Plaza Pública

Lo de menos es el pretexto

Manifestantes lanzan objetos frente a una comisaría en el centro de Barcelona, en una nueva manifestación por la libertad de Pablo Hasél.

Juan-Ramon Capella

En este frío febrero de 2021 se han sucedido en Barcelona, pero también en otras muchas ciudades, manifestaciones que han concluido con grupos violentos no pequeños entregados a atacar a la policía, a destrozar y quemar mobiliario urbano, a romper escaparates de comercios y en algún caso a saquearlos. ¿Por qué esta violencia? Lo de menos es el pretexto.

En Barcelona, hace 50 años, la manifestación más violenta en que participé y anduve desviando contra las cristaleras de los bancos la furia de la gente, fue en diciembre de 1970, contra las condenas a muerte dictadas por un Tribunal (Militar por supuesto) contra miembros de ETA. Los manifestantes, repelidos desde las Ramblas hacia la Ronda de San Antonio por la policía, gritaron primero y luego concentraron casualmente masa crítica suficiente para que a lo largo de esa calle y del Paralelo, hasta el puerto, rompieran todos los cristales de los bancos que encontraron a su paso, volcaran coches Dodge, pusieran en fuga a un coche de la policía y, de nuevo en las Ramblas, volcaran un jeep policial con los guardias dentro. Escaparates y mobiliario urbano quedaron intactos. Los bancos apoyaban al franquismo; los Dodge eran coches-símbolo del franquismo. Los manifestantes éramos gentes en general contrarias a ETA, pero también contrarias a las condenas a muerte y a la pena de muerte.

Ningún parecido de aquella manifestación (ilegal, prohibida) con la violencia de estos días. Los estallidos juveniles, en sociedades que reconocen la libertad de expresión, de reunión y —en nuestro caso— de manifestación son en cambio similares a los que se han producido reiteradamente en Francia, pero también en Holanda y en Estados Unidos, entre otros lugares. Esta semejanza obliga a reflexionar, y me parece más interesante y fecunda esta reflexión que la relativa a la configuración de los delitos de odio en el código penal, que es la reflexión del sistema y de los políticos profesionales del sistema.

Estallidos de violencia que se agotan en destruir por destruir, en enfrentarse al orden establecido hiriendo a policías, en arruinar bienes públicos y privados, en unos estragos anormales y muy superiores al "mal" real o supuesto que se pretende combatir. Ésta es la realidad. Y de ahí se derivan dos preguntas fundamentales: ¿de dónde procede la energía psíquica desplegada por los manifestantes violentos?; ¿cómo se ha acumulado? Y ¿por qué esas acciones son tan estériles, no están orientadas más que a destruir, no evidencian o amagan proyecto alguno de futuro?.

En una reflexión de urgencia sólo se pueden dar las respuestas más generales, que merecen mayor concreción. La energía psíquica desplegada en la violencia no es algo meramente individual, sino común, se ejerce junto con otros. Es compartida. Es puramente de rechazo de un sistema social y político que condena a muchos como no-personas: jóvenes que perciben claramente que no tienen futuro tras la inacabada para ellos crisis del año 2008 y a la que la pandemia agravará; gentes condenadas por ese capitalismo neoliberal paroxístico y su globalización, al que no saben o no se atreven a poner en vereda ni los gobiernos nacionales ni la Unión Europea, y que al tiempo que les condena e ignora les propone el consumismo.

Estamos todos encerrados en la jaula de hierro construida por la Unión Europea ultraliberal y su prohibición fundamental de que los estados miembros intervengan en la economía. Keynes prohibido, lo único que podría poner en pie políticas económicas paliativas o resolutivas. Estados incapaces siquiera de implantar en serio la tasa Tobin, de prohibir las múltiples intervenciones bursátiles intradía, de luchar contra los paraísos fiscales, de volver a regular tantos sectores (finanzas, seguros, etc.) en vez de desregularlos. Y pseudointelectuales de gran espalda curvada de adorar al capital a través de su san Milton Friedman. ¿Es raro que los hijos nacidos en esta jaula de hierro se arrojen violentamente contra lo que tienen alrededor en el espacio común? Estos estallidos de violencia se repetirán. Lo de menos es el pretexto. En esta civilización que ya ha entrado en la barbarie no es difícil encontrar pretextos.

¿Por qué los que muestran más energía no tienen proyecto? Eso tiene que ver con la desaparición práctica de la izquierda político-social. Tiene que ver con la burocratización de los sindicatos y la insensatez de los que fueron partidos políticos de la izquierda, reducido hoy el que fue el mayor de todos a cola de ratón de un ratón. La izquierda ha estado desnortada y desunida. El comunismo democrático español, una realidad grande y generosa pésimamente dirigida, no supo autoeducarse para percibir que en una sociedad democrática no tenía otra perspectiva que activar reformas de calado, en profundidad, y que para ello tenía que aliarse con el Partido Socialista. Cierto que éste estaba dirigido por neoliberales cómplices del capital, pero había que haber ayudado con paciencia a separar el grano de este partido de aquella paja inmunda.

El PCE debía, sobre todo, decirle la verdad a la gente: que la transición fue una reforma pactada con la derechareforma, con indeseables cabos sueltos; que los Pactos de la Moncloa fueron una derrota y no una victoria; que los de abajo no podían parar de luchar al enterarse de que la Revolución no iba a tener lugar; y, antes, tenían que haberles dicho la verdad sobre la URSS, lograr que los activistas aceptaran lo que no querían aceptar.

El PSOE también tiene su parte importante de culpa: aceptó unos dirigentes impresentables, aceptó el chantaje de la dimisión-farol de Felipe González, y tragó con la OTAN. Solo hoy empezamos a enterarnos de cuál era de verdad la trama no militar del 23F; aún perdura la falsa versión oficial de ese ya lejano episodio. El PSOE tiene demasiada cultura funcionarial, hoy, y no ha resuelto del todo su regreso a la tradición de lucha socialista.

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Las rupturas generacionales han hecho el resto. Hoy la izquierda no tiene proyecto, aunque sabe muy bien que el ecologismo, el antipatriarcalismo y la lucha contra las desigualdades son su tarea. En realidad, es un ejército sin capitanes, si aún tiene validez la metáfora militar de Antonio Gramsci. ¿Quousque tandem…?

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* Juan-Ramon Capella es catedrático emérito de Filosofía del Derecho y autor del libro Un fin del mundo. Constitución y democracia en el cambio de época.Juan-Ramon CapellaUn fin del mundo. Constitución y democracia en el cambio de época

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