más esencial de la poesía de Alberto Santamaría: el sentido épico de lo cotidiano, y en el mismo sentido, el compromiso con la anécdota, a diferencia de lo que ocurre con otros autores españoles de nuestra generación, que han seguido en esto a otros modelos estadounidenses, como John Ashbery y Mark Strand, escribiendo poemas en que el relato del poema queda enterrado en un palimpsesto. En los poemas de El huésped esperado, por más vueltas que den, puede seguirse la anécdota de principio a fin, con un sentido narrativo casi aristotélico. Ello pese a que en otros poemas la perspectiva es, por así decir, sincrónica, y no hay lugar para la anécdota al uso, porque todo ocurre de manera simultánea y constituye una instantánea de la mente o la sensibilidad.

Otra influencia de Stevens, creo, es que el principal recurso poético de Alberto Santamaría es la asociación de conceptos ("Un lugar no es más que su deseo de ser visto", dice en "Estética del cobertizo (o Polipropileno es su nombre)"). Si lo considera de nuevo en términos de evolución, el lector puede apreciar pasos hacia una poesía en la que el ritmo, la rima, la sonoridad, e incluso la disposición en la página cobran (sobre todo el efecto dramático de los cortes de verso, que como lector identifico con Seamus Heaney) importancia creciente. Pero desde luego la principal herramienta de los poemas es esa asociación de la que hablaba, la creación de imágenes del intelecto, la afirmación de nuevas verdades, de realidades nuevas a través de la lengua, por más que al mismo tiempo sospeche de esta.

El centro de la atención de la poesía de Alberto Santamaría, de la misma manera, es intelectual. Hay en ella una interrogación metafísica constante acerca de la condición de la realidad y de su relación con el lenguaje. Saber qué es real y qué es simulacro, recordar que las palabras son traicioneras, explorar el mapa de lo que se puede decir, es, creo, el tema verdadero de este libro. Pongo como ejemplo unas líneas de "Fe":

 

La rutina es un jardín inmenso.

Quise decir que es lo contrario de lo que yo realmente pensaba, quise decir, pero al final las palabras fueron otras.


Esto me lleva, finalmente, a lo que es mi verdadero descubrimiento después de leer a Alberto Santamaría desde hace más de diez años. El lector apresurado verá que las citas de T. S. Eliot, Wallace Stevens, Cernuda, Gerardo Diego y José Hierro conviven con las de Sr. Chinarro, la prensa estadounidense y los Ramones; que Platón y Marx aparecen con los Hellacopters, Àngels Barceló y la película Ópera prima; y, aunque sea especialmente obtuso, encontrará el nombre de Andy Warhol y, quizá satisfecho de su perspicacia, dirá: "Ese es un posmoderno". El lector más atento identificará los cambios de perspectiva, la duda metafísica, el recelo frente a las posibilidades del lenguaje, la tendencia de los poemas a decir lo que quieren decir y a ser además una poética, la intertextualidad, la interdisciplinariedad de las referencias a la pintura, la música y el cine… y llegará a la misma conclusión que el primer lector. Ambos seguramente estarán de acuerdo –porque nada une tanto a los españoles como el desprecio a la posmodernidad– en detenerse en este punto. Sin embargo, el sentido de esta Poesía reunida 2004-2016 es precisamente obligarnos a reconocer que lo posmoderno, cuando está bien hecho, como en este caso, merece admiración, respeto y reconocimiento.

*Guillermo López Gallego es poeta. Su último libro, Afro (Pre-Textos, 2016). 
 
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