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Segunda República: en busca de un pacto triangular

Pablo Martínez Segura
Publicada el 13/04/2021 a las 06:00

En vísperas del 90 aniversario de la Segunda República, infoLibre publica un extracto de La República en abandono (libros.com), una investigación del historiador y periodista Pabglo Martínez Segura sobre las relaciones exteriores del Frente Popular a partir de la correspondencia diplomática guardada por el Ministerio de Estado. El siguiente análisis de las relaciones hispano-británicas durante la Segunda República española recoge las pretensiones británicas de un pacto militar con España, la ruptura del Tratado de Lorcano y el caso de Anschluss.

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Ha sido intención primordial al realizar este trabajo afrontar, en la medida de nuestras posibilidades, aquellos aspectos que hasta el momento presente no habían recibido la atención de otros historia­dores. Con respecto a las relaciones hispano-británicas durante la Segunda República española, existe una pequeña obra publicada por José Fernando Pertierra de Rojas. Ahora bien, como quiera que Pertierra da por finalizado su análisis en diciembre de 1935, se da la feliz coincidencia de no interferir en el periodo inmediatamente anterior a la Guerra Civil, objeto de nuestra atención, y, por otra parte, nos permite remitir a su opúsculo todo el planteamiento de antecedentes, que por lógica de comprensión hemos introducido en el resto de los capítulos.

 

Pretensiones británicas de un pacto militar con España

Desde agosto de 1935, el Foreign Office propicia un pacto triangular con Portugal y España, pero será cuando ese proyecto se haga de perentoria necesidad, por el curso del conflicto italo-etíope (ver el capítulo «El Duce exporta conspiración»), cuando la pretensión de un acuerdo militar quede patente, aunque siempre por vías indirectas y muy sutiles. En efecto, el Gobierno británico eludió llevar a cabo una gestión directa cerca del Gobierno español. Fue en el curso de una conversación privada entre el subsecretario de Foreing Office, Vansittart, y el embajador de España en Londres, Pérez de Ayala, el 7 de diciembre de 1935, en la que se expuso:

"El Gobierno británico considera que la aportación moral de España ofreciendo espontáneamente lo que Francia hubo de concederle por que así se lo exigió, constituiría un factor de suma importancia en la hora del conflicto entre Italia y Abi­sinia antes de llegar al problema que necesariamente se le presentará a la Liga de las Naciones durante la próxima reunión del día 12 en Ginebra".

Lo que Francia había ofrecido era una interpretación política del artículo 16 del Pacto de la Sociedad de Naciones que, según su párrafo 3.º, la asistencia mutua francesa hubiera sido integral en el caso de una agresión por parte de Italia originada por la aplicación de las sanciones decididas en Ginebra. Nuestro embajador en París informó de que uno de los extremos considerados por los técnicos ingleses y franceses fue el de la eventual participación de España y que:

"Ese efecto desearían conocer si España, fiel a las obligaciones que le imponía el artículo 16, estaría dispuesta a cooperar en caso de una agresión, prestando su apoyo a la potencia agredida y, en este caso, si su cooperación sería activa o pasiva".

Para el Gobierno español resulta evidente que lo solicitado era una utilización de sus bases navales en el Mediterráneo. Pero dado que ese Gobierno presidido por Portela Valladares se hallaba en crisis, y ya con las elecciones generales convocadas, se emite una respuesta inhibitoria, el 21 de enero de 1936, en la que «se señala claramente el deseo de encuadrar dentro del marco de la Sociedad de Naciones toda cuestión referente al conflicto».

En Gran Bretaña hay en ese momento una sólida mayoría parlamentaria del Partido Conservador, aunque con fisuras dentro de la unidad del propio partido. De una parte el grupo antihitleriano de Churchill; de otra, el capitaneado por Baldwin, presidente del Gobierno y absolutamente indeciso y confuso en política exterior, como podemos observar en la dimisión forzada de Hoare, su ministro de Exteriores, tras el escándalo de un proyecto de acuerdo con Francia para reconocer a Italia su agresión a Etiopía, y que es sustituido por Eden. Finalmente en la sombra, pero con un gran peso y prestigio, Chamberlain. Con excepción de Churchill, el Partido Conservador practica el apaciguamiento de Alemania, a la que teme, y una política fluctuante con respecto a Italia. En la oposición está el Partido Laborista, capitaneado por Attlee, ferviente defensor del Pacto de Sociedad de Naciones y partidario de que las sanciones contra Italia se apliquen con decisión, incluido el embargo del petróleo y el cierre del Canal de Suez, decisiones que los conservadores, por miedo a una declaración de guerra por parte de Mussolini, no tomarán.

La victoria de la coalición del Frente Popular en España es acogida con recelo por parte de los conservadores, e indiferencia de liberales y laboristas. El punto de vista del periódico Manchester Guardian puede constituir una síntesis de opiniones:

"Las izquierdas han ganado las elecciones en España, sobre todo porque el Frente Popular pedía la amnistía para los autonomistas catalanes y los demás presos, así como el retorno a la Constitución republicana en su primer vigor. No hay razón alguna para suponer que habrá una revolución roja porque el Frente Popular haya obtenido una victoria en unas elecciones completamente justas".

 

De hecho, la principal obsesión del partido gobernante en Gran Bretaña es la evidencia de una merma de su poderío militar puesta de manifiesto en la díscola actitud italiana ante sus presiones. Chamberlain acusa a Baldwin en la Cámara de los Comunes de llevar al país a la indefensión y el contralmirante Sir Murray Sueter sostiene que Malta y Gibraltar están sin defensa para la flota británica, advirtiendo que Devonport, Portsmouth, Chatbam y Sheerness no sirven de refugio contra las bombas para los barcos de la armada, dado que el bombardeo aéreo será el arma terrible de la próxima guerra. El Gobierno de Baldwin reacciona y el 3 de marzo de 1936 lanza un Libro Blanco que especifica los proyectos de rearme. Explica que la política internacional británica continúa prestando su apoyo a la Sociedad de Naciones, pero reconoce que la política de desarme unilateral ha fracasado al advertir que Alemania, Francia, Bélgica, Italia, Rusia, Japón y los Estados Unidos acumulan armamentos. Hace un plan concreto para aumentar los efectivos de la marina, la aviación y el ejército, añadiendo la consabida síntesis: «La manera de evitar una guerra es prepararnos acumulando inmensas reservas y organizando la industria de suerte que en caso necesario pueda cambiar su producción de comercial en guerrera». En el informe que remite al respecto nuestro embajador en Londres, concluye señalando que «la prensa laborista combate con dureza estos planes gubernamentales». El tema tiene una inmediata incidencia y en un editorial de La Liberté, de París, sobre la situación de la industria del aire en España, se indica: «Inglaterra va a suministrar, según se dice, al Estado español aviones de bombardeo y aparatos de caza patentados por ella».

La ruptura del Tratado de Locarno

El 7 de marzo de 1936 Hitler ocupa la zona que de conformidad con el artículo 42 del Tratado de Versalles debía permanecer desmilitarizada. El hecho supone a la vez una flagrante violación del Tratado de Locarno del que son garantes las enfrentadas Gran Bretaña e Italia. Sobre la postura de Gran Bretaña que trata de diluir su responsabilidad en el Consejo de la Sociedad de Naciones, que obliga a reunirse en Londres y la participación española, damos un cumplido detalle en el capítulo de «España fuera de los planes de Hitler». Analizaremos aquí la percepción interior británica y la repercusión de la misma sobre nuestro país.

Según un informe de la Jefatura Superior de Política de nuestro Ministerio de Estado, de la lectura de la prensa británica se desprende que ese país ha aceptado el hecho consumado de la re­militarización de la zona del Rin. También entiende que ello ofrece una ocasión para entablar negociaciones que puedan llevar a tranquilizar los ánimos y quizás a un desarme. Se estima que es la repetición de la oportunidad que Hitler ofreció ya a los ingleses cuando denunció el Tratado de Versalles decretando el servicio militar obligatorio. En ambos casos reprueban la acción desde un punto de vista moral, pero creen que al hecho consumado hay que ajustar una nueva ley.

Los órganos liberales y laboristas acusan claramente esta actitud de reprobación moral en la acción alemana. El News Chronicle y el Daily Herald, liberal y laborista respectivamente, insisten en la necesidad de llegar a un acuerdo con Alemania aprovechando el hecho consumado. El segundo de ellos aprueba la declaración de Eden, al dejar a Alemania una puerta abierta para la negociación y asegura que en aquellos momentos ninguna política sería más insensata que aquella que rechazase las proposiciones de Hitler. La postura de Eden es favorable a que Alemania recobre su libertad, aunque reconoce la dificultad creada por Hitler al haber destruido la confianza en el valor de su palabra, ya que el Tratado de Locarno había sido firmado libremente y el mismo Hitler había prometido cumplirlo.

El punto de vista liberal es también que Eden ha interpretado fielmente la opinión de sus conciudadanos. Para The Morning Post la dificultad estribaba en la falta de confianza que Alemania inspiraba, ya que no podía ofrecer garantías en la observancia de otros tratados libremente firmados. La consecuencia de todo esto para muchos británicos es que había que llevar el rearme a su máximo desarrollo, para que en el futuro pudiera Gran Bretaña ser el árbitro de la seguridad colectiva. Nos gustaría tratar a continuación las nuevas proposiciones británicas de un tratado naval con España. Como ha podido apreciarse, Gran Bretaña se encuentra en una tesitura en la que desea, a  toda costa, articular un sistema de seguridad basado en compromisos militares, dado el evidente deterioro resolutivo de la Sociedad de Naciones.

El 25 de marzo de 1936 se produce la firma de un tratado naval con Francia y los Estados Unidos, tanteando a renglón seguido a nuestro embajador sobre la posibilidad de un tratado naval bilateral hispano-británico. En este caso la oferta es mucho más concreta, comunica Pérez de Ayala desde Londres:

 

"Inglaterra desea concertar tratados bilaterales para lo cual ya ha invitado a Alemania y probablemente invitará a Rusia. En este sentido se adelanta la invitación a España y para celebrar Tratado con Reino Unido, este Gobierno está dispuesto, una vez España examine el texto recientemente firmado, a suministrar toda clase de datos y explicaciones al técnico o técnicos españoles que para negociarlo vengan a Londres. Existe deseo que antes de fin de año tenga lugar en Ginebra una Conferencia Naval Internacional e Inglaterra estima que cuantos más tratados bilaterales se concierten de aquí a entonces, mayores serán las posibilidades de éxito de dicha Conferencia Naval".

Coyunturalmente este tema queda en suspenso por parte española al producirse la dimisión del embajador Pérez de Ayala, para algunos comentaristas forzada y que fue aceptada el 16 de abril. Hasta el Consejo de Ministros del 2 de mayo no se aprueba el decreto por el que se designa embajador en Londres a Julio López Oliván, y todavía, el 14 de junio, se encuentra sin dirigirse a su nuevo destino, al que se incorporará un mes después. De forma paralela se confirma el fracaso de las sanciones contra Italia, el Gobierno Baldwin vive horas bajas. Los liberales bri­tánicos le culpan del fracaso y piden el cierre del Canal de Suez, el embargo del petróleo y el apoyo a Francia contra Hitler, mientras que la carrera de armamentos es criticada por los laboristas al desviar recursos en principio destinados a los servicios sociales. Sincrónicamente, las elecciones francesas y la expectativa que despierta el triunfo del Frente Popular paralizan la gestión internacional.

No obstante, según se desprende de una información del News Chronicle, Eden continúa sus conversaciones con representantes de las potencias mediterráneas, España inclusive, para llevar a efecto los pretendidos pactos bilaterales. Hay que hacer constar que en la documentación consultada en el Ministerio de Asuntos Exteriores no hemos hallado referencia a este nuevo contacto. Finalmente, el secretario del Foreing Office reconoce ante la Cámara de los Comunes su fracaso:

"Tenemos que rendirmos a la evidencia de que las sanciones no lograron el objeto que de ellas se esperaba. La campaña militar italiana ha tenido éxito, y, que yo sepa, no existe ningún Gobierno abisinio en parte alguna del territorio del Negus. Es una situación que nada, excepto una acción militar de otro país puede cambiar […] que ningún Gobierno, el nuestro tampoco, puede adoptar […]. El mantenimiento de las sanciones sin un objetivo claro llevaría al derrumbamiento del frente sancionista de tal forma, que dentro de algunas semanas la Sociedad de Naciones se hallaría en un estado de cosas más lamentable que hoy […]. Naturalmente las decisiones a adoptar deberán serlo por la Sociedad de Naciones, y sea cual fuere el criterio del organismo ginebrino, será aceptado por el Gobierno británico". 

Los laboristas realizaron violentos ataques por esta renuncia contra Baldwin y Eden, presentando una moción de desconfianza que fue rechazada por la mayoría conservadora. En este rosario atropellado de acontecimientos no vuelve a hacerse mención del tratado bilateral hispano-británico. Es más, siendo su principal objetivo prevenir una acción italiana en el Me­diterráneo como réplica a las sanciones, desaparecidas estas, como así aprobará la Sociedad de Naciones, desaparece también la principal motivación. Ahora bien, cabe hacerse una pregunta, por supuesto sin respuesta. De haber llegado el Gobierno del Frente Popular español al acuerdo militar pretendido ¿cuál hubiera sido el comportamiento británico dado que el acuerdo sería recíproco con respecto a la intervención italiana en apoyo a los generales sublevados?

 

La cuestión del Anschluss

A finales de abril de 1936 la situación provisional de Francia hasta la resolución de sus elecciones; la atención unidireccional de Italia en su último esfuerzo en Etiopía; y fundamentalmente la falta de acuerdo franco-británico con respecto a la militarización alemana de Renania, parece que proporcionan a Hitler la oportunidad de provocar un levantamiento nazi en Austria al que inmediatamente seguiría el Anschluss (fusión de Alemania y Austria que se materializaría el 12 de marzo de 1938).

La noticia se hace más alarmante cuando comienza a especularse sobre ciertos movimientos de tropas, tanto alemanas como austriacas, en la frontera común. El tema nos afecta muy directamente al figurar España entre las naciones que garantizan la independencia de Austria. Ello en virtud del protocolo firmado en Ginebra el 4 de octubre de 1922 por Inglaterra, Francia, Italia y Checoslovaquia y al que se adhirió expresamente el Gobierno español el 3 de noviembre de 1922. Esto puede verse en las páginas 387 y 388 del Recueil des Traités de la Société des Nations en el volumen XII del año 1922, los números 1, 2, 3 y 4. La cuestión, señala Salvador de Madariaga en un amplio informe, nos impone ciertas obligaciones puesto que, aunque es verdad que este protocolo no hace más que reproducir el artículo 102 del pacto, como adherentes individuales debemos ejecutar las decisiones que al respecto pudiera tomar el Consejo de la Sociedad de Naciones, al que también pertenecíamos. La iniciativa británica en este problema puede, igualmente, crear desde la perspectiva citada los mayores problemas al Gobierno español.

Gran Bretaña venía practicando una política de apaciguamiento con Hitler y de presión contra Italia. El Anschluss y el consiguiente empuje alemán hacia el Adriático era, con probabilidad, bien visto por el Foreing Office y las buenas relaciones existentes entre Berlín y Belgrado podrían causar serias molestias a Italia. El tanteo de esta hipótesis pudo ser el objeto del viaje oficioso del líder conservador Sir Austen Chamberlain, a Viena, Praga y Budapest, en opinión del publicista sefardí Mezan. Tal percepción es recogida por el ministro de España en Rumanía, que en un despacho de 30 de mayo, informa asimismo de la intención británica de causar dificultades a Italia en Europa Central.

Con el fin de ganar elementos de juicio, nuestro Gobierno envía a Salvador de Madariaga a las mismas capitales, en un viaje tan oficioso como el de Austen Chamberlain. Su impresión es que el Anschluss era inevitable. Pero casi de forma simultánea, a primeros de julio de 1936, se produce un acuerdo austro-alemán, con beneplácito italiano, que garantiza provisionalmente la independencia austriaca. Gran Bretaña ha perdido terreno una vez más y para su Gobierno se hace obsesivo el poder apaciguar a Alemania. A corto plazo las consecuencias las pagará la República española con la inhibición británica al apoyo germano-italiano a Franco. Después vendrá la propia Austria, el Pacto de Múnich

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Pablo Martínez Segura (San Sebastián,1953) es licenciado en Ciencias de la Información y en Geografía e Historia y autor de "La República en abandono" (Libros.com)

 
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1 Comentarios
  • Angel10 Angel10 13/04/21 13:17

    Muy interesante conocer los entresijos de los antecedentes de lo que fue la mayor traición de las democracias occidentales contra la II República. Parece que una Inglaterra pusilánime cuando no rozando el acercamiento al nazismo, permitió que se destruyera la democracia española por miedo a enfadar a Hitler.

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