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Los diablos azules

Días de invierno en Colliure: 1939

  • Antonio Machado había perdido la guerra. Detrás del recién llegado sólo quedaban el olor a tierra quemada de la brutalidad, un aquelarre de himnos militares
  • Al otro lado del asfalto sigue la Casa de Pauline Quintana. Cerrada a las visitas. Erguida, más incluso que aquel 28 de enero de 1939

Publicada el 22/02/2019 a las 06:00 Actualizada el 21/02/2019 a las 22:11
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La Casa Bugnol-Quintana, en la localidad francesa de Colliure, donde se hospedó el poeta Antonio Machado.

La Casa Bugnol-Quintana, en la localidad francesa de Colliure, donde se hospedó el poeta Antonio Machado.

Este viernes, 22 de febrero, se cumplen 80 años de la muerte del poeta Antonio Machado en el exilio, en la localidad francesa de Colliure. En homenaje al escritor, y con motivo también del tributo que el Gobierno le brindará el 24 de febrero —con una visita a su tumba, la primera de un presidente en ejercicio, como a la de Manuel Azaña en Montauban—, dedicamos este número de Los diablos azules a su memoria. 
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¿Sucederá tal vez que lo humano no sea la mejor medida para lo humano?


María Zambrano


De la estación de tren a la Casa Bugnol-Quintana apenas hay un paseo de diez minutos. O menos. Depende de si al llegar a Colliure te sientes con la cabeza en otra parte, de si ya no te cabe encima más cansancio, de si hay hielo en la pequeña carretera que lleva al pueblo y ese cansancio resbala como un niño que juega alegremente por la calle en los inviernos.

O también depende de si has ganado o perdido una guerra.

La pequeña distancia de la estación de Colliure a la Placette tenía entonces las dimensiones abruptas de esa guerra.

Uno de los viajeros, el poeta Antonio Machado, la había perdido. La razón, como enseña el maestro Mairena, había sido derrotada. Detrás del recién llegado sólo quedaban el olor a tierra quemada de la brutalidad, un aquelarre de himnos militares a la Patria y crucifijos, esa manera de vivir en el mundo que tienen —fanfarrones ellos— los cruzados del exterminio. Diez minutos eran aquel día, bajando la cuesta que llevaba al río Douy, tres años de lucha contra el fascismo, los combates también en las afueras de la contienda, la palabra que se levantaba en las trincheras como un arma más en medio de los bombardeos.

La palabra de Antonio Machado era en Colliure un silencio de tarde invernal lejos de sus tardes escolares. He hecho ese viaje —de la estación a la Placette— muchas veces. La última hace apenas tres meses. Ya no lleva agua el cauce del Douy. Ahora es una cinta de asfalto por donde lentamente pasan los coches. Al otro lado del asfalto sigue la Casa de Pauline Quintana. Cerrada a las visitas. Erguida, más incluso que aquel 28 de enero de 1939. Aquel día de enero. La familia del poeta: su madre, Ana Ruiz, su hermano José y su mujer Matea Monedero. Con la familia, el escritor Corpus Barga. Hizo de guía, de casi anfitrión porque él mismo se alojaba en ese hotel cuando cruzaba la frontera francesa. Dos habitaciones. Dicen que el poeta nunca llegó a salir de una de ellas. No muy lejos, el mar, la fortaleza que fue prisión para el exilio recién llegado a las playas de Francia, los cafés donde algunos artistas, luego célebres, dejaron sus obras para pagar lo que comían y tal vez, sobre todo, lo que bebían. Como el café Les Templiers, con aquellos cheques al portador que ahora llenan de lujo artístico las paredes. También dicen que sí que salió a ratos, el poeta. Y que fue en uno de esos paseos donde nació uno de los alejandrinos más rabiosamente melancólicos y felizmente repetidos que ha dado la poesía de todos los tiempos: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Atrás quedaban los años de la Segunda República, el golpe de Estado africanista que se ayudó con los refuerzos del nazismo alemán y el fascismo italiano, aquel entusiasta Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura celebrado, en julio de 1937, en Valencia, Madrid, Barcelona y París, un Congreso sobre el que acaba de publicar (con el sello de la Institució Alfons el Magnànim de la Diputación de Valencia) un amplio y necesario volumen el profesor Manuel Aznar Soler, de la Universitat Autònoma de Barcelona. Atrás quedaba, para el poeta, la casa Villa Amparo en el pueblo de Rocafort, cerca de Valencia, donde vivió entre los años 1936 y 1938. El compromiso de Machado con la causa republicana, la tristeza que ya lo embargaba, esa mirada perdida no se sabe dónde, que a lo mejor es la manera de mirar un paisaje ilimitadamente vacío. Los versos allí, en Villa Amparo: “Pienso en España vendida toda / de río a río, de monte a monte, / de mar a mar”.

El mar, siempre, en contraste con la Castilla honda de su vida y de sus versos. Como afirmando proféticamente otros versos de uno de los escritores que más amo: José Manuel Caballero Bonald. Sus versos, tantos años después de aquel febrero de 1937: “Lejos del mar nunca podrás ser libre”.

La Placette se llama ahora Plaza del Général Leclerc. Y en la Mediateca, inaugurada precisamente en los días de mi última estancia, hay un espacio Antonio Machado dedicado a la memoria del poeta. Ponen ahí el mercado ambulante, descansan los turistas del ajetreo que no cesa por las calles estrechas y empinadas de Colliure. Justo detrás de Casa Quintana, el cementerio con la tumba del poeta. Banderas republicanas, papelitos con versos de combate, testimonios vivientes de una memoria que no se resigna al silencio ni al olvido.

Aquel 28 de enero de 1939 los pasos indecisos de Antonio Machado sin saber dónde se encontraba, a qué sitio fue a parar después de tanta nieve, qué habría al otro lado de la derrota, aunque seguramente adivinara, con aquella mirada suya tan perdida en ninguna parte, que seguramente nada. Moriría menos de un mes después de la llegada: el 22 de febrero de 1939. En ese último viaje a Colliure, me sirvió de guía y amable compañía el libro Últimos días en Collioure, 1939, del profesor Jacques Issorel. Al final hay una referencia a mi querido y nunca ausente Ricardo Senabre: “Como siempre hace todo gran poeta, Machado ha impregnado nuestra sensibilidad y ha modificado nuestra retina, enriqueciendo así nuestra percepción del mundo, ahora más amplia y solidaria”. A esa certera definición del poeta y de su obra, añade Issorel otra conclusión: “Después de leer a Antonio Machado tampoco podemos viajar como antes”.

Se cumplen, este año, ochenta desde aquel cruce de frontera. Los tiempos que corren no son buenos para la decencia democrática. La dictadura franquista convirtió la dignidad republicana en una miserable cantinela de muerte y caralsoles brazo en alto, en un trueque vergonzante que convertía la verdad en mentira y la violencia en cuarenta años de paz escrita en las ruinas de un país con la moral en bancarrota. Ahora es como si regresaran aquellos tiempos, como si las palabras del poeta siguieran en el refugio de una memoria casi clandestina.

Como si la distancia entre la estación de trenes y la Plaza del Général Leclerc no fuera ahora, en Colliure, sólo de diez minutos sino de ochenta años, por lo menos.
 
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Alfons Cervera es escritor. Su último libro publicado es La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona (Piel de Zapa, 2018).

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