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Luces Rojas

Esperando a @astro_duque

Publicada el 19/09/2018 a las 06:00 Actualizada el 18/09/2018 a las 19:39
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– “Science is the foundation of civilization” (Donnelly)
– “No. Language is the foundation of civilization. It is a glue that holds a people together. It is the first weapon drawn in a conflict” (Brooks)

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Sobre conocimiento y progreso

En Arrival (2017), un hito en la filmografía del canadiense Denis Villeneuve, que seguramente el tiempo pondrá en mejor lugar, el físico y matemático Ian Donnelly y la lingüista Louise Brooks mantienen el diálogo recogido arriba, apenas haberse presentado mutuamente y mientras se dirigen en helicóptero hacia su misión: nada menos que tratar de comunicarse con una civilización extraterrestre cuyas naves han descendido en una docena de puntos en la Tierra.

Ciencia y técnica (tecnología), civilización, cultura: ¿cuál es la clave de la civilización, del progreso humano? Se diría que hay que inclinarse por la respuesta de Donnelly, avanzar en un conocimiento seguro. Por tanto, esa clave es el conocimiento científico. Y sin embargo, a mi juicio, la respuesta depende de lo que entendemos por progreso humano. Por eso, sin desconocer la importancia capital del avance que nos proporciona la ciencia, apoyada por la tecnología, cabe otra respuesta: superado el modelo que entiende que ese progreso consiste en conocimiento de todo lo otro, para dominarlo, habría que convenir que, si hablamos de civilización en términos de progreso moral, social, de progreso de la humanidad, éste no puede darse sin el conocimiento de y con los otros, sin una comunicación que, gracias al conocimiento, lleve al mutuo reconocimiento.

En el fondo, más allá del tópico de las dos culturas avanzado en 1959 en la conferencia de Charles P. Snow, se trata de un debate muy conocido, incluso en la literatura y el cine de ciencia ficción. Las soluciones que se han dado al problema básico de cómo establecer diálogo con quienes no comparten nada de nuestros presupuestos y nuestro contexto, cómo encontrar, por así decirlo, un lenguaje verdaderamente universal, que nos permita el entendimiento mutuo, la cooperación y el progreso, han sido muy diferentes. Por citar sólo dos entre las más conocidas, recordaré la propuesta de la música: por ejemplo, Encuentros en la tercera fase, 1977, guión y dirección de S.Spielberg, que tuvo su reverso caústico veinte años después, en 1996, en  Mars Attacks! de T. Burton, con guión de J.Gemms. Y, claro, la que asegura que son las matemáticas/física: por ejemplo, Contact, dirigida por R.Zemeckis, 1997, con guión de Carl Sagan y Ann Druyan, y la más hermética Interstellar, 2014, de Ch.Nolan. Aunque música y matemáticas, lo sabemos desde Pitágoras, tienen muchísimo que ver. Porque no se trata simplemente de hablar, sino de conversar, entenderse, claro está.

Ted Chiang, el autor de Stories of your Life, la novela en que se basa la película, pone en boca de la doctora Louise Brooks (magistralmente interpretada en el film por la gran Amy Adams) una historia sobre la dificultad del encuentro. Parece ser que cuando Cook llegó con su Endeavour a las costas de Queensland en 1770 y preguntó a los nativos qué era aquel extraño animal al que hoy conocemos como canguro, recibió esta respuesta: “ganga-ruu” (que interpretó como Kanguru). Sólo más tarde aprendió que no era el nombre del animal: lo que le habían respondido era “no entiendo lo que dices”.

Conocimiento de y con los otros. No pretendo, desde luego, lanzar una reflexión sobre las dificultades de gestionar la diversidad cultural sin que se produzca lo que concluye el buen Dr. Donald Kessler, uno de los protagonistas de la sátira de Tim Burton, cuando los marcianos desatan una masacre después de que un grupo de bienintencionados terrícolas lancen a volar una paloma: ha sido un "malentendido cultural". Tampoco es mi objetivo recuperar una discusión de lingüística fundamental (o de psicolingüística?), la que opondría la tesis de la gramática universal de Chomsky y las que toman pie de la de Shapir y Worf, a su vez criticada por McWorther, en la que soy un lego por más que lector apasionado, gracias, entre otras cosas, a las recomendaciones de lectura que me hace de tanto en tanto mi colega de la Universidad de Valencia la profesora Beatriz Gallardo-Paúls.

Las Universidades y el avance del conocimiento

No. Como verán enseguida, mi propósito es más modesto y tiene que ver con el desánimo que me produce lo que considero la enésima versión de la extrapolación del conflicto de las dos culturas. Conste que estoy convencido del desequilibrio real: hay un grado de desconocimiento mucho mayor por parte de las humanidades e incluso de las ciencias sociales respecto a las ciencias duras que no al contrario. Pero ese alejamiento se convierte cada vez más en un menosprecio en el ámbito científico-tecnológico acerca de la necesidad, relevancia –utilidad– del conocimiento que humanidades y ciencias sociales proporcionan. Una condescendencia que, en parte, se traduce en considerar que el objetivo del progreso científico es distinto del de la formación de profesionales aptos para el mercado. Y que progresivamente separa esta función, atribuida a las Universidades, de aquella que descansaría en organismos de investigación científica. Item más, dentro de las Universidades, el patito feo serían, claro, las humanidades y ciencias sociales, relegadas a un segundo plano.

Y ahí mi preocupación: el riesgo que me parece va confirmándose, de desatención por parte del ministro del ramo, el rutilante Pedro Duque, a los problemas de las Universidades y al papel de las humanidades y ciencias sociales, cuestiones menores frente a la ciencia y la tecnología. No digamos si es espacial. La llegada del ministro, ingeniero y astronauta Pedro Duque, @astro_duque, por su identidad en twitter, fue recibida con aplauso general, incluso con entusiasmo rayano en el arrobamiento. Es un personaje que reúne méritos y títulos extraordinarios, aunque, a semejanza de Howard Wolowitz, el ingeniero y ocasional astronauta de Big Bang Theory,  creo que no es doctor, ni falta que le hace. Conste que, como no soy idiota, le  considero una persona extraordinariamente competente y un superlativo divulgador de lo suyo. Pero me parece que sostiene un modelo de universidad, de ciencia (diría incluso que de prioridades culturales y sociales) que no pocos de nosotros rechazamos por reduccionista.

Llama la atención, por ejemplo, la ausencia de una reflexión y pronunciamientos concretos –más allá de la retórica– acerca del prestigio que está cayendo sobre la universidad pública a raíz de las enormes disfunciones denunciadas en la URJC y que, más allá de la anécdota, obligarían a revisar problemas de la organización del actual sistema universitario.

Es cierto que el lunes 17, ante la ¡primera! reunión del ministro con la Conferencia de Rectores (CRUE) cien días después de su toma de posesión, éstos emitieron un comunicado para proclamar que la Universidad "merece el respaldo de la sociedad española" (caray con la contundencia!) y pidieron que los políticos "dejen de utilizarla como arma arrojadiza". Por su parte, el ministro, en el primer pronunciamiento que se le conoce después de estos meses, calificó la crisis de la URJC como "ruido que pasará" y consideró incidente aislado los problemas en la URJC, al mismo tiempo que sostuvo que el "sistema de certificación de los títulos funciona y todo se resume en unos casos muy puntuales dentro de un instituto muy concreto". Tout va bien, madame la marquise, que cantaba Ray Ventura en los 30...

La mercantilización de la Universidad pública

No se defiende a la Universidad pública con la retórica de cerrar filas y asegurar que vivimos en la mejor de las Universidades posibles. Es cierto que se crearán "tres mesas" para estudiar vías de reforma, pero esta no parece la manera de atajar los males que arrastramos, desde la precariedad del profesorado al fraude del sistema de evaluación y selección del mismo que acaba de ser objeto de una dura sentencia del Tribunal Supremo. Y, por supuesto, nada acerca de uno de los problemas de fondo, el diseño de la articulación grados/máster perpetrado con el pretexto de una malhadada aplicación del “modelo Bolonia” por las ministras Cabrera y Garmendia. Un diseño que tiene mucho que ver con la mercantilización de la Universidad pública, entendida como un gasto en el que no vale la pena invertir y que se debe al mercado y debe rendir cuentas ante él y de él obtener financiación, entrando en jolgoriosa competencia como hacen las empresas, para obtener clientes (antes llamados estudiantes) y también para investigar. Un “modelo” criticado con argumentos contundentes por el añorado F. Fernández Buey en un artículo publicado en la revista Metrópolis que dirigía con enorme acierto Manuel Cruz, cuya lectura considero obligada. Pero es que estos males de la universidad pública frente a los que tampoco han reaccionado con contundencia organismos de supuesto autogobierno como la CRUE, obligarían a replantear cuestiones aplazadas una y otra vez como el modelo de gobernanza universitaria y el principio de autonomía sobre los que el ministro no parece demasiado interesado en perder tiempo. Quizá lo deja al hermano pobre del ministerio, la estructura orgánica de Universidades, que tampoco ha dicho ni pío.

Me permitirán los lectores una consideración personal, pero que creo oportuna para argumentar mi crítica. Una de las primeras ocasiones en las que el Sr Duque se prestó a debate público tras ser nombrado ministro fue en el programa de radio Hora 25, a invitación de Angels Barceló. En las redes se anunciaba ese debate como una conversación del nuevo ministro con cinco representantes de la ciencia e investigación universitaria. Se trataba sin duda de investigadores y científicos de  muchísimo prestigio. Pero me permití señalar en las redes que no había ningún representante de ciencias sociales y humanidades. El programa recogió el guante y me invitaron no tanto a participar en la conversación, sino a formularle una pregunta al respecto. Para mi sorpresa, cuando inquirí al Sr Duque sobre el lugar de las ciencias sociales y humanidades en las prioridades de su ministerio, su respuesta fue que sí, que había que tenerlas en cuenta porque nosotros no somos Singapur, y nuestra particularidad (¿?) debía ser atendida. O sea, que las ciencias sociales y las humanidades no son ciencia, pero sí un elemento pintoresco, un rasgo idiosincrático de nuestro país, o quizá de los países latinos o incluso de la vieja Europa. Como somos el viejo continente, algo habrá que tener en cuenta cosas como la historia, el Derecho, la arqueología y demás antiguallas.

No. El ministro debería saber, y no sólo como responsable de Universidades sino de ciencia, que el conocimiento (como el uso de la razón) no son patrimonio exclusivo de un modelo científico tecnológico por lo demás superado. El progreso en el conocimiento no se entiende sin la contribución de la filosofía, la historia, la arqueología, la filología, la sociología… Sin el estudio del derecho, tampoco. Porque este es un instrumento de civilización y cultura: una técnica de la que nos servimos para tratar de resolver algo muy importante: el contraste de necesidades, intereses, valores, prácticas y proyectos de los seres humanos que convivimos en nuestras sociedades. Un contraste más agudo y necesitado, pues, de respuestas más adecuadas cuanto más plurales, abiertas y dinámicas son nuestras sociedades. Invertir en esos conocimientos es invertir en progreso y civilización. Y sólo quien se sitúe en el ámbito más prejudicial de la criticada razón instrumental puede ignorarlo.

Por esa razón, no cabe aceptar el reduccionismo de quien entiende que el sistema nacional de ciencia e investigación es monopolio de la ciencia de verdad y de la tecnología. Tampoco el reduccionismo de quienes pretenden que la verdadera casa de la ciencia es ajena a las Universidades y en particular a los campus de humanidades y sociales. ¿Es ese motivo suficiente para exigir del Ministerio un cambio radical en los Planes Nacionales de Ciencia y Tecnología? No, entre tras razones porque se insertan en programas internacionales –europeos, en primer lugar– que en buena medida están más allá de la competencia de un ministerio. Pero sí es posible reivindicar otra mirada, otro interés, otros criterios de inversión, gestión y desde luego, evaluación de la contribución al conocimiento y al progreso social que se hace desde estos campos en las Universidades. Porque frente a lo que se nos ha hecho creer, esos rankings de Universidades no miden todo, ni diría más, no miden elementos muy importantes. Como tampoco se mide la calidad de la investigación por los reductivos y cada vez más criticados sistemas de indicadores de impacto de la productividad científica que, lejos de estar dictados por el interés puro del conocimiento, tienen mucho que ver con estrategias de mercado y con intereses, sí, ideológicos y de dominación. Baste pensar en la desviación de género tantas veces denunciada.

La calidad del conocimiento no se puede ni se debe medir al peso, aunque este no sea físico sino, por ejemplo, el del nombre y prestigio atribuidos a una marca (revista, grupo científico, universidad) en lugar de al trabajo personal y/o de un grupo. Hay mucho que reformar en la Universidad. Por ejemplo, en esas agencias de evaluación que se caracterizan, para empezar, por infringir los más elementales criterios de transparencia, sin la que la crítica racional que hace posible una comunidad abierta, como debe ser la científica, no es concebible. Por no hablar del siempre pospuesto estatuto del profesorado, del personal investigador y docente universitario en formación, del disparate de grados y masters, y no sólo de la vergüenza en que se ha convertido la figura de los asociados, absolutamente desvirtuada.

Uno, en su ingenuidad, le pediría al ministro que busque el beneficio de las respuestas que vienen de esas otras fuentes de conocimiento que son, por ejemplo, los textos de Husserl, Simone Weil, Horkheimer, W. Brown o Sassen. Que alguna vez deje de mirar hacia las estrellas (donde está la respuesta a lo que somos, ya se sabe) y repare en la condición humana y social real de quienes tratan de construir con su esfuerzo el sistema universitario.
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12 Comentarios
  • SUA SUA 21/09/18 11:03

    No he sido nunca doctorando, pero siempre me ha gustado escuchar y leer a personas que explican con tanta claridad sus opiniones; éste es un caso de ello y en la medida de mi capacidad lo comparto. Me gusta su análisis Sr. Lucas

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  • itnas itnas 19/09/18 16:06

    Me parece que tan necio/a es quien siendo científico/a ignora las humanidades como necio/a es el/la humanista que ignora la ciencia. Esto, probablemente supone que sobran frases categóricas como las de Donnelly y Brooks en el encabezamiento del artículo. Es decir, no se trata de compartimentalizar el conocimiento sino de crear puentes entre áreas de conocimiento que, a medida que se profundiza en ellas, necesitan que quien las estudia se haga especialista aunque solo sea considerando el tiempo necesario que debe invertirse en su investigación. Pero, al tiempo, flaco favor se hará el especialista si desconsidera el conocimiento que proviene de otras áreas del saber, particularmente de la filosofía. Es un principio evolutivo según el cual quien está particularmente ajustado a su ambiente estará condenado a la extinción - por falta de recursos hacia posibles cambios de dicho ambiente -

    De otra parte, ¿quién duda que el lenguaje esté en la base de la civilización? Y, sin embargo, cabe preguntarse ¿qué tipo de lenguaje? ¿Humanista vs científico? Me parece que no es este el problema. Como es bien sabido, existen lenguajes a través de todo el reino animal pero la clave es pasar de comunicaciones tipo 'ojo que viene el león' a 'el espíritu del león da sentido a nuestra tribu'. En otras palabras, el lenguaje es un vehículo, no la causa. ¿Nos preguntamos si un hipotético lenguaje universal es matemático o no? Bien, ¿conoce el autor de este artículo que algunos estudiosos de la Matemática creemos que esta forma de conocimiento pertenece más bien al mundo de las Artes (véase Lockhart, 2008) y que, de este modo, nos encontramos con que el lenguaje formal por excelencia de las ciencias empíricas reposa en una actividad artística?

    En todo caso, una reflexión necesaria si el caso es que el ministro Duque tiende a posiciones que deshacen el necesario equilibrio entre conocimiento humanístico y científico.

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  • M.T M.T 19/09/18 08:48

    Comienzo con mi felicitación, Sr. De Lucas , por el excelente artículo que hoy nos ofrece.
    Excelente en contenido, amplio y profundo, revisionista en lo que toca a la Universidad, enseñanzas e investigación, en Ciencias y Letras, en contendidos, metodología, criterios de evaluación. Y, si no he entendido mal su artículo, todo ello en función del progreso, avance y conocimiento con reivindicación de las Humanidades y ciencias artistico- sociales en el Estudio.Lo comparto y lo aplaudo.
    De camino, en la rama lingüística, que me llega más de cerca menciona la hipótesis de trabajo de Shapir- Worf: Lenguaje y visión del mundo, en relación con el modo en que las Lenguas conforman nuestra visión de la realidad, muy determinists en opinión de alguno expertos, y Chomsky, con sus universales del lenguaje. Lenguaje en definitiva, común y científico, en sus diversas manifestaciones : ¿ lenguaje matemático, lenguaje artístico, filosófico, del derecho o de cualquier otra rama? ¿ para el avance, el progreso en comunicación y mejor entendimiento?
    ¿ Será necesaria la interdisciplinariedad, la interrelación entre disciplinas sin olvidar las Humanidades?
    Me sumo a su reivindicación al tiempo que, de nuevo, lo felicito.
    Saludos.

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    • M.T M.T 20/09/18 04:26

      Hipótesis Sapir- Whorf, sería lo correcto.

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    • platanito platanito 19/09/18 10:37

      Pero aparte de lo que el profesor reclama al estrellato, que me parece de lo más as justo, todo va bien, todo va bien. Murió su yegua parda, se quemaron las caballerizas, ardió el palacio y se suicidó el marqués porque había sido el causante de tirar el candelabro que provocó el fuego. Maís apart ça...
      Leí hace mucho que cuando Colón encontró a los primeros indígenas, c!
      Lavando el pendón real en la playa les anunciaba en latín, y por tres veces, que pasaban a ser súbditos de su majestad. Y peor si no lo entendían. Salud y feliz día.

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      • M.T M.T 19/09/18 10:54

        Buenos días Platanito: ¡ No podemos olvidarnos del Latín, ni del griego!. Son muy necesarios.
        Feliz día.

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        • platanito platanito 19/09/18 15:55

          Sí claro, pero los pobres indígenas entendían tanto el latín como los alienígenas la suelta de palomas de la paz. ¡Esto de la comunicación es muy latoso!
          Pero la pobre marquesa que se quedó viudita y en la calle a cuenta de la mala cabeza de su marqués, no cuenta la leyenda si tuvo que reciclarse en ciencias o en letras. O quizás decepcionada del mundo solicitó plaza en el beguinage de Brujas o con las jansenistas de port Royal des Champs.
          Y se nos acerca el equinoccio de otoño y Aznar con esas ínfulas.

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          • M.T M.T 20/09/18 04:49

            Dices, Platanito, que " esto de la comunicación es muy latoso". A mi tambien me parece unn asunto complejo.
            Y mencionas el Beguinaje o Beaterío de Brujas: me encantó visitarlo.
            Que tengas buen día. Saludos cordiales.

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            • platanito platanito 20/09/18 07:16

              ¡Y qué me dices de aquel estanque del amor con barquitas y decorado romántico de la entrada de la ciudad!
              Pienso que hay que estar muy enamorado para que ese acto de comunicación sea sincero.
              Y si hablamos de primates bonobos, ellos han resuelto el problemón por la vía directa. Los humanos conocemos más variedades (amical, fraternal, espiritual...) pero me parece que los practicamos peor, o con más reservas.
              Feliz día.

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              • M.T M.T 20/09/18 07:54

                ¡ Cuánta razón en lo que dices, Platanito! Comparto lo que expresas. Feluz día.

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  • antoniof antoniof 19/09/18 08:11

    Mis felicitaciones por el anticulo. Esperemos que el equipo del Sr. Duque lo lea (él no lo hará) y reflexione.

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  • estovamal estovamal 18/09/18 23:47

    Estoy completamente de acuerdo con sus reflexiones, y con su petición final al sr. ministro, pero le sugeriría, sr Lucas, que incluyera entre esas fuentes de conocimiento algunas referidas a ese otro campo del conocimiento y de las ciencias sociales tan habitualmente ignorado, cuando no denostado: el arte.
    Y para animarle a ello, piense que, allá por el Renacimiento en el siglo XV los teóricos ya establecían que, más allá de la técnica y de la ciencia, el progreso se basa en la "aportación" que cada uno haga para avanzar en la técnica, la ciencia, ... o el arte. Se trata de una actitud ante ellas, basada en la necesaria conciencia de pertenencia a una sociedad, en la que todos participamos. Y en la que todos "aportamos", los artistas también.
    Afortunadamente, además de un ministro astronauta, tenemos un ministro de cultura que sabe mucho de esto. Confío que compense las carencias de su colega en las reuniones. 
    Pero no estará de más que ayudemos.

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