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Luces Rojas

Trabajos humanos en la era de los robots

Publicada el 11/04/2018 a las 06:00 Actualizada el 10/04/2018 a las 20:12
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Si repasamos la historia de la humanidad, podemos comprobar que el temor a las consecuencias que pueden provocar los avances científicos y tecnológicos sobre el empleo se ha producido siempre. Trabajo y tecnología no han tenido una relación pacífica en muchos momentos. Desde los episodios de los primeros machine breakers, en terminología de Hobsbawn, hasta las recientes movilizaciones de taxistas contra el asentamiento de plataformas digitales como Uber, podemos encontrar signos evidentes del temor que producen los avances científicos y tecnológicos por su impacto presumiblemente negativo sobre las cotas de empleo. Más aún, si se hace una revisión de la literatura especializada, los análisis más conocidos y publicitados sobre industria 4.0 o digitalización son precisamente los que tratan de descifrar cuántos y cuáles serán los puestos de trabajo que se perderán a consecuencia de la revolución digital.

Sin embargo, la primera afirmación que debemos hacer es que todo ello depende de nosotros. En un impactante artículo donde se preguntan si los humanos vamos a tener la misma suerte que tuvieron los caballos como factor de producción, Brynjolfsson y McAfee niegan que algo semejante pueda llegar a suceder. La clave no es solo que los humanos tenemos capacidades que las máquinas nunca podrán tener —la empatía, la comunicación social, la creatividad, la imaginación, etc.—, lo que nos asegura que el trabajo humano no vaya a desaparecer jamás, sino también, y fundamentalmente, que los humanos tenemos la capacidad de decidir sobre nuestro propio destino, mediante decisiones políticas adoptadas en el seno de los procesos democráticos. De este modo, lo que vaya a suceder en el mercado de trabajo y en la sociedad en su conjunto como consecuencia de los avances tecnológicos no dependerá únicamente de que estos avances se produzcan, sino de las decisiones políticas y sociales que se adopten con respecto a los propios efectos que estos avances técnicos puedan producir. Ello no significa —debe dejarse bien claro— que haya que parar o ralentizar los avances de la tecnología y su aplicación al mundo del trabajo. Pero sí puede calibrarse, y debe calibrarse, el impacto que dichos avances producen en el ámbito del empleo y las relaciones laborales, como en tantos otros ámbitos de la vida de la sociedad, para evitar las consecuencias socialmente indeseables de este fenómeno.

Más allá de asumir como dato cierto y objetivo que van a perderse puestos de trabajo, quizá la fórmula ideal para hacer frente al proceso que vamos a vivir no sea tanto centrarse en la averiguación de cuántos puestos de trabajo van a perderse, cuanto en el conocimiento de dónde van a situarse los nuevos empleos de la era tecnológica. Dando por sentado que el avance de la tecnología produce y producirá nuevos puestos de trabajo (basta con ir a un supermercado para darse cuenta de ello, desaparecen los puestos de cajeros, pero se necesitan personas que supervisen las máquinas por las que son reemplazados), las preguntas claves que, según Meyer, deben formularse son cuántos y con qué velocidad van a crearse, qué cualidad van a tener, dónde van a estar localizados geográficamente, cuál será la cualificación que requieran y, por tanto, si los trabajadores que han perdido sus puestos de trabajo por el avance de la tecnología podrán volver a tener los nuevos empleos creados por la misma razón.

Con el fin de responder a estas preguntas, la primera idea que quiero avanzar es que tampoco en este ámbito conviene caer en el determinismo tecnológico. Es verdad que la introducción de nuevas tecnologías va a tener un impacto directo en el número y la cualidad de los puestos de trabajo del futuro, pero también lo es que los poderes públicos y la sociedad en su conjunto tienen un papel que cumplir en el camino que tome la propia creación de puestos de trabajo. Las decisiones en materia de inversión pública y de política fiscal tienen una importancia fundamental en la canalización de la actividad económica, en la medida que actúan como incentivos/desincentivos para la eclosión o no de determinados tipos de negocios. No menos importante es la legislación, que puede jugar para favorecer u obstaculizar el desarrollo de determinadas actividades económicas. Con ello quiere significarse que la creación de puestos de trabajo del futuro depende, sí, del avance de la revolución tecnológica, pero más aún de las políticas públicas que se adopten por parte de los responsables políticos.

Pondré un ejemplo que lo ilustre: el envejecimiento de la población va a suponer un reto para nuestro país en el ámbito de los cuidados de las personas mayores y, en ocasiones, también en situación de dependencia. El impacto que tenga este hecho en materia de empleo no será igual según se opte por invertir en instalaciones públicas para el cuidado de estas personas o en dejar que sea la familia (lo que habitualmente significa, en un Estado de bienestar familista como el nuestro, las mujeres de la familia) las que se ocupen de ello. En el primer caso, la llamada economía de los cuidados puede tener un papel crucial en la creación de puestos de trabajo con los que balancear los que se pierdan a consecuencia del avance tecnológico; en el segundo, a la pérdida de puestos de puestos de trabajo que pueda provocar el avance de la ciencia y la tecnología se sumarán algunos otros que ocupaban las mujeres que se vean obligadas a volver a sus hogares para cuidar de sus progenitores u otros miembros de su familia. Y lo mismo puede decirse en relación con la sostenibilidad medioambiental o el cambio climático y la decisión política de invertir o no, por ejemplo, en energías renovables; o respecto de la decisión política de gravar o no con impuestos las actividades con un alto componente tecnológico. Son, por tanto, las políticas públicas las que marcarán en muy buena medida la creación de puestos de trabajo que se produzca en el futuro.

Una vez dicho lo anterior, pongo el foco en la propia economía digital. Para empezar, sea porque, como ha expresado Irani, la tecnología no reemplaza, sino “desplaza” el trabajo hacia otros escenarios, creando millones de microworkers que realizan el trabajo humano que no se ve y complementa el trabajo que vemos de carácter tecnológico (detrás de Twitter, por ejemplo, hay cientos de trabajadores diseminados por el mundo que clasifican tuits en tiempo real); sea porque de nuevo se cumple la lógica de la “destrucción creativa” que Schumpeter explicó en Capitalism, Socialism, and Democracy, y la destrucción de unos empleos da paso a la creación de otros, lo cierto es que parece que podemos esperar que haya un incremento de empleos provocado por la propia revolución tecnológica en ambos extremos del mercado de trabajo.

Nuevos trabajos en la era digital
 
De otro lado, también se espera que, como siempre ha sucedido, el avance de la tecnología provoque un triple efecto con impacto directo sobre la generación de empleo. La revolución tecnológica puede crear i) nuevos productos, ii) nuevas máquinas y iii) incrementar la productividad, todo lo cual se traduce —porque así lo ha demostrado la historia económica— en creación de nuevos empleos. Es más, Garais et altri se atreven a aventurar que los empleos vinculados a la tecnología pasarán en la UE de 7,5 millones en 2015 a 7,9 millones en 2020, lo que incluye más de 5,9 millones de trabajadores practicantes de tecnología y algo más de 1,9 millones de mánager tecnológicos. Por otra parte, también prevén que el número de vacantes en trabajos tecnológicos en aquella fecha sea de 913.000.

Trabajos vinculados al desarrollo de la tecnología, UE
 
Vacantes en trabajos tecnológicos, UE
 
En relación con nuestro país, la previsión de Garais et altri es que, en el periodo 2015-2020, crezcamos desde 495.000 a 560.000 empleos de carácter tecnológico.

Trabajos vinculados al desarrollo de la tecnología, España
 
Por otra parte, y aunque no referido directamente a la evolución de la tecnología, el European Centre for the Development of Vocational Training (CEDEFOP) Skills Forecats 2016 nos suministra algunas orientaciones sobre la creación de empleo en el futuro de especial interés. Las ocupaciones que más van a crecer en nuestro país hasta el 2025 son, en primer lugar, la de técnicos y profesiones asociadas (19,54%), trabajadores de servicios y ventas (7,24%), mánager (4,84%), tareas administrativas (3,65%) y ocupaciones elementales (1,36%). Descenderán, sin embargo, las ocupaciones de agricultura y pesca (-24,86%), las artesanales (-4,92%), operadores de maquinaria (-2,02%) y profesionales (-1,88%).

Finalmente, los sectores de actividad en que se producirán incrementos de empleo serán administración y dirección de empresas y servicios asociados (11,49%), distribución y transporte (11,39%) y construcción (0,29%), mientras que, en la agricultura (-16,11%), otros servicios (- 8,13%) e industria (-7,71%), el empleo tenderá a descender. De estos datos conviene destacar dos tendencias: la primera es la importancia del crecimiento de los empleos técnicos, vinculados, claramente, con el avance de la tecnología; la segunda es el papel que están llamados a cumplir en materia de creación de empleo la administración y dirección de empresas y la logística, dos ámbitos donde la tecnología está plenamente implantada. El resultado es que las dos vías de crecimiento del empleo en nuestro país parecen estar emparentadas con el avance tecnológico.

Ocupaciones y sectores donde crecerá la tasa de empleo en España (%), 2015-2025
 
De este modo, no todo serán pérdidas de empleo en esta época de revolución tecnológica. Pero necesitamos formación digital de los trabajadores para acceder a los nuevos empleos e inversión en ciencia e investigación para que sea posible la eclosión de una economía digital con potencialidad de crearlos. Como ya dije en esta misma tribuna, está todavía por ver que podamos contar con ello.
_____________

Luz Rodríguez es profesora de Derecho del Trabajo en la UCLM y visiting researcher en el Departamento de Investigación de la OIT.

 
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2 Comentarios
  • Copito Copito 11/04/18 10:00

    Ante cualquier avance y cambio de la sociedad, lo que es necesario es que avance también la ética. Por muchos cambios que hagamos, por muchos avances que tengamos , si no van destinados a una buena distribución de la riqueza y de los recursos, si sólo impera la avaricia y el poder como distintivo supremo para ser respetado y temido, de nada valdrán los avances de la civilización. Si no avanzamos en justicia social, en respeto al hombre y a su hábitat, el planeta, seguiremos siendo una civilización bastante desgraciada y poco feliz. Quizás parezca ingenuo lo que digo, pero sin mas ética seguiremos sin vivir de verdad felices de una manera global.

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  • ArktosUrsus ArktosUrsus 11/04/18 09:27

    Quisiera ser tan optimista como doña Luz, pero tomando sus propias palabras: "Son ... las políticas públicas las que marcarán .... la creación de puestos de trabajo que se produzca en el futuro." ¿De verdad cree que tal y como van las políticas en los países de la UE (realmente en todo el mundo) hay espacio para el optimismo. Habla de la sustitución de los puestos de cajeros por encargados de las máquinas. La proporción es de 1 a 6, es decir, donde antes había 6 puestos ahora hay 1 que vigila las máquinas. Y ello sin contar con qué pasividad hemos aceptado ser trabajadores "externos". El ejemplo más evidente, las gasolineras. Sin preparación alguna para riesgos como que se estropee el sistema de autoparada del surtidor cuando se alcanza el nivel de llenado, por ejemplo, hemos aceptado alegremente repostar nosotros mismos. El final de esto ya es la gasolinera que no dispone de ninguna persona física, y al socaire de ello rebajan unos céntimos el litro, dando a entender que la gasolina podría ser más barata sin personas que la dispensen o la cobren. De hecho casi nos sentimos mal cuando se acerca un empleado a ofrecernos sus servicios. ¿Dónde están los puestos perdidos en ese sector? No soy un cavernícola pero recuerdo que en los primeros 80 del siglo pasado una publicación alemana que llegó a mis manos afirmaba que (sesudos estudios mediante) gracias a la tecnología la jornada de trabajo se reduciría a 26 horas semanales en el año 2000, pero sin una disminución significativa de los salarios, y que serían las máquinas las que harían los trabajos pesados. Pues bien las 26 horas brillan por su ausencia y los salarios han recibido la bofetada que los ha derribado muy por debajo de la relación con el nivel de vida que existía en los años 80 y 90. Si la tecnología se empleara para evitar el trabajo penoso, sería genial. Pero se usa para crear microtrabajadores (suena más guay microworkers) con microsueldos y tejido productivo diseminado, desconectado y por tanto con mayor dificultad para defender sus derechos. O cambian las cosas o me resisto a comprar la "revolución tecnológica". Aunque me temo que no tendré más remedio. No hay libertad en este mercado.

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