El barrio es nuestro es un blog colectivo alimentado por la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM). El nombre alude al viejo grito de guerra del movimiento vecinal que sirve para reivindicar el protagonismo de la vecindad en los asuntos que la afectan, a menudo frente a aquellos que solo ven en el territorio un lugar de negocio y amenazan su expulsión.
Comunidades energéticas: cuando el barrio enciende la luz
Durante mucho tiempo nos hicieron creer que la energía era un asunto demasiado grande, demasiado técnico y demasiado complejo como para que la gente corriente pudiera intervenir. Que eso era cosa de mercados internacionales, grandes compañías, personas expertas y gobiernos. Si hablabas de crisis energética, de dependencia exterior o de la necesidad de producir energía cerca de casa, pasabas a formar parte del selecto grupo de bichos raros del barrio. Como cuando alguien advertía que en una ciudad cada vez más dura, más caliente y más gris había que plantar árboles cuanto antes. Ya sabemos cómo va esa historia: el mejor momento para haber empezado era hace diez años; el segundo mejor momento es ahora.
Pero bastaron la guerra de Ucrania, la locura de Trump, una nueva escalada de precios y otro aviso más de la crisis climática para que quedara claro algo muy sencillo: no puede ser que algo tan básico para la vida cotidiana dependa casi por completo de decisiones lejanas, de grandes oligopolios o de combustibles fósiles que, además de contaminar, nos hacen más vulnerables.
En este escenario merece la pena hablar de comunidades energéticas. No son una moda, ni una ocurrencia pasajera, sino la mejor herramienta para que la ciudadanía recupere capacidad de decisión sobre algo tan importante como la energía. Y también son una oportunidad para que los barrios, el movimiento vecinal y las entidades sociales tengan un papel protagonista en la transición ecológica justa, en lugar de quedarse como simples espectadores de cambios decididos por otros.
Las comunidades energéticas no son una moda, ni una ocurrencia pasajera, sino la mejor herramienta para que la ciudadanía recupere capacidad de decisión sobre algo tan importante como la energía.
El nombre puede sonar técnico, pero la idea es bastante sencilla. Una comunidad energética local es un grupo de personas, hogares, pequeños comercios, entidades sociales o centros educativos que se organizan para producir, consumir y gestionar energía de manera colectiva, aprovechando recursos renovables del entorno, sobre todo la luz del sol. La idea de fondo es clara: la transición energética no puede consistir sólo en sustituir una tecnología por otra, sino también en cambiar quién manda, quién se beneficia y con qué criterios se toman las decisiones.
Eso es lo verdaderamente interesante. Una comunidad energética no se limita a poner placas solares. Supone cooperar, compartir, planificar y pensar el barrio como un espacio capaz de generar soluciones propias. Frente a un modelo centralizado, opaco y dominado por grandes compañías, estas experiencias apuestan por una energía más sostenible y cercana, más democrática y útil socialmente.
La mayoría empiezan con instalaciones de autoconsumo fotovoltaico colectivo. Pero, a diferencia de lo que ocurre en una sola comunidad de propietarios, permiten separar el lugar donde se genera la energía del lugar donde se consume. Eso abre una puerta muy importante: no hace falta que cada edificio tenga su propia cubierta perfecta. Se pueden colectivizar tejados, sumar consumos diversos e implicar a agentes muy distintos del barrio. En otras palabras, permite pasar del “sálvese quien pueda” al “nos organizamos y lo hacemos juntas”.
Y eso tiene consecuencias muy valiosas.
La primera es la soberanía energética. Cuanta más capacidad tengamos para producir renovables de forma descentralizada y comunitaria, menos dependeremos de combustibles fósiles, de grandes empresas y de crisis que siempre acaban pagando quienes menos tienen.
La segunda es la cooperación vecinal. Las comunidades energéticas obligan, en el mejor sentido, a sentarse, hablar, pensar en común, construir confianza y hacernos responsables colectivamente de una instalación. En ese camino se fortalecen los lazos vecinales y entre asociaciones, centros educativos, comercios y otras entidades del barrio. Y eso no es un efecto secundario: forma parte del valor del proyecto.
La tercera es la lucha contra la pobreza energética. No habrá transición ecosocial justa si deja fuera precisamente a quienes más la necesitan. En el prototipo que estamos diseñando defendemos modelos donde un 10% de la energía generada se destine gratuitamente a familias en situación de pobreza energética. Este detalle convierte una instalación de paneles solares en una herramienta de justicia social.
La cuarta es la resiliencia. En tiempos de turbulencias y crisis recurrentes, al producir parte de la energía cerca de donde vivimos, de manera compartida, ganamos capacidad de adaptación y reducimos vulnerabilidades. La idea es anticiparnos y dar pasos concretos que aumenten la autonomía de los barrios para resolver sus necesidades.
Y como el mundo no cambia con nuestras opiniones, sino con nuestras acciones, en la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM) nos hemos puesto manos a la obra. Desde el proyecto Bloques en Transición estamos impulsando una comunidad energética local en Vallecas, junto a otras entidades como Tangente, el tejido vecinal o las comunidades educativas. Lo hacemos porque creemos que el movimiento vecinal puede aportar mucho en este terreno. De hecho ya hay otras iniciativas inspiradoras como Brillaverde, Tercio y Terol en Carabanchel o La Alcalina en Alcalá de Henares.
Una comunidad energética no se limita a poner placas solares. Supone cooperar, compartir, planificar y pensar el barrio como un espacio capaz de generar soluciones propias
Tenemos experiencia en organizar, en escuchar, en detectar necesidades reales y en construir respuestas colectivas desde abajo. Lo hemos hecho con la vivienda, con el espacio público, con los equipamientos, con la movilidad y con la defensa de los servicios públicos. Y ahora nos toca hacerlo con la energía.
En el año 133 AC un grupo de esclavos se levantó contra Roma bajo el nombre de heliopolitas, ciudadanos de Helio, que era el dios de la justicia, del Sol que brilla para todos por igual. Una revuelta que se enfrentó con éxito a las legiones romanas, provocando una oleada de rebeliones en el Mediterráneo. Siglos después una de las primeras utopías modernas, escrita por Campanella, se denominará Ciudad del Sol. Un modelo urbano inspirado en el sistema heliocéntrico de Copérnico que servía de contexto para un proyecto de sociedad basado en la educación y la igualdad como pilares.
En el año 133 AC un grupo de esclavos se levantó contra Roma bajo el nombre de heliopolitas, ciudadanos de Helio, que era el dios de la justicia, del Sol que brilla para todos por igual. Y vencieron
Hoy, ante la amenaza de nuevos tiempos oscuros, las comunidades energéticas pueden ayudarnos a iluminar alternativas desde los barrios. No podemos dejar la transición exclusivamente en manos de quienes han dominado hasta ahora el modelo energético, pues corremos el riesgo de desperdiciar una oportunidad para democratizarlo, que la ciudadanía participe, decida y se beneficie colectivamente.
Decían los zapatistas que hay quienes esperan a que el sol salga, y quienes lo empujan. El movimiento vecinal es de arrimar el hombro, pues la organización y la cooperación social son la única garantía que tienen nuestros barrios para que el sol vuelva a brillar para todo el mundo. Tenemos energía para transformar el modelo energético, toca anticiparse a los desafíos climáticos, energéticos y económicos. Allí donde las instituciones no ven prioridades y estamos abandonados por el mercado, nos tenemos unas personas a otras.
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Quique Villalobos es responsable de Urbanismo, Vivienda y Medio Ambiente de la FRAVM. José Luis Fernández de Casadevante (Kois) es sociólogo, miembro de la directiva de la FRAVM y de la cooperativa Garúa
Durante mucho tiempo nos hicieron creer que la energía era un asunto demasiado grande, demasiado técnico y demasiado complejo como para que la gente corriente pudiera intervenir. Que eso era cosa de mercados internacionales, grandes compañías, personas expertas y gobiernos. Si hablabas de crisis energética, de dependencia exterior o de la necesidad de producir energía cerca de casa, pasabas a formar parte del selecto grupo de bichos raros del barrio. Como cuando alguien advertía que en una ciudad cada vez más dura, más caliente y más gris había que plantar árboles cuanto antes. Ya sabemos cómo va esa historia: el mejor momento para haber empezado era hace diez años; el segundo mejor momento es ahora.
Pero bastaron la guerra de Ucrania, la locura de Trump, una nueva escalada de precios y otro aviso más de la crisis climática para que quedara claro algo muy sencillo: no puede ser que algo tan básico para la vida cotidiana dependa casi por completo de decisiones lejanas, de grandes oligopolios o de combustibles fósiles que, además de contaminar, nos hacen más vulnerables.