Los diablos azules

La superioridad moral de la izquierda

La superioridad moral de la izquierda, de Ignacio Sánchez-Cuenca.

Ignacio Sánchez-Cuenca confiesa no sentirse cómodo en el tono del ensayo. Prefiere moverse en la investigación académica, el análisis empírico, el lenguaje neutro pegado a los datos y a la bibliografía. Pese a su incomodidad confesada, el ensayo La superioridad moral de la izquierda (Colección Contextos, Lengua de Trapo, 2018) no es el fruto del sueño de una noche de verano, ni la consecuencia de una improvisación carente de motivaciones. Ocurre que las horas de trabajo, las lecturas y la experiencia intelectual necesitan pasar de la observación a las preguntas sobre la realidad. Y las preguntas tienen una vinculación ética con el pasado y el futuro que pasa de los hechos a las palabras, de las descripciones a la interpretación. La teoría es un esfuerzo por crear sentido a partir de los datos. Su compromiso con el conocimiento asume de manera coherente un diálogo con el “esto es lo que hay” y con el “tal vez”. Renunciar a cualquiera de los dos ámbitos supone negarse a una creación de sentido en contacto con la realidad.

 

Si no borramos de un golpe la conciencia ética, las miradas hacia el mundo provocan insatisfacción y reconocimiento de la injusticia. Por eso es necesario imaginar una alternativa. Ignacio Sánchez-Cuenca imagina posibilidades: “Sea quien sea quien tome el relevo, tendrá que inventar nuevas fórmulas que se ganen la confianza de la gente. Quizá sea la renta básica universal, o un modelo de integración supranacional diferente a la UE (hoy casi totalmente dominado por tendencias neoliberales), o una coalición internacional de lucha contra el cambio climático, o una nueva regulación del capitalismo financiero, o una mezcla de estos elementos: sin algo de esta naturaleza, que vaya más allá del Estado de bienestar, la socialdemocracia continuará languideciendo mientras se producen diversos seísmos políticos”.

El autor se compromete desde el propio título. Su carácter afirmativo es una toma de postura ante los que ridiculizan el buenismo izquierdista y ante los que sostienen que la división social entre la derecha y la izquierda es una vieja secuela de la Revolución Francesa que no tiene sentido en los debates actuales. Más allá de las discusiones de vocabulario y de las estrategias de la renuncia, nadie puede negar que existen el conflicto y la desigualdad. Tampoco puede negarse que en las dinámicas sociales se adoptan distintas posturas ante esa realidad. La lógica del neoliberalismo santifica una idea de la libertad que normaliza la ley del más fuerte y niega los marcos regulados en los que debe convivir de forma solidaria la ciudadanía. La izquierda procura devolverle a la libertad su dimensión social. Se vuelven a pensar las posibilidades del contrato ilustrado y se denuncia su deriva en manos de un capitalismo voraz.

Situados en este punto no sólo hay que perder el pudor a la hora de afirmar que las ilusiones de la izquierda tienen una superioridad moral frente a las ambiciones desatadas del neoliberalismo. También hay que  preguntarse por qué la izquierda fracasa y se estrella contra la realidad con tanta frecuencia. Una de las causas más repetidas, dejando a un lado el poder de las élites económicas a la hora de liquidar cualquier alternativa contraria a sus propios intereses, es que la superioridad moral cae en la tentación de convertirse en superioridad política o en soberbia puritana, procesos que impiden la comprensión de las verdaderas condiciones sociales a la hora de intervenir en la realidad que se desea transformar. La izquierda que desprecia a Cervantes para identificarse con Don Quijote suele estrellarse contra los molinos de viento.

Suele también comulgar con ruedas de molino. El compromiso ético se ha sustituido con frecuencia por el deseo de formular un pensamiento científico comparable a la química o la física a la hora de analizar los procesos sociales. Esa dinámica se convierte en un grave peligro cuando la ciencia que sustituye a la ética genera políticas que cancelan el presente y los derechos humanos en nombre de una perfección que no existe y una imposible tierra prometida en el futuro. El deseo humano, que en realidad no puede atarse a ningún objeto inmóvil, acaba degenerando en una fuga intelectual de la realidad que permite decisiones y formas de poder mezquinas. La Historia no justifica ningún tipo de poder injusto sobre la vida cotidiana de la gente. Pero no hace falta llegar a tales extremos para lamentarse de la soberbia sacerdotal de una conciencia pura que se niega a gobernar o a cambiar poco a poco la realidad para mantenerse en el supremacismo moral. ¿Poner los pies en la realidad? ¿Para qué?

Son las inquietudes que tiene el pensamiento de izquierdas. Necesita negarse al acomodo, a la integración en el sistema, de la vieja socialdemocracia; y al mismo tiempo, debe recuperar la lógica de una intervención real en el Estado, políticas que no supongan cantos al viento, sino alternativas.

Lo bueno de adentrarse en el mundo del ensayo es que las horas de trabajo académico y los datos pueden ampliar horizontes en su deseo de conocer el mundo. El trabajo de Ignacio Sánchez-Cuenca invita a tomar postura ante el relativismo de la sociedad posmoderna. El fin de los grandes relatos  ha desembocado en un cinismo poco compatible con el compromiso ético, ya que conduce al “todo da igual”. Pero este relativismo posmoderno ha desembocado después en el “nada es posible”, condenándonos a la renuncia, al acomodo agónico en una sociedad sin arreglo dentro de un planeta insostenible. Es lo que Marina Garcés ha llamado hace poco la condición póstuma.

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Conviene que el mundo académico, el saber humanista, científico y técnico, reaccionen contra esta condición póstuma. Y en esta reacción se sitúa La superioridad moral de la izquierda porque nos invita a volver a la palabra verdad. Ya no basta con reconocer los mecanismos del poder que suelen esconderse en las verdades establecidas. Tampoco basta con creerse en posesión de la verdad. Necesitamos crear un acuerdo, un código de valores comunes que respondan a la dignidad humana: razones y sentimientos que podamos vivir como verdad. Para eso es necesaria una izquierda consciente de su superioridad ética que, a la vez, esté dispuesta a actuar en la realidad social de las personas normales que se levantan todos los días para cumplir los ciclos del sol, la luna, los autobuses, las persianas de los comercios, el rumor del café con leche en las cafeterías, la luz de las aulas, el blanco de los hospitales y el tic-tac de los relojes en los puestos de trabajo. Sea quien sea el que tome el relevo, tendrá que inventar nuevas fórmulas que se ganen la confianza de la gente… Una forma de volver al Estado.

*Luis García Montero es poeta y profesor de Literatura. Su último libro, Luis García MonteroA puerta cerrada (Visor, 2017).

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