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Los libros

El rescate

  • Precedida de las excelentes críticas que cosechó su primera novela, Diario de campo, Rosario Izquierdo nos entrega seis años después El hijo zurdo
  • El libro refleja un conflicto común entre las madres: la extrema naturalidad con la que intentan encontrar sentido a las incomprensibles elecciones de los hijos

Publicada el 08/11/2019 a las 06:00 Actualizada el 08/11/2019 a las 12:24
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El hijo zurdo
Rosario Izquierdo

Editorial Comba
Barcelona

2019

 
  Precedida de las excelentes críticas que cosechó su primera novela, Diario de campo (2013), Rosario Izquierdo nos entrega seis años después, El hijo zurdo, de la que nos ocuparemos aquí.


Si tuviera que sintetizar con un solo adjetivo esta obra elegiría el calificativo de íntima, porque íntima es la voz de la protagonista, que nos habla de sí misma como si nos contase un secreto. E íntima es también la voz de un narrador omnisciente que se introduce hasta tal punto en Lola, la madre zurda, que parece que estuviésemos asistiendo a su propia confesión. Voz que se dirige a veces a la protagonista en segunda persona, acentuando así la sensación de intimidad: "Te diste cuenta desde el principio…". La alternancia entre una y otra es sabia y medida. Como medida es la fragmentación de esta historia que se cuenta mediante analepsis constantes, por medio de las cuales vamos conociendo la vida de Lola, jovencísima madre ya divorciada, y de su hijo Lorenzo, zurdo como ella. El punto de vista de Lola, predominante y central en la novela, tiene como breve contrapunto el del profesor que investiga sobre los relatos infantiles que Lola Frías escribe, y el de su terapeuta.

La zurdera de Lola y de su hijo son una realidad que sirve también como imagen de la posición de ambos por fuera de las normas sociales, de su resistencia a la presión ejercida para convertirlos en seres convencionales, y del malestar de uno y otro ante esta fuerza que pretende condicionarlos. Ellos escriben en renglones torcidos, son indisciplinados. Aunque la indisciplina de Lorenzo se canalice paradójicamente incorporándose a un grupo neonazi, cuyos valores son estrictamente convencionales. Me sonrío al comprobar que el apellido de la autora es Izquierdo, como a la izquierda se sitúa la Lola de la novela, que no puede comprender esta deriva de su hijo hacia la derecha.

La culpa que atormenta a Lola nos acerca a un conflicto colectivo que afecta a la mayoría de las madres: la extrema naturalidad con la que intentan encontrar sentido a las incomprensibles elecciones de los hijos, atribuyendo su origen a un error propio.

"Apenas recuerdo mi vida sin hijos. Fue corta". La crisis de Lorenzo, en la que sitúa la autora el comienzo de la historia, contribuirá a que inicie una reflexión sobre sí misma, su juventud, su matrimonio, su vocación literaria contracorriente, revisando una historia personal que querría que escribiera su terapeuta, que acaba escribiendo ella misma. Exploración que el lector tiene ahora en su mano.

El hijo zurdo nos habla de las diferencias de clase. El encuentro de Lola con Manu, la madre de el Loco, un compañero neonazi de su hijo, nos introduce en la distancia entre ambas mujeres: burguesa la primera, limpiadora y pobre la segunda, dos educaciones, dos barrios, dos hijos que se encuentran ahora en parecidas circunstancias. Lola tiene mala conciencia, percibe sus privilegios y trabaja junto a Gloria, su editora, con un grupo de mujeres, Amanecer, que no han tenido tantas oportunidades como ellas.

Son muchas las reflexiones sobre el amor y la pareja que encierra esta novela, sobre una generación de jóvenes –que no es la de Lorenzo, sino la de Lola– diezmada por las drogas; impagable la relación entre la madre y su hija Inés, apuntada apenas, pero que refleja muy bien esa particular y precoz madurez que acusan las hijas de madres adolescentes, convertidas en amigas y, a menudo, casi en madres de sus desconcertadas madres.

No queremos dejar pasar por alto el excepcional manejo del diálogo, fundamental en la estructura de la novela, los constantes giros de la focalización de externa a interna, intercambiando con naturalidad el estilo directo e indirecto con el indirecto libre. El resultado es un texto impecable, aparentemente sencillo, pero con una poderosa complejidad formal y de contenido.

Rosario Izquierdo conduce la novela con mano firme, fragmentando la información con maestría; deja en suspenso los acontecimientos, avanza y retrocede de tal modo que el lector no puede dejar de seguirla, expectante. Nosotros también queremos saber qué pasó, por qué Lorenzo, buen chico, de buena familia, amado, se descarría. Queremos hallar el sentido que Lola busca, como si fuese una detective, con la esperanza de encontrar el nexo entre el hijo zurdo con quien jugaba al juego de las preguntas absurdas, con quien dibujaba, para el que escribía relatos infantiles, y el joven que pronto cumplirá 18 años, encerrado en sí mismo, con una zurdera que ya no lo emparenta con ella, sino que lo distancia, desconocido.

Izquierdo hace un paralelismo explícito entre la caída de Lorenzo, su descenso a los infiernos, y el ángel caído de El paraíso perdido de Milton. La escultura de Ricardo Bellver que lo representa, emplazada en el parque de El Retiro, la fascinaba desde niña. Recuerda Lola los versos de Milton, junto a los grupos de hard rock que escucha Lorenzo, y escribe:
 

Esos versos recargados y barrocos alcanzan significados nuevos cuando siento percutir los alaridos del Batallón Panzer dentro de mi cabeza, intuyendo oscuramente esas otras presencias que tiran de mi hijo hacia algún sitio perdido del que solo sé que debo rescatarlo, pero no sé cómo, no sé cómo hacerlo.


La novela de Rosario Izquierdo es la historia de ese rescate. Léanla.
_____

Lola López Mondéjar es psicoanalista y escritora. Su último libro es Qué mundo tan maravilloso (Páginas de Espuma, 2018).

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