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Los libros

Disputas familiares

  • Fruela Fernández ahonda en la preocupación por las estrechas relaciones entre lengua, política –en el sentido más amplio de la palabra política– y familia
  • La familia socialista, un poemario urgente, tiene entre otros el mérito de hacer patentes y poetizar los elementos edípicos del auge del 15-M y Podemos

Guillermo López Gallego
Publicada el 04/01/2019 a las 06:00 Actualizada el 04/01/2019 a las 12:28
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La familia socialista
Fruela Fernández

La Bella Varsovia
Madrid

2018

Me consta que Fruela Fernández acabó de escribir La familia socialista pensando que debía publicarlo de inmediato. Es cierto que una parte importante del libro está pegada a la actualidad, y, en un contexto político que cambia a toda prisa, todo retraso podía distorsionar el mensaje. Puedo contar, por ejemplo, que en una versión previa del libro el poema "El alma inglesa" se llamaba "El año del referéndum", título que en 2016 tenía un referente claro (el Brexit), y en 2017, otro muy diferente (la independencia de Cataluña). A saber, por lo tanto, qué referéndum habría evocado para el público en 2018…, y eso dando por sentado que no hubiera otras consultas entretanto. En parecido sentido, La familia socialista ha adquirido para algunos lectores una capacidad profética desde el pasado 1 de junio. Es el peligro que corre todo libro más o menos urgente.


No obstante ese carácter coyuntural, tanto en lo formal como en lo político, La familia socialista avanza sin vacilar por el camino abierto por su autor en Folk (Valencia, Pre-Textos, 2013) y continuado en Una paz europea (Valencia, Pre-Textos, 2015), un camino en el que la preocupación por las estrechas relaciones entre lengua, política –en el sentido más amplio de la palabra política– y familia es fundamental. Empezaré por el final, es decir, por el poema "La familia socialista (enmienda)", que cierra el libro:
 

                                   Pero en el silencio infantil de agosto,
                                                  cuando el pasto crujía por el camino
                      de la barriada
                                    y volvían a desmontar
                      las casetas de obra en el soterramiento,
                                  comprendí
                                                  que cada edad
                      produce un exceso,
     una esperanza
                                     hecha de mínimos
                                                     que asciende o fracasa
     por el resto,
                   y que la familia socialista
                                                               ya contaba con mi decepción.


Uno, que tiene deudas sentimentales, tuerce el gesto cuando lee ese "comprendí", pero debe reconocer el valor y el coraje de la afirmación. Efectivamente, La familia socialista tiene entre otros el mérito de hacer patentes y poetizar los elementos edípicos del auge del 15-M y Podemos. Para completar la lectura de este fenómeno, la abuela del poeta interviene, diciendo: "nun votes a esos, faime’l favor, / que ye too gandaya".

Este es, por otra parte, uno de los rasgos más característicos y únicos de la poesía de Fruela Fernández, que, si no entiendo mal, tiene tanto de estilístico como de político. Me refiero a la forma peculiar en que usa el asturiano, en un contexto mestizo, y poniendo de manifiesto que hay una zanja generacional en la que el asturiano pasa de ser una lengua viva a otra marcada por la caducidad, que se estudia y que la generación del autor vive en la extrañeza y la recuperación, como eco del taxista británico que aprende griego en "Los justos. 2". El poeta-narrador interviene así para explicar etimologías y dudas que retratan la pérdida de la lengua ("Los rabilos"), simbólica de la desaparición de un paisaje social y cultural víctima de la reconstrucción de la España de la posguerra y quizá de la supresión del sentimiento de clase en la España de la Transición.

Al mismo tiempo, el poeta-narrador, por inercia del desclasamiento que también es un fenómeno histórico en España, parece llegar a una suerte de identificación rousseauniana de la clase obrera (verbigracia: la presunción de realidad que subyace en: "El obrero dialectal que montó los muebles / nos hizo felices. […] Al ofrecerle té sonrió: / '–Uno normal, del que nos gusta a los albañiles", "Los justos. 1"), que, queriendo o sin querer, pone de manifiesto la tragicomedia de la falsa clase media universitaria: "como un pariente recuperado". Este es probablemente el planteamiento más arriesgado de La familia socialista, pero creo que queda neutralizado por el reconocimiento implícito de las diferencias fundamentales entre el poeta-narrador y el "buen obrero", y de una soledad radical que matiza la identificación con cualquier otro individuo.

Por otra parte, además de la reflexión acerca de la carga familiar de la política, Fruela Fernández habla de la familia en general, y en particular de los penates, no por sí, sino por su relación por nosotros: el deber filial de cerrar su casa ("La familia socialista (Memento)"), el recuerdo ("Los muertos / nos iluminan, /imprevistos", "Оі прогоnoплktоі: Los que se abruman bajo el peso de sus antepasados"), sus lecciones morales, etcétera. Al igual que ocurre con la lengua, desaparece con ellos un mundo que despierta la nostalgia.

En otro orden de cosas, y volviendo a la continuidad de la poesía del autor, el estilo de este se ha ido afilando desde Folk, pero desde el principio es inseparable del pronunciamiento político. En este último libro ha desaparecido el enjambre de voces al estilo de T. S. Eliot, y ahora las voces ajenas al poeta-narrador son casi exclusivamente voces asturianas. La lengua del poeta se ha acerado, además, ha renunciado al brillo de las imágenes herméticas ("Dios, / pulmón de vaca, / pezuñas que traen / curruscos de nieve") y a la simultaneidad ("Cuatro de interior (cuaderno)") en favor de la linealidad, de una lengua más convencional que no ha perdido tensión y capacidad de sorprender, pero ha ganado en legibilidad.

Una paz europea –dedicado a Cholo y Luchi, los abuelos que aparecen en La familia socialista– fue el primer paso en ese cambio que ha concentrado la mirada del poeta, quien ya no trata de abarcar tanto, y ha ganado así hondura emocional y política al reducir el foco. Aparecen ya en dicho libro los versos largos, que contrastan con la tersura de Folk, y el asunto de la emigración y lo que de alguna forma es su reverso, el turismo. Aparece también la preocupación por la memoria familiar expresada en los objetos, en lo material, que se expande en La familia socialista: "Y al limpiar de rizos el desagüe / la edad de tantos / me alcanza ––" ("2").

En definitiva, La familia socialista tiene algo de paréntesis, pero al mismo tiempo afirma un proyecto literario con unos principios claros, por mucho que aún se vayan definiendo, y, a mi juicio, de gran valor.
_________

Guillermo López Gallego es poeta.

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