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El final de ETA

La paz se mantiene en medio de la parálisis de la política


Odón Elorza
Publicada el 20/10/2013 a las 06:00
No se puede decir que hayan ocurrido pocas cosas positivas en el llamado proceso de paz desde que ETA, forzada por las caídas cada vez más frecuentes de su dirección y comandos ante la acción policial y empujada por la estrategia de conveniencia más que de convicción de los dirigentes de la izquierda abertzale que veían cómo podían ir desapareciendo en la ilegalidad, anunció hace dos años que ponía el final a la actividad terrorista. Porque esa decisión y su cumplimiento es una realidad decisiva en el tiempo transcurrido.

Tenemos que valorar la trascendencia de un anuncio que nos parecía imposible de vivir y nos llevó años de lucha en Euskadi en contra de ETA y en favor de la paz. Es verdad que eso sucedió mientras un sector importante de la población vasca miraba hacia otro lado en los momentos difíciles. Cuestion de dignidad y tema aún tabú. Pero reitero que nada puede hacer olvidar lo que han supuesto estos dos años de la desaparición de ETA en nuestras vidas, sobre todo para muchas personas que vivían escoltadas. En mi caso fueron veinte años de alcaldía escoltado, en ocasiones acojonado y sufriendo un dolor inconfesable tras cada atentado.

Pero los árboles de las polémicas surgidas parece que no nos dejan ver el bosque. ETA ya no mata, que diría mi amigo Ernest Lluch, y debemos empezar a sentar las bases de una convivencia justa, respetuosa con todas las victimas, que no entierre la memoria real de lo sucedido ni cuestione la falta total de legitimidad de la acción de ETA, así como de la estrategia de los apoyos y justificación desde HB.

Llevamos dos años bajo las polémicas y consecuencias derivadas del terrorismo de ETA. Entre ellas, la continuidad de las acciones judiciales, las diferencias entre posiciones políticas y las expresiones de las heridas sin cerrar producto de un largo periodo de terror y falta real de libertad. Por eso la lista de controversias es larga. Me refiero al caso Faisán; las detenciones de Herrira, etarras según el ministro de Interior y ya en la calle; el encarcelamiento de Otegi, Rafa Diez y otras personas impulsoras de la decisión de ETA; las viejas denuncias de casos de tortura; una Comisión sobre la Paz y la Convivencia paralizada en el Parlamento Vasco; otra Comisión internacional de personalidades como garantes del cese definitivo; las polémicas por la concesión judicial del tercer grado a presos de ETA enfermos y terminales; la espera a la sentencia europea sobre la doctrina Parot que el Gobierno del provocador Rajoy –antes acosador de las iniciativas de Zapatero, Rubalcaba y Eguiguren en favor de la paz– debiera respetar y aplicar, sin dudar, por respeto al Estado de Derecho; las nuevas detenciones de supuestos involucrados en atentados ya que sigue habiendo 300 asesinatos por aclarar; las movilizaciones y la presión en las calles vascas en favor del acercamiento y libertad de los presos; el juicio de Rufi Etxeberria por el caso de las herriko tabernas, etc. Como puede verse no se puede pasar página ni pensar que la existencia de ETA no nos deje un legado de problemas, algunos de gravedad.

Me preocupa que no se den avances significativos en el proceso de paz por la falta de decisión de los actores fundamentales. Hablo de ETA y sus presos, del mundo de Sortu y del Gobierno español. Como sigo desde el Congreso el comportamiento del PP, me atrevo a afirmar que está preso de las barbaridades que dijeron durante años sobre el PSOE, de las presiones internas y de la caverna mediática. Sin olvidar que su estrategia viene determinada, como siempre, por razones de alcance electoral.

Mientras, se siguen produciendo batallas cruzadas de carácter político. Una muy significativa se centra en cómo tratar a ETA en la tele del PNV. Otras se reflejan cada día en los medios y en las instituciones sobre cuestiones, en mi opinión, vitales: como dejar clara la deslegitimación del terrorismo ante la sociedad vasca aunque el llamado derecho a decidir pudiera avanzar en Catalunya, la negativa a una amnistía, la continuidad en el trabajo de los jueces ante los atentados aún por aclarar, la no equiparación de todo tipo de víctimas sin dejar de condenar los asesinatos del GAL y reconocer las víctimas que se produjeron en su momento por abusos policiales, dejar clara la exigencia a ETA (tambien desde Sortu) de su disolución, además de reclamarles un reconocimiento de sus errores y del dolor causado al pueblo vasco y al conjunto de la ciudadanía española.

Son muchas las tareas pendientes, entre ellas las educadoras. Y no soy nada optimista sobre el papel proactivo de Rajoy y sus ministros. Porque aunque confío en que el final de ETA no tiene vuelta atrás, no deberíamos descartar algún fenómeno de disidencia si no se dieran pasos de distensión que vayan cerrando cualquier riesgo potencial. De ahí la importancia del contenido de la inmediata sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la doctrina Parot y su cumplimiento por el Gobierno, el estudio de vías para que pudieran salir de la cárcel Otegi y los demás encausados en ese sumario y una nueva política penitenciaria, más flexible, que la propia ley permite.


(Odón Elorza fue alcalde de San Sebastián entre 1991 y 2011)

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